Ginebra y terciopelo
La luz del sol entró en el dormitorio con la delicadeza de un mazo de demolición. Caspian Crane se cubrió el rostro con la almohada, pero el calor ya había empezado a cocer los restos de alcohol que nadaban en su cerebro. Aquella resaca se comportaba como un invitado maleducado que se negaba a abandonar su cráneo tras el fin de la fiesta. Se quedó inmóvil, contando los latidos de las sienes, esperando que el mundo dejara de girar o que, por lo menos, lo hiciera a una velocidad que no le provocara náuseas.
Se incorporó con la lentitud de un náufrago que alcanza la orilla. El apartamento estaba sumido en una penumbra artificial, interrumpida solo por las motas de polvo que bailaban en los pocos rayos que lograban burlar las pesadas cortinas de terciopelo. Aquel lugar olía a cera vieja, a tabaco de importación y a esa clase de cinismo que solo se cultiva cuando uno ha pasado demasiado tiempo mirando los bajos fondos desde un ático. Crane se arrastró hasta la cocina, una estancia donde el orden era una leyenda urbana.
El ritual del desayuno comenzó con el sonido del gas. Encendió el hornillo y colocó dos rebanadas de pan sobre la rejilla. No usaba tostadora. Prefería el control manual, aunque su pulso hoy sugiriera que sus manos pertenecían a otra persona. Mientras el pan se carbonizaba, sacó una botella de ginebra del congelador. El cristal estaba cubierto por una fina capa de escarcha. Sirvió una medida generosa en un vaso de cristal tallado, el último que le quedaba de un juego completo que su exesposa no se llevó por pura compasión.
El pan se quemó. Era parte del plan. Crane sostenía la teoría de que el carbón activado neutralizaba las toxinas de la noche anterior, o al menos le daba algo amargo en qué pensar mientras el alcohol hacía su trabajo. Se sentó a la mesa, frente a un cenicero de plata que desbordaba colillas, y dio el primer sorbo. El líquido gélido le quemó la garganta, despertando sus terminaciones nerviosas con un latigazo de bayas de enebro.
En ese momento, el teléfono decidió que la paz era un concepto sobrevalorado.
El aparato, un modelo antiguo de baquelita que pesaba lo mismo que un pecado mortal, soltó un timbrazo seco. Crane lo miró con odio. Lo dejó sonar cuatro veces antes de descolgar.
—Crane —dijo con una voz que sonaba como si hubiera tragado papel de lija.
—¡Caspian! ¡Gracias al cielo! —La voz de Lady Penhaligon llegó al otro lado de la línea con la sutileza de una sierra eléctrica cortando seda.
Crane alejó el auricular unos centímetros. Analizó el tono. Aquel agudo no nacía del dolor, sino de una indignación social extrema. Era la frecuencia exacta de alguien que acababa de descubrir que el servicio no había planchado el periódico de la mañana. Podía diagnosticar la situación por el simple vibrar de sus cuerdas vocales. Pánico de clase alta.
—Lady Penhaligon —respondió él, cerrando los ojos—. Su voz suena como cristales rotos sobre terciopelo. ¿Qué tragedia ha ocurrido de nuevo, para que decida arruinar mi desayuno?
—Se lo han llevado, Caspian. El Huevo de Invierno. Mi caja fuerte... esa cosa que costó una fortuna y que se suponía inexpugnable... está vacía.
Crane le dio un mordisco a la tostada quemada. El crujido resonó en su cabeza.
—Inexpugnable es una palabra que los vendedores de acero usan para referirse a algo que tarda más de diez minutos en abrirse —comentó él—. ¿Ha llamado a la policía?
—¿A la policía? ¡Por favor! Se presentarían aquí con esas botas sucias y harían preguntas sobre el origen de mis fondos. Quiero que venga usted. Ahora mismo.
—Lady Penhaligon, hoy es jueves. Los jueves me dedico a cultivar mi misantropía.
—Le pagaré el triple de su tarifa habitual. Y tengo una caja de ese bourbon que tanto le gusta, el que ya no se fabrica.
Crane hizo una pausa. Miró hacia su vitrina de licores. El estante inferior mostraba un vacío desolador, una estepa de madera pulida donde solo quedaba una botella de vermut barata que no tocaría ni en caso de guerra química. Su bodega personal estaba en niveles críticos. La justicia podía esperar, pero su paladar tenía necesidades urgentes.
—Estaré allí en una hora —sentenció—. Asegúrese de que nadie toque nada. Especialmente el bourbon.
Se levantó y se dirigió al vestidor. Vestirse era su forma de armarse contra la mediocridad del mundo. Eligió un traje de tres piezas en gris marengo, una camisa de cuello rígido y una corbata de seda con un nudo Windsor tan perfecto que parecía una escultura. Se miró al espejo. El rostro que le devolvía la mirada era el de un hombre que había visto demasiados finales de película y ninguno le había gustado. Se ajustó los gemelos de plata y agarró su paraguas de mango de tungsteno. No llovía, pero Crane consideraba que un caballero sin paraguas era un hombre a medio terminar.
El trayecto hacia la mansión Penhaligon en taxi fue un suplicio de frenazos y baches. El conductor intentó entablar conversación sobre el clima, pero Crane lo despachó con una mirada que habría congelado el magma. Se bajó frente a la verja de hierro forjado, un diseño barroco que gritaba "manténgase alejado" en tres idiomas diferentes.
La mansión era un monumento al exceso. Un edificio de piedra caliza que ocupaba media manzana, rodeado de jardines que parecían haber sido peinados con un cepillo de dientes. Al entrar, el aire cambió. Pasó del humo de los escapes y la humedad de la calle a un ambiente filtrado, cargado de un perfume floral tan denso que casi se podía masticar.
Lady Penhaligon lo esperaba en el gran vestíbulo. Vestía una bata de seda negra y sostenía un pañuelo de encaje que torturaba con sus dedos enjoyados. Tenía cincuenta años, pero su cirujano plástico se esforzaba por convencer al mundo de que acababa de cumplir los treinta. El resultado era una expresión de sorpresa perpetua que no encajaba con la gravedad de la situación.
—¡Caspian! Por fin. Briggs está en la sala de seguridad, dice que es un milagro técnico —chilló ella, guiándolo por un pasillo flanqueado por retratos de antepasados que parecían juzgar a Crane por no llevar sombrero.
Llegaron a la biblioteca. Era una estancia vasta, con estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de libros que nadie leía. En una de las paredes, detrás de un cuadro de un paisaje de caza, se encontraba la famosa caja fuerte. La puerta de acero estaba abierta de par en par, mostrando un interior de terciopelo azul donde debería haber reposado el Huevo de Invierno, una pieza de Fabergé valorada en varios millones de libras.
Un hombre robusto, con un traje que le quedaba pequeño en los hombros y un corte de pelo militar, estaba inclinado sobre el mecanismo. Era el Capitán Briggs, Capitán de la policía y un hombre cuya imaginación terminaba donde empezaba el manual de procedimientos.
—Señor Crane —dijo Briggs con desprecio—. No sé qué hace aquí. Mis hombres están revisando las grabaciones de los sensores láser. El sistema no registró ninguna entrada. Ninguna alarma sonó. Es como si el objeto se hubiera desmaterializado.
Crane no respondió. Se acercó a la caja fuerte con la parsimonia de un forense. No miró el mecanismo de cierre. Ni siquiera se fijó en la marca de la caja. Se inclinó y olfateó el aire cerca de la bisagra superior. Luego, pasó un dedo enguantado por la parte interna del marco.
—Briggs —dijo Crane sin darse la vuelta—, su sistema láser es una maravilla de la ingeniería. Lástima que los láseres no tengan nariz.
—¿De qué está hablando? —gruñó el militar.
Crane se enderezó. Se ajustó los puños de la camisa y miró a Lady Penhaligon, que contenía el aliento. Sus ojos recorrieron la habitación. Se detuvieron en la alfombra, en el rincón donde una pequeña mesa de caoba sostenía un jarrón con orquídeas. No había signos de violencia. Ninguna marca de herramientas. Ningún rasguño en el acero cromado.
—¿Dijo que esto fue un robo, Lady Penhaligon? —preguntó Crane, arrastrando las palabras.
—¿Qué otra cosa podría ser? ¡El Huevo no tiene alas!
Crane se acercó a la mujer. Su mirada era quirúrgica, diseccionando cada gesto, cada tic nervioso en la comisura de sus labios. La mujer desvió la vista hacia el mueble bar que descansaba al otro lado de la sala.
—Ustedes están buscando a un fantasma con guantes de seda —dijo Crane, rompiendo el silencio—. Buscan a alguien que saltó muros, que burló cámaras y que descifró códigos de dieciséis dígitos. Buscan un drama de acción donde solo hay una farsa de salón.
Caspian caminó hacia el centro de la biblioteca y golpeó suavemente el suelo con la punta de su paraguas. El sonido seco fue el único ruido en la estancia.
—Briggs, deje de mirar esas pantallas. El culpable no está en sus grabaciones porque no hubo ninguna intrusión.
El jefe de seguridad se puso rojo.
—¡Eso es absurdo! Yo mismo cerré la habitación anoche.
—Y lo hizo muy bien —concedió Crane—. Pero cometió un error fundamental. Creyó que el peligro venía de fuera.
Caspian regresó frente a la caja fuerte. Hizo una pausa dramática, el tiempo justo para que Lady Penhaligon empezara a retorcer su pañuelo con más fuerza.
—No busquen a un ladrón, busquen a un decorador —sentenció Crane—. Esta caja no fue forzada. Fue abierta con la cortesía de una invitación de boda. No hay marcas de tensión en los pernos. No hay residuos de polvo magnético. El Huevo de Invierno no ha sido robado, ha sido 'evacuado'.
—¿Evacuado? —repitió la mujer con voz temblorosa.
—Sí. Sacado por alguien que tenía la llave, el código y el tiempo suficiente para asegurarse de que no quedara ni una mota de polvo —Crane señaló una mancha casi invisible en el marco de madera de la biblioteca—. Alguien que se tomó la molestia de usar incienso de sándalo para ocultar el olor a sudor nervioso. Pero el sándalo, querida Lady Penhaligon, no se usa en los robos. Se usa en las ceremonias.
El rostro de la mujer se descompuso. La máscara de sorpresa perpetua se quebró, revelando una verdad mucho más vieja y desgastada. Crane sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue el gesto de un hombre que acaba de encontrar la primera pieza de un rompecabezas que promete ser sangriento.
—Ahora —dijo Crane recuperando su tono habitual—, creo que me debe un bourbon. Y me temo que esta investigación va a ser mucho más larga, y más cara, de lo que usted imaginaba.
Se dio la vuelta, dejando a la mujer paralizada frente a su tesoro inexistente. Al salir de la biblioteca, Crane notó que el dolor de cabeza había desaparecido. El misterio era el único analgésico que realmente funcionaba para él. Pero mientras caminaba por el pasillo, un pensamiento cruzó su mente como una ráfaga de aire frío. Si ella no lo había robado todavía, ¿quién había sido lo suficientemente rápido para leerle la mente a una estafadora profesional?
El juego no había hecho más que empezar, y el tablero olía a sándalo y a traición.








