Capítulo sin título 1
PROYECTO: BLASFEMIA
Capítulo 1: Los ojos engañan
Los días pasan normales en la universidad, uno tras otro. No me quejo, soy estudiante de Arte de tercer semestre. Me considero una persona común y corriente, aunque a veces pienso que soy alguien muy rara. ¿En qué aspecto? A mi parecer, en todos los sentidos. Aunque, pensándolo bien, ¿qué es lo “normal” hoy en día? ¿Qué se considera realmente bueno o malo?
Día tras día todo es igual: me levanto tarde, me cambio y voy a la universidad. Algo muy repetitivo. Pero ¿de qué me quejo? Yo elegí esta carrera y me gusta mucho, aunque a veces me pregunto si sería igual si hubiera elegido otra. Mejor lo olvido, ya tengo suficiente con todos estos trabajos acumulados y la rutina cotidiana. Cada día es idéntico al anterior, nada cambia. Qué aburrido.
Espero que hoy sea diferente, lo anhelo mucho. Ya es bastante con que mis propios tobillos siempre intenten hacerme caer.
El día avanza lento. Durante el descanso de la universidad, logro salir un rato al patio con mis amigas para despejar la mente de tanta teoría de arte. Sin embargo, en medio de las risas y la plática cotidiana, algo capta mi atención: un gato negro de pelaje denso camina con elegancia cerca de los pabellones. Mis amigas siguen hablando, sumergidas en su propio mundo, y ni siquiera se dan cuenta de a dónde voy cuando empiezo a caminar hacia él de forma casi magnética.
Siguiendo los pasos silenciosos del felino, termino entrando en un callejón estrecho y sombrío entre los edificios de la facultad, un lugar que jamás había visto antes. Cuando finalmente alcanzo al gato, me agacho con cuidado para sostenerlo entre mis manos. Pero al levantar la mirada hacia lo alto del callejón, mi corazón se detiene por completo.
Allí arriba, suspendidos en el aire, hay un ángel y un demonio hablando entre sí como si fuera lo más normal del mundo. Me quedo completamente congelada, atrapada en una sorpresa absoluta.
—Santa Madre... creo que estoy viendo mal —susurro con la voz rota.
Al escucharme, ambos seres interrumpen su conversación y bajan la mirada. Me clavan los ojos con una expresión de profunda molestia y desprecio, como si yo fuera una intrusa que acaba de arruinar sus planes sin previo aviso. El pánico me golpea el pecho. Sin pensarlo dos veces, me levanto de golpe soltando al felino y salgo corriendo desesperada, buscando la salida o el regreso hacia el patio principal.
—¡Mierda, mierda! ¿Qué era eso? ¿Qué demonios fue eso? —exclamo entre dientes mientras esquivo las paredes de concreto—. Si le digo esto a alguien, me van a decir que estoy loca... o lo más seguro es que piensen que fue solo un estúpido sueño.
La adrenalina me nubla la vista. Mis propios tobillos me traicionan otra vez: tropiezo con fuerza contra una piedra que no vi en el camino y caigo de bruces contra el suelo. El dolor del impacto me recorre el cuerpo, pero el miedo es mayor. Miro rápidamente hacia atrás y veo que los dos seres se están acercando a mí, descendiendo por el callejón. Mi rostro se deforma en un pánico puro al ver que me están siguiendo; estoy atrapada, indefensa en el suelo.
Justo cuando una sombra parece alcanzarme, unas voces familiares rompen el silencio. Mis amigas aparecen corriendo por la esquina del edificio. En ese mismo instante, los dos seres se desvanecen en el aire, desapareciendo por completo sin que ellas noten absolutamente nada extraño.
—¡Topacio! ¿Estás bien? ¡Nos asustaste! —dice una de ellas, agachándose a mi lado.
Siento que el aire regresa a mis pulmones de golpe. Miro el espacio vacío donde hace un segundo estaban esos monstruos y las lágrimas, gruesas y calientes, empiezan a resbalar por mis mejillas por el susto tan tremendo que acabo de pasar. Me aferro a ellas con fuerza, temblando.
—Sí... sí, estoy bien —respondo con la voz temblorosa y ahogada por el llanto—. Me alegra tanto que estén aquí... de verdad, me alegra tanto.