Reencuentro
En un pequeño pueblo al sur de México existe una tienda de antigüedades que parece inmune al paso del tiempo. Los pobladores no recuerdan cuándo apareció; simplemente siempre ha estado ahí. Más de una vez se han preguntado cómo logra mantenerse en pie si apenas unos cuantos viajeros cruzan su puerta para comprar algún objeto olvidado. A simple vista no parece un negocio rentable, aunque quizá a nadie le importe lo suficiente como para preguntarse de dónde proviene realmente su sustento.
El establecimiento siempre es atendido por mujeres. Hermosas, jóvenes y de una serenidad casi inquietante. Cada cierto tiempo, una nueva dueña ocupa el lugar de la anterior, presentándose como su hija o su sobrina. Es curioso que todo el pueblo las conozca de vista, pero nadie sepa realmente nada sobre ellas: si tienen esposo, si forman una familia o siquiera dónde viven cuando cae la noche.
La verdad era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de creer.
Desde que el pueblo fue fundado, aquella tienda solo había tenido una única dueña.
Durante siglos se había dedicado a recuperar objetos perdidos. Con el paso del tiempo dejó de vender reliquias de gran valor económico; ahora, la mayoría de las piezas solo conservaban aquello que el dinero jamás podría comprar: el peso de un recuerdo.
Algunos la llamaban bruja.
Otros, sacerdotisa.
Los más devotos aseguraban que era un ser inmortal enviado para entregar un mensaje a cada persona que cruzaba el umbral del negocio, una especie de “ángel” disfrazado de comerciante.
Ella detestaba ese nombre, pero el pueblo le llamaba Atlolic.
Aquella mañana transcurría con la misma tranquilidad de siempre. Sentada detrás del viejo mostrador, observaba a los habitantes caminar frente al escaparate; unos seguían de largo y otros se detenían apenas unos segundos para curiosear entre los objetos expuestos.
Entonces levantó la vista hacia un antiguo espejo.
La joven de cabello oscuro y rostro impecable desapareció.
En su lugar, el cristal reflejaba a una mujer de piel surcada por arrugas y largas canas plateadas que caían sobre sus hombros.
No se sobresaltó.
¿Por qué habría de hacerlo?
Llevaba más de doscientos años viendo ese reflejo. Aquella era su verdadera apariencia. La juventud que mostraba al mundo no era más que una ilusión cuidadosamente construida para evitar preguntas incómodas. Cuando el paso de las décadas amenazaba con despertar sospechas, simplemente cambiaba de rostro y regresaba al pueblo convertida en la supuesta hija o sobrina de la antigua propietaria.
Agradecía que los habitantes fueran tan poco curiosos. Aceptaban lo que sus ojos les mostraban sin cuestionarlo, ciegos como topos frente a aquello que escapaba de la lógica.
Un día, un viajero extranjero cruzó la puerta.
El sol mexicano había teñido su piel de un tono rojizo y sus ojos, de un azul tan intenso como las aguas cristalinas de las costas, recorrían cada rincón del local con una ansiedad que intentaba ocultar.
La mujer sonrió apenas —-Muchacho tonto... aún no has aprendido nada.---- dijo en voz baja.
No era la primera vez que aquel hombre entraba a su tienda.
Lo había visto en otras épocas, con otros nombres, otros rostros y otras vidas. Siempre llegaba buscando lo mismo: aquello que su propio corazón había perdido siglos atrás.
Después de todo, seguía siendo humano.
—Tengo anillos de pareja —dijo la tendera al percibir la tensión que emanaba del viajero de tierras polares.
Cuando él se acercó al mostrador, ella extrajo un pequeño cofre de hierro forjado. Un viejo amigo lo había fabricado para ella hacía muchísimo tiempo. Al abrirlo, reveló una colección de anillos antiguos mezclados con piezas mucho más recientes; después de todo, los turistas rara vez distinguían una reliquia auténtica de una buena imitación.
Uno de ellos llamó inmediatamente la atención del hombre.
Había sido elaborado durante los años de la conquista de México, cuando dos mundos comenzaban a mezclarse y nacía el mestizaje. Quizá no reconoció su origen, pero el diseño le recordó de inmediato a la persona que lo esperaba al otro lado del mundo.
La tendera sostuvo la joya entre sus dedos.
—Los objetos conservan parte de la esencia de quienes los poseyeron —explicó con calma—. Si pertenecieron a alguien cruel, absorben su rencor, su dolor y la oscuridad que cargaba en vida. Hago todo lo posible por purificarlos, pero ni siquiera yo puedo borrar por completo las sombras que deja el alma.
Detrás del establecimiento había un estante reservado únicamente para aquellas piezas. Permanecían ahí durante años, incluso décadas, mientras intentaba liberarlas de la energía que las consumía. Ya existía suficiente maldad en el mundo como para permitir que viejas desgracias encontraran un nuevo dueño.
Sonrió con más calidez al observar el anillo.
—Pero cuando un objeto nace del amor, la lealtad o la bondad... ocurre lo contrario. La luz de quien lo entregó permanece en él incluso después de la muerte.
Esos eran los únicos objetos que colocaba a la venta.
Con delicadeza depositó el anillo dentro de una pequeña caja de terciopelo rojo. El color combinaba perfectamente con el hilo rojo que solo ella podía ver, atado al dedo corazón del viajero y extendiéndose mucho más allá de las paredes de la tienda.
Cobró una cantidad modesta.
El hombre agradeció y salió del establecimiento sin imaginar que acababa de llevarse mucho más que una simple reliquia.
La mujer observó cómo desaparecía entre las calles del pueblo.
—Adiós, viejo amigo de tierras lejanas... Llévale mi amor a ella.
Sonrió con melancolía.
—Los volveré a ver en su próxima vida.
Aquellas dos almas habían conseguido reencontrarse una vez más.
Solo esperaba que, en esta ocasión, «el señor de arriba», como solía llamarlo, les concediera por fin el descanso que llevaban siglos buscando y les permitiera permanecer juntos hasta el final de sus días.
Ya habían sufrido suficiente.
Ella comprendía mejor que nadie el peso de un destino.
También había sido un alma errante.
Muchos siglos atrás cometió el único error que jamás pudo deshacer: desafiar a su dios y poner fin a su propia vida.
Cuando llegó el momento de enfrentar su juicio, alguien allá arriba encontró en ella un pequeño rastro de humildad, aunque ni una sola pizca de arrepentimiento. En lugar de condenarla, la enviaron de regreso al mundo de los vivos.
No como humana.
Como guía.
Desde entonces caminaba entre los mortales, acercándolos, casi sin que lo notaran, al destino que les correspondía, igual que un pastor conduce pacientemente a una oveja perdida.
A lo largo de los siglos contempló dioses paseando por la tierra que alguna vez les perteneció. Conoció personas capaces de mirar mucho más allá de lo que permitían los ojos humanos; con ellas nunca interfería. Ambos sabían que el otro existía y, por mutuo acuerdo, convivían en silencio.
También vio a las mismas almas regresar una y otra vez.
Algunas repetían los mismos errores en cada existencia.
Otras encontraban la fuerza para corregir el rumbo.
Y unas pocas aceptaban el camino que el destino había trazado para ellas, incluso cuando ese sendero terminaba conduciéndolas hacia la muerte.
Sin embargo, había una persona que nunca logró olvidar.
Aún recordaba a aquella niña.
Cuando la encontró por primera vez, descubrió un alma tan obstinada que se aferraba a la vida como la llama temblorosa de una vela a punto de extinguirse.
Fue la primera capaz de ablandar su corazón adormecido.
La primera por la que rezó. La primera por la que le suplicó al cielo unos años más de vida.
¿Por qué lo hizo?
Su destino ya estaba escrito.
Tal vez aquella niña le recordaba a alguien.
En la niña vio el reflejo de la mujer que un día decidió morir.
Ella misma.








