Pequeña bestia
La noche en que Lion nació, el cielo parecía imitar el caos de su especie: una tormenta implacable golpeaba los muros de piedra de la Casa Noxus. Desde su primer aliento, fue marcado. En un nido donde los cachorros nacían con musculatura prominente y garras expuestas, Lion era pequeño, de facciones más agudas y formas estilizadas. Para los ojos de su padre, el Líder de la Casa, esa silueta era sinónimo de debilidad.
Crecer en la Casa Noxus implicaba aprender dos cosas de inmediato: el significado del dolor y el respeto absoluto a las Leyes de Sangre. Lion sabía que cruzar los límites prohibidos de la propiedad o desafiar la jerarquía antes de tiempo significaba una sola cosa: ser destripado vivo. En este mundo, el verdadero horror no era morir, sino la agonía prolongada; escuchar el crujido de tus propios huesos rompiéndose uno a uno bajo la mirada fría de una Matriarca que disfrutaba desmantelar tu mente antes de que tu cuerpo cediera.
A los tres años, el alimento seguro se terminó para Lion. Cumpliendo la ley, fue arrojado al fango de los territorios de caza exteriores. Si quería comer, debía matar.
Fue bajo otra lluvia torrencial que Lion encontró su oportunidad para callar los murmullos de la Casa. Un Trikson, una bestia voladora de un metro de envergadura, garras como dagas y un pico colmado de dientes aserrados, descendió en picada para convertirlo en su presa. El combate fue feroz. Lion no tenía la fuerza para someterlo de un golpe, así que usó su entorno y su agilidad: esquivó las ráfagas de las alas, soportó cortes profundos en la piel y, esperando el momento exacto en que la criatura se descuidó, clavó sus garras retráctiles directamente en la yugular del depredador.
Jadeando, empapado en sangre propia y ajena, Lion arrastró el cadáver tibio del Trikson a través del barro. Llegó hasta el gran salón de la Casa y arrojó la presa a los pies de la imponente figura de su padre. El mensaje era claro: no era el más grande, pero era letal.
El cadáver del Trikson impactó contra el suelo de piedra tallada, salpicando lodo y sangre oscura. Sobre el trono de la Casa Noxus, la imponente silueta de su padre se inclinó hacia adelante. Sus ojos evaluaron el cuerpo de la criatura voladora y luego se posaron en la figura herida de Lion. El silencio en el salón era denso, interrumpido solo por el eco de la tormenta afuera.
Finalmente, el Líder de la Casa se levantó. Con un movimiento pesado y severo, propinó un seco golpe en su propio pecho. Era el reconocimiento máximo que Lion recibiría: un gesto frío que significaba que, al menos por hoy y mañana, tenía derecho a seguir respirando bajo su techo.
—Llévenselo —gruñó el Líder, apartando la mirada con desdén.
De la penumbra del salón emergió Bia, una de las hembras de la Casa. Su mirada reflejaba esa inteligencia fría y analítica que caracterizaba a las de su género. Siguiendo la orden del macho dominante, Bia tomó el cadáver del Trikson y le hizo una seña a Lion para que la siguiera a las estancias inferiores, lejos de la vista del Líder.
Allí, bajo la luz tenue de los fogones, comenzó la verdadera lección de supervivencia. Bia no mostró compasión, pero sí una eficiencia implacable. Con movimientos metódicos, le enseñó al pequeño cachorro cómo desollar a la criatura, qué partes eran seguras para el consumo y cómo cocinar la carne adecuadamente para maximizar los nutrientes y recuperar la energía necesaria para las cacerías del día siguiente.
Una vez que Lion sació su hambre, Bia fijó sus ojos en las profundas heridas que las garras del Trikson habían dejado en el cuerpo del joven. Abrió un cuenco de piedra donde machacaba diversas plantas exóticas.
—Si no controlas la infección, la carne se pudrirá antes de tu próximo combate —sentenció Bia con voz gélida, mostrando una de las hojas—. Esto es Albarka.
Bia aplicó la pasta de la planta directamente sobre las heridas abiertas de Lion. Al instante, una intensa sensación de calor recorrió su piel, seguida de un entumecimiento absoluto. La Albarka tenía una propiedad química perfecta para su especie: aceleraba la regeneración celular y apagaba los receptores de dolor del cuerpo por completo. Durante exactamente 19 minutos, Lion no sentiría absolutamente nada; una ventana de tiempo crucial que los guerreros de la Casa utilizaban para remendarse en pleno campo de batalla antes de volver a la matanza.
Bajo la tutela de Bia, Lion no solo aprendió a sanar su cuerpo, sino que empezó a comprender que en un mundo de fuerza bruta, el conocimiento y la resistencia eran armas igual de letales.
Los 19 minutos de la Albarka apenas habían terminado cuando el silencio de las estancias inferiores fue quebrado por un eco de lamentos arrastrados. Bia enderezó la espalda y, con una sonrisa gélida que helaba la sangre, le indicó a Lion que subiera al patio central.
Allí, bajo la implacable tormenta, la Casa Noxus entera se había congregado en un círculo perfecto. En el centro, temblando en el fango, estaban tres cachorros de la misma camada de Lion. Sus garras estaban vacías; el bosque los había derrotado y regresaban con las manos desiertas. A unos metros de ellos, erguidos con orgullo junto a sus presas sangrientas, se encontraban los otros dos hermanos de Lion, manteniendo la cabeza en alto, pero con los ojos fijos en el suelo.
De la penumbra del gran salón emergió la Matriarca de la Casa, una hembra cuya sola presencia silenciaba el viento. Su piel, pulida y decorada con cicatrices rituales, destilaba una elegancia peligrosa. No llevaba armas; las hembras no las necesitaban para matar.
caricia perturbadoramente suave en la cabeza del primero.
—La Casa Noxus no alimenta parásitos —susurró la Matriarca, con una voz tan nítida que cortaba el aire—. Pero la carne inútil aún puede servir como una lección de anatomía.
En lugar de desgarrarles la garganta, la Matriarca y sus ayudantes comenzaron un ritual de desmantelamiento psicológico y físico. Con una precisión quirúrgica, usando solo sus garras retráctiles, comenzaron a pelar los tendones de las piernas de los cachorros, manteniéndolos conscientes. Las hembras sabían exactamente qué nervios tocar para multiplicar el dolor sin causar un derrame de sangre inmediato que los hiciera desmayarse.
El verdadero horror no eran los gritos de los tres caídos, sino el juego mental de la Matriarca. Mientras los cachorros se retorcían en el barro, ella caminaba lentamente hacia los hermanos de Lion que sí habían cazado, obligándolos a sostenerle la mirada. Tomó la mandíbula de uno de ellos, forzándolo a ver cómo sus hermanos de camada eran obligados a tragarse sus propios trozos de carne arrancada.
—Míralos bien —les susurró la Matriarca al oído, mientras el sonido de los huesos rotos de las víctimas servía de fondo—. Mañana la lluvia borrará su sangre, pero tú recordarás este sonido cada vez que salgas a cazar. Si fallas una sola vez... te prometo que te haré escuchar tu propio corazón antes de arrancártelo.
Lion, oculto entre las sombras junto a Bia, observaba la escena. El frío de la lluvia se mezclaba con el horror de ver a los de su propia sangre ser reducidos a nada más que un desecho de entrenamiento. Sus dos hermanos exitosos temblaban, no por el frío, sino porque entendieron que en la Casa Noxus, la línea entre ser un depredador y convertirse en el juguete de las hembras era tan delgada como un solo día de mala suerte.
Cuando el último gemido se apagó en el patio, las hembras arrojaron los restos a las fosas exteriores. La lección había terminado.





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