Amor de boda. Segunda parte

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Sinopsis

​Ocho años después de la tragedia en la pizzería que marcó sus infancias, Valeria, Sofía y Erica inician una nueva etapa como universitarias en Madrid. Lo que debería ser un tiempo de libertad en su primer piso compartido se convierte rápidamente en un laberinto de sentimientos encontrados y peligros latentes. ​La amistad entre Valeria y Sofía finalmente cruza la línea hacia un amor profundo y largamente silenciado, ante la mirada de una Erica que lucha entre la lealtad a sus amigas y sus propios deseos. Sin embargo, la felicidad de su nueva vida estalla en mil pedazos en los pasillos de la Facultad de Psicología. Un ataque inesperado deja a Sofía en el hospital, revelando una verdad aterradora: alguien con el mismo rostro de Valeria camina por la Complutense. ​Mientras Sofía intenta recuperarse de las secuelas de un corazón frágil y un ataque traumático, Marina, siempre protectora, decide tomar cartas en el asunto. Al descubrir la existencia de una mujer idéntica a Valeria, pone en marcha una investigación extraoficial de ADN que amenaza con desenterrar el secreto que el doctor Alejandro y Eduardo Marin juraron proteger . ​En esta segunda parte, las identidades robadas ya no son solo sombras del pasado. Victoria, la luchadora sádica, y Valeria, la estudiante de psicología, están a punto de colisionar en una guerra donde la sangre se reconoce y los secretos familiares reclaman sus víctimas.

Genero:
Romance
Autor/a:
Elian Vescard
Estado:
En proceso
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1

Las clases del primer día habían terminado por fin. Un suspiro colectivo pareció recorrer los pasillos de la Facultad de Psicología mientras los estudiantes salían en grupos, algunos todavía comentando las primeras impresiones de los profesores, otros ya mirando el móvil con prisa por escapar.

Valeria, Sofía y Erica bajaron juntas las amplias escaleras de mármol gastado y se dirigieron directamente a la cafetería del sótano. El olor a café recalentado, a cruasanes calientes y a desinfectante de suelos las recibió como un viejo amigo. Era el refugio habitual de los alumnos de primero: ruidoso, algo oscuro y siempre lleno de vida.

Encontraron una mesa libre al fondo, junto a una ventana que daba al patio interior donde algunos estudiantes fumaban o revisaban apuntes. Valeria dejó caer su mochila pesada al suelo con un golpe sordo y se desplomó en la silla de plástico.

—Sobreviví —dijo dramáticamente, cerrando los ojos un segundo—. Creo que el profesor de Estadística quiere matarnos de aburrimiento desde el día uno.

Sofía sonrió con ternura mientras sacaba su botella de agua reutilizable.

—Al menos tú no estabas al lado de Erica, que no paraba de hacer dibujitos en el margen del cuaderno.

Erica levantó una ceja, divertida, y mordió un trozo de su bocadillo de tortilla.

—Oye, mis dibujitos eran muy artísticos. Además, alguien tenía que entretenerse mientras el profe hablaba como si estuviera leyendo el listín telefónico.

Las tres rieron bajito, disfrutando de ese primer momento de calma después de una mañana llena de presentaciones, horarios y expectativas.

Entonces, el móvil de Valeria vibró con fuerza sobre la mesa de formica. La pantalla se iluminó con un número que reconoció al instante. Puso los ojos en blanco antes de descolgar.

—Es mi tía Clara —anunció con resignación.

Contestó mientras se apartaba un mechón de pelo castaño de la cara.

—Hola, tía.

—¡Valeria, mi vida! ¿Cómo ha ido la mañana? Cuéntame todo. ¿Qué tal las clases? ¿Los profesores parecen buenos? ¿Ya te han mandado lecturas?

La voz de Clara Miranda sonaba tan enérgica y controladora como siempre, incluso a través del teléfono. Valeria respiró hondo y respondió con el tono más neutro que pudo.

—Bien, tía. La mañana ha sido tranquila. Solo presentaciones y explicaciones del programa. Nada del otro mundo.

—Bueno… —dijo Clara, satisfecha por el momento—. Escucha, he encontrado exactamente lo que me pedisteis. Un piso de alquiler muy decente: tres habitaciones individuales, cocina completa, cuarto de baño y salón. Está en Argüelles, a diez minutos andando de la facultad. Le dije al dueño que iríais esta tarde a las 16:30 para verlo y firmar el contrato si os gusta.

Valeria miró rápidamente su reloj de muñeca. Las 15:45.

—Tía… ¡son las menos cuarto! Solo tenemos cuarenta y cinco minutos.

—Pues ya estáis tardando, niña. El señor es muy puntual y no le gusta que le hagan esperar. Os he mandado la dirección exacta por WhatsApp. No lleguéis tarde, ¿eh?

—Ok, gracias tía. Te tengo que dejar para…

—Espera, niña, no cuelgues tan rápido —la cortó Clara con ese tono que no admitía discusión—. Te permití vivir con tus amigas, pero solo si cumples tu promesa de poner de tu parte en los estudios. Quiero verte estudiando de verdad, Valeria. Si no cumples, olvídate de la independencia. Te pasarás toda la carrera yendo y viniendo de casa todos los días, ¿entendido?

Valeria suspiró, intentando no sonar demasiado hastiada.

—Sí, tía.

—Y no me hables así, como si te pareciera repetitiva. Sé que lo odias, pero es por tu bien. Si no cumples, vuelves a casa. ¿Queda claro?

—Sí, tía —repitió Valeria, esta vez con un tono claramente aburrido y cansado.

Clara chasqueó la lengua al otro lado de la línea.

—Pásame ahora mismo a Sofía.

Valeria miró a su amiga con una mueca de fastidio y le tendió el móvil.

—Es la pesada de mi tía. Quiere hablar contigo.

—Te he oído perfectamente —se escuchó la voz de Clara a través del altavoz del teléfono.

Sofía se puso ligeramente tensa, tomó el móvil y activó el manos libres.

—Hola, señora Miranda.

—Que las tres me escuchen bien —dijo Clara con voz firme y clara—. Te doy una tarea importante, Sofía. Quiero que vigiles a estas dos. Que Valeria estudie de verdad y que el demonio de Erica no la meta en problemas, ¿vale? De las tres, tú eres la única de fiar. No me defraudes.

Sofía tragó saliva. Sentía las miradas de Valeria y Erica clavadas en ella.

—Sí, señora Miranda. Haré lo que pueda.

—Bien. Cuida de ellas.

Y sin dar tiempo a más respuestas, Clara colgó el teléfono.

Valeria miró a Sofía con una mezcla de vergüenza y fastidio.

—Dios… qué vergüenza ajena. Lo siento muchísimo. Mi tía es… imposible.

Erica, en cambio, no pudo contener una sonrisa lenta y claramente demoníaca que se extendió por sus labios. Sus ojos oscuros brillaban con esa chispa traviesa y peligrosa que siempre anunciaba problemas. Sofía sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda.

—No me mires así, Erica —advirtió Sofía, apuntándola con el dedo índice—. Acabo de recibir una misión directa de la tía Clara. No pienso fallar.

—Tranquila, Sofi —respondió Erica con voz suave y melosa—. Yo siempre me porto bien… cuando me da la gana.

Valeria se levantó de golpe, recogiendo su mochila con prisa.

—Bueno, niñas, se acabó el drama familiar por hoy. Tenemos que irnos ya si queremos llegar a tiempo a Argüelles. Vamos a firmar ese contrato antes de que el dueño se arrepienta o mi tía me desherede por llegar tarde.

Las tres amigas salieron de la cafetería casi a la carrera, esquivando a otros estudiantes que todavía charlaban en los pasillos. El sol de la tarde de septiembre seguía brillando con fuerza cuando subieron las escaleras hacia la calle. El aire olía a asfalto caliente y a los árboles del campus.

Caminaron rápido hacia la boca de metro más cercana. Valeria iba en medio, consultando el móvil cada pocos segundos para confirmar la ruta. Erica caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta vaquera, despreocupada, mientras Sofía mantenía el paso firme, ya mentalmente organizando horarios de estudio y reglas básicas para la convivencia.

—Línea 3 hasta Argüelles —dijo Valeria mientras bajaban las escaleras del metro—. Si no hay retrasos, llegamos justas.

Erica sonrió de lado.

—Espero que el piso tenga luz natural… y que el salón no sea un pasillo con sofá.

Sofía suspiró.

—Lo importante es que esté cerca y que no cueste un riñón. Con lo que pagamos de matrícula, no podemos permitirnos un alquiler caro.

Valeria miró a sus dos mejores amigas mientras esperaban el tren en el andén. Sentía una mezcla extraña de nervios, ilusión y un poco de miedo. Era el primer paso real hacia su vida universitaria independiente. Lejos de la mirada constante de su tía… aunque la voz de Clara todavía resonaba en su cabeza como una advertencia.

El metro llegó con un rugido metálico. Las tres subieron y se agarraron a las barras mientras el vagón empezaba a moverse.

Valeria miró su reloj una vez más.

—Quedan dieciocho minutos.

Erica se inclinó hacia ella.

—Pues más nos vale que el piso merezca la pena… porque si no, tu tía nos va a hacer la vida imposible a las tres durante todo el curso.

Sofía no dijo nada. Pero en su interior ya estaba elaborando el plan que le había encomendado la temible tía Clara.

El tren avanzaba bajo las calles de Madrid, llevando a las tres amigas hacia su posible nuevo hogar… y hacia todo lo que estaba por venir.

* * *

El vagón estaba medio vacío a esa hora de la tarde. Valeria y Erica hablaban animadamente dos asientos más allá, comentando entre risas si el piso tendría armarios suficientes o si el salón sería lo bastante grande como para un sofá decente. Sus voces se entremezclaban con el traqueteo metálico de las ruedas sobre las vías.

Sofía, sin embargo, permanecía en silencio, sentada justo enfrente de Valeria. Miraba el rostro de su amiga sin que Valeria se diera cuenta, y sin querer su mente retrocedió hasta dos días atrás, a la conversación que había tenido con Clara Miranda en el salón de su casa.

Era una tarde tranquila. El sol entraba oblicuo por las cortinas beige. Clara había preparado té para las tres, pero al final solo se quedaron ellas dos. Valeria y Erica habían salido a comprar libretas y bolígrafos.

—Sofía, quiero que te ocupes de algo importante —había dicho Clara con voz baja pero firme, removiendo lentamente su taza—. Podrías echarle un ojo a Valeria. Sé que han pasado ya ocho años, pero todavía creo que no está recuperada del todo.

Sofía había fruncido el ceño, genuinamente sorprendida.

—Haré lo que me diga, señora Miranda. Pero… ¿le pasa algo a Valeria? Yo la veo ya recuperada. Está ilusionada con la universidad, sonríe todo el tiempo, bromea con Erica…

Clara suspiró profundamente. Dejó la taza sobre la mesa de centro y se pasó una mano por la frente.

—Eso es porque se hace la fuerte. No quiere que tú te alteres ni te preocupes más. Pero la realidad es otra. Todavía se levanta empapada de sudor casi todas las noches. Y hace dos meses… tuvimos que llevarla a urgencias.

Sofía sintió un nudo helado formarse en su estómago.

Clara tardó unos segundos en continuar. Su voz bajó hasta convertirse casi en un susurro:

—Esa noche se llevó un cuchillo de la cocina a su habitación. A las dos de la mañana escuchamos gritos. Estaba teniendo una pesadilla. Cuando encendimos la luz, había sangre en la cama. Se lo había clavado durante el sueño. El médico nos dijo que había rozado el corazón. Un centímetro más y…

La voz de Clara se quebró.

Sofía empezó a temblar. Las lágrimas le inundaron los ojos y se llevó ambas manos a la boca.

—Todo esto es culpa mía… —susurró entre lágrimas, la voz rota—. Si esa noche, hace ocho años, mi padre no hubiera aparecido… Valeria no habría tenido que matarlo.

Clara se levantó al instante y la abrazó con fuerza.

—No, Sofía. No es culpa tuya. Escúchame bien. No es tu culpa que tu padre biológico fuera un criminal. Valeria solo hizo lo que su corazón le dictaba en ese momento de terror. Así que no te eches la culpa. ¿Vale?

Sofía asintió con la cabeza, aunque las lágrimas seguían cayendo silenciosas sobre el jersey de Clara.

El tono metálico del metro anunciando la llegada a Argüelles la sacó de golpe de aquel recuerdo.

Las puertas se abrieron con un siseo. La luz natural de la tarde entró en el vagón.

Valeria estaba frente a ella, mirándola con esa sonrisa cálida y despreocupada de siempre.

—¿Estás bien, Sofi? Te quedaste muy callada todo el trayecto —preguntó, inclinándose ligeramente hacia delante.

Sofía parpadeó varias veces.

—Sí, sí… solo estaba pensando en cómo será el piso.

Valeria la miró un segundo más, como si intuyera que había algo más, pero no insistió. Se levantó y le tendió la mano.

—Vamos, no te quedes ahí. Erica ya está a punto de bajar sola.

Sofía tomó la mano de Valeria. El contacto cálido y familiar le provocó una punzada en el pecho. Las tres amigas salieron juntas del vagón. Erica iba delante, caminando con su paso enérgico hacia las escaleras mecánicas, tarareando una canción que solo ella conocía.

Valeria no soltó la mano de Sofía mientras subían. El aire fresco de la superficie las recibió en cuanto salieron a la calle. Argüelles bullía de actividad: estudiantes con mochilas, terrazas llenas, el olor a café y a pan recién hecho. El sol de la tarde pintaba de dorado los edificios antiguos.

Sofía caminó entre sus dos amigas, intentando enterrar el recuerdo que todavía le oprimía el pecho. Miraba de reojo a Valeria, que charlaba sobre colores de cortinas y cómo distribuirían las habitaciones, y se repetía en silencio la promesa que le había hecho a Clara: la protegería. Aunque eso significara vigilar cada noche, cada pesadilla, cada sombra que aún quedara de aquella noche de hacía ocho años.

Las tres avanzaron por las calles estrechas de Argüelles, el sol descendiendo lentamente a sus espaldas.

* * *

El número que Clara les había enviado por WhatsApp las llevó hasta un edificio antiguo pero bien conservado en una calle tranquila y arbolada. La fachada era de ladrillo visto con balcones de forja negra, y un pequeño cartel de "Se alquila" aún colgaba del tercer piso.

—Aquí es —anunció Valeria—. Calle Gaztambide, 27. Tercero derecha.

Erica levantó la vista hacia el edificio.

—No está mal. Espero que el ascensor funcione, porque subir tres pisos con las maletas va a ser un infierno.

Llegaron al portal exactamente a las 16:28. El dueño ya las esperaba en la entrada: un hombre de unos cincuenta y cinco años, calvo, con gafas de montura fina y una carpeta bajo el brazo.

—¿Las sobrinas de Clara Miranda? —preguntó, extendiendo la mano.

—Las mismas —respondió Valeria—. Yo soy Valeria. Ellas son Sofía y Erica, sus sobrinas postizas indicó Valeria riendo.

—Antonio Ruiz, el propietario. Vuestra tía me ha hablado muy bien de vosotras. Vamos arriba.

Subieron en un ascensor que olía ligeramente a madera encerada. Cuando llegaron al tercero, Antonio abrió la puerta del piso y las invitó a pasar.

El salón era rectangular, con una ventana grande que dejaba entrar la luz dorada de la tarde. La cocina, en forma de L, tenía todos los electrodomésticos. El baño era funcional y estaba limpio. De las tres habitaciones, la más pequeña tenía armario empotrado, la mediana buena luz, y la grande daba a un balcón con vistas a la calle.

Valeria se asomó al balcón y sonrió de oreja a oreja.

—¡Mirad esto! Hay sitio para poner dos sillas y una planta.

Erica probó el colchón de la habitación mediana con un par de rebotes.

—Esta me la pido yo.

Sofía se quedó en la puerta de la habitación más pequeña, mirando la cama individual y la pared blanca. Por un segundo volvió la imagen de sábanas manchadas. La sacudió.

—Está bien —dijo—. Es acogedora.

Antonio las observó con una media sonrisa.

—El alquiler son 750 euros al mes, más 150 de comunidad. Incluye agua y basura. Vuestra tía ya negoció que no hiciera falta fianza extra si firmáis hoy.

Valeria miró a sus amigas. Erica asintió con entusiasmo. Sofía también.

—Lo queremos —dijo Valeria.

Firmaron alrededor de la mesa del salón. Cuando Antonio se marchó, les dejó las llaves sobre el mármol y cerró la puerta con suavidad.

Las tres se quedaron solas.

Erica soltó un grito de alegría y se tiró en el sofá.

—¡Es nuestro! ¡Por fin!

Valeria se acercó a la ventana y miró hacia la calle con los ojos brillantes.

—Nuestro primer hogar universitario. No me lo creo todavía.

Sofía se quedó de pie en medio del salón, apretando las llaves con fuerza en la mano. Quería proteger esa sonrisa. Quería que nunca más volviera a haber sangre en una cama por culpa de las pesadillas.

Se acercó a Valeria y la abrazó por detrás, apoyando la barbilla en su hombro.

—Va a ser genial —susurró, aunque su voz temblaba ligeramente—. Te lo prometo.

Valeria giró la cabeza y le dio un beso en la mejilla.

—Lo sé. Con vosotras todo va a salir bien.

Erica se levantó de un salto y las rodeó a las dos con los brazos.

—Grupo abrazo oficial. Y ahora… ¿quién se pide la habitación con balcón?

Las risas llenaron el piso vacío, pero en el fondo del pecho de Sofía, la sombra de aquella noche de hacía ocho años seguía latiendo en silencio.

El nuevo comienzo había empezado.