Acta de muerte
Acta de muerte
Me enseñaron desde pequeño a ser conformista, agradecer por lo poco o nada que tengo, siempre la frase de “tengo salud eso es lo importante”. Satanizaron de una manera inmisericorde el querer ser adinerado. Mataron objetivos, metas, razonamientos, inteligencias y personas. Escuché más de una vez decir “el dinero no da la felicidad”, muchos aun actualmente creen en dicha estupidez.
Crecí rodeado de ignorancia, marginalidad y escasez; donde ser imbécil es premiado y aplaudido, porque supuestamente eso es lo que hacen todos, es lo “normal”, castigando duramente la razón y el potencial individual con la ridiculización.
Nos vendieron la marginalidad como un honor. Nos dijeron que vivir entre láminas de zinc y madera en la cima de un cerro era ser ‘pueblo’, cuando en realidad era ser una víctima voluntaria. Me niego a romantizar la miseria. No hay nada de noble en cargar tobos de agua porque un sistema colapsó, ni hay nada de ‘guerrero’ en acostumbrarse a la oscuridad porque la red eléctrica es un cementerio de negligencia.
Es muy sabroso culpar únicamente a quienes visten de traje y corbata en los despachos, pero la verdad es más amarga: hubo una generación que les abrió la puerta. Hubo millones que, por una ignorancia que hoy nos cuesta la vida, decidieron que el conformismo era mejor que la excelencia. Esos que normalizaron la decadencia son tan responsables como los que la ejecutaron. No fueron solo víctimas; fueron cómplices de su propia destrucción y, de paso, de la nuestra. Se nos pide respeto por los mayores, pero ¿cómo respetar a quienes nos heredaron un país fragmentado mientras ellos dormían en el cómodo colchón de su propia estupidez?
Pero no se equivoquen, no hablo desde un punto de vista vago que carece de sentido; darse cuenta de esto es más sencillo de lo que parece, no necesitas muchas neuronas para entenderlo, aunque debo aceptar que algunas personas tienen las suficientes solo para no hacerse encima.
También creo de sobremanera que hay muchas personas capaces de entender lo que yo voy a escribir. Por eso te digo que, si has llegado hasta aquí, felicidades; las redes sociales no han podrido tu cerebro, aún. Pero no te confíes, recuerda que dije “aún”.
Escribo todo esto porque nos mataron de distintas formas, violentas e intelectuales. Nos quitaron la educación, nos dispersaron por el mundo y ahora nos piden que olvidemos. Pretenden hacernos creer que perdonar y seguir es lo mejor para todos; sin embargo, tú que lees esto, ¿te crees en la capacidad de perdonar y olvidar?
Te recuerdo que los responsables de fragmentar esta hermosa nación siguen libres, la mayoría. Viven tranquilamente, comen tres veces al día y duermen de forma plácida, mientras que tú debes hacer cuentas para sobrevivir un día a la vez. Si quieren llámenme exagerado, hostil y resentido, pero no voy a dar mi otra mejilla a un grupo de personas cuyo trabajo era mantener estable al país y sin embargo decidieron robar, mentir y matar.
Nos obligaron a celebrar migajas como si fueran banquetes. Nos hicieron creer que tener servicios básicos era un lujo y no un derecho, y en ese proceso, nos borraron la capacidad de soñar con algo que no fuera simplemente llegar a fin de mes.
En los pupitres del liceo nos recetaron una historia anestesiada. Nos hablaron de un pasado de gloria para que no miráramos el presente de ruina. Nos vendieron a los ‘héroes’ como dioses intocables para que aceptáramos a los nuevos tiranos como sus herederos legítimos. Mientras el mundo aprendía sobre el futuro, a nosotros nos encerraron en un bucle eterno de un pasado mal contado.
Nuestra nación hoy es un rompecabezas cuyas piezas están tiradas por todo el mundo. No nos fuimos, nos expulsaron. Despojaron al país de su inteligencia para que los que quedaran fueran más fáciles de pastorear. Cada amigo que se despidió en Maiquetía fue una neurona menos para el cerebro de este país.
No busco que me entiendan los que prefieren seguir dormidos. Escribo para los que, como yo, llevan la cuenta de cada oportunidad robada. Porque si la justicia es un espectáculo y la educación es una mentira, el único refugio que nos queda es la memoria. Y mi memoria es implacable.
Sé que habrá idiotas que tomarán mis palabras como núcleo de una ideología extremista, los de izquierda me llamarán fascista, los de derecha me llamarán comunista, lo dicho se perderá en un océano ridículo de luchas ideológicas como cuando en el pasado te quemaban por no aceptar la cruz o te decapitaban por llevarla encima. Oh, cierto… Eso sigue pasando, “cristianos” que matan “paganos” y viceversa.
Es irónico que mientras escribo esto y avanzo en cada capítulo, sucede un momento que le da más sentido a todo el desarrollo de este libro. Vi en las noticias como uno de esos políticos, dijo una frase que encendió la repulsión y el coraje de una nación; “olviden, perdonen y vuelvan”. Haciendo alusión a una frase que se ligó a la resistencia, “no olvidamos y no perdonamos”. Sé que el odio después de esto es comprensible, se burlan en nuestras caras mientras aún viven plácidamente. Un país que sangró, una juventud que murió, ellos quieren que pasemos página, ¿qué pasemos página?
Luego de tantas torturas, muertes, desapariciones y exilios, pretenden que sigamos adelante, ¿de verdad? Hay que ser muy estúpido e ignorante para aceptar algo así. Malditos todos los que aún defienden este y cualquier otro sistema que solo lleva a la condena de un pueblo. No soy un enviado del cielo, no soy nada de eso, para mí, odiar es muy humano. Si un millón de personas odian al gobierno yo seré una de esas personas, si solo hay diez, yo estaré ahí; si solo hay una seré yo, si ya no hay, es porque me mataron.
Jamás olvidaremos, yo estoy seguro que muchos más dejarán constancia de lo que pasó en Venezuela, para siempre. Y lo que se llegue a leer, es solo una pequeña muestra, porque padecimientos hubo muchos, algunos más desgarradores que otros. Será imposible plasmar de alguna forma todos los crímenes que esas basuras políticas hicieron. Por eso y más que nunca, no olviden y no perdonen. ¿Por qué?
Porque nos piden paz, pero la paz sin justicia es solo un entierro silencioso. “No somos Dios para perdonar” a aquellos que, teniendo el destino del país en sus manos, prefirieron la comodidad del cartón y el aplauso a la marginalidad. Esos que vivieron de los desechos que los de arriba lanzaban desde sus mesas, obedientes al abrir la boca para devorar los huesos de la carne de primera que alguna vez nos perteneció. Entregaron nuestro futuro a cambio de promesas que cualquier ser razonable habría entendido que eran mentiras. Su ignorancia no es nuestra cruz, y no tenemos por qué cargarla con una sonrisa.
Y mucho menos “somos enfermos para olvidar” a quienes, desde sus tronos de cinismo, nos piden que pasemos la página mientras las cicatrices de las calles siguen frescas. No olvidamos el hambre, no olvidamos las balas, ni olvidamos el vacío de los que se fueron para no volver; toda una juventud quiso un cambio y en consecuencia los fusilaron a la vista de todos, no fueron leyes, no fueron jueces, todo se ejecutó de manera dictatorial. La policía y el ejército abandonaron sus principios por el bienestar individual, no habrá forma, nunca, que me digan y me convenzan de que no tenían opción, porque siempre la hubo y ellos sabían lo que hacían. La amnesia es una enfermedad que no padecemos; nuestra memoria es nuestra única forma de justicia en un país que se olvidó de la ley.








