El Pasadizo
“Más infinito que las arenas del tiempo… es la insaciable curiosidad del hombre.”
—Ese pasadizo no ha sido explorado. Nadie entra ahí.
La advertencia del guía resonó entre las paredes de piedra, pero ya era demasiado tarde.
Enrique no escuchaba.
Y Sandra… lo conocía lo suficiente como para saberlo.
—No estarás pensando en hacerlo —susurró ella.
Enrique no respondió.
Sus ojos estaban fijos en la oscuridad al final del corredor restringido. No era simple curiosidad. Era algo más profundo. Algo que no lograba explicar… pero que sentía.
Familiar.
El grupo avanzó.
Ellos no.
Cuando el último de los turistas desapareció tras una curva, Enrique levantó la cinta de seguridad.
—Solo un momento —dijo en voz baja.
Sandra dudó… pero lo siguió.
El aire cambió apenas cruzaron.
Más denso.
Más frío.
Como si la tumba respirara.
Caminaron en silencio. Sus linternas apenas lograban abrirse paso entre la oscuridad. Cada paso parecía más largo que el anterior.
Hasta que la encontraron.
La puerta.
Sellada.
Cubierta de jeroglíficos.
Esperando.
Enrique se acercó lentamente y retiró con cuidado la capa de polvo acumulado sobre la piedra. Los símbolos comenzaron a revelarse bajo la luz.
Sandra se inclinó a su lado.
—¿Puedes entender algo?
—No es un mensaje funerario… —murmuró él—. Es diferente.
Más a la derecha, casi oculto por el paso del tiempo, había otro conjunto de inscripciones. Más finas. Más precisas.
Como si hubieran sido añadidas después.
Enrique limpió esa zona con la manga.
Y entonces la vio.
No eran jeroglíficos.
Era una frase.
Tallada con intención.
Como una advertencia.
—Sandra… esto no pertenece a la tumba original…
—¿Qué dice?
Enrique recorrió lentamente cada símbolo.
Y leyó en voz baja:
—“Más infinito que las arenas del tiempo… es la insaciable curiosidad del hombre.”
El silencio se volvió pesado.
Debajo de la frase…
dos letras.
H.C.
Sandra frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Enrique no apartaba la mirada.
—Howard Carter…
Un escalofrío recorrió el aire.
—Pero… eso no tiene sentido —dijo ella—. Él descubrió la tumba… no dejó advertencias.
Enrique negó lentamente.
—No… descubrió lo que le permitieron encontrar.
Ambos guardaron silencio.
Por un instante…
dudaron.
Pero la duda nunca ha sido suficiente para detener al ser humano.
Y menos cuando la curiosidad ya ha despertado.
Enrique dio un paso al frente.
—El Rey Niño… Supremo gobernante de Egipto.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Entonces…
la piedra se movió.
La puerta se abrió.
Lenta.
Antinatural.
Revelando la cámara completa.
Oro.
Máscaras.
Armas.
Reliquias.
Pero no era eso lo importante.
Había algo más.
Algo que no debía estar ahí.
Entraron.
No por ambición.
Sino porque algo… los estaba llamando.
La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe seco.
Sandra pisó una loseta.
El aire cambió.
Un pulso invisible atravesó sus cuerpos.
Frío.
Profundo.
Antiguo.
Y luego…
Oscuridad.
⸻
Cuando despertaron… ya no estaban en Egipto.
El cielo era gris.
El aire, inmóvil.
Y el silencio… absoluto.
Sandra fue la primera en hablar.
—Enrique… ¿dónde estamos?
Él no respondió.
Miraba a su alrededor.
Tumbas blancas.
Ordenadas.
Infinitas.
Flores.
Sombras.
Y nombres.
Uno en particular.
Grabado en piedra.
“George R. Marshall”
—Esto no es posible… —susurró.
Una figura pasó junto a ellos.
Luego otra.
Nadie los miró.
Nadie reaccionó.
—No pueden vernos… —dijo Sandra.
Entonces…
una voz.
Detrás de ellos.
—Hola… ¿ustedes también despertaron aquí?
Se giraron.
Un hombre los observaba.
Confundido.
Como ellos.
—Me llamo Giglio… —dijo— y creo que esto… no es un sueño.
En otro tiempo…
Año 1922.
Un hombre dejó caer el periódico.
La noticia aún abierta:
“El descubrimiento de la tumba de Tutankamón”.
Cuando despertó…
ya no estaba en Londres.
Año 2145.
Sophie observó las piezas frente a ella.
No eran objetos comunes.
No eran de su tiempo.
Y, sin embargo…
sentía que la estaban llamando.
Año 1815.
París.
La derrota lo había consumido todo.
Remun cerró los ojos esa noche pensando que su historia había terminado.
No sabía…
que su papel…
apenas estaba comenzando.
Porque, a diferencia de los otros…
él no había buscado a Egipto.
Pero Egipto…
ya había decidido encontrarlo.








