Capítulo 1
" Mapple Town es una pequeña ciudad situada al este de Oregón. Como cualquier ciudad tiene sus inconvenientes: cuando llueve demasiado las calles se inundan, y la gente debe desalojar sus casas porque el agua entra hasta en los sótanos.
Durante la primavera, los naranjos que bordean la calle principal se vuelven verdes y llenos de flores de azahar, haciendo que su calle huela a perfume fresco y dulce.
El verano en Mapple Town se vuelve caluroso; el asfalto quema dejando un olor a goma quemada por sus calles, siendo un olor tan intenso, que la mayoría de los comercios cierran sus puertas para que el olor no entre.
Lo mejor del verano es ver cómo los turistas llegan para ver el bosque iluminado por luciérnagas, o las voces de los niños gritando y riendo mientras disfrutan de la música de las montañas rusas y los puestos de comida en la feria.
Aunque Mapple Town tiene una vida tan interesante, mi época favorita es el invierno. Las castañas asadas, los cafés de calabaza y el olor a canela y jengibre inundan todos los hogares. Pero lo que hace diferente a Mapple Town son sus historias de terror y los secretos que oculta.
A las afueras de la ciudad, siguiendo el camino de tierra que se encuentra escondido por arbustos y matorrales, encontramos el Sanatorio Saint Andrews. Un enorme edificio de ladrillo y yeso costroso con un vasto terreno de pequeños edificios. En este lugar, las personas con problemas mentales eran encerradas y tratadas como si fueran auténticas aberraciones.
La gente cuenta que, durante su funcionamiento, los pacientes eran sometidos a diferentes pruebas, convirtiéndolos en títeres de doctores y enfermeras.
Algunos trabajadores han confesado que los pacientes se encontraban en total abandono y llegaban casos de tal violencia que se asesinaban los unos a los otros.
El Sanatorio Saint Andrews fue clausurado en la década de los 90, después de que el periodista local, Matthew Matterson, ingresara como paciente y revelara los oscuros secretos que este edificio albergaba."
Después de leer y revisar la información que había escrito, cerré el portátil y observé cómo la luz de la luna llena entraba por mi ventana.
Mapple Town era el pueblo donde había crecido, pero nunca había logrado conectar con la historia del lugar. Siempre había creído que la ciudad tenía secretos, pero ¿fantasmas?
Por favor, era la mayor estupidez que había escuchado jamás.
Apagué la luz del escritorio y me metí en la cama. Las sábanas de algodón me abrazaron suavemente y el sonido del viento golpeando con suavidad las ramas de los árboles del patio me teletransportaron al mundo de los sueños.
Cerré los ojos disfrutando de aquella sensación de paz, cuando noté el móvil vibrar sobre la mesita de noche.
—Mierda —susurré sacando un brazo de debajo de las sábanas.
Estiré el brazo hasta la mesita y alcancé el móvil. Un mensaje de Caín:
“Nos vemos en la cafetería Lincon’s en 20 minutos”.
Gruñí enfadada. Odiaba profundamente a Caín y más cuando se ponía tan misterioso.
Con un enfado monumental, salí de la cama y me vestí rápidamente. Era de noche y no iba a impresionar a nadie, así que opté por unos vaqueros negros ajustados, una camiseta del mismo color y la sudadera ancha que había robado a mi novio la noche anterior.
Cogí las botas y, sin hacer ruido, salí de mi cuarto.
Eran la 1 de la madrugada, por lo que salir tan tarde no era lógico y normal en mí. Si mi madre o la abuela me veían fuera de la cama, pensarían que iba a salir de fiesta o, peor, a dormir con Caín.
Al pensar en él, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Caín era mi mejor amigo y alguna vez habíamos tenido algún momento pasional entre nosotros, pero nada serio. Sin embargo, durante meses, el idiota de Caín había planeado cómo colarnos en el Sanatorio Saint Andrews e investigarlo como hacía Zak Bagans y su equipo en “Ghost Adventures”.
Personalmente, no creía que existiera nada paranormal en aquel lugar, pero él era tan fan de esos programas que deseaba investigarlo.
Cogí las llaves del coche y salí de casa cerrando la puerta con suavidad.
Subí al coche y conduje directa a Lincon’s, un restaurante 24 horas que se encontraba a las afueras de la ciudad.
Después de 10 minutos conduciendo, el letrero de neón amarillo con un cocinero rechoncho me dio la bienvenida. Aparqué en el parking del restaurante y entré.
El olor a café rancio y hamburguesa me llegó a la nariz. El restaurante estaba medio vacío, salvo por dos hombres que tomaban unas patatas en la barra y Caín junto a Justin y Zoey, que se encontraban sentados en una mesa cerca de la ventana del fondo.
Caminé con decisión hacia ellos.
—Buenas noches, princesita —saludó Caín, demasiado alegre para ser tan tarde.
Justin y Zoey me miraron haciendo un gesto con la mano a modo de saludo.
—Te odio, Caín —respondí sentándome junto a Zoey.
—Lo sé, pero no estamos aquí para hablar de vuestros sentimientos hacia mí —echó la cabeza hacia delante—. Estamos aquí porque hoy es la noche donde investigaremos Saint Andrews.
—¿Para esto nos has hecho salir de casa, tío? —Justin bufó enfadado.
—Vamos, será divertido —Caín continuaba entusiasmado con la idea de entrar en el sanatorio.
—Es la una y media de la mañana y ¿pretendes que entremos en un sitio abandonado y casi destruido sin linternas?
El tono de voz de Zoey es duro. Sus dedos jugueteaban con la manga de su jersey de franela. Sabía que estaba enfadada, pero el jugueteo de sus dedos dejaba ver que le entusiasmaba la idea.
—Vamos, Zoey, no me metería en ese lugar sin una linterna.
Caín cogió una pequeña mochila negra que había debajo de la mesa y la abrió. De ella sacó una linterna plateada con una gran bombilla.
—También he traído grabadoras, por si nos animamos a escuchar las voces de los muertos. —Se puso la capucha e imitó a un fantasma.
Justin lo golpeó en la cabeza.
—No es divertido, Caín. Se supone que esto lo hemos hablado miles de veces y siempre haces las cosas como tú quieres.
—Tío, será una historia que contar a nuestros nietos. Además —hizo una pausa mirándome—, podemos encontrar información sobre lo que se cocía en el interior del sanatorio.
—Caín, yo me marcho —Zoey se levantó de la mesa—. No quiero entrar en un lugar que está a punto de derrumbarse.
—Yo tampoco —secundó Justin siguiendo a Zoey—. ¿Vienes, Mak?
Miré a Caín, quien se veía desilusionado.
—Marchaos, iré con él.
No sé exactamente qué me llevó a decir aquella frase, pero ya no podía retractarme.
Caín se levantó de golpe y me abrazó.
—Por algo eres mi mejor amiga, Mak.
Escuché cómo la campanilla de la puerta de la entrada sonaba dos veces. La primera cuando Zoey y Justin abrieron la puerta y la segunda cuando la puerta se cerró.
Caín volvió a su asiento con un brillo de emoción en sus ojos azules.
—¿Nos vamos, Mak?
Asentí exhausta.
Nos levantamos de los asientos y caminamos hasta la puerta del restaurante.
Abrí la puerta y el aire helado del invierno me golpeó. El viento, que antes era suave, soplaba con fuerza. Todos mis instintos de supervivencia decían que era una malísima idea ir a aquel lugar, pero mi curiosidad periodística me gritaba que debía averiguar más cosas sobre aquel lugar.
Tras más de una hora de conducción, llegamos a la entrada del Sanatorio Saint Andrews.
El lugar era inquietante. La puerta principal estaba cerrada con varios tablones de madera bien clavados. Los cristales de las ventanas de los pisos superiores se encontraban rotos; el tiempo y los vándalos no habían tratado bien aquel edificio.
Los barrotes que protegían las ventanas estaban oxidados e incluso algunos se habían desprendido.
—Caín, este lugar es escalofriante —rompí el silencio del coche.
Caín me miró, tomó mi mano y sonrió.
—Prometo que no dejaré que te pase nada. Si escuchas algo que no te gusta, nos vamos, ¿vale?
Apreté su mano mostrando mi confianza hacia él.
—¿Cuál es el plan, Caín? —pregunté mientras salía del coche. Caín me imitó, cerró la puerta del piloto y abrió la puerta trasera sacando la mochila que llevaba las linternas.
—Creo que debemos buscar las salas donde hacían lobotomías, también la morgue y... —guardó silencio mientras pensaba—. Creo que en la habitación 403 estaba el chico que asesinó a sus padres y hermanos.
—¿Quieres buscar al fantasma de la habitación 403? —pregunté escéptica.
Caín asintió mientras caminaba hacia el edificio.
Rodeamos el edificio buscando una entrada; Caín había mencionado que había una entrada por los túneles que conectaban los edificios.
Entrar en unos túneles que podrían estar llenos de ratas e inundados no me hacía especial gracia.
Caín se paró frente a una vieja y oxidada puerta de metal. Empujó con fuerza y la puerta se abrió dejando un sonido estridente tras de sí.
—Vamos, Makenzie, esta es nuestra entrada.
Encendí la linterna e iluminé las escaleras oscuras que se extendían delante de nosotros. Caín bajó primero.
Cuando llegamos al final de las escaleras, un túnel oscuro se abrió paso. Largas tuberías de metal se extendían por sus paredes de cemento.
—Caín —llamé—, ¿qué es este túnel?
—Este túnel servía para llevar los cadáveres de los pacientes desde la morgue del edificio principal hasta el cementerio que hay unas millas más allá.
Alumbré con la linterna las paredes y el suelo del túnel. Un ligero escalofrío me recorrió la espalda.
Aquel lugar había sido el último paso de miles de pacientes, fallecidos por las enfermedades de la época o por las investigaciones “en nombre de la ciencia” que se habían realizado aquí.
—Este lugar no me gusta, Caín.
—Ya casi llegamos al edificio principal, Mak. —Caín caminó más rápido—. En todas las investigaciones paranormales que he visto, los túneles suelen albergar fantasmas e incluso demonios con muy mala leche.
—Genial, Caín, que digas eso aquí —moví la linterna iluminando el espacio— me da mucha seguridad.
Caín se rio por mi comentario.
En la parte izquierda del túnel, había una puerta de madera medio destruida. Caín se paró frente a ella.
—Hemos llegado al edificio principal. Creo recordar que estamos cerca de los archivos médicos y la morgue.
—Creo que iré a investigar los archivos médicos. Tengo curiosidad por saber qué tipo de pacientes había en este lugar.
Caín asintió y abrió la puerta.
La madera chocó contra el suelo de cemento provocando un sonido siniestro.
Subimos unas escaleras de cemento y llegamos a un pasillo lleno de sillas de ruedas oxidadas y viejas camillas de quirófano.
El aspecto del pasillo era de todo menos acogedor. En los laterales del pasillo encontramos varias puertas cerradas; los carteles que había en ellas habían sido arrancados o simplemente habían desaparecido.
—Mak —me llamó Caín—, ¿ves aquella puerta de metal pesada? —Alumbró con la linterna al final del pasillo. Asentí.
—Aquella es la sala de operaciones. Cerca de esa sala debe estar la sala de electrochoque y la sala donde practicaban las lobotomías.
—Y aquí está la sala de informes —concluí iluminando el nombre metálico en la puerta de madera—. Me quedo aquí, Caín, no te alejes demasiado.
—Mak, iré a la sala de operaciones y realizaré alguna sesión de grabación. —Se acercó a mí—. Si escuchas algo extraño, grita.
Vi cómo Caín avanzaba sin miedo por el pasillo oscuro. Cuando le vi desaparecer tras la puerta de la sala de operaciones, me animé a abrir la puerta de archivos.
Una brisa fría golpeó mi cara y el olor a humedad y moho llegó a mis fosas nasales.
Hice un barrido rápido a la sala. Era una pequeña habitación con una mesa algo deteriorada por la humedad y miles de informes esparcidos por el suelo.
Había cajas de cartón en los estantes de metal que aún se encontraban intactos. El problema de las cajas es que las goteras las habían mojado y estaban estropeadas.
De repente, un sonido metálico y fuerte sonó en el pasillo. Con el corazón latiendo a mil por hora, iluminé la entrada de la sala, pero no había nada.
—Tranquilízate, Mak, probablemente fue Caín en la sala de operaciones.
Respiré profundo intentando calmarme, pero entonces lo escuché.
—Eso, Mak, solo ha sido Caín en la sala de operaciones.
Una voz profunda y oscura pronunció aquella frase con sorna.
El miedo me cubrió por completo. Mi yo racional necesitaba encontrar una respuesta, pero mi yo emocional me pedía correr hacia Caín y huir de aquel lugar.
—¿Quién ha dicho eso? —pregunté con un nudo en la garganta.
Una risa siniestra se escuchó detrás de la estantería metálica más alejada de mí.
Caminé hacia la risa con el corazón encogido y sujetando con demasiada fuerza el mango de la linterna.
De repente, una caja de cartón voló hacia mí. Me agaché con rapidez soltando la linterna.
Cuando levanté la cabeza buscando a quien había empujado la caja, la luz de la linterna proyectaba sombras grotescas sobre la pared de la sala.
Me arrastré por el suelo hasta la linterna y la cogí llevándola hasta mi pecho. Las sombras que se habían dibujado en la pared desaparecieron.
—Mak, está todo en tu subconsciente. Tranquilízate.
Conté hasta diez y respiré profundo. Había sido todo producto de mi imaginación.
Me levanté del suelo con cuidado y caminé hacia la caja que se había caído de la estantería. Las hojas de los archivos se habían mezclado con las carpetas que estaban en el suelo.
Me agaché y recogí con calma las carpetas y los documentos. Mientras recogía los papeles viejos, observé con calma los nombres de los pacientes y sus síntomas.
—Johana Andrews, diagnosticada con locura febril transitoria —leí arrugando la nariz.
Pasé de página y allí estaba. Una vieja foto en blanco y negro. Un chico más o menos de mi edad con una sonrisa amplia y el cabello revuelto.
—Nombre: Novak Tate. Edad: veintitrés años. Sexo: masculino. Antecedentes: presenta un caso grave de cambios de personalidad y humor. La noche del 21-05-1922, el paciente fue encontrado en un estado catatónico por la policía de Portland. Tras ser llevado a la comisaría, confesó haber asesinado a sus padres, Roger y Lina Tate, junto a sus hermanos pequeños, Christofer de 4 años y David de 5 años, con una escopeta Winchester.
Diagnóstico: bipolaridad.
Tras leer el informe médico de Novak, me sentí enferma.
—No solo había pacientes con enfermedades mentales, sino también había asesinos —mi voz sonó tan vacía en aquella sala.
Un fuerte ruido detrás de mí me sobresaltó. Me giré completamente asustada y entonces lo vi.
Detrás de la estantería, una sombra oscura y alta me observaba.
—¿Quién eres? —pregunté casi gritando—. Caín, esto no tiene ninguna gracia.
La luz de la linterna comenzó a parpadear. Golpeé el foco intentando que no se apagara, pero se apagó.
—Caín está en la sala de operaciones, intentando contactar con nosotros —alguien habló desde las sombras.
Aún encogida por el miedo, saqué mi móvil y encendí la linterna. Junto a la estantería estaba la sombra, aunque ya no era una sombra, era el chico de la foto del archivo, solo que había una cosa que no era humana: sus ojos color amarillo.
—¿Quién eres? ¿Por qué tienes la forma de Novak Tate? —pregunté iluminándolo.
Aquel ser comenzó a reír de forma macabra.
—Alguien me ha traído a este plano y he estado vagando por este maldito edificio durante años —caminó hacia mí con movimientos torpes y lentos—. Tú me has dado nombre y forma al leer ese fichero.
—¿Qué eres? —gateé hacia atrás intentando alejarme de aquel ser.
—Soy un fantasma —dudó—, aunque creo que tú ves mi verdadera forma.
Negué aterrorizada.
—¿No? —preguntó con sorna—. Es extraño, porque enseguida te has dado cuenta de que no soy el chico de la foto. Aunque por ahora tomaré su nombre y aspecto. No creo que estés lista para verme en mi verdadera forma.
—¿Por qué yo? —el miedo me había paralizado por completo.
—Eres diferente a los humanos que han venido buscando adrenalina —sonrió mostrando sus dientes amarillos—. Hueles diferente. Creo que ambos necesitamos respuestas.
—No eres bienvenido en mi espacio —susurré, pero aquel ser simplemente se rio.
—Ahora somos un equipo, Makenzie —uno de sus largos y fríos dedos rozó mi barbilla—. Asúmelo.








