El ángel humano
La tormenta comenzó antes del primer grito y la sensación de algo nuevo hacía que los vitrales del palacio de Sion temblaran con un estruendo seco, como si el cielo mismo quisiera romperse sobre la tierra. Los relámpagos no iluminaban: advertían.
Dentro de la habitación real, el aire estaba cargado de algo más que miedo.
—¡No está respirando bien! —exclamó el médico, con las manos manchadas de sangre—. Majestad, debemos intervenir ahora.
Clariz gritó.
No fue un grito humano. Fue algo más profundo, más antiguo. Anscentral, como si su voz viniera desde un lugar que no pertenecía a ese mundo.
El rey Raphael no entendía lo que estaba pasando… pero sabía que algo estaba mal, muy mal; aunque sabía qué era, no comprendía del todo la necesidad de hacer que su esposa sufriera tanto.
No era solo el parto, era la sensación de que el mundo estaba a punto de romperse.
El aire pesaba. Las velas se apagaban solas, la electricidad había desaparecido por un momento Y, por un instante, el joven rey juraría que el tiempo dejó de avanzar.
Entonces… hubo un silencio; aquel silencio fue tan absoluto que dolía; el viento en las paredes no se escuchaba y ahora lo único que se sintió: el llanto, pequeño, frágil.
Imposible de olvidar entre los presentes.
La niña diosa había nacido. El médico retrocedió, confundido; no dijo nada, no podía. Porque no había explicación.
Clariz cayó sobre las sábanas, exhausta, mientras la mujer mayor —la madre del rey— tomó a la recién nacida con manos firmes y emocionada; ella más que nadie sabía qué era esa niña para el presente de la humanidad.
—Es una niña… —susurró.
Pero su voz no sonaba tranquila. Sonaba… reverente.
Sus ojos se detuvieron en el costado izquierdo del bebé, y todo cambió.
—No puede ser…
El rey se acercó, todavía con lágrimas en el rostro, dispuesto a ver a su hija por primera vez.
Sonrió.
—Hola… pequeña…
Pero entonces la vio.
La marca, dos infinitos cruzados, grabados en la piel como si hubieran sido escritos por la misma creación.
El mismo símbolo que su madre había llevado toda la vida, en su cuello. El mismo que significaba una sola cosa.
Raphael retrocedió.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Ella no es…
La niña lloró.
Y en ese llanto había algo más que miedo, había conciencia, inocencia y divinidad en cada respiración.
—Raphael —susurró Clariz, apenas con fuerzas, esperando con su corazón a punto de dejar de latir—. ¿Qué ocurre?
El rey no podía dejar de mirar, no podía respirar, no podía negar lo evidente; aunque estaba emocionado, la cosa fue que conocía perfectamente el desastre que vendría con la princesa.
—Ella es…
Tragó saliva.
Y el mundo, en algún lugar más allá de ese cuarto, pareció inclinarse como alabando a la niña todavía en sus brazos.
—Ella es la Dama de los cielos —el hombre se postró; de alguna manera sabía que ella iba a hacer la creación sobre las creaciones y la vida después de la muerte—. Bienvenida, Sabiduría.
En el cielo, nadie estaba preparado.
El llanto atravesó los planos como una grieta en la realidad. Arcángeles, profetas, almas antiguas… todos se detuvieron al mismo tiempo.
Lo sintieron: paz, miedo.
Y algo más peligroso que ambos, destino... Que desde ese momento se acostumbraría a ser presente, y es que la niña que había nacido no solamente era la reencarnación de algo irreverente para los cielos, sino la destrucción del infierno y el cambio de orden, porque la orden de la luz tendría que morir para que renaciera lo que estaba escrito por el profeta.
Emmanuel abrió los ojos lentamente; después estaba presente en el alma, al fin. Había esperado siglos por ese momento.
Y aun así…
No estaba listo; el camino aún le falta y las consecuencias que traería también, solamente esperar las cobranzas de Dios cuando volviera.
—Por fin… —susurró.
En sus manos, la luz comenzó a tomar forma.
No era solo su hija, era la maravilla humana.
Era su error.
O su salvación.
Pero en el infierno… se despertaba algo más que la curiosidad nefasta de un rey que tenía tantos celos y ganas de vengarse.
Alguien sonrió.
—Ya llegó, la hija del hombre ha llegado. —Se dijo: —Vamos a ver cómo lo manejas, hermanito.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Lucifer sintió curiosidad, malsana.
Él no tendría miedo cuando la sucesión del poder se diera, pues era algo inevitable que eso no pasara. Si Emmanuel lo impedía, ella misma se levantaría contra él y su persona; eso le gustaba, más que se la pusieran difícil. Con una copa de sangre, la idea más macabra de todas les dio un brillo especial a sus ojos.
—¿Y si me quedo con la hermosa hija de mi hermano? —habló para sí, sin percatarse de que Xéfora, la Suprema Pecado de la lujuria, estaba entrando. Una mujer de pechos grandes, ojos amatista y cabello azul oscuro.
Desde el minuto cero, el ángel guardián se quedó pendiente, protegiendo a la niña que reconoció instintivamente de una manera invisible, mientras su cuerpo mortal era cuidado por Gerard.
Estaba tranquilo, observando a Clariz y mirando cómo la joven alma tomaba el rol de ser una humana—. Espero poder aparecer en tu vida, querida mía. —Cuando percibió un calor sofocante, dejando que su piel y su alma se dispusieran a la batalla para protegerla, un olor a infierno y a pecado hizo que sus cejas se alzaran. Desenvainando su espada, supo quién era—. ¿Tú, serás su demonio tentador, bastardo de Lilith?
—Lógico, esclavo de Emmanuel —observó a la niña que era cuidada por un campo de energía—. Si logro que esa chiquilla vuelva sus ojos hacia el infierno —sonrió con malicia—, seré el Heredero de las tinieblas. El Astaroth, mientras tú siempre serás su maldito esclavo—. El demonio lo elevó bastante lejos...
—Eso lo veremos —el ángel devolvió el golpe recordando lo que le dijeron sus mayores—, no dejaré que le hagas daño. —El demonio sacó sus espadas; tiraron a matar.