Capítulo 1
El vestido parecía latir con ella, cada vez que Fátima inhalaba, el corsé cedía un suspiro, y cuando exhalaba, la seda caía como agua disciplinada hasta rozar el piso encerado, ante el espejo alto del atelier, su reflejo tenía algo de sueño cumplido: pómulos encendidos, dedos nerviosos, una sonrisa que no sabía quedarse quieta.
—Respira despacio, muchacha —pidió la modista, rodeándola con una cinta métrica que le rozó la clavícula—. Si me ayudas un poco, logro que el escote te abrace y no te apriete.
—Lo intento, de verdad —río Fátima, con esa alegría que le nacía en los ojos—. Es que no puedo dejar de imaginarlo todo.
Desde el sofá, su madre observaba con postura impecable y una libreta en las manos, marcaba casillas al ritmo del día: flores, música, invitados, distribución de mesas, el perfume de su madre —flores claras con un toque cítrico— flotaba como una instrucción amable.
—A mí me gusta así —dictaminó sin levantar del todo la vista—. Escote limpio, cintura definida, falda que se mueva, que parezcas una mujer de verdad, no una niña jugando, la modista sonrió, diplomática.
—Coincido y con un ajuste mínimo en el talle… —puso un alfiler, se apartó un paso—. Perfecto.
Fátima giró lentamente, el vestido se abrió paso como un suspiro, se llevó la mano al pecho, conteniendo la emoción.
—No puedo esperar a ver su cara —dijo—. Cuando me vea entrar… —su voz se aflautó un poco—. Se va a quedar sin palabras.
—Si tú no pierdes la compostura —respondió la madre, acercándose al espejo para acomodarle un mechón detrás de la oreja—. Nada de lágrimas en el pasillo ¿Entendido?, las novias serenas son inolvidables.
—Sí, mamá.
Fátima lo dijo sin resistencia, era dócil por costumbre, y porque en ese momento le salía natural, la felicidad la hacía obediente.
—Y recuerda algo —continuó la madre, ladeando la cabeza con una sonrisa profesional—: los hombres aman a las mujeres tranquilas, tú tienes inteligencia; úsala, no hagas tonterías de última hora.
—No las haré —prometió Fátima, sosteniendo la mirada del espejo con humildad.
La modista retiró la cinta métrica y enumeró medidas en voz baja, Fátima inclinó el cuello, alargó la espalda, la postura la convirtió, de pronto, en la novia que había imaginado desde niña: pasos pequeños, hombros abiertos, la idea de una casa luminosa esperándola al final de un pasillo de flores.
—Haz una foto —pidió, tímida—. Para mandársela a… —la sonrisa se le ensanchó—. A Karen.
—Yo la hago —intervino la madre, ya con el teléfono en la mano.
Fátima posó con una contención feliz, la madre tomó varias, revisó una a una y, satisfecha, guardó el teléfono en el bolso, entonces la miró otra vez en el espejo, con ternura medida.
—Te ves hermosa, Fátima —dijo—. De verdad y si tú, siendo como eres, has logrado que un hombre como Fabricio quiera casarse contigo… —la pausa fue un pulso en el aire— imagina lo que podría conseguir Karen, con un poco de empeño, no me sorprendería que un príncipe pidiera su mano.
El comentario cayó suave, envuelto en la seda de una sonrisa, Fátima bajó un centímetro la barbilla, apenas, en su estómago, un músculo hizo un gesto, después sonrió obediente.
—Karen es… especial —respondió con humildad—. Siempre ha brillado.
—Y tú tienes lo tuyo —concedió la madre, acariciándole el hombro—. No lo olvides: mantente centrada y no me discutas los pendientes, hoy mismo confirmamos el cuarteto de cuerdas.
—Sí, mamá.
El vestido se deslizó sin ruido cuando la modista lo retiró sobre su cabeza, Fátima volvió a su ropa común y sintió el alivio tibio de su propia piel, agradeció, agendó la siguiente prueba, y antes de salir rozó con los dedos la falda colgada en el maniquí, como quien toca un amuleto.
En la calle, la luz de la tarde tenía un color contento, Fátima apretó contra el pecho la carpeta de muestras y tecleó el número de Fabricio.
—¿Nos vemos? —preguntó cuando él atendió.
—Cinco y media, en el café de siempre —respondió él, amable, sin titubeos.
Fabricio la esperaba impecable, con la camisa sin una arruga y esa serenidad que parecía ensayada desde otra vida, se levantó, le besó la mejilla con cuidado, le apartó la silla.
—¿Cómo te fue? —preguntó mientras cerraba su portátil con un gesto exacto.
—Te traje cosas —Fátima abrió la carpeta como si fuese un cofre—. Flores, manteles, opciones de iluminación, hoy estuve en la florista y he descubierto que el lino suena cuando lo tocas.
—¿Que suena? —sonrió él, entretenido.
—Sí. —Ella rozó la muestra con la yema—. O tal vez soy yo, pero míralo: no brilla, respira, me imagino la mesa larga, las notas, las copas…
—Elige lo que tú quieras, amor —dijo él, con voz baja—. Me basta con verte feliz.
Fátima lo miró un segundo, emocionada por la frase, como quien recibe una bendición, aun así, quiso hacerlo partícipe.
—¿Y si combinamos peonías con lavanda? La lavanda da un olor limpio, o tulipanes blancos con hojas verdes muy oscuras, la florista dice que los tulipanes son un gesto elegante.
—Me gusta cómo suena —asintió Fabricio—. Tú tienes talento para imaginar espacios.
—¿Te imaginas la entrada? —Fátima apoyó los codos en la mesa, inclinada hacia él—. La música suave, la luz… Yo caminando hasta ti. —Se rió consigo misma—. Te juro que me muero por ver tu cara.
Él sostuvo su mirada un instante más de lo previsto y después volvió al menú.
—Será un gran día. —Le tendió la carta—. ¿Pides tú?
—Lo de siempre —dijo ella—. Y un trozo de tarta, hoy quiero endulzarme, pidieron, Fátima siguió hablando, feliz, tocando cada detalle con dedos de pianista, Fabricio la escuchó con cortesía irreprochable; hacía preguntas cortas, asentía con una curva discreta de la boca, cuando a Fátima se le terminaban las palabras, él le tomaba la mano por unos segundos y después la soltaba para alcanzar la taza.
—¿Y tú? —preguntó Fabricio de pronto—. ¿Cómo te sientes?
—En paz —respondió, sin buscar metáforas—. Como si por fin hubiese puesto cada pieza donde iba.
—Te mereces eso —dijo él.
Volvió a sonar perfecto. la perfección, sin embargo, se quedó flotando, demasiado ligera, Fátima no quiso capturar esa sensación; la dejó ir, se dijo que era cansancio. ¿Quién no llega cansado a una boda?
—¿Nos vemos el sábado para cerrar lo de la recepción? —propuso—. Quiero que veas el salón conmigo. Necesito tu… —se corrigió a tiempo—. Tu compañía.
—El sábado estaré justo, te confirmo, pero si no llego, elige tú —volvió al estribillo amable—. Confío en tu buen gusto.
La palabra “confío” le calentó el pecho, ella asintió, guardó con orden las muestras, y cuando se despidieron a la puerta, se abrazó a él un segundo más de lo usual.
—Te llamo antes de dormir —prometió él.
—Te espero —dijo Fátima, y su sonrisa pareció un yeso que necesitaba fijarse bien, lo observó irse, le encantaba cómo caminaba Fabricio: el cuerpo recto, la cabeza alta, la calma bien colocada, le gustaba su manera de no descomponerse, pensó que eso sería su casa: un lugar donde la gente y las cosas no se descompusieran.
Más tarde cuando Fátima ya se encontraba en su casa alistando todo lo que podía, Karen de pronto entró con la familiaridad de quien se sabe bienvenida… y necesaria. Traía una bolsa grande colgada del brazo, el cabello recogido a prisa y ese brillo travieso en la mirada que suele mezclar ternura con dominio.
—¡Abre, reina! —gritó desde el pasillo, golpeando dos veces con los nudillos antes de empujar la puerta con la cadera—. Te traje presentes.








