El regreso del Carnicero
El aire húmedo de Miami se pegaba a la piel como una segunda camisa. Era una mañana cualquiera para la mayoría de las personas. Para Dexter Morgan, sin embargo, no existían las mañanas normales.
Mientras conducía hacia el laboratorio forense, observaba el tráfico avanzar lentamente. Personas camino al trabajo. Padres llevando a sus hijos a la escuela. Conductores impacientes tocando el claxon. Todos parecían seguir una rutina sencilla.
Una rutina humana.
Dexter fingía formar parte de ella.
—Otra hermosa mañana en Miami —dijo en voz baja.
Su pasajero oscuro permaneció en silencio.
Aquello era extraño.
Normalmente siempre estaba ahí, susurrando desde algún rincón de su mente.
Pero aquella semana algo diferente ocupaba sus pensamientos.
Un visitante.
Un hombre que había llegado desde California.
Un hombre llamado Patrick Jane.
Cuando entró en el laboratorio encontró a varios compañeros hablando alrededor de la máquina de café.
—¿Ya conocieron al consultor? —preguntó uno de ellos.
—Dicen que resuelve casos leyendo a las personas.
—Eso es imposible.
—Yo escuché que atrapó a un asesino en menos de una hora.
Dexter continuó caminando sin intervenir.
La mayoría de los investigadores confiaban en pruebas.
ADN.
Huellas.
Evidencia física.
Patrick Jane confiaba en las personas.
Y eso lo hacía peligroso.
Muy peligroso.
Porque las personas podían mentir.
Pero también podían cometer errores.
A media mañana, Dexter salió del laboratorio para recoger unos documentos.
Fue entonces cuando lo vio.
Patrick Jane estaba sentado en una silla de la recepción.
No estaba leyendo.
No estaba trabajando.
Simplemente observaba.
A todo el mundo.
Cada policía que pasaba.
Cada secretario.
Cada detective.
Como si estuviera armando un rompecabezas invisible.
Cuando sus ojos se encontraron, Patrick sonrió.
Una sonrisa amable.
Natural.
Desarmante.
Dexter sintió una pequeña alarma en su interior.
Era la sonrisa de un hombre que siempre estaba pensando.
—Dexter Morgan —dijo Patrick cuando se acercó.
—Patrick Jane.
—He oído hablar mucho de ti.
—Espero que cosas buenas.
—Depende de quién las cuente.
Patrick soltó una pequeña risa.
Dexter no.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Patrick parecía analizar cada detalle.
La postura.
La respiración.
La forma de mover las manos.
Los ojos.
Especialmente los ojos.
Era incómodo.
Porque Dexter estaba acostumbrado a observar a los demás.
No a ser observado.
—Tienes una oficina muy ordenada —comentó Patrick.
—Me gusta el orden.
—No. Lo necesitas.
Dexter sintió un leve escalofrío.
La frase había llegado demasiado rápido.
Demasiado precisa.
Patrick continuó sonriendo.
Como si acabara de comentar el clima.
—¿Perdón?
—Las personas normales tienen cierto nivel de desorden. Fotografías mal acomodadas. Papeles fuera de lugar. Alguna taza olvidada. Tú no.
—Quizás soy organizado.
—Quizás.
La conversación terminó allí.
Pero las palabras quedaron flotando en el aire.
Aquella noche Dexter no pudo dejar de pensar en él.
Había conocido detectives brillantes.
Policías obsesivos.
Psicólogos criminales.
Incluso asesinos extremadamente inteligentes.
Pero Patrick Jane era diferente.
No buscaba pruebas.
Buscaba patrones.
Y Dexter era un conjunto de patrones cuidadosamente construidos.
Años de entrenamiento.
Años fingiendo emociones.
Años aprendiendo a parecer humano.
La mayoría de las personas nunca notaban la diferencia.
Pero Patrick parecía notar cosas que nadie más veía.
Dos días después ocurrió algo extraño.
Un asesino acusado de múltiples homicidios apareció muerto en un almacén abandonado.
No era obra de Dexter.
Sin embargo, la escena recordaba ligeramente a algunos detalles del antiguo Carnicero de la Bahía.
Los medios comenzaron a especular.
Los detectives comenzaron a discutir.
Y Patrick comenzó a sonreír más de lo normal.
Eso preocupó a Dexter.
Porque Patrick solo sonreía así cuando había encontrado algo interesante.
Durante la investigación ambos terminaron trabajando juntos.
Horas enteras revisando fotografías.
Declaraciones.
Informes.
Y mientras los demás se concentraban en la evidencia física, Patrick observaba a las personas.
Especialmente a Dexter.
Cada vez que alguien mencionaba al Carnicero de la Bahía, Patrick miraba discretamente hacia él.
Cada vez.
Sin excepción.
Como si estuviera esperando una reacción.
Como si ya conociera la respuesta.
Y solo necesitara confirmar algo.
La confirmación llegó una tarde.
No fue una gran revelación.
No fue una prueba contundente.
Ni una confesión.
Fue algo mucho más pequeño.
Patrick dejó caer accidentalmente una carpeta al suelo.
Los documentos se dispersaron por la oficina.
Dexter reaccionó de inmediato y comenzó a recogerlos.
Cuando levantó la vista encontró a Patrick observándolo.
Sonriendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Dexter.
—Nada.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo.
Patrick tardó varios segundos en responder.
—Porque sé algo.
El corazón de Dexter siguió latiendo con normalidad.
Años de práctica le permitían controlar cualquier emoción visible.
Pero en su interior sintió una tensión desconocida.
—¿Y qué es lo que sabes?
Patrick inclinó ligeramente la cabeza.
—Que eres el hombre más interesante que he conocido en mucho tiempo.
Luego se levantó y se marchó.
Sin añadir una sola palabra más.
Dexter permaneció inmóvil observando cómo desaparecía al final del pasillo.
Por primera vez en muchos años sintió algo que rara vez experimentaba.
Incertidumbre.
Porque Patrick Jane aún no sabía toda la verdad.
Pero estaba acercándose.
Y lo peor de todo era que parecía disfrutar cada paso del camino.