Capítulo 1. El peso del silencio
La lámpara de mesa proyecta una luz tibia sobre la sala, suficiente para romper la oscuridad de la noche sin disiparla del todo. El resto del espacio permanecía en sombras suaves, dándole a la habitación un aire elegante y sencillo a la vez, como si cada objeto estuviera allí solo porque era necesario. Afuera, la lluvia caía con delicadeza; su golpeteo constante contra la ventana marcaba un tiempo lento, casi incómodo.
Junto a la lámpara, dos sillones color vino parecían enfrentarse más que acompañarse. En ellos estaba la pareja: el joven Luis y la señorita Clara. La cercanía de sus cuerpos contrastaba con la distancia que los separaba por dentro. Él mantenía la mirada fija en el suelo; ella, rígida, jugaba distraídamente con el borde del sillón, evitando mirarlo. El silencio entre ambos no era vacío: estaba cargado de preguntas sin respuestas y pensamiento que no decían.
-Puedo entender si no quieres hablarme- dije al fin, rompiendo la quietud-.Dime al menos si aún quieres que me quede.
Clara alzó la mirada apenas. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz se quebró cuando habló, evitando sostenerme la mirada.
-Luis... ¿por qué? ¿Acaso no he hecho las cosas bien? Dime qué pasa... ¿ya no me quieres? Me sientes lejos de ti.
Me acerqué despacio, con miedo de empeorar las cosas.
-Clara, cálmate. No digas eso... - le susurré al oído-. Te quiero más de lo que sé demostrar.
Ella levantó la mirada hacia mi. La seda de su blusa rozó mi piel cuando se movió, y por un instante pensé en lo injusto que era sentir tanto miedo cuando lo único que quería era quedarme. Soy inseguro, lo admito. Tengo miedo de perderla, y mis acciones solo consiguen empujarla lejos, incluso cuando no me doy cuenta.
La abracé. Pude sentir cómo su cuerpo se tensaba, pero no intentó apartárteme. Ese pequeño gesto fue suficiente para que una mínima esperanza se encendiera en mí.
Todo esto dolía, y era mi culpa. Soy un idiota, pensé. Un maldito con la fortuna de tener a una mujer maravillosa a su lado... y aun así, capaz de hacerla sufrir.
-Luis- dijo entonces, con voz firme-. Se supone que estoy aquí para ti, pero no me cuentas nada. Te has alejado.- Me miró, exigiendo una repuesta-. ¿Qué pasa?
Tragué saliva. El nudo en mi garganta se tensó tanto que por un momento no pude hablar.
-Porque no puedes apoyarte en alguien que también necesita apoyo- confesé al fin, apartándome un poco-. Ambos estamos luchando con nuestros propios miedos, Clara. Estando tan dañados... ¿cómo íbamos a ayudarnos entre si?
Ella se levantó de un salto, dándome la espalda, dándome la espalda. No podía ver su expresión, pero sentía su presencia, su mirada fija en mí.
-Sí- dijo-, tenia miedo. Tengo miedo de que algo te pase. Ya cargas con suficientes problemas, y yo aquí... siendo una carga más. Fui una cobarde al alejarme, al no decirte lo que sentía. Fue un error.
Se volvió hacia mi. Sus ojos habían perdido el fuego, concentrándose solo en mi.
-El miedo retiene mucha vida, Clara- le dije-. Retiene tanto que no nos damos cuenta de lo que perdemos... hasta que lo hemos perdido. Como yo perdí este tiempo contigo, cuando pude haber estado a tu lado.
Ella no respondió de inmediato. Solo me miró. Y ese silencio, otra vez, lo dijo todo. No supe qué contestar. La lluvia siguió cayendo, indiferente a nuestro silencio.
Clara permaneció de espaldas, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su respiración era irregular, como si tuviera algo que no sabia como soltar.
-No quiero ser un peso- dijo al fin-. Tengo miedo de que algo te pase, de que la distancia nos rompa. Tú con tus problemas, yo con los míos... -río sin humor-. Y aún así, lo único que quería era que me hablaras.
Me acerqué, pero ella dio un paso al frente, marcando una distancia que dolió más que cualquier palabra.
-Fui una cobarde- continuó-. Me alejé sin explicar nada. Pero tú también te escondiste.
Sentí como algo se quebraba dentro de mí.
-Nunca quise lastimarte.
-Losé- respondió-. Pero me lastimaste igual.
Guardó silencio unos segundos. Luego tomó su abrigo del respaldo del sillón.
-Necesito tiempo, Luis.
-¿Tiempo para qué?- pregunté, casi en un susurro.
-Para saber si aún podemos salvarnos... o si solo nos estamos aferrando al recuerdo de lo que fuimos.
Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
-Te quiero- dijo, sin mirarme-. Pero ahora mismo, eso no es suficiente.
La puerta se cerró con un sonido suave, definitivo. Me quedé solo en la sala. La lluvia seguía cayendo. Y por primera vez, entendí que amar no siempre significa quedarse.
* * * * * * * * * * * *
El calor de la mañana era insoportable, igual que mis pensamientos y emociones; no sabia cuál de los dos era peor.
Me recosté en la cama buscando consuelo, recordando los momentos que había pasado con Clara. De pronto, el sonido de unas llaves en la sala me hizo reaccionar. No me había dado cuenta de que mis ojos se habían humedecido.
Me levanté, respiré hondo, cambié la expresión de mi rostro y salí. Era Clara.
-Buenos días... disculpa por no avisar que vendría- dijo mientras dejaba su bolso sobre la mesa del comedor.
-Buenos días- contesté con dificultad. Un nudo en la garganta se hacía cada vez más fuerte dentro de mí.
-Luis... perdóname. Quiero arreglar las cosas, hacer las cosas bien contigo. Ayer, en lugar de hablar, solo escapé del problema... pero ya no mas Luis... ¿me perdonas?
Me acerqué a ella sin decir una palabra. El nudo en mi garganta se convirtió en suspiros de llanto. La abracé como nunca antes.
Entonces sentí cómo las lágrimas rodaban por mis mejillas, y no era solo por lo que había dicho. Era por verla ahí, frente a mí. Por saber que había regresado... y que la tenía conmigo otra vez. Clara no se apartó de mí. Su respiración temblaba contra mi pecho mientras mis brazos seguían rodeándola con fuerza, como si temiera que, al soltarla, volviera a desaparecer.
-Pensé... que no volverías- murmuré finalmente, sin soltarla.
El silencio volvió a llenar la sala, pero ya no era el mismo silencio pesado de antes.
Por primera vez desde la noche anterior, el calor sofocante de la mañana ya no se sentía tan pesado.
-Lo siento mucho. ¿Me perdonas?- Levanto la mirada y me abrazo.
Tome sus manos y me acerque a su rostro y besé su frente.
-Claro que si, te perdono. También perdóname a mi si una vez te falle.








