Desde una ventana
—“Otra vez él” —pensó el felino negro grisáceo con vetas verdes oscuro tanto en sus cuatro patitas como en unos curiosos mechones que sobresalían levantados en su cabeza; luego de distinguir entre las sombras de la noche a un hombre gordo, calvo y bigotón parado en la otra acera frente a la casa de dos pisos que habitaban él, su pequeño esclavo y los padres de éste— “tan terco y patético” —bufó fastidiado cuando notó que el bigotón comenzó a caminar hacia la casa.
Era tan corta su vida y tan poco el tiempo que llevaba viviendo ahí como para que no pudiera recordar el día en que se mudaron a aquella propiedad de fachada verde con detalles blancos en las cornisas, con un amplio jardín delantero cuya extensión de césped bien cuidado sólo era interrumpida por bardas de piedras volcánicas que separaban la casa de las otras y en el que varios arbustos habían sido sembrados al pie de la construcción.
También contaba con otro jardín más pequeño y poco interesante atrás como para prestarle atención; en fin volviendo al día de la mudanza, recordaba que trás mirarle por primera vez haciendo rabietas, dando furiosos zapateados en el piso mientras los empleados de la mudanza metían las cosas a la casa, supo de inmediato que aquel bigotón sería como un grano en el culo.
Dicho y hecho, apenas le perdió de vista una leve y extraña sensación de peligro le recorrió el es de principio a fin por el espinazo y haciendo caso a tal presentimiento se apresuró a subir las escaleras en busca del barrigón empezando por el cuarto que sería la habitación de su esclavo. Al entrar se encontró con el muy maldito tratando de derribar varias cajas apiladas por algún empleado descuidado de la mudanza, sobre su pequeño sirviente, un erizo albino de unos 10 años, que se encontraba desempacando algunos juguetes. Bueno no es como que al veteado le importara realmente, pero si algo le pasaba a su pequeño ¿Quién iba a alimentarlo y mimarlo?
Rápidamente se interpuso entre el bigotón y el pequeño erizando su pelaje, arqueando el lomo y gruñendo fuerte para detener al bigotón y alejarlo del pequeño albino, cosa que funcionó pues aquel tipo al saberse descubierto se esfumó de ahí en un parpadeo.
—Mephy ¿Qué te pasa? —preguntó preocupado el pequeño interrumpiendo lo que estaba haciendo al verle gruñir a la nada y apresurándose a levantar al minino.
—¡Silver! —exclamó un erizo azul adulto que iba entrando a la habitación— ¡Suelta ese gato que puede arañarte!
—Pero papi —replicó el pequeño sin soltar al felino, el cual seguía gruñendo débilmente y moviendo la cola vigorosamente— Mephy empezó a gruñir sin ningún motivo.
—Quizás el antiguo dueño tenía alguna mascota y su aroma todavía es perceptible para él, no te preocupes ya verás que en unos días se le pasa, ahora —extendió la mano para tomar la del albino— vamos a lavarnos las manos que ya es hora de comer.
No muy convencido con la explicación, el pequeño obedeció en soltar al felino para corresponderle a su padre y así tomados de la mano ambos salieron de la habitación seguidos por la aún malhumorada mascota.
Si bien durante las primeras semanas el felino creyó haber exagerado con el barrigón quien apenas se atrevía a aparecerse por uno que otro rincón de la casa y que siempre terminaba por desaparecer en el momento en que se percataba de su vigilante mirada felina, no fue hasta cierta noche mientras dormía en la cama junto a los pies de su albino que vió confirmados sus recelos cuando su delicada nariz detectó un ligero tufo a huevo podrido. Apenas abrió los ojos descubrió al barrigón parado junto a la cabecera de la cama mirando con odio al pequeño quien comenzó a quejarse entre sueños segundos antes de que una patada por parte del albino lo mandara al piso de cara.
—“¡Hijo de..!” —exclamó el felino levantándose hecho una furia contra el cabrón que se atrevía a perturbar su sueño y el del inocente albino. Caminó amenazante mientras un enigmático brillo aparecía en sus verdes ojos jade hacia el bigotón que seguía con la mirada fija en el pequeño que removía y balbuceaba intranquilo entre sueños.
—“¡Aléjate de él!” —ordenó el gato mentalmente entre bufidos y gruñidos que llamaron la atención del bigotón e inesperadamente éste obedeció separándose de la cama y caminando de reversa salió de la habitación escoltado por el furioso gato de ojos fulgurantes quien mientras se desplazaban a través del pasillo e incluso al descender las escaleras en una perfecta y silenciosa sincronía mantuvo aquel peculiar contacto visual, sin embargo cuando ya se dirigían hacia la puerta principal:
🎶...Para sanar las heridas voy a buscar otro amor,
Casi arruinaste mi vida golpeando mi corazon...
Yo te regalaba todo,
Con mi madre discutia me queria abrir los ojos perdoname madre mia...
Pero tu que me has dado falsas...🎶
Algún borracho con el autoestéreo a todo volumen acertó a pasar frente a la casa justo en ese momento haciendo vibrar los vidrios de las ventanas y por ende que el gato volteara desconcertado hacia aquel alboroto a la par que el bigotón, sobresaltado, se desvaneció en el acto dejando solo al felino en la oscuridad.
—“¿Quién mierdas se pasea en plena madrugada con tal escándalo?” —reclamó el minino irritado sacudiendo la cabeza justo antes de ....— “¿Cómo v3rGaS llegué aquí?!” —reconocer en dónde se encontraba sin tener la más mínima idea de cómo carajos había sucedido. Desorientado intentó recordar algo luego de haberse caído, sin embargo la fugaz imagen del ente de pacotilla frente a él era lo único que retenía de ese lapso amnésico.
Frustrado, echó a correr en busca de algún juguete o de cualquier baratija olvidada en el suelo que le sirviera para mitigar aquel extraño sinsabor de fracaso que le inquietaba; era eso o atreverse a usar los muebles para desahogarse y tener que soportar los gritos y escobazos de la Dama Rosa después.
No, ni loco volvería a cometer ese error y trás encontrar un pobre ratón de felpa se abalanzó sobre él dándole furiosos mordiscos y zarpazos deteniéndose sólo cuando el relleno de este entró en contacto directo con su paladar. Liberando al apenas reconocible juguete de su tortura ya solo le faltaba una cosa para recuperar la calma; así que luego de echar una ojeada a su alrededor y asegurarse que no corría el riesgo de alguna posible emboscada, comenzó a acicalarse mientras los últimos rastros de aquel furor se perdían junto con todo pensamiento racional entre sus ronroneos.
Concluido su relajante aseo con un suspiro regresó a la habitación del pequeño ya que prefería su tibia cama a quedarse en la fría sala, además debía asegurarse de que, al menos por esa noche, el bigotón no volvería a molestar. Brincando de dos en dos los escalones sin olvidar estar atento a cualquier señal que pudiera delatar la presencia del bigotón, rápidamente alcanzó sin problema la silenciosa y tranquila segunda planta, o al menos para él lo era hasta que pasó frente a la puerta de la habitación del par de erizos mayores donde pudo percibir gemidos y jadeos acompañados del sonido del choque de pieles.
—“Y dicen que los gatos somos escandalosos a la hora del apareamiento” —bufó rodando los ojos antes de seguir con su camino hasta la puerta cerrada de la habitación del pequeño, nada fuera de lo común ya que Silver siempre dormía con la puerta cerrada excepto por un detalle...
¿Cómo demonios había salido de ahí?!!!
Sin duda, esa noche había sido de lo más extraña, sin embargo:
—“No voy a quedarme el resto de la madrugada contemplando la puerta” —para alguien tan vale madres como él eso no le iba a espantar el sueño— “¡Hey, arriba flojo!” —exclamó entre estridentes maullidos arañando la puerta hasta que logró que su esclavo despertara y le abriera.
—¿Mephy? —preguntó el pequeño entre bostezos— ¿Qué haces en el pasillo?
—“No estoy de humor para preguntas” —replicó entrando a la habitación con paso arrogante, balanceando ligeramente la punta de su erguida cola— “y cierra pronto esa puerta antes de que escuches algo que pueda dejarte traumado” —agregó subiendo y echándose en la cama ignorándole. Sin embargo una vez que el pequeño volvió a quedarse dormido, el minino arrepentido por haberlo ignorado, le miró y suspiró— “En la mañana podremos jugar a que puedes entenderme.”
Gracias a que en los días siguientes el bigotón siguió con sus efímeras manifestaciones sin que intentara molestar al albino sumado con el ambiente usualmente pacífico en la casa, el minino cansado ya de tanto darle vueltas al asunto, decidió tomar lo poco que lograba recordar de esa noche como una simple pesadilla producto de haber cenado demasiado antes de quedarse dormido en la sala o al menos así fue hasta el día en el que la familia se levantó un poco más temprano que de costumbre y empezó a prepararse para irse de paseo.
Observaba el indiferente felino desde el alféizar de la ventana del cuarto del albino a los mayores ocupados en subir una pequeña hielera a la cajuela del auto familiar cuando un leve rechinido proveniente de una de las entreabiertas puertas de rejillas del armario del pequeño le hizo sentir un escalofrío semejante al del primer día. Descendiendo velozmente del alféizar se dispuso a buscar el porqué de tan repentina perturbación encontrándose con la detestable presencia del bigotón dentro del armario sonriendo maliciosamente mientras acechaba desde ahí a Silver, quien se encontraba decidiendo qué más podía guardar dentro de su mochila.
De algún modo aquella perversa sonrisa, inexplicablemente comenzó a inquietarlo, era como un mal augurio de que aquel ser no planeaba nada bueno; así que una vez más era su deber el ahuyentarlo. Adoptando su pose de combate, listo para amedrentar al bigotón comenzó a emitir sus amenazantes gruñidos ignorando por completo que el pequeño le observaba avanzar hacia el armario con el lomo erizado. Preocupado por el inusual comportamiento de su minino y dejándose guiar por los impulsos propios de la niñez, vacío el contenido de su mochila antes de acercarse silenciosamente tomando por sorpresa a la pequeña fierecilla y meterle dentro de la misma cerrando rápidamente el cierre.
—“¿Pero qué pe...?!” —forcejeó dentro de la mochila el minino sobrecogido por tan repentino acto, sin embargo una vez que se dió cuenta donde y que quien lo había hecho era Silver, no tuvo más opción que bajarle a sus ímpetus. Que inoportuno, el pequeño había escogido un mal momento para jugar con él. O eso pensó hasta que escuchó a los mayores llamar al pequeño seguido del ruido de las puertas del auto cerrarse y del motor encenderse— “Oh, mierda” —hizo que una nueva angustia naciera en él. No lo malinterpreten, era de los pocos mininos que disfrutaban el salir de paseo con su arnés sin importar si eran lugares concurridos, no obstante luego de volver incompleto de su último viaje, gracias al culero dos colas del veterinario, lo habían vuelto desconfiado.
—“Ok Silver, ya estuvo.” —replicó el felino comenzando a moverse y a maullar con desesperación a la vez que tanteaba con su hocico alguna posible salida de la mochila.
—¿Qué traes ahí, Silver? —escuchó preguntar en tono juguetón a la Dama Rosa— ¿A Mephy, quizás?
—Perdón mami —se disculpó el pequeño abriendo la mochila y liberando al minino— es que no quería quedarse solito en la casa.
—¿Trajiste al pulgoso? —protestó el azul viendo por el espejo retrovisor sin disimular su molestia por el peludo polizón que le lanzó un bufido como si respondiera el insulto mientras se acomodaba en el regazo del pequeño— Ni creas que me voy a regresar a la casa sólo para buscar el arnés, se tendrá que quedar encerrado en el auto ¿Entendido?
—¡Por supuesto que no! —rechazó autoritariamente la fémina cruzando los brazos y haciendo un puchero— el calor dentro del auto le puede hacer daño.
—¡Bien! —cedió irritado el azul dando un ligero golpe al volante y mirando nuevamente por el retrovisor— Pero les advierto que si se altera y se escapa YO no voy a andar corriendo como loco trás él.
—“¡A callar, Mandilón!” —se burló el felino del azul echado sobre el regazo del pequeño.
No fue un trayecto tan largo para llegar a su destino, o al menos así le pareció al felino. Apenas y el azul terminó de estacionarse, el primero en bajarse del auto fue el pequeño albino con el peludo veteado en brazos.
Al principio, el minino creyó que le habían llevado algún tipo de parque por los árboles y las bancas de hierro que notó junto a los muros que rodeaban al sitio, sin embargo cuando vió al azul bajar aparte de la hielera algunos utensilios de limpieza del auto, a la Dama Rosa detenerse a comprar flores en un sencillo puesto que se encontraba a un lado de la entrada y finalmente cuando traspasaron el umbral confirmó su error conforme iban adentrándose en el lugar.
Aunque se veían árboles esparcidos por doquier, el sitio carecía del bullicio propio de un parque, era tranquilo, casi silencioso de no ser por la poca concurrencia que había ahí.
También llamó su atención que estuviera dividido por una amplia calzada pedregosa con varios bancos de hierro a los costados y que cada lado estuviera repleto de piedras rectangulares incrustadas en el suelo, estatuas de ángeles, ramos de flores dejados en distintos lugares y sobre todo unas curiosas construcciones similares a “pequeñas casas”, todas tan diferentes entre sí, pero decoradas con los mismos símbolos en las fachadas.
Y fue frente a una de esas “casas” que la familia finalmente se detuvo. La fachada, que carecía de ventanas, era de blanca piedra de cantera; con un gran laurel sembrado a su lado que le proporcionaba una fresca sombra a los dos peldaños que había frente a la entrada cuyo acceso era restringido por dos puertas abatibles de hierro ostentando aquel peculiar símbolo y sobre de ellas se encontraba una placa grabada:
†FAM. HEDGEHOG†
Y mientras el veteado observaba intrigado todo aquello, la dama rosa se adelantó primero hacia la entrada rebuscando dentro de su bolso hasta que sacó una llave con la que abrió entre rechinidos las puertas de la extraña casa liberando de su interior un aroma a humedad mezclado con el de flores marchitas y algo más que el gato no pudo identificar.
Impaciente por explorar ahí dentro, el felino comenzó un ligero forcejeo buscando que el pequeño lo liberara para poder entrar en ese sitio que sí por fuera era extraño, en el interior lo era aún más. No era más grande que la habitación de Silver y en lugar de una pared, el fondo era un vitral con la silueta de un ser alado arrodillado de perfil hecho con viejos cristales multicolor opacados por las inclemencias del tiempo a excepción de unos cuantos que se veían más recientes y brillantes en el ángulo inferior derecho al ras del piso.
Mas no era eso lo que volvía raro al sitio sino que en ambas paredes laterales había floreros empotrados a diferentes alturas y uno que otro hueco en las mismas. Algunos de los huecos eran estrechos apenas lo suficientemente largos y profundos como para que un adulto cupiera acostado ahí en tanto que los otros eran tan pequeños que apenas cabría una caja de zapatos.
Curioso por naturaleza, el felino dió un salto hacia el hueco más cercano al suelo y comenzó a olfatearlo totalmente concentrado en aquel extraño aroma.
—¿Te gusta la cripta familiar, Mephy? —le preguntó el pequeño que se había acercado a ver cómo exploraba el lugar.
—“¿Cripta?”
•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•
Contrario a todo pronóstico del azul, el felino veteado reposaba tranquilo a la entrada de la cripta distrayéndose con lo poco que ocurría afuera ya que lo que hacía la familia adentro como limpiar el polvo, cambiar las flores marchitas por frescas mientras rememoraban anécdotas sobre los que yacían ahí, le parecía algo absurdo y sin sentido.
En fin, allá ellos y sus extrañas ideas además ahora que había puesto más atención había logrado diferenciar a los que eran como el barrigón de los visitantes vagando confundidos e ignorantes de su condición entre las tumbas en tanto que, otros más avispados se entretenían haciendo inofensivas travesuras a los visitantes dispersos en el lugar antes de desvanecerse entre risas.
Todo bien y hasta un poco aburrido para el veteado mas al detener su mirada en un apartado rincón, oscurecido por la sombra de un viejo pino, se topó con que sobre el libro que sostenía la estatua de una doncella en la que era evidente el paso del tiempo y el olvido, había alguien acuclillado, muy parecido al progenitor del albino excepto que estaba totalmente desnudo; el pelaje de aquel tipo era más oscuro y enmarañado, sus ojos eran dos puntos rojos en medio de escleróticas negras de los que brotaban espesas lágrimas de sangre oscura manchando sus pálidas mejillas.
—“Ese no es como los otros” —musitó amedrentado el veteado paralizado por un gélido horror cuando le vió esbozar una cruel sonrisa conformada por escalofriantes dientes afilados y mover ligeramente las esqueléticas manos que terminaban en garras ensangrentadas, impaciente quizás por alguna nueva víctima. Incluso mientras más le observaba podía vislumbrar cómo el aire a su alrededor parecía calentarse.
—“Deja de mirarlo” —escuchó de pronto una voz femenina que lo sobresaltó y erizó ligeramente— “créeme no querrás meterte con él.”
Volteando rápidamente comenzó a ubicar de dónde provenía aquella advertencia y al dirigir la vista hacia arriba del cercano árbol descubrió que en una de las ramas más gruesas descansaba una minina negra como la noche poseedora de unos brillantes ojos verde limón que le sonreía. Sin embargo a pesar de seguir perturbado por tan horrible visión, el veteado se atrevió a ignorar el consejo dando un rápido vistazo hacia la olvidada efigie, pero para su fortuna aquel ser ya se había marchado— “¿Qué putas era eso?” —preguntó regresando la vista hacia arriba.
La minina observó melancólica aquel olvidado sepulcro un momento hasta que, inhalando profundamente:
—“Algunos idiotas” —comenzó la felina a explicar tranquilamente mientras dirigía sus ojos hacia el veteado— “creyendo ser grandes expertos, vienen aquí a la media noche, buscando sobre todo los lugares dónde yacen los que atentaron contra sí mismos, para poner en práctica rituales de magia negra que encuentran en internet y lamentablemente en el proceso dejan abierto el paso a entidades que no deberían existir en este lado.”
El veteado frunció el ceño irritado— “Oh, qué sabia eres” —exclamó irónico pues las palabras de la minina sólo habían logrado dejarlo más confundido— “se nota que dominas el tema.”
—“Gracias, —contestó burlona— aprendí tanto como pude de mi sabia mami.”
—“Hump, como sea” —bufó el veteado desviando la mirada, evitando seguir adelante con el tema; sí había algo de lo que jamás podría presumir era el conservar algún recuerdo de su madre.
—“Oye, —continuó hablando la oscura felina— lo que pasó la otra noche no fue un sueño, debes tener cuidado con el bigotón que deambula en tu territorio” —a lo que el veteado alzó la cabeza sorprendido— “querrá deshacerse de ti después de que casi lograste expulsarlo.”
Una suave brisa agitó el lustroso pelaje de la minina que veía divertida al veteado en Shock, estaba por aprovechar el silencio del otro para agregar una cosa más cuando el pequeño albino salió de la cripta y al notar que el felino observaba algo fijamente, levantó la vista y:
—¡Mira mami! —gritó emocionado señalando al árbol— Mephy hizo un amigo ¿Lo podemos llevar a casa?
—¿No fue suficiente para ti con la última alimaña que encontraste aquí?!! —gritó el azul desde adentro.
El pequeño, preocupado porque efectivamente el felino terminara asustándose, pero con los gritos de sus padres, se apresuró a tomarle en brazos en tanto que la gata, poco interesada en escuchar como la fémina en el interior de la cripta regañaba a su pareja por irrespetuoso, se levantó de la rama bostezando y, previamente estirándose, saltó a otra de las ramas y de ahí al techo de otra cripta cercana donde finalmente se perdió de vista.
Mientras todo eso ocurría, dentro de la cabeza del felino, que seguía entre los b
El pequeño, preocupado porque efectivamente el felino terminara asustándose, pero con los gritos de sus padres, se apresuró a tomarle en brazos en tanto que la gata, poco interesada en escuchar como la fémina en el interior de la cripta regañaba a su pareja por irrespetuoso, se levantó de la rama bostezando y, previamente estirándose, saltó a otra de las ramas y de ahí al techo de otra cripta cercana donde finalmente se perdió de vista.
Mientras todo eso ocurría, dentro de la cabeza del felino, que seguía entre los brazos del albino, había un caos entre tantas dudas. “¿Cómo supo esa gata del bigotón?! ¿No fue un sueño? ¿Expulsarlo, yo?” “¿Cómo?” Un momento…“¿A qué se refería el azul con ese comentario?” “¡¿Acaso Silver intentó llevar algún animalejo callejero a la casa?!!”
Confundido y un poco celoso, volvió a ver una vez más al interior de la cripta donde seguía el sermón para el azul.
—No le hagas caso Mephy —dijo el pequeño acariciándolo— tú no eres una alimaña.
Como si las dulces palabras del albino fueran algún hechizo se tratara, aquellos caóticos pensamientos fueron desapareciendo a la par que su vista comenzó a nublarse al punto de quedar totalmente ciego, el silencio y el aroma de la cripta flotaban a su alrededor mientras una cálida y ronroneante presencia a su lado lo lamía con cariño, pero al escucharse en ese momento un fuerte chirrido desencadenó un pandemonium en el que solo alcanzó a retener “cristales rotos”. En ese momento los ronroneos desaparecieron dejándolo solo y asustado, intentó levantarse mas sus patas traseras eran débiles e inútiles logrando solo arrastrarse con ellas.
Desesperado, comenzó a llorar hasta que algo o mejor dicho alguien lo levantó y acunó, alguien que lo hizo sentir seguro, que cuidó de él y que en el momento en que abrió los ojos por primera vez vió que poseía un hermoso par de ámbares iluminados por la inocencia pura...
Parpadeando varias veces, aquel lejano primer recuerdo del rostro del que ahora lo tenía entre sus brazos se disipó ante los ojos del veteado.
•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•~•
La hora de que aquel lugar cerrara se acercaba, y trás sentirse incómodo con las muestras de cariño y reconciliación, el pequeño albino se encontraba sentado junto al felino en una banca ubicada a la entrada descansando de la carrera que había hecho para adelantarse a sus padres. Y mientras esperaba a que estos lo alcanzaran acertó a pasar caminando frente a él una joven lechuza color hueso con un largo y negro plumaje coronando su cabeza, vestida con una larga falda bordada y un top verde cuando accidentalmente se le cayó su celular.
El pequeño, sin perder tiempo ni soltar a su fiero compañero, se levantó para recogerlo y devolverlo a la joven.
—Muchas gracias gentil caballero —dijo la lechuza acariciando suavemente la cabeza del albino y dirigiendo sus verdes ojos al felino agregó— cuida bien de él, Mephiles y no olvides estar alerta.
El pequeño ladeó la cabeza extrañado con que aquellas enigmáticas palabras de la joven fueran para su felino pero toda intención de hacer la primer pregunta se perdió al escuchar que alguien se acercaba rápidamente hacia él:
—¡Silver! —exclamó el azul sin dejar de correr hasta que llegó junto al pequeño interponiéndose entre él y la joven— ¿Qué te he dicho de hablar con desconocidos?!
—Perdón papá, solo me dijo que Mephy está muy bonito.
No muy convencido del todo el sobreprotector padre abrazó por el cuello al niño a la vez que fulminaba con la mirada a la desconocida chica, ésta sólo rodó los ojos y dando la media vuelta salió de ahí caminando tranquilamente siendo observada por el felino mientras se alejaba.
De regreso a casa, la paz y armonía que sentían los miembros de la familia se esfumó en el momento que entraron a su hogar y se encontraron con uno de los floreros de la sala hecho añicos en el suelo.
—¡Mephy no lo hizo! —se apuró el albino a defender a su mascota.
El azul, que se había arrodillado para comenzar a recoger los fragmentos, no contestó, era obvio que el gato no lo había hecho y quizás hubiera pasado por un simple accidente sin importancia de no ser porque las flores se encontraban pisoteadas.
—Amy —ordenó seriamente al levantarse del piso— tú y Silver esperen afuera mientras reviso la casa.
La fémina no replicó pidiendo un por qué, ella también había notado el estado de las flores así que apresurandose a tomar al pequeño de la mano dió la media vuelta para salir por dónde había entrado.
Indiferente al alboroto de los padres del albino, el felino se acercó a inspeccionar aquel desastre aprovechando que el azul se había ido a revisar en la cocina. Era mucho más agrio de lo normal, pero sin duda había logrado captar el aroma a huevo del bigotón entre los pedazos de porcelana— “¿Por qué haría algo a…?” —Una terrible y peligrosa sensación le sacudió en cuanto una de sus patitas tocó uno de los fragmentos. Alarmado, empezó a voltear para todos lados y por un instante antes de que desapareciera en la penumbra bajo las escaleras, alcanzó a ver la maligna e iracunda mueca que era el deformado rostro del bigotón.
—“¡Demonios!” —pensó impresionado por aquel cambio tan drástico en el bigotón— “tan sonriente que andaba en la mañana”
“Querrá deshacerse de ti”
Resonó una vez más aquella advertencia y fue entonces que entendió cuál era la situación; si se hubiera quedado solo en la casa el barrigón habría hecho mucho más que romper un florero y así para cuando llegara la familia el único culpable sería él.
—“Me lleva”








