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Culote para Mi Amigo

Sinopsis

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Genero:
Humor
Autor/a:
Elbuscado1
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

El sol de la tarde descendía lentamente sobre el moderno centro comercial al aire libre, bañando las pasarelas de madera y los escaparates de cristal con una cálida luz dorada. El clima era perfecto, una brisa suave estaba soplando entre las palmeras artificiales y las modernas estructuras arquitectónicas. En medio de la multitud cosmopolita que estaba paseando por el lugar, dos figuras masculinas que contrastaban enormemente entre sí caminaban a paso relajado.

Por un lado, Nostradamus vestia un atuendo vanguardista y andrógino: unos pantalones holgados de diseño, una camisa de seda entreabierta y unas gafas de sol de marco circular que le daban un aire de estrella de rock excéntrica. Su rubio cabello estaba ondeando ligeramente. A su lado, Siegfried era una montaña de hombre. Él estaba llevando ropa mucho más sencilla pero que apenas podía contener su musculatura: una camiseta blanca ajustada, unos pantalones oscuros y una chaqueta de cuero sobre el hombro. A pesar de su imponente tamaño, su expresión era la de un hombre tranquilo, amable y en paz con el mundo.

Ambos eran buenos amigos. Estaban disfrutando de su día libre, lejos de las preocupaciones cotidianas.

—Amigo mío, mis piernas me están pidiendo un descanso a gritos —dijo Nostradamus, soltando una risa ligera y melodiosa mientras señalaba un elegante restaurante con terraza exterior—. ¿Qué te parece si nos sentamos allí y tomamos algo? El café de este lugar es, según mis predicciones, pasable.

—Me parece una excelente idea, Michel —respondió Siegfried, su voz profunda y resonante estaba transmitiendo una calma absoluta—. Un poco de agua fría y un buen café nos sentarán de maravilla.

Los dos hombres se estaban acercando a la terraza, tomando asiento en una pequeña mesa circular de metal negro bajo una sombrilla. Siegfried estaba acomodando su enorme cuerpo en la silla, que crujió levemente, mientras Nostradamus se sentaba con la agilidad de un felino. Un camarero se acercó para tomar su orden, y tras pedir sus bebidas, la mirada inquieta del profeta francés estaba comenzando a escanear a la multitud.

Nostradamus siempre estaba buscando algo con lo que entretenerse. Su mente no podía quedarse quieta. Fue entonces cuando sus agudos ojos detrás de las gafas de sol se fijaron en una escena particular a pocos metros de distancia.

Una mujer joven y sumamente atractiva estaba parada cerca de una de las zonas de descanso del centro comercial, aparentemente revisando algo en su bolso. Vestía un top blanco ajustado y unos pantalones oscuros muy holgados, pero lo que más llamaba la atención de los transeúntes (y ahora de Nostradamus) era su figura voluptuosa. La tela de sus pantalones abrazaba y acentuaba un culo grande y perfectamente proporcionado que no pasaba desapercibido. Ella estaba acomodando su cabello oscuro mientras esperaba a alguien o simplemente pasaba el rato.

Una sonrisa pícara y llena de travesura se estaba dibujando en el rostro del rubio. Nostradamus miró a la mujer, luego miró a Siegfried, quien estaba contemplando plácidamente el cielo azul, completamente ajeno a los pensamientos maquiavélicos de su amigo. Nostradamus sabía que Siegfried era el hombre más estoico, caballeroso y fiel del mundo. Romper esa compostura de "caballero de brillante armadura" era uno de los pasatiempos favoritos del francés.

—Siegfried, querido amigo, acabo de recordar que debo hacer una llamada urgente a mi sastre. Los bordados de mi nueva chaqueta estaban saliendo mal en mi última visión —mintió Nostradamus con descaro, levantándose de la silla—. Espérame aquí, no tardo.

—Por supuesto, tómate tu tiempo —dijo Siegfried con una sonrisa amable, mientras el camarero estaba colocando su café frente a él.

Nostradamus no fue a llamar a ningún sastre. En su lugar, se estaba acercando con pasos sigilosos pero seguros hacia la joven del top blanco. La mujer, cuyo nombre era Emily, estaba mirando su teléfono cuando notó que un joven rubio, de apariencia extravagante y sonrisa enigmática, y de baja estatura se detenía a su lado.

—Disculpe, mademoiselle —comenzó Nostradamus, su voz estaba sonando seductora pero inofensiva—. No he podido evitar notar que estás aquí sola, y necesito pedirte un favor enorme. Un favor por el cual, por supuesto, estoy dispuesto a compensarte generosamente.

Emily lo estaba mirando con una mezcla de confusión y cautela. Estaba acostumbrada a que los hombres se acercaran a ella con intenciones obvias, dadas sus pronunciadas curvas, pero este sujeto parecía diferente. No le estaba mirando el cuerpo, le estaba mirando directamente a los ojos con una diversión casi infantil.

—¿Un favor? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. No te conozco. Si estás intentando venderme algo o quieres mi número, estás perdiendo el tiempo.

—Oh, que los dioses me libren de ser tan predecible —rio Nostradamus, sacando elegantemente de su bolsillo interior un pequeño fajo de billetes verdes—. No quiero tu número, ni quiero abordarte. De hecho, quiero que tú abordes a alguien por mí.

Emily observaba los billetes. Eran dólares, y parecían ser de alta denominación. Su curiosidad se estaba reemplazando su molestia.

—¿De qué estás hablando? —preguntó, bajando la voz.

Nostradamus estaba señalando sutilmente con la cabeza hacia la terraza del restaurante.

—¿Ves a aquel hombre que está sentado solo en la mesa bajo la sombrilla negra? El que parece que podría levantar un coche con una mano y que ahora mismo está bebiendo café con demasiada seriedad.

Emily siguió la mirada de Nostradamus. Sus ojos se abrieron un poco al ver a Siegfried. Desde la distancia, podía apreciar la imponente masa muscular bajo la camiseta blanca, la mandíbula cuadrada, el cabello plateado y la postura de un antiguo guerrero en reposo.

—Sí, lo veo. ¿Qué pasa con él?

—Es mi mejor amigo —explicó Nostradamus, mientras estaba deslizando tres billetes de cien dólares en la mano de la chica—. Y es demasiado... recto. Quiero que vayas allí, te sientes con él y trates de seducirlo. Coquetea con él, hazle charla, intenta que caiga en tus encantos.

Emily estaba sintiéndose un poco ofendida al principio. ¿Le estaban pagando para ser un cebo?

—Oye, yo no soy una mujer de ese tipo... —comenzó a decir, intentando devolver el dinero.

—¡Oh, no, no, no me malinterpretes! —la interrumpió Nostradamus rápidamente, mientras sus manos estaban haciendo un gesto de paz—. No te estoy pidiendo que hagas nada indigno. Solo quiero ver su reacción. Es un juego. Él es un caballero empedernido. Solo ve, háblale como una mujer hermosa que se siente atraída por él. Si logras ponerlo nervioso o sacarle su número, te daré el doble. Tómalo como un reto de actuación.

Emily estaba dudando. Miró a Siegfried de nuevo. El hombre era genuinamente guapo, de una forma ruda pero majestuosa. Luego miró los trescientos dólares en su mano. Era dinero fácil, y la verdad, el tipo no le desagradaba a la vista.

—Bien —dijo ella, guardando el dinero en su pequeño bolso—. Pero si se pone agresivo o raro, me voy.

—Te aseguro que "agresivo" es la última palabra que usarías para describirlo en este contexto —sonrió Nostradamus de oreja a oreja, retrocediendo hacia la sombra de una columna para observar—. ¡Que comience la función!

Emily respiró hondo. Se estaba arreglando un poco el top, asegurándose de que su figura resaltara, y comenzó a caminar hacia el restaurante. Sus caderas se estaban balanceando de manera hipnótica con cada paso, atrayendo las miradas de varios hombres en la terraza, pero ella tenía su objetivo fijo.

Cuando llegó a la mesa de Siegfried, el hombre gigante estaba contemplando los restos de su café.

—Hola —dijo Emily, su voz estaba sonando suave, con un tono deliberadamente dulce y coqueto—. Espero no interrumpir nada, pero mi mesa está dando al sol y... me preguntaba si podría compartir la sombra contigo por un momento.

Siegfried parpadeó, sacado de sus pensamientos. Levantó la vista y vio a la mujer. Al instante, sus instintos de caballero absoluto se activaron. Siegfried se puso de pie inmediatamente, su gran estatura hacia que Emily tuviera que mirar hacia arriba. Él retiró la silla libre con una mano suave, a pesar de su tamaño, e hizo una leve reverencia.

—Por supuesto, señorita. Sería un deshonor dejar a una doncella a merced del inclemente sol —dijo Siegfried, su tono estaba cargado de una sinceridad y un respeto que tomaron a Valeria completamente por sorpresa. Su voz profunda resonó en su pecho.

Emily se estaba sentando, sintiéndose extrañamente desarmada. Había esperado que el hombre la mirara de arriba a abajo, que se fijara en su escote o que echara una mirada a su gran trasero mientras ella se sentaba. Pero Siegfried no lo hizo. Sus ojos, amables y firmes, se mantuvieron enfocados en el rostro de ella en todo momento.

—Muchas gracias... eh... —ella estaba buscando su nombre.

—Siegfried. Para servirle —respondió él, volviendo a sentarse con la espalda recta.

—Soy Emily. Qué nombre tan interesante, Siegfried. Suena muy fuerte —ella estaba apoyando los codos en la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante para acortar la distancia entre ellos.

—Es un nombre antiguo, de Alemania —Siegfried sonrió cálidamente—. ¿Gusta que llame al mesero para que le traiga algo de beber? El calor se está poniendo intenso esta tarde.

—Un agua fría estaría bien, gracias.

Siegfried levantó la mano y, con un gesto educado, llamó al mesero, pidiendo el agua para ella. Mientras lo hacía, Emily lo estaba observando de cerca.

Al principio, ella solo estaba interpretando un papel por los dólares que le había dado el francés raro. Pero de cerca, Siegfried era abrumadoramente magnético. Sus hombros eran tan anchos como una puerta, y sus bíceps bajo la tela de la camiseta blanca parecían tallados en mármol. Sin embargo, no era solo su físico. Era su aura. Emanaba una seguridad, una paz y una protección que ella jamás había sentido en ningún hombre contemporáneo. Era literalmente un pedazote de hombre.

—Y dime, Siegfried, ¿qué hace un hombre como tú sentado solo en un lugar como este? —ella estaba bajando el tono de voz, haciéndolo más íntimo, empezando a coquetear de verdad, olvidándose del trato—. No pareces de por aquí.

—Oh, estaba con un buen amigo mío, Michel. Él fue atender un asunto de negocios rápido. Debería regresar pronto —respondió él, dándole un sorbo a su agua—. Simplemente estábamos disfrutando de un rato de paz. Y dígame usted, Emily, ¿siempre es tan amable de honrar a los solitarios con su compañía?

Las palabras de él eran tan corteses, tan poéticas, que Emily sintió que sus mejillas se estaban ruborizando. Ningún hombre le hablaba así. Por lo general, los hombres que se acercaban a ella lo hacían con frases trilladas de bar o miradas lascivas y directas a su trasero. Este hombre la trataba como si fuera la reina de una nación extranjera.

—Bueno... a veces, cuando veo a alguien que vale la pena conocer —dijo ella, mirándolo a los ojos y sonriendo de una manera genuina.

Siegfried se rio suavemente, un sonido grave y tranquilizador.

—Es usted muy amable, señorita Emily. Aprecio su galantería.

La charla estaba fluyendo de manera natural. Emily estaba descubriendo que Siegfried era un oyente excepcional. Le habló de su día, de lo cansada que estaba de las compras, de sus frustraciones en la ciudad. Siegfried asentía, haciendo preguntas inteligentes, validando sus sentimientos sin intentar "resolverle" la vida como hacían otros hombres por ego.

Con cada minuto que pasaba, Emily se estaba fascinando más.

—*¿De dónde salió este hombre?*— estaba pensando ella. —*Es perfecto*—.

Empezó a detallar sus fuertes manos, imaginando cómo se sentirían recorriendo su piel. Empezó a notar la suave curva de sus labios. Siegfried era el hombre que jamás pensó en tener, el tipo de hombre que creía extinto, sacado de una novela épica, pero que ahora, de repente, quería con una intensidad que la asustaba.

Emily estaba cruzando las piernas bajo la mesa, rozando "accidentalmente" la rodilla de Siegfried con la suya.

—Sabes, Siegfried... no conozco a nadie como tú —le dijo ella, su voz ahora revelando un deseo no fingido—. Eres... increíblemente dulce. Y muy guapo.

Siegfried no retiró la pierna, pues pensó que había sido un accidente, pero al escuchar sus palabras, su rostro adoptó una expresión de humilde gratitud. No se mostró nervioso, ni alterado, solo profundamente respetuoso.

—Me halaga profundamente, señorita Emily. Es usted una mujer hermosa y con un espíritu muy agradable. Cualquier hombre se sentiría afortunado de recibir tales elogios de su parte.

Emily sintió que su corazón

estaba latiendo más rápido. Él le había dicho hermosa. Era su oportunidad.

—Entonces... —ella se inclinó más, casi susurrando—, ¿por qué no dejamos a tu amigo Michel esperando y nos vamos a tomar algo a otro lugar? Conozco un bar muy tranquilo... o podríamos ir a mi apartamento. Tengo un vino excelente.

Siegfried la miró. En sus ojos no había lujuria, sino una profunda ternura y una clara comprensión de la situación. Justo en ese momento, el reloj de la plaza del centro comercial dio las campanadas de la tarde. Siegfried miró su reloj de muñeca y, con gran pesar, soltó un suspiro.

—Señorita Emily, su oferta es de lo más tentadora y me honra más de lo que puedo expresar con palabras —comenzó Siegfried, y su tono se estaba volviendo aún más cálido y solemne—. Sin embargo, mucho me temo que debo declinar. Mi esposa, Brunhilde, me está esperando en casa. Quedamos en cenar juntos esta noche, y ya voy con un poco de retraso. Ella es la luz de mi vida, y no podría hacer nada que le causara tristeza.

Emily se congeló.

—*Casado*—. Por supuesto que estaba casado. Un hombre tan perfecto, tan increíblemente apuesto y caballeroso, no podía estar soltero en el mundo real. Una punzada de decepción muy real y dolorosa golpeó su pecho.

Pero al mirar a Siegfried, vio la forma en que sus ojos brillaron al mencionar el nombre de "Brunhilde". Estaba perdidamente enamorado de su esposa. En un mundo lleno de infidelidades y hombres superficiales, esta lealtad absoluta no hizo que Emily sintiera repulsión o enojo; de hecho, lo hizo aún más atractivo ante sus ojos. El respeto de Siegfried por su matrimonio lo elevaba a una categoría casi mítica.

Emily suspiró, recostándose en la silla.

—Brunhilde es una mujer extremadamente afortunada, Siegfried —dijo Emily con sinceridad, su voz estaba sonando con un leve matiz de tristeza—. Nunca pensé que envidiaría tanto a alguien que no conozco.

—Yo soy el afortunado, se lo aseguro —respondió Siegfried, poniéndose de pie con la agilidad de un león. Sacó un billete para pagar la cuenta de ambos y lo dejó sobre la mesa—. Ha sido un verdadero placer conversar con usted, señorita. Espero que el resto de su día esté lleno de bendiciones.

Él se estaba despidiendo con otra de esas reverencias corteses. Iba a dar la vuelta para buscar a Nostradamus, pero Emily, movida por un impulso irrefrenable de deseo y audacia, también se puso de pie rápidamente.

—¡Siegfried, espera! —ella lo estaba llamando.

El gigante se detuvo y se giró hacia ella con expresión interrogante. Emily se acercó a él, invadiendo su espacio personal. Él era tan alto que ella tenía que alzar la barbilla bastante. Ella sabía que él era inalcanzable ahora mismo, pero no podía dejar que se fuera sin intentar dejar una marca, aunque fuera pequeña.

—Entiendo que amas a tu esposa —le dijo ella, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo ronco—, y lo respeto, de verdad que sí. Te hace aún más maravilloso. Pero... si alguna vez las cosas no están bien con tu mujer, o si alguna vez necesitas consuelo... quiero que sepas que estoy completamente disponible para ti.

Antes de que Siegfried pudiera formular una respuesta cortés a tan atrevida propuesta, Emily dio un paso más. Tomó la enorme y fuerte mano derecha de Siegfried. El tacto de sus callos le provocó un escalofrío en la espalda. Con lentitud y decisión, ella estaba guiando la mano del hombre gigante hacia abajo, pasándola por su estrecha cintura hasta colocar la palma abierta de Siegfried directamente sobre la abundante y firme redondez de su nalga derecha.

Siegfried abrió un poco los ojos, sorprendido. Su mano cubría casi por completo la nalga de la mujer. Valeria no lo soltó. Le permitió, por unos segundos que parecieron detener el tiempo, que él acariciara el volumen y la suavidad de sus grandes nalgas, apretando la mano de él contra sí misma para que sintiera lo que se estaba perdiendo.

Ella le guiñó un ojo, una sonrisa cargada de fuego en sus labios.

—No lo olvides, hombretón —susurró ella, soltando su mano finalmente—. Adiós, Siegfried.

Emily se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Ahora, su caminar estaba siendo aún más exagerado, sus caderas se estaban moviendo de lado a lado con una cadencia hipnótica, sabiendo que, al menos por un segundo, tenía la atención completa del hombre.

Siegfried se quedó allí de pie, con la mano aún suspendida en el aire, parpadeando un par de veces, procesando la surrealista situación. Su mente de guerrero honorable estaba tratando de catalogar lo que acababa de ocurrir bajo las reglas de la caballería moderna, pero fallaba miserablemente.

—¡Jajajajaja! ¡Por todos los cielos, esto es mejor que cualquier profecía!

Siegfried se giró. Nostradamus estaba saliendo de detrás de una gran maceta decorativa, riendo a carcajadas, agarrándose el estómago.

—¿Michel? ¿Lo viste todo? —preguntó Siegfried, recuperando su compostura y bajando la mano.

—¡Cada glorioso segundo! —Nostradamus se estaba limpiando una lágrima de risa de los ojos—. ¡Ay, Siegfried, Siegfried! Eres una fortaleza inexpugnable. Pero debo admitir, esa última maniobra de la señorita... ¡fue audaz! ¿Cómo se sintió la tentación, eh?

Siegfried suspiró, sacudiendo la cabeza con una sonrisa resignada, dándose cuenta de que Nostradamus probablemente tenía algo que ver con todo esto.

—Se sintió... como que alguien me debe una explicación, y que definitivamente llego tarde para mi cena con Brunhilde —respondió Siegfried, dándole una palmada amistosa pero firme en la espalda a Nostradamus que casi lo hace tropezar—. Vamos, amigo mío. Aún debes contarme qué te dijo tu "sastre".

Ambos retomaron su caminata, dejando atrás la terraza. Nostradamus estaba relatando entre risas cómo le había pagado a la chica, mientras Siegfried solo negaba con la cabeza, pensando en lo extraña y fascinante que podía ser la vida cotidiana moderna. Y aunque su corazón le pertenecía a Brunhilde, debía admitir, muy en el fondo de su mente, que la señorita Emily tenía argumentos muy... grandes y contundentes.

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