Prólogo
La amistad en la adultez es aprender a querer
a quienes ya no ves, y aun así sostener
la fe de que, en silencio y también a su manera,
su corazón guarda lo que el tuyo les diera.
—Elizabeth Gest
El invierno en nuestras latitudes no es solo una estación; es un velo gris que envuelve la ciudad. Esa tarde, el frío calaba los huesos mientras caminábamos por el parque de las islas del Florjord. Es un lugar conocido por su “Balada a las Rosas del Norte”, un sector donde unas flores extrañas desafían al hielo y florecen a pesar de todo.
Caminaba bajo los arcos de enredaderas secas. A lo lejos, el ruido de otros visitantes le daba al lugar un poco de la calidez que el clima nos quitaba. Me detuve a observar a mi hija, Ágata. A sus cinco años, ella se movía con esa curiosidad absoluta de quien todavía no entiende que el mundo puede romperse. Yo la seguía con la vista, cuidándola en silencio, mientras ella corría de un lado a otro.
Me senté en un banco de madera, apartando unas cuantas hojas muertas. No pasó mucho tiempo antes de ver unas figuras conocidas acercándose entre la bruma.
Levanté la mano para saludar. Era Stella, mi amiga de años, que venía acompañada por sus hijos: Engel, el más pequeño, y Aures, el mayor. En cuanto se vieron, los niños se lanzaron a jugar con Ágata, desapareciendo entre los árboles sin necesidad de presentaciones.
—Pensé que no vendrías. —Miré a Stella con una leve sonrisa en mi rostro mientras se acercaba al banco para sentarse.
—Habré quedado mal en otras ocasiones, ¡pero en esta no! —dijo con emoción, con un tono enérgico y melancólico.
Sonreí levemente; en parte, estaba alegre por verla después de varios meses de separación.
—Yo soy más de planear las cosas, pero… ¿Cómo te ha ido en estos meses?
Stella dio un leve suspiro, al mismo tiempo que se recostaba en el banco; noté cómo cerraba sus ojos mientras reposaba un instante.
—Ahg, de la patada, o más bien, lo normal. —Mencionó mientras arqueaba una de sus cejas.
Ella no miraba a algo en particular, pero parecía rememorar las cosas.
—¡¿Cómo que ‘de la patada’?! —dije, sorprendida.
—Sí... lo normal, oh bueno, una de las cosas es que... renuncié del trabajo. —Lo dijo con un tono despreocupante, casi alegre.
—Chist, no pareces enojada por eso. —Estaba extrañada, aunque en mi mente empezaba a pensar algunas opciones.
—Ya sabes, no amaba exactamente lo que hacía... aparte, había demasiados dramas y problemas de gestión. —Notaba cómo parecía descargarse de las palabras como si ya no pesaran nada.
—Es normal... renunciaste donde estabas de cocinera... ¿El Ranchero se llamaba?
Trate también de rememorar de lo poco que me había contado Stella de este lugar.
—Sí, sí, ese mismo soso lugar... —Soltó con un tono más tranquilo y pacífico que antes.
Sonreí plácidamente mientras imaginaba la situación; en un momento de despiste, escuché levemente cómo llegaban los gritos y risas que Ágata y los demás hacían mientras jugaban.
—Yo sigo trabajando de contadora, no ha pasado la gran cosa por ahora, estamos ahorrando para construirle el cuarto a Ágata —dije casi por inercia al ver a mi niña corretear por el lugar.
—Ya tiene cinco años, pensé que ya tenía su cuarto propio... Aunque Engel duerme en el cuarto de Aures —mencionó como un débil susurro mientras parecía estar pensando otra vez.
—Nosotros optamos por usar el ático de la casa, acondicionar el lugar para que sea su cuarto.
Un corto pero notorio silencio se hizo entre Stella y yo; por un momento sentí como ella me miraba con el rabillo del ojo.
—¿El ático? —pronunció un poco aterrorizado—. No suena a un buen lugar para una, niña definitivamente.
Rei levemente al escucharla; en parte, también creía eso: un lugar como el ático no era una opción brillante para el cuarto de un niño, pero entendía su sorpresa.
—Así mismo lo discutí, pero ya sabes cómo es mi esposo, no le gusta complicarse la vida, y de todas las opciones, por desgracia, era las más viable. —Traté de explicar mejor el panorama, aunque la idea ya tenía varios meses de haberse tomado.
—Realmente, igual modificar casas en un residencial... imagino que es algo complicado—. Parecía un poco más calmada ahora, aunque seguía pensativa.
—Hay un sistema burocrático que no nos gustaría tocar, una reforma en el ático... suena más fácil de camuflar. —Le respondí mientras mi tono cambiaba a uno más silencioso y sutil.
Miré cómo Stella se río levemente, acomodándose un poco en el banco para recuperar la compostura.
—Ah... dímelo a mí, odio estos procesos; hace poco fui con Engel para tener su pasaporte. —Mencionó Stella, con su mirada perdida.
Por un momento, nuestra atención se centraba en los niños, a lo lejos, donde jugaban los tres enérgicamente.
—Hum… ¿Pasaporte? —Titubeé un poco al pensarlo—. ¿Se van a mudar a algún lugar?
Cuando Stella me escuchó, casi regresando en sí nuevamente, respondió a mi pregunta, negando con la cabeza mientras me miraba.
—En parte te dije que viniéramos aquí para esto... En verdad me voy del país con Engel a Noruega. —Confesó con un pésame que no había notado en ella antes.
Su semblante había cambiado drásticamente, como si se hubiera guardado la noticia para no tener que recordarla.
—Eso suena como... un cambio bastante enorme para ti y los niños—En mi voz también se sentía un pésame que estaba manteniendo a raya— ¿Pasó algo... grave entre ustedes?
Stella se quedó en silencio, un rato corto, pero pesado. —No, nosotros estamos bien... el que me preocupa es Engel... Le diagnosticaron una enfermedad rara; el medico nos dijo que no pueden tratarlo aquí, lo más seguro es viajar a Noruega.
La miré con ojos contemplativos, trataba de procesarlo de la mejor forma antes de decir algo, pero entendía desde el inicio que era un tema delicado.
—Oh... parece algo grave, ¿Qué es lo que tiene? —dije, con la voz quebrada.
—No recuerdo que nombre dijo el médico... ¿cisti…cercosis? Algo que aquí no saben tratar bien. Noruega tiene mejores especialistas y el tratamiento es un poco... agresivo; no saben cómo pueda reaccionar el cuerpo de Engel, y apostaron por lo seguro... Igualmente, me adelanté un poco y, por suerte, unos familiares me recibirán en Noruega, así que solo me preocupa el tratamiento.
De pronto sentí como un peso insoportable estaba encima de mí; el ponerme en los zapatos de Stella en este momento, la empatía me generaba un estrés de solo imaginarlo que no podía aguantar.
—Pero no he venido a bajar los ánimos Elizabeth —mencionó con un tono más elevado.
Se notaba cómo quería evitar el tema, o al menos, no darle vueltas.
—Pero, sí, quería decirte que me voy, no se cuando regrese, así que será un hasta pronto.
Imaginarlo fue suficiente para que algo me oprimiera el pecho. Pensar en Stella y en Engel, en todo lo que se les venía encima, me dejó sin palabras.
—Yo… —Respondí, dudando un momento.
—Tranquila por eso, no soy tan disfuncional… ¿Verdad? No respondas. —Susurró, en un suspiro.
Reí levemente. Mi risa fue más nerviosa que otra cosa.
—Está bien, supongo que solo queda esperar que todo salga bien… y rezar. —Dejé escapar el aire despacio.
En ese momento, escuché un ruido; en cuanto vi a Stella sacar su teléfono, entendí que nuestro reencuentro ya estaba a punto de terminar.
Estaba pensativa con lo poco que había pasado; casi por instinto, mi vista se fijó en Ágata, que se encontraba a lo lejos, jugando con Engel. Parecían estar divirtiéndose mientras Aures los miraba. Sentí como el mundo se enmudeció mientras contemplaba la escena, absorta en la vista, disociando mientras sentía la fría brisa.
—Elizabeth, me tengo que ir —escuché la voz de Stella mientras recogía sus pocas cosas.
—Se me olvido decir que el viaje sale mañana—dijo un poco dudosa mientras se levantaba del banco con algo de prisa—. Perdón por no habértelo dicho antes, pero no me dio el tiempo.
—No pasa nada, igual me agrada que nos viéramos una última vez aquí.
Estábamos ambas pensativas, aparentemente disgustadas por la despedida.
—Solo no nos veremos en… algunos años, tal vez...
En su voz se escuchaba duda e incertidumbre.
—Adiós, Stella. —La voz no me salió limpia.
—Adiós… Elizabeth.
Ella llamó a sus hijos. Engel y Aures se despidieron de Ágata con un gesto rápido y siguieron a su madre. Los vi alejarse hasta que sus siluetas se perdieron tras la entrada del parque.
Me quedé allí, de pie, viendo cómo el lugar se volvía más silencioso. Ágata se acercó a mí caminando despacio. En su mano derecha traía un papel que parecía nuevo, pero estaba rasgado exactamente por la mitad, como si alguien lo hubiera tirado o se hubiera roto en un forcejeo de juego. Lo miraba con una seriedad impropia de su edad.
—Mami, ¿se fueron? —preguntó, extendiéndome el trozo de papel.
—Sí, hija. Se fueron lejos —respondí, tomándola de la mano.
Empezamos a caminar hacia la salida bajo la luz mortecina del invierno. La vi caminar a mi lado, ajena al peso de la incertidumbre de una mudanza al otro lado del mundo. Ella solo veía un papel roto y un juego que se había terminado antes de tiempo. La tristeza, pensé, es algo que te alcanza solo cuando empiezas a entender el significado de la distancia.
—Ágata —susurré, casi para mí misma, mientras cruzábamos la puerta del parque—, por favor, no crezcas nunca.
Salimos del parque juntas, dejando atrás el rastro de una amistad que el invierno se había llevado hacia el norte.