Presentación y cruse desconocido
Este relato se ubica en la Segoku (la era de los samuráis) en Japón. Aquí seguiremos la historia de dos jóvenes con vidas totalmente opuestas pero que de una u otra forma algo en ellos despierta al conocerse; siendo ambos leyendas en vida y viviendo mitos de mil historias en ese “primer” y “último” viaje de regreso, los recuerdos disipados volverán a primer plano, dándole a la vida de ambos un giro de trescientos sesenta grados. Empezaremos presentando al ”yang” de esta pareja.
Mizunoe Yumeji, él es el príncipe heredero del imperio “Mizu”, además de ser una completa anomalía entre los japoneses ya que su cabello es de un tono dorado y sus ojos son de un color turquesa intenso. Pues es mestizo, siendo esos sus únicos rasgos extranjeros.
Su madre murió en un incendio cuando él tenía solo 11 años, después de que el pequeño decidiera escapar del palacio, y ambos se vieron metidos en el desastre; dos días después el niño apareció en el terreno quemado sin daño aparente, su padre le pregunto qué paso con su madre y como él seguía bien, el pequeño solo dijo que alguien de su edad lo ayudo, pero que no recuerda correctamente.
Después de esto a Yumeji no se le permitió salir de casa, y se le dijo que era así porque su padre no quería perderlo a él también, así que no le quedo más que obedecer, y aunque estaba ese llamado del bosque, no volvió a querer seguirlo.
Creo que hemos hablado suficiente del pequeño príncipe. Ahora vamos con el “yin”, Shinigami Miyako una niña huérfana que fue criada por un clan de ninjas después de que sus padres fueran asesinados por huir de los clanes a los que pertenecían. Así mismo el clan Nagatake (el clan que la crio y al que pertenecía) sufrió una gran tragedia, el mismo incendio que mato a la madre del chico, acabo con su clan cuando ella era pequeña, debido a la guerra entre los imperios “Mizu” y “Hi”, y para mala suerte de la niña, ella fue la única sobreviviente, aunque por obvias razones no quedo ilesa, ya que termino con múltiples cicatrices por todo el cuerpo y por alguna razón que ni ella conoce, la pupila de su ojo derecho termino con daños y eso hace que cambie de color con la luz, por lo que siempre lo cubre, esto sumado a su otro ojo de color gris y su pelo negro lacio con blanco la convirtió en el centro de miradas mientras trabajaba y entrenaba en el clan Eiyami, el clan de asesinos al que pertenecía su padre, aunque la miraban y hablaban mal de ella, no tenía otro lugar al que ir pues la secta de su madre no quiso aceptarla, por lo que no le quedo de otra que aguantar las burlas y desprecios.
Nueve años han pasado, ahora Yumeji tiene veinte, ya está en edad para casarse pero este todavía se niega y su padre ya no sabe qué hacer, pues con su personalidad y apariencia tiene a diversas chicas de su pueblo e incluso de otros imperios por detrás, pero este se niega a aceptar a alguna y solo se concentra en afinar sus artes de combate ya que las únicas artes marciales que pudo dominar fueron el arco y una bastante antigua que ya no es usa mucho, la cual usa un arma muy similar a la tradicional katana.
Un día típico, el chico está practicando con su arco cuando, por un descuido, se le desvió el tiro y termino tirando una de sus flechas dentro de los límites del bosque, él esta desconcertado si ir a buscarla o no ya que hace mucho tiempo no salía, pero como no ve nadie alrededor y no tiene muchas flechas pensó que salir solo unos momentos no haría daño. Entonces sale, saltando el muro que separa su patio del inicio del bosque. Estuvo buscando un rato cuando encontró algo inusual, su flecha estaba clavada en un árbol, lo raro era que junto a esta formando una cruz, yacía otra flecha bastante gastada, rustica, de color negra con manchas rojas en la punta y cerca de esta misma, que él se imaginó que era sangre lo cual lo puso alto tenso de inmediato, pero de todas maneras tomo ambas flechas, mientras miraba esa flecha negra, escucha un leve sonido viniendo del bosque, estuvo a punto de ir a ver, pero en ese momento oye que lo llaman, así que regresa rápidamente. Sin notar que alguien de vestimenta oscura lo observa detenidamente desde lo alto de un árbol.








