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A Un Salto del Abismo

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Sinopsis

Abismo: profundidad grande, imponente y peligrosa. Un hombre y una inmutable decisión de enfrentarse cara a cara con la muerte, pero una muerte autoimpuesta. Solo un salto lo separa del abismo, solo un empujón y todo acabaría. De súbito, una voz lo detiene. Lo induce a pensar sobre cada uno de los eslabones que formaron la cadena que lo arrastró a esa terrible resolución. No obstante, la negra silueta no lo guía por las vías del perdón y del arrepentimiento. La convincente voz aviva la llama de su odio, lo empuja a su perdición. ¿Quitarse el don de la vida o seguir viviendo una existencia miserable? ¿Qué hacer ante tan cruel dilema? ¿Qué hacer cuando el pabilo de nuestra esperanza se ha consumido? Necesitamos que Alguien reemplace ese pabilo y que encienda de nuevo en nuestra alma la llama del amor.

Genero:
Literary Fiction
Autor/a:
Marcos
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

En el Borde

—Nunca hubiera imaginado llegar hasta aquí... En la cima de un viejo rascacielos, mientras la tormenta se cierne sobre mí.

Sus temblorosos pies estaban aferrados al borde del húmedo concreto de la azotea. Ante él, la ciudad ardía con un fulgor amenazador, como una inmensa hoguera. Esa hoguera ardía con la corrupción, los abusos, los vicios, la mentira, la traición y todos los males de este mundo. Debajo de él, un abismo inacabable se abría a sus pies, ansiando tragar su existencia. Un abismo del que no hay redención, del que no hay marcha atrás ni salida de emergencia.

—Llegas tarde —exclamó una voz melosa y seductora.

Miró en todas direcciones, pero no pudo ver por ninguna parte al dueño de aquella voz. De pronto, una oscura silueta apareció como por arte de magia en un edificio ligeramente más alto que estaba enfrente.

—¿Quién... quién eres? —dijo con un atisbo de terror apenas vio esa encorvada figura.

—¿Qué quién soy, hijo de Adán? —exclamó sin dejar su tono seductor—. Eso no viene al caso, mi pobre amigo.

No hubiera podido decir si se trataba de un ser masculino o femenino. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Se sintió tonto por tener miedo, después de todo su vida estaba por tocar a su fin, ¿qué temor puede ser mayor que el de la muerte?

—Acabas de decir que llegué tarde —le manifestó con un tono más firme—. El tiempo es relativo, ya no importa que pasó antes o después. La vida también es una simple ilusión, un espejo de mala calidad que trata de reflejar lo que otros vivieron.

—Error, no se puede negar que el tiempo existe en este mundo. Solo lo que usan los humanos para medirlo es relativo. Otra cosa que no se puede negar es que no has sido tú el que se empujó a esta situación.

—¡No, claro que no! Pero no hubo una sola causa que me obligó a tomar esta decisión. Es una larga cadena de la cual no me gustaría volver a vivir cada eslabón.

Sus puños se crisparon y apretó los dientes.

—¿Acaso no vale la pena recordar los sucesos que te llevaron a la decisión más importante de tu vida? ¿No quieres sentir ese desprecio final a todas las personas que tienen la culpa de tu desdicha? Deberías clamar al cielo: ¡Aquí estoy, no te tengo miedo! ¡No tienes poder sobre mí!

Por un segundo, creyó ver un fulgor rojo en los ojos del desconocido.

—Tienes razón, ¿qué mal hay en repasar todo lo sucedido?

—El único mal es el que te han hecho a ti y que estoy ansioso por escuchar —dijo la encorvada silueta con un tono compasivo que terminó de convencerlo.

Por fin, alguien quería escuchar sus penas y sus dolores.

—Bueno..., es difícil elegir por donde empezar.

—Desde el principio.

Él asintió, se rascó la cabeza y se aclaró la garganta.

—Se suele decir: “Feliz fue el día que me concibió mi madre”. Pues ese día fue todo lo contrario. Antes de tener uso de razón, sucedió mi primera desgracia. El doctor tuvo que decidir que vida salvar: la madre o el niño. Eligió salvar a mi madre, pero accidentalmente hizo lo contrario y me salvó a mi. Quizás mucho por lo que estoy pasando se debe a la falta de una figura materna. Tal vez, si hubiera tenido el cariño desinteresado de una madre, las cosas habrían sido diferentes.

—Pobre, amigo mío. Te quitaron a tu madre a una edad tan tierna. Debes estar muy enfadado con aquel que te la arrebató.

—No, en realidad no. Supongo que es porque me acostumbré a la idea de que está muerta. Pero, como te dije, si hubiera tenido el cariño...

—El cariño —interrumpió el desconocido con un dejo de impaciencia—podría haber ayudado. Sin embargo, en muchos casos ese cariño se puede volver irritante, incluso puede llegar a ser insoportable. Los hijos, cuando cumplen la mayoría de edad, suelen discutir y pelear con sus padres; a pesar de que ellos les demuestran cariño. Muchas veces rompen del todo sus vínculos familiares por culpa de ese cariño.

—Mi padre no me tenía mucho cariño, y si lo tenía no lo demostró.

—¡Ah! ¿Lo ves? Entonces, ¿cuál fue la discusión más agresiva que tuviste con él?

—A decir verdad, nunca discutí con él. Verás, mi padre solía ser un hombre alegre y muchos me dijeron que hasta era cómico, ocurrente y divertido. Sin embargo, cuando mi madre murió tuvo una severa depresión. Se volvió malhumorado y taciturno. Además, se sumergió en su trabajo para poder olvidar. Nunca supe lo que pensaba de mí porque rara vez cruzabamos palabra. Me imagino que me consideraba culpable de la muerte de su mujer, o quizá tenía algún parecido con ella que él no podía soportar. Muchas veces me dijeron que heredé los ojos de mi madre. Cuando yo era pequeño contrató una niñera para que se ocupara de mi, ni se molestó en educarme. Durante toda mi vida me trató con indiferencia y frialdad, nunca me dirigieron sus labios algún elogio o una palabra de amor. Solamente me transmitía órdenes a secas: enciende la luz, barre la cocina, hazme la cena. Como yo era sumiso por naturaleza, lo obedecía en todo.

—Ya veo, me suena conocida esa historia. ¿Qué clase de padre es uno que solo quiere que lo sirvan? ¿Acaso merece amor, respeto o fidelidad una persona así? ¡No! Un padre egoísta solo merece una cosa: la traición.

Era palpable la furia de aquella sombra.

—Yo no traicioné a mi progenitor. Pero a mi si me traicionaron. Todo empezó cuando entré a la secundaria. Como lo hacen todos los adolescente, mis compañeros se empezaron a dividir en distintos grupos. Yo no era parte ni de el de los raros, ni tampoco del de los populares. Formaba parte más bien del de los comunes, los que se juntan a charlar de la vida y no suelen ir a fiestas o a discotecas. Entré a ese grupo gracias a mi mejor amigo de la escuela primaria.

—“Lo peor de la traición es que nunca viene de un enemigo”, dijo el gran Napoleón Bonaparte.

—Lamentablemente, eso es cierto. El que yo creía que era mi mejor amigo me traicionó. Excepto por mi familia, todo marchaba por buen camino en mi vida. Tenía buenos amigos, me iba bastante bien en la escuela y era respetado porque nadie me molestaba ni me burlaba. Pero un día todo cambió. El que decía ser mi mejor amigo me robó la ropa mientras me cambiaba en el gimnasio de la escuela. Yo lo perseguí por todas las instalaciones con una toalla ceñida a la cintura. Ese día había un partido de fútbol en el campo del colegio donde estaban casi todos los alumnos reunidos. Yo lo seguí hasta allí, pero él me hizo tropezar y me sacó la toalla. Quedé completamente humillado ante la escuela entera. Mis antiguos amigos me desconocieron y prácticamente me hecharon del grupo. No quise trabar amistad con lo raros porque me daba vergüenza hacerlo después de haberlos despreciado. Le pedí mil veces a mi padre que me cambiara de colegio, pero hizo caso omiso a mis palabras.

—¡Nunca me imaginé una traición tan atroz! ¡Tu amigo era una asquerosa serpiente! Lo que me acabas de contar es terrible, mi pobre hijo de Adán. Ese odio que debiste sentir ante la traición de tu amigo sería capaz de mover una montaña.

—Si, ciertamente me enfadé mucho con él. De hecho, no le volví a hablar en mi vida. Seguro no le importó porque gracias a su ‘hazaña’ pasó a formar parte de los populares.

—¡No me digas! ¡Eso es aún peor! Te entregó por una recompensa tan baja y vil. Algo así como un Judas. Si, puedo sentir esa ira fluir por tus venas. Nunca debes dejar que alguien te trate como basura, sin importar las consecuencias.

Aquel individuo hablaba como si hubiese vivido eso en carne propia.

—A pesar de que ese día estuve loco de ira, no estuvo ni cerca de ser la vez que más lamenté el haber nacido.

—¿No? ¿Qué puede ser peor que esto? Eso tengo que oírlo para creerlo.

—Todo inició cuando decidí empezar una carrera universitaria. Al principio todo iba bien, logré obtener una beca en una universidad bastante prestigiosa. Por un período de varios años conseguí muy buenas calificaciones. Mis profesores me querían, mis compañeros me respetaban. Estudiaba sin descanso, de día y de noche, con frío y calor. Pero pasaron varias cosas que me llevaron a una profunda depresión. Mis maestros se extrañaron cuando mi promedio empezó a caer en picada. Dejé de estudiar, ya no le veía gusto al trabajo ni al esfuerzo. Simplemente no les encontraba sentido.

—Eso es triste, pobre amigo mío.

—No obstante, eso no es lo más triste. Por culpa de esa terrible depresión, nunca obtuve el título universitario por el que tantos años había luchado. Cuando por fin logré salir de la amargura y de la melancolía en la que me hallaba sumido, me di cuenta de que ya no me convenía seguir con mis estudios. Decidí entonces que había llegado la hora de insertarme en el mundo del trabajo. Estuve buscando por varios meses el trabajo que más me convenía, hasta que descubrí la programación. Tomé algunos cursos sobre ese tema, los cuales me fascinaron y me entusiasmaron hasta tal punto, que resolví dedicarme a eso por el resto de mi vida. Una decisión audaz que me costó cara. Si hubiera sabido en ese momento que uno debe pensar en lo que trabajará cuando elige una carrera, y no en lo que estudiará, quizás ahora no estaríamos hablando. Rápidamente, caí en la cuenta de que me había condenado a prisión perpetua junto a una detestable máquina, a la que estaba obligado a mirar durante ocho horas seguidas. Así es que tener un trabajo que no me gustó hizo que la vida perdiera mucho de su sabor. Como esos chicles baratos que dejan de tener gusto después de la primera mordida.

—¡Ay! Eso es terrible, hijo de Adán. Aun así, siento que eso no es lo peor de todo. Puedo percibir que te falta contarme lo más importante de todo, la gran gota que rebalsó el vaso. Esa depresión de la que me hablaste... debe tener una causa...

Hace tiempo que aquel hombre había creído que sus ojos se habían secado. Esos ojos que se había propuesto apagar para siempre, ahora se humedecían ante el recuerdo de tan viva emoción.

—No, tienes razón. Eso no fue lo peor. Hubo una vez... que creí haber alcanzado por fin la felicidad...

—El cruel desengaño del amor. Creer que a una persona le importas, cuando después descubres que en realidad no es así y ¡oh, sorpresa! al día siguiente te echan de su lado como a un leproso, sin importarle en lo más mínimo lo que uno siente. Si, yo pasé por algo parecido...

—Bueno, para ir a ese desengaño, tendremos que retroceder varios eslabones en la cadena de mis desgracias. Volvamos a cuando me encontraba en la secundaria, más específicamente en el primer año. La causa de las causas que me llevó a este rascacielos fue, como te habrás imaginado, el amor. Yo conocí a una chica. Esbelta, de buena presencia, ojos celestes, piel suave y tersa, cabellera de color castaño claro. Era una auténtica diosa, un ser que no pertenecía a este mundo. En pocas palabras: era una hermosura. Las mujeres a veces no se dan cuenta, pero ellas tienen el poder de lanzar miradas que enamoran. Un simple contacto visual, un cruce de miradas es suficiente para hacer que un hombre caiga rendido a sus pies. Eso mismo me pasó con ella, sus ojos celestes se pasaron en mí por milésimas de segundo. Sin embargo, eso bastó para clavar una flecha en mi corazón. Yo nunca fuí guapo ni apuesto, pero tampoco soy feo. Además, ella no era tan sociable como era de esperar en una chica tan bella y carismática. Esas cosas me motivaron a hablarle. Una vez que empecé a conversar con ella, sentí una atracción inmediata. Así inició todo, pasaba horas hablándome con ella por mensaje de texto, nos juntábamos en algún café a platicar de la vida. Pude conocerla mejor, descubrí que era inteligente, graciosa y se preocupaba por los demás. Ese fue el motivo principal por el cual me gané el desprecio de mis amigos hasta el punto que decidieron traicionarme por envidia. Pasaron los años y ella seguía sin estar de novia. Cuando estaba en la universidad, me decidí por fin a declararle mis sentimientos hacia ella...

—¡Pobre amigo mío!

Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla del hombre. Se cubrió la cara con ambas manos con la desesperanza pintada en su mortecino semblante.

—Quizás... solo quizás... Si ella hubiese dicho que si, probablemente estaría ahora mismo tomando una cerveza en algún bar y riéndome junto a ella... Me dijo que quería que siguieramos siendo amigos, pero yo no quise. Sentí que las cosas iban a ponerse raras entre nosotros. Tuve mucho miedo... En ese momento me puse a estudiar como loco, quería tener la cabeza ocupada en otra cosa para no pensar en ella. No obstante, cuando me contaron que estaba de novia, mi amargura y mi desesperación no tuvieron límites. Dejé mis estudios, me quedé semanas y meses acostado en un sillón lamentándome de muchas cosas. Pero la vida seguía. Todavía tenía que pagar rentas y lo indispensable para vivir. Ahí fue que descubrí la programación. Me metí de lleno en ese curso de aprendizaje y me motivé a continuar viviendo.

—Sin embargo, algo tuvo que pasar. Odiar tu trabajo no es razón suficiente para querer librarte del cuerpo que te ata a este mundo.

—Otra vez, estás en lo cierto. A pesar de que me aburría soberanamente en mi trabajo, hubo una piedra que terminó de hacer pedazos el agrietado vidrio del espejo de mi vida. Un día como todos, cuando llegué a mi oficina escuché un nombre... Era el apellido del que me había robado el corazón de mi amada. Si, era el esposo de ella. Me enteré de que empezaría a trabajar en este lugar. Sentí que el cielo se estaba burlando en mi cara, la vida me pareció un mal chiste. En mi desesperación, una idea diabólica acudió a mi cerebro...

Los ojos de la negra silueta volvieron a resplandecer en la oscuridad.

—En ese momento resolví matarlo. Acabar con la vida del mil veces maldito ladrón que se adueñó de mi felicidad. Me pasé noches en vela para maquinar mi terrible plan.

—Hoy era el día en que debías poner en práctica tu plan...

—Exactamente. No obstante, cuando tomé la pistola con la que debía extinguir la vida de mi mortal enemigo, me tembló la mano. Ese ligero estremecimiento me hizo reflexionar. Lo que estaba haciendo estaba mal, muy mal. Por eso vine aquí... para evitar la dulce tentación que me impelía a derramar sangre. No quise pisotear la vela de alguien más, sabiendo que la mía ya está pisoteada.

De repente, la encorvada figura se irguió. Su voz sonó más potente y autoritaria. En vez de persuadir, ahora dictaba órdenes.

—¡Entonces hazlo! ¡Corta las cadenas que te esclavizan a tus miserias! ¿Qué te ha dado la vida hasta ahora? ¡Solo millones de disgustos, de desengaños! ¡No te ha dado más que tristeza, desesperación y amargura! ¡Nadie tiene poder sobre tí! ¡Emprende el camino de la libertad!

Sintió un magnetismo poderoso proveniente del abismo. Un imán parecía atraerlo con una fuerza irresistible hacia las profundidades. Solo era dar el si, aceptar y acabar con todo. Sintió como si el tiempo, que antes había considerado inexistente, se hubiese frenado de repente; esperando su respuesta.

¿Qué era lo que lo retenía de arrojarse al abismo? Una voz que clamaba en su interior. Era apenas un susurro, sin embargo, ahí estaba. La voz de la razón, la voz de la divinidad, la voz de la verdad. La conciencia. Esa voz honesta y potente, lo animó a mantenerse firme, a fijar el rumbo en medio de la inclemente tempestad.

—No... —ese simple monosílabo salió pausadamente de sus labios. Aun así, significaba mucho. Significaba todo.

—¡¿Qué?!

—¡No! ¡No, no, no y mil veces no! ¡No quiero tu lástima, criatura infernal! ¡Quítate de delante de mí! ¡Solo eres para mí motivo de tropiezo!

La oscura silueta lanzó un horrible alarido, un bramido monstruoso. Sus pupilas de serpiente se contrajeron espantosamente y sus ojos escarlata lo miraron llenos de ira. Aquella criatura dió un salto bestial y cayó justo detrás de él.

Extendió las manos para tirarlo, para empujarlo al inmenso abismo del cual no hay redención. De súbito, un rayo de luz se filtró entre los densos nubarrones y le dio de lleno en la cara a aquella horrible criatura. Lanzó un grito lastimero antes de desaparecer, como si se lo hubiera tragado la tierra.

El hombre sintió una paz como nunca la había sentido. La luz empezó a cubrirlo todo, hasta que terminó de llenarlo todo con su blancura.

***

Un hombre se despertó en su oficina. Acababa de dormir una siesta intranquila y agotadora. De esas que te dejan con un dolor de cabeza latente y con un frío sudor repartido por todo el cuerpo.

En su mano tenía una pistola cargada que apretaba con fuerza. Miró el arma consternado. Después lanzó una mirada por la ventana. El cielo se estaba despejando, la tormenta amainaba. El sol volvía a salir en su horizonte.

***

A las 22:27 horas, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un camión de la basura recorría las calles del Centro de la ciudad. El camión frenó justo delante de un viejo rascacielos, donde había unas oficinas de un equipo de programación.

Allí había un contenedor de basura, como todos los demás. Uno de los recolectores de basura bajó del camión y sacó una bolsa de color negro. Apenas hubo sacado esa bolsa del contenedor, un objeto cayó al suelo. El hombre se agachó para recogerlo. Era una pistola cargada.

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