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Cuando decidí marcharme

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Sinopsis

Eleanor ha pasado los últimos cinco años entregada en cuerpo y alma a su matrimonio, totalmente enamorada y convencida de que tenía al hombre perfecto y una vida de ensueño. Su esposo, Yago Vidal, un importante hombre de negocios, termina por mostrarle lo aplastante y dolorosa que puede ser la vida al lado de alguien que nunca te amó. Las traiciones y los engaños obligan a Eleanor a abrir los ojos y a entender que la vida no se detiene cuando te aferras a encerrarte en una fantasía. Destrozada, decide levantarse de la cenizas y reconstruir los sueños que abandonó. Pero las cosas no siempre salen como uno lo espera. El esposo que la alejó de él, de pronto parece sentirse atraído por la nueva mujer que ella construye, y decide retenerla justo cuando Eleanor ha comenzado a vivir nuevamente y a conocer la faceta más sincera y honesta del amor. Los papeles se han invertido; Eleanor se esforzará por mantener el camino que ha labrado, lejos del hombre que ahora le súplica por una segunda oportunidad.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mageina Saric
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1 El Engaño

Tras cinco largos minutos de inactividad, la pantalla del teléfono se apagó por fin. Pero Eleanor la volvió a encender enseguida; todavía no terminaba de observar la imagen. Todavía no terminaba de torturarse.

Primero trató de negarse a sí misma lo que veía: quizá era un malentendido, quizá la foto fue captada en un mal ángulo, quizá el hombre allí fotografiado solo se parecía pero no era quien ella creía, quizá... quizá ...

Pero la fuerte opresión en su pecho ya se habia instalado con fuerza. En el fondo no había dudas. A pesar del dolor siguió mirando la foto. Luego sus ojos se movieron al escandaloso encabezado del artículo:

<<¡Captados in fragantti! ¿Será qué se aproxima un divorcio? >>

Eleanor tomó aire. La opresión en su pecho se había convertido en un nudo ahora. Siguió leyendo.

<< El famoso presidente de Industrias Vidal fue captado en compañía de una despampanante rubia en el bar del lujoso hotel Moon sister's el día de ayer, con quien se vio al millonario empresario muy cariñoso. Solo queda una pregunta: ¿significará esto qué se separa por fin de su esposa después de casi cinco años de matrimonio?

Recordemos que hace poco más de 3 meses protagonizaron una terrible discusión en la entrada del edificio principal de la compañía de los Vidal, la cual al parecer, se dio por una cuestión de celos en la que su esposa, Eleanor Galván, le reclamaba respecto a una relación clandestina. >>

Las lágrimas comenzaron a resbalar a borbotones de sus ojos. Intentó detenerlas, pero fue en vano y decidió rendirse. Se entregó al llanto, no sin antes prometerse a sí misma que sería la última vez. Durante los últimos cinco años había llorado más veces de las que ahora quisiera admitir. Muchas habían sido berrinches por celos, por la falta de atención y escasas muestras de cariño de su esposo, y aunque ahora le daban vergüenza, en su momento Eleanor había creído que eran una forma (una muy desesperada) de liberar todo el amor que sentía por su esposo y que no era correspondido.

Pero esta vez, sin embargo, su llanto era distinto y por eso se lo permitía. Este venía de lo más profundo, nacido de todas las humillaciones acumuladas, de su terquedad y su ceguera que no le permitía ver que ese hombre nunca la había querido como ella a él; de todo el tiempo y energía qué había desperdiciado en algo que jamás llegaría a ser como ella esperaba.

La infidelidad dolía, por supuesto, pero desde aquella discusión en la empresa, cuando ella le reclamó por las capturas de pantalla de las conversaciones con su amante—que fueron enviadas a Eleanor como burla—comprendió que pelear ya no tenía sentido. Sabía perfectamente que la amante de su esposo era quien las había enviado, y aunque no la conocía, fue consciente del poder que ella tenía sobre él; lo pudo constatar en las conversaciones, en el cariño y la pasión con la que él le escribía y le respondía de vuelta, en la paciencia y la comprensión que le profesaba. Sentimientos que Eleanor jamás había recibido.

La noche de aquel día, después de la discusión donde, para no variar, había salido perdiendo, lloró como nunca antes había llorado. Abrazada a su almohada, en su soledad, se quedó así hasta que de sus ojos ya no pudo salir una lágrima más. Pero el dolor no se fue, se quedó instalado en su alma hasta que terminó por transformarse en algo más: un cruel golpe de realidad, una conciencia terrible de la vida que estaba viviendo.

La fantasía a la que se había aferrado durante casi cinco años, había llegado a su fin. Su burbuja se había roto, y en consecuencia, Eleanor se había estrellado de bruces contra el mundo real.

Dejó el teléfono y se recostó. Estaba en la recámara que compartía con Yago, pero desde hacía varios meses que no dormían juntos, y de todas formas, sabía que esa noche no vendría a dormir, así que no se preocupó por ello. No se cambió la ropa ni se quitó el maquillaje, tampoco bajó a cenar. Había perdido el apetito. Sus ojos se pasearon por la espaciosa habitación, decorada con elegantes muebles y adornos costosos. Solo le traían recuerdos de peleas y soledad.

Después de un rato de memorias desagradables, se quedó dormida. Pero los sueños tampoco fueron buenos: Una mujer rubia se reía en su cara, decía cosas ininteligibles y lanzaba gritos espantosos  mientras Eleanor se tapaba con fuerza los oídos para no escucharla. Pero no fue suficiente, los gritos se volvieron tan agudos hasta que se le reventaron los tímpanos y la sangre le corrió entre los dedos.

Despertó de golpe, con los ojos cansados y el dolor de cabeza característico del llanto prolongado.

Como esperaba, estaba completamente sola. La luz del sol ya se filtraba por entre las cortinas de la ventana. Tomó su teléfono para ver la hora: era tarde.

Eleanor dejó salir un largo suspiro. Había prometido que sería lo último y estaba decidida a cumplirlo. No sería fácil, pero ya había desperdiciado mucho tiempo; rendirse era ahora una necesidad.

Se acercó al armario y sacó un vestido cómodo pero elegante. Se daría una ducha, se arreglaría como solía hacerlo todos los días y saldría a la calle. El propósito de verse bien no importaba, a donde iría tampoco importaba; lo importante era moverse aunque no tuviera ánimos, y permanecer en esa casa el menor tiempo posible.

Antes de entrar al baño, se echó un vistazo en el espejo. Estaba demacrada y tenia todo el maquillaje corrido. Suspiró ante la imagen tan deprimente y débil que le devolvía el espejo. Definitivamente no quería volver a verse así jamás.

Alguien llamó a la puerta en ese momento y Eleanor se alejó del espejo, como si eso pudiera borrar lo que su rostro transmitía.  Sabia que no era Yago porque jamas llamaba a la puerta antes de entrar.

—Adelante.

La puerta se abrió y Julia, el ama de llaves, entró. Le dedicó una sonrisa a Eleanor, pero la expresión en sus ojos cambio en cuanto vio su rostro.

—Buenos días, señorita—. Saludó. —Es un poco tarde y como no bajaba a desayunar creí que no estaba en casa ¿Quiere que le traiga algo para que coma aquí?

Eleanor le sonrío agradecida. Los empleados siempre la habían tratado mejor que su propio esposo. Sabía que para eso se les pagaba, pero la mayoría del tiempo eran su única compañía y había llegado incluso a hacer amistad con algunos de ellos. Sobre todo con Julia y Fabián, el jardinero. Quizá era lo único bueno que había salido de su fallido matrimonio y estaba agradecida por eso.

—Gracias, Julia. Pero no te molestes, pensaba bajar en cuanto me diera un baño.

Julia asintió. Volvió a mirar su cara, esta vez con clara preocupación.

—¿Se encuentra bien, señorita?— preguntó —No me diga que hubo problemas otra vez.

Eleanor le dedicó una sonrisa cansada.

—Lo mismo de siempre, Julia—. Respondió. —Pero no te preocupes. Te prometo que no me volverás a ver así.

La mujer pareció no comprender del todo pero no dijo más.

—Tengo mucha hambre ¿Podrías prepararme algo rico, porfavor? —pidió —. Olvidate de las ensaladas y esas comidas diminutas por hoy. Me tienen harta.

Ante esto, la confusión de julia creció visiblemente, pero su preocupación, por el contrario, disminuyó bastante ante el tono ligero de Eleanor. Ver que por fin había tomado su consejo de aumentar sus comidas era alentador. Sonrió genuinamente.

—Claro que sí, niña mía ¡Le haré la comida más rica qué haya probado en mucho tiempo!

La sonrisa de Eleanor se ensancho ante su emoción. Sus ojos brillaron con un profundo cariño mientras miraba a la mujer darse la vuelta rápidamente para dirigirse a la cocina.

La extrañaría como no se había imaginado.


Cuando Eleanor bajó por fin, Julia no pudo evitar darse cuenta que había algo que no encajaba. No había preguntado por Yago en toda la mañana, y eso ya por sí solo era demasiado extraño; lo primero que hacía Eleanor al despertar era averiguar donde estaba él, si desayunaría con ella o tendría que ir a verlo a su trabajo.

Pero había algo más. Eleanor solía estar siempre bien vestida y arreglada, y aunque ese día no era la excepción, algo parecía realmente diferente.

Eleanor entró en la cocina y se sentó a la mesa donde comían todos los empleados. A su lado, el señor Fabián la miró con curiosidad.

—Buenos días, señorita—. Saludó.

—Buenos días, Fabián—. Ella le devolvió la sonrisa. —Vi las rosas que pusimos en el jardín trasero. Están hermosas. Quería darte las gracias.

Fabian se enderezó en su silla, visiblemente orgulloso.

—Les he cambiado la tierra varias veces y les puse vitaminas—. Explicó —Pero no tiene que darme las gracias, señorita. Es mi trabajo y lo hago con gusto.

—Estaba a punto de llevarle su plato al comedor, señorita—. Dijo Julia llevando una bandeja en las manos.

—Oh no, Julia, no te apures. Comeré aquí mismo.

—¿Aquí?— Preguntó sorprendida.

Eleanor asintió sin dejar de sonreír.

—Aquí—. Repitió. —¿Los incomodo?

La mujer negó rápidamente.

—Claro que no, señorita—. Puso la bandeja en la mesa y colocó su plato de comida, una taza de café y un vaso con agua frente a ella. —Es solo que… creí que querría esperar a su esposo.

Un breve brillo de tristeza atravesó los ojos de Eleanor. Pero lo hizo desaparecer en seguida.

—No sé si vendrá hoy—. Respondió sin más.

Y comenzó a comer despreocupada. Fabián y Julia habían comido ya, pero al parecer, Eleanor tenía ganas de conversar y comenzó a preguntar sobre sus familias y cualquier tema que le venía a la mente con tal de mantenerlos allí.

Antes de que pudiera terminar de comer, se oyó la puerta principal. Fingió no prestar atención, sabía perfectamente quien llegaba.

—Buenos días, señor—. Saludó una de las empleadas. No hubo respuesta.

Eleanor solo escuchó los pasos, firmes y decididos, atravesando el vestíbulo hasta llegar a las escaleras, para luego perderse en el segundo piso. Había pasado una noche tan mala por culpa suya, que su andar presuntuoso y altivo le pareció insoportable. La arrogancia de su silencio la irritó.

Dejó salir un largo suspiro y terminó de beber su café. Cuando levantó la vista con la intención de seguir charlando, se topó con dos pares de ojos que la miraban con algo que oscilaba entre sorpresa y confusión.

—¿Qué sucede?— Preguntó.

—Bueno… —comenzó a decir Julia. —No es nada, solo que… no salió a recibir al señor.

Eleanor se quedó mirándolos. Tenían razón. Era más que extraño qué hoy ni siquiera se hubiera movido de su silla, cuando anteriormente tenía la costumbre de ir a recibirlo en cuanto él llegaba. Lo saludaba con una sonrisa y le tomaba el saco, algunas veces incluso, ella misma le servía la comida. Creía que a Yago le agradaría ver que a pesar de los malos momentos que pudieran llegar a tener, en casa había alguien esperándolo con ansia, alguien que siempre deseaba verlo.

Por supuesto, esas eran solo fantasías suyas; un sueño desesperado y no algo que estaba ocurriendo realmente. Yago le devolvía el saludo sin la misma emoción y apenas parecía aliviado de estar en casa.

—Parece estar de mal humor—. Dijo. No era mentira pero no era la verdadera razón. —No me pareció buena idea.

Julia y Fabián se miraron el uno al otro pero no dijeron nada más para no incomodarla.

Julia iba a tomar los platos sucios para ponerlos en el fregadero, pero Fabián se adelantó; luego de llevarse los platos comenzó a lavarlos.

Eleanor lo miró con ternura y admiración. Julia y Fabián Romo llevaban casados casi treinta años; eran mayores pero no demasiado viejos, tenían dos hijos que ya vivían fuera de casa y que los visitaban cada fin de semana.  Los Romo habían trabajado en la casa de Yago Vidal durante los últimos veinte años. Cuando Eleanor llegó, nadie la trató tan bien como lo habían hecho ellos dos, tanto que los había llegado a sentir como unos segundos padres.

Pero había otra cosa en especial en aquel matrimonio, que Eleanor adoraba y deseaba con fervor: el amor que compartían. Sobre todo, la atención y el cuidado de Fabián hacia Julia, que parecía no tener fin. Ella recibía siempre de vuelta el amor que sembraba. Se ayudaban el uno al otro en todo lo que podían, se esperaban, se buscaban… todo era mutuo. Nadie daba más ni nadie recibía menos.

Así era como Eleanor había creído que su matrimonio sería, pero los años habían pasado y jamás se sintió de tal manera.

Con el corazón apachurrado por los malos recuerdos, se levantó de la silla y salió de la cocina. Se detuvo un momento para poner en orden su mente. Sacó su teléfono del bolso y buscó el artículo de la revista qué había leído la noche anterior; sus ojos se clavaron en la fotografía, en la figura de su esposo y la de la mujer de cabello rubio, parados muy cerca el uno del otro. Ella estaba de espaldas, él frente a ella, le tocaba el brazo con suavidad. Por el ángulo no se veían bien sus rostros, pero estaban tan cerca que era imposible no pensar mal.

Eleanor respiró hondo. La rabia empezó a subir por su pecho. Y antes de que pudiera cambiar de opinión, encaminó sus pasos al segundo piso. Realmente quería saber que tenía Yago para decir ahora.

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