Un día cualquiera
La casa de los López era una de esas típicas de clase media alta de la ciudad: dos pisos, jardín y siempre con el olor a café y desayuno flotando por las mañanas. Eran las 6:45 a.m. cuando el despertador de Martín López empezó a sonar.
Martín se levantó con un gruñido, rascándose la panza mientras se ponía una camiseta vieja. A sus 45 años, su rutina era casi militar: bajar a la cocina, preparar el café para todos y revisar las noticias en el teléfono.

—Paulina, amor, ya es hora —dijo en voz baja, inclinándose para besar el hombro desnudo de su esposa, que todavía dormía boca abajo, con la sábana apenas cubriendo su voluptuoso trasero.
Paulina estiró el cuerpo con un gemido suave, girándose. Sus pechos grandes se movieron naturalmente bajo la camisola fina.
—Mmm… cinco minutos más, Martín. Anoche me dejaste agotada —respondió ella con una sonrisa pícara, abriendo un ojo.
Él sonrió, pero ya estaba en modo “papá responsable”.
—Los chicos tienen que desayunar. Luego yo me voy a la oficina. Tú tienes tu clase de yoga a las 9, ¿no?
Mientras Martín bajaba, Rodrigo ya estaba en la cocina, con el uniforme de la prepa medio puesto y los audífonos puestos. El chico de 16 años comía cereal sin mucho entusiasmo, mirando su teléfono.

—Buenos días, campeón —saludó Martín, revolviéndole el cabello—. ¿Qué tal dormiste?
—Bien… —murmuró Rodrigo, tímido como siempre—. O sea, más o menos. Tuve que terminar un trabajo hasta tarde.
Martín suspiró, sirviéndose café.
—Rodrigo, ya estás en primero de prepa. Tienes que organizarte mejor. No quiero que empieces mal el semestre.
En ese momento bajó Stefani, en shorts cortos de gym y un top deportivo que marcaba su figura tonificada. Su culo firme y redondo se notaba con cada paso. Llevaba el cabello negro suelto y ya estaba maquillada.

—Buenos días, familia —dijo con energía, dándole un beso en la mejilla a su papá y luego le dio un zape a su hermano—. Rodri, quítate esos audífonos, pareces zombie.
Rodrigo se enojo ligeramente y obedeció.
—Buenos días, Stefa… te ves… muy arreglada para ir a la uni tan temprano.
Stefani soltó una risita mientras abría el refrigerador.
—Es que tengo clase de spinning a las 8 y luego reunión con las chicas. Papá, ¿me puedes prestar el coche hoy? El mío está en el taller otra vez.
Martín frunció el ceño.
—Otra vez, Stefani? Ya te dije que tienes que cuidar tus cosas. Eres grande, pero sigues siendo mi princesita y no quiero que andes en Uber a todas horas.
—Ay, papá, no empieces con el sermón mañanero —dijo ella poniendo cara de inocente mientras se servía un batido de proteínas—. Solo por hoy, ¿sí? Te prometo que mañana lo recojo.
Paulina bajó en ese momento, envuelta en una bata corta que apenas cubría sus muslos. Se veía radiante, como siempre.

—Buenos días, mis amores —saludó, abrazando primero a Stefani y luego dando un beso largo a Martín en los labios—. Huele delicioso el café, mi vida.
Se acercó a Rodrigo y le plantó un beso en la frente.
—¿Cómo amaneció mi niño tímido? ¿Ya comiste bien?
—Sí, mamá… —respondió Rodrigo, algo incómodo pero acostumbrado al cariño efusivo de su madre.
La familia se sentó a desayunar. La conversación fluyó como siempre:
—Stefani, ¿a qué hora vas a regresar hoy? —preguntó Paulina mientras untaba mermelada en una tostada—. No quiero que llegues otra vez a las once de la noche.
—Mamá, tengo 23 años, no soy una niña. Además, después de la uni voy al gym y luego tengo una salida con unas amigas. Nada grave.
Martín intervino:
—Mientras no sea con ese “amigo” que tenías el mes pasado. No me gusta ese tipo.
—Papá, por favor —rodó los ojos Stefani—. Ya soy mayor. Ustedes dos deberían preocuparse más por Rodri, que casi no sale de su cuarto.
Rodrigo se hundió un poco en la silla.
—No empieces, Stefa… Yo estoy bien.
Paulina abrazo por detras a su hijo.
—Rodrigo es un buen muchacho, estudioso y tranquilo. Solo es un poco introvertido, como era su papá cuando lo conocí —dijo guiñándole el ojo a Martín.
Martín sonrió.
—Ojalá. Yo a su edad ya estaba trabajando medio tiempo. Pero bueno, cada quien tiene su ritmo.
Después del desayuno, cada uno siguió su rutina.
Martín se fue a la oficina, pero antes le recordó a Stefani las reglas del coche. Paulina se quedó arreglando la casa un rato, luego se cambió para su clase de yoga, poniéndose unas leggins que marcaban todas sus curvas. Antes de salir, pasó por el cuarto de Rodrigo, que ya estaba por irse a la prepa.
—Cariño, no te quedes todo el día encerrado despues de clase, ¿eh? Sal un rato, toma aire.
—Está bien, mamá —dijo Rodrigo que disfrutaba esos momentos en los que su mamá entraba a su habitación. El olor de su perfume y la forma en que se inclinaba siempre le provocaban pensamientos que rápidamente apartaba por vergüenza.
Stefani salió en el coche de su papá, música a todo volumen, hablando por teléfono con una amiga:
—Ay, sí, te juro que mi papá sigue tratándome como si tuviera 15… Pero bueno, ahorita que nos veamos te cuento.

Por la noche, la familia se reunió de nuevo para la cena. Paulina había preparado uno de sus platillos favoritos: pollo al horno con verduras.
—Cuéntenme, ¿cómo les fue hoy? —preguntó ella, sirviendo los platos.
Martín suspiró.
—Reuniones interminables. A veces siento que los jóvenes de ahora no entienden el esfuerzo que se necesita para mantener una familia.
Stefani levantó una ceja.
—Papá, no todos queremos vivir como tú, estresados y sin divertirnos.
Rodrigo intervino tímidamente:
—Yo… creo que cada quien tiene sus cosas.
—Oye enano. Deberías salir más, conocer gente. Hay muchas chicas lindas en la prepa, ¿no?
Rodrigo se puso rojo.
—Cállate…
Paulina rio suavemente.
—Déjenlo en paz. Rodrigo va a su ritmo y está perfecto así. Mientras saque buenas calificaciones, yo estoy feliz.
La cena siguió con conversaciones normales: Stefani contando anécdotas de la universidad, Martín quejándose del trabajo, Paulina hablando de sus amigas y Rodrigo escuchando más que hablando.

Esa noche, cada uno se fue a su habitación.
Martín y Paulina se acostaron juntos. Después de apagar la luz, Paulina se acercó a su esposo, deslizando una mano por su pecho.
—¿Estás muy cansado hoy, amor? —susurró coqueta.
—Un poco… pero nunca para ti —respondió él, atrayéndola.

En el cuarto de al lado, Rodrigo se masturbaba en silencio pensando en escenas de anime y, sin poder evitarlo, en las curvas de su mamá y el culo de su hermana que había visto esa mañana. Se sentía culpable, pero no podía parar.

Stefani, en su habitación, mandaba mensajes subidos de tono a uno de sus “amigos” mientras se tocaba ligeramente, sonriendo.









