Prólogo: Lluvia de colores
“La fantasía es solos eso, algo inexplicable pero inexistente en nuestro mundo pero si pasa en nuestra imaginación y nos hace sentir emociones, entonces la fantasía tiene algo de real”
Octubre de 2019, México.
Era un martes cualquiera.
Uno de esos días tan normales que nadie los recuerda, el mundo seguía girando, los gobiernos discutían, los estudiantes se quejaban de las tareas, los trabajadores esperaban el fin de semana, los niños jugaban sin preocuparse por nada y nadie sabía que la humanidad estaba viviendo sus últimos días de normalidad.
Nuestro protagonista era estudiante de licenciatura, veintiún años, inteligente, responsable cuando quería, perezoso cuando podía, especialmente con las tareas, no porque fueran difíciles, simplemente le parecían aburridas, aquella mañana se despertó antes de que sonara la alarma, como casi siempre, permaneció unos segundos mirando el techo antes de tomar el teléfono y comprobar la hora.
6:02 a.m.
La alarma estaba programada para las 6:15.
Podría haberse vuelto a dormir, no lo hizo, nunca lograba hacerlo, si tenía algo importante durante el día, su mente simplemente se negaba a relajarse, era una de las razones por las que siempre llegaba temprano a todos lados, demasiado temprano, según sus amigos, treinta minutos antes era normal, una hora antes tampoco era raro.
Su madre solía bromear diciendo que su obsesión por la puntualidad era una compensación, porque antes de nacer había sido exactamente lo contrario, según la historia que contaba cada vez que tenía oportunidad, había decidido quedarse más tiempo del previsto en el vientre materno, tanto tiempo que los médicos terminaron induciendo el parto.
—Te negabas a salir —decía ella entre risas.
—Estabas demasiado cómodo.
—No me acuerdo de eso.
—Porque eras un bebé.
—Eso suena a una ventaja injusta.
—Tu padre y yo llevábamos días esperándote.
—Tal vez estaba terminando algo importante.
—Sí, dormir.
Con los años, la versión de la historia se había vuelto más exagerada, su madre aseguraba que había tenido que “desalojarlo”. Su padre decía que el médico prácticamente le había entregado una orden de expulsión. Su hermano menor afirmaba que, de haber podido, habría esperado hasta la universidad para nacer.
Nadie sabía cuándo la anécdota había dejado de ser una historia familiar para convertirse en una leyenda de la casa, por eso siempre se burlaban cuando llegaba demasiado temprano a cualquier lugar.
—Después de hacer esperar a todos antes de nacer, pasaste el resto de tu vida intentando compensarlo.
Y, aunque nunca lo admitiría, tal vez tenían razón.
Terminó el desayuno entre risas, como una mañana cualquiera, una mañana tan normal que nadie le prestó atención y nadie sabía que sería una de las últimas.
A las 7:10 salió de casa, a las 7:12 un claxon sonó frente a la banqueta. Su transporte de confianza y también la razón por la que seguía llegando temprano a clases. Su amigo bajó la ventana.
—Sube.
—Buenos días para ti también.
—Si me haces llegar tarde, te dejo aquí.
—Llegamos cuarenta minutos antes todos los días.
—Treinta y ocho.
—Eso no ayuda a tu caso.
Un Toyota Corolla gris 2014 esperaba junto a la acera. No era bonito, ni tampoco feo, era simplemente un Corolla.
El tipo de automóvil que parecía existir únicamente para llevar personas de un lugar a otro sin hacer preguntas.
Su amigo lo observó durante unos segundos.
—¿Sigues pareciendo un fantasma cuando te desvelas?
—Gracias por el cumplido.
—De nada.
—Dormí bien.
—Entonces deberías demandar a tu cerebro.
—Lo intentaría, pero seguramente me preocuparía por el juicio antes de que empezara.
—Sí, eso suena como algo que harías.
El Toyota Corolla gris entró al estacionamiento cuando todavía había más espacios vacíos que ocupados.
Leonardo apagó el motor.
Miró la hora.
Luego miró a Morfeo.
Después volvió a mirar la hora.
—Llegamos cuarenta minutos antes.
—Treinta y ocho.
—Eso no mejora tu argumento.
—Llegamos.
—Eso tampoco.
Bajaron del automóvil, a esas horas la universidad apenas comenzaba a despertar, algunos estudiantes caminaban entre los edificios con café en mano y otros avanzaban a toda velocidad como si hubieran descubierto demasiado tarde que las clases tenían horario.
Leonardo acomodó su mochila sobre un hombro.
—Bueno, debo irme.
—Nos vemos.
—Sí sobrevivo.
—Es una exposición.
—Exactamente.
—Vas a estar bien.
—Dile eso a mi ansiedad.
—No.
—Mal amigo.
Morfeo observó cómo se alejaba. Leonardo tenía la extraña capacidad de convertir cualquier actividad académica en el preludio de una catástrofe nacional y aun así casi siempre terminaba obteniendo buenas calificaciones, era irritante.
Se quedó solo, y todavía faltaban treinta y cinco minutos para que comenzara la primera clase, no le molestaba, de hecho, le gustaba. Había algo tranquilo en observar el campus antes de que se llenara, los mismos edificios, las mismas bancas, los mismos árboles y personas completamente distintas cada día.
Así que comenzó a caminar sin rumbo fijo, era una costumbre. Cerca de una cafetería vio a una estudiante intentando equilibrar tres vasos de café, no parecía estar funcionando, dos segundos después uno cayó, la reacción fue inmediata, miró el vaso, miró el suelo y miró el cielo, como si estuviera negociando con el universo. Morfeo sonrió.
Más adelante un grupo de estudiantes repasaba apuntes, uno hablaba, los demás asentían, ninguno parecía entender nada pero todos fingían que sí.
A veces se preguntaba cuánto de la comunicación humana consistía simplemente en aparentar que uno sabía lo que estaba pasando, probablemente demasiado.
Siguió caminando, un perro dormía bajo una banca, no pertenecía a nadie y al mismo tiempo parecía pertenecer a toda la universidad, se detuvo unos segundos, el animal abrió un ojo, lo observó, decidió que no representaba una amenaza y volvió a dormirse.
—Ojalá mi vida fuera así de sencilla. murmuró.
continuó avanzando. Sin darse cuenta, sus pensamientos comenzaron a alejarse otra vez, era algo que hacía constantemente, una pregunta llevaba a otra y esa a otra más, hasta que terminaba pensando en algo completamente distinto.
—¿Morfeo?
La voz lo sacó de golpe de sus pensamientos, parpadeó, dos veces y una compañera levantó una mano desde la entrada del edificio.
—¿Me estabas escuchando?
—Sí.
—Mentira.
—¿Tan obvio fue?
—Llevo como diez segundos llamándote.
—Ah.
—¿En qué estabas pensando?
Morfeo observó al perro dormido bajo la banca, luego al árbol junto al estacionamiento y luego al cielo.
—Honestamente...
—¿Sí?
—Ya no estoy seguro.
La compañera soltó una carcajada.
—Nunca cambies.
Ya al faltar unos minutos para iniciar las clases siempre se sentaba donde le gustaba más, hasta al frente o hasta atrás.
—Martínez, Enrique.
—Presente.
...
—Morfeo.
—Presente.
—¿Morfeo?
—Sí.
—¿Como el dios de los sueños?
—Mis padres tenían demasiado tiempo libre.
Algunas risas recorrieron el salón.
—¿Y sí te duermes en clase o es publicidad engañosa?
—Depende de la clase.
—Morfeo.
—¿Sí, profesor?
—No me ayudes a perder autoridad tan temprano.
—Lo intentaré.
Las clases transcurrieron exactamente como esperaba, lentas, interminables y acompañadas por una cantidad preocupante de tareas. Al mediodía ya había dejado de prestar atención a los horarios, lo que significaba que estaba cansado o aburrido, probablemente ambas.
Cuando la última clase terminó, guardó sus cosas y salió del edificio, la facultad estaba mucho más concurrida que por la mañana, estudiantes caminaban en todas direcciones, algunos apresurados, otros resignados y unos cuantos aparentemente decididos a ignorar sus responsabilidades durante el resto del día.
Normalmente habría regresado a casa con Leonardo o habría terminado arrastrado por alguno de sus amigos a comer algo, especialmente los viernes pero ese día ya tenía planes.
Sacó el teléfono. Un mensaje nuevo.
Valeria
“Ya salí.”
Morfeo sonrió. Era un mensaje innecesario, los dos sabían perfectamente dónde estaría él.
“Voy para allá.”
Guardó el teléfono y cruzó la calle. La Escuela Normal se encontraba justo frente a la facultad, a esas horas los estudiantes comenzaban a abandonar los edificios, no tardó en encontrarla.
Valeria conversaba con algunas compañeras cerca del estacionamiento. Su cabello oscuro destacaba incluso entre la multitud.
Valeria terminó de despedirse de sus compañeras y caminó hacia él.
Morfeo apenas tuvo tiempo de reaccionar, ella lo abrazó apenas llegó a su lado, él correspondió al abrazo y cuando se separaron le dio un beso rápido.
—Feliz cumpleaños, viejita.
Valeria sonrió.
—Gracias.
Morfeo abrió la mochila.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Morfeo.
—Nada.
—Morfeo.
Suspiró y sacó una pequeña barra de chocolate, su favorita. Valeria la observó durante unos segundos, luego volvió a mirarlo.
—Dijimos que el festejo era el fin de semana.
—Y sigue siendo el fin de semana.
—Entonces esto...
—Es porque hoy sí es tu cumpleaños.
Valeria tomó el chocolate con una sonrisa imposible de ocultar, porque, aunque el festejo sería el fin de semana, los pequeños detalles también tenían valor, especialmente cuando venían de alguien que conocía exactamente cuál era su favorito.
—Gracias.
—De nada.
Sin esperar más, abrió el envoltorio, partió un pedazo, se lo llevó a la boca y luego le ofreció otro a Morfeo. Ni siquiera lo pensó, simplemente era una costumbre.
Comenzaron a caminar hacia el estacionamiento y el chocolate desaparecía poco a poco entre ambos mientras avanzaban.
—¿Qué tal tus clases?
—Sobreviví.
—Qué valiente.
—Lo sé.
—¿Te dejaron tarea?
—Demasiada.
—Entonces sí sobreviviste de milagro.
Morfeo sonrió.
El carro los esperaba cerca de la entrada.
En realidad pertenecía a la madre de Valeria, pero se lo prestaba con frecuencia para moverse entre la Normal, la casa y algunos mandados.
Valeria abrió la puerta del conductor, Morfeo se dirigió automáticamente al asiento del copiloto, era una costumbre.
Se colocó el cinturón.
Esperó unos segundos.
Y antes de que ella encendiera el carro preguntó:
—¿Puedo poner música hoy?
Valeria ni siquiera levantó la vista.
—El que conduce escoge las canciones.
—Siempre conduces.
—Pobrecito.
—Algún día voy a ganar esta discusión.
—No creo.
—Pobres de tus futuros alumnos.
Valeria encendió el motor.
—Mis futuros alumnos me van a querer.
—Les vas a imponer una dictadura musical.
—Se llama tener buen gusto.
—Eso es exactamente lo que diría una dictadora.
Valeria puso reversa.
—Sube tus calificaciones en ciencias políticas y luego discutimos el tema.
—Estudio Psicología.
—Entonces peor tantito.
Y arrancaron rumbo a su casa.
El trayecto transcurrió entre bromas, música elegida por la autoproclamada dueña de la democracia vehicular y algunos comentarios sobre las tareas que ambos estaban ignorando temporalmente, nada fuera de lo normal, nada que hiciera pensar que aquel día terminaría siendo recordado por generaciones.
Cuando llegaron a la casa, Valeria frunció el ceño.
—¿Por qué está todo apagado?
La fachada estaba completamente oscura, ninguna luz encendida, ningún sonido proveniente del interior, ni siquiera la televisión que normalmente permanecía encendida en algún rincón de la casa.
—¿Se fueron?
preguntó mientras estacionaba el carro.
Morfeo se encogió de hombros con una tranquilidad sospechosa.
—Tal vez.
Valeria lo observó unos segundos.
—Sabes algo.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—No sé de qué hablas.
—Morfeo.
—¿Sí?
—Te conozco.
Él intentó mantener la expresión más inocente posible, pero no funcionó.
—Vamos a entrar.
Valeria bajó del carro, Morfeo la siguió, la puerta principal estaba sin seguro y eso sólo aumentó sus sospechas.
—Esto está raro.
—Un poco.
—Demasiado tranquilo.
—Tal vez.
Valeria abrió la puerta y entonces las luces se encendieron.
—¡SORPRESA!
Valeria dio un pequeño salto.
—¡AY!
Las risas llenaron la sala.
Su madre era la que más se reía.
A su lado, sus dos hermanas menores parecían orgullosas de haber participado en la emboscada.
—¡Funcionó!
gritó una de ellas.
—Te asustaste.
añadió la otra.
—No me asusté.
—Sí te asustaste.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Morfeo decidió mantenerse fuera de esa discusión.
En medio del comedor había una mesa llena de comida, la favorita de Valeria, junto a ella descansaba un ramo de flores y detrás, ocupando buena parte de la pared, colgaban letras decorativas que formaban un enorme:
FELIZ CUMPLEAÑOS
A los lados flotaban globos metálicos con el número:
22
Valeria observó todo durante unos segundos.
—¿En serio hicieron todo esto?
—Claro que sí —respondió su madre—. Solo porque el festejo sea el fin de semana no significa que iba a dejar pasar el día.
Una de las hermanas señaló las decoraciones.
—Yo inflé esos globos.
—Mentira.
—Inflé uno.
—Eso suena más creíble.
—Y yo ayudé a esconder las flores.
dijo la otra.
—Y casi las aplastas.
—Pero no las aplasté.
—Porque las encontré a tiempo.
Las tres comenzaron a discutir.
Morfeo observó la escena durante unos segundos.
Luego levantó una mano.
Como si estuviera en clase.
Valeria giró la cabeza inmediatamente.
—Ay, no.
—Además de ayudar a conseguir algunas cosas para hoy, mi mayor aportación fue no contarte.
Valeria lo señaló.
—Se notaba.
—¿Qué?
—Que te estaba costando.
Una de sus hermanas soltó una carcajada.
—Muchísimo.
—Cada vez que te veía sonreír ya sabía que escondías algo.
añadió la otra.
—Intenté actuar normal.
—Y fallaste.
dijo Valeria.
—Terriblemente.
confirmó su madre.
—No fue para tanto.
Las cuatro lo miraron.
—Fue para tanto.
respondieron al mismo tiempo.
Morfeo suspiró.
—Necesito mejores cómplices.
—Necesitas aprender a guardar secretos.
dijo Valeria.
—Eso también.
reconoció la madre.
Valeria negó con la cabeza mientras sonreía.
—Aun así, gracias.
La sonrisa de Valeria se volvió imposible de ocultar.
Antes de que alguien pudiera decir algo más, se acercó a su madre y la abrazó.
—Feliz cumpleaños, hija.
—Gracias, mamá.
Sus hermanas no tardaron en unirse.
Transformando el abrazo en una pequeña montaña humana llena de risas y protestas.
—¡Me están aplastando!
—Tú te metiste sola.
—¡Porque quería abrazarla!
—Pues abraza sin empujar.
Las risas volvieron a llenar la casa.
—Foto, foto, foto.
insistió una de las hermanas.
—Claro que sí.
respondió la madre.
Los teléfonos aparecieron casi de inmediato, como ocurría en todas las familias, Valeria se tomó fotografías con sus hermanas, luego con su madre y después las cuatro juntas frente a la decoración.
Morfeo observaba desde un lado mientras esperaban terminar la sesión improvisada, ya sabía que tarde o temprano lo iban a llamar.
—Ahora con Morfeo.
—Eso, que no se haga.
añadió una de las hermanas.
Morfeo caminó hasta ellas.
Posaron frente a los globos con el número 22.
Luego junto al ramo de flores y después frente a la mesa llena de comida.
—Sonríe.
dijo una de las hermanas.
—Estoy sonriendo.
—Eso no parece una sonrisa.
—Claro que sí.
—Pareces que te obligaron a venir.
—Llevo años escuchando eso.
murmuró Morfeo.
—Porque es verdad.
dijo Valeria.
La siguiente fotografía salió mucho mejor.
Especialmente porque Valeria comenzó a reírse justo antes de que tomaran la imagen.
—Bueno, ya estuvo de fotos.
anunció su madre.
—Dana, ve por los vasos.
—¿Por qué yo?
—Porque lo pedí.
—Eso no responde mi pregunta.
—Dana.
—Ya voy.
Dana desapareció rumbo a la cocina refunfuñando algo sobre explotación laboral.
—Qué dramática.
murmuró Valeria.
—¿De dónde crees que lo aprendió?
preguntó su madre.
Claudia, mientras tanto, ya estaba acomodando cubiertos sobre la mesa, como si hubiera comenzado a hacerlo incluso antes de que se lo pidieran.
—¿Necesitas ayuda?
preguntó Morfeo.
—Ya casi termino.
respondió ella.
—Eso fue un no muy amable.
—Eso fue un sí muy educado.
Morfeo decidió que era una batalla perdida.
Pocos minutos después todos comenzaron a tomar asiento.
La madre de Valeria observó a Morfeo apenas se sentó.
—¿Pues qué hicieron hoy?
—Nada fuera de lo normal.
—Nada fuera de lo normal.
—¿Seguro?
—Sí.
—Porque tu cabello cuenta una historia completamente diferente.
Valeria soltó una risa.
—Yo también le dije en el carro.
—Está peinado.
se defendió Morfeo.
Las cuatro mujeres lo observaron.
—No.
respondieron casi al mismo tiempo.
—Qué poca fe me tienen.
—Te queremos mucho.
dijo la madre de Valeria.
—Pero no vamos a mentirte.
añadió Dana.
La comida comenzó a circular por la mesa: Platos, tortillas, soda, salsas y una cantidad de comida que parecía suficiente para alimentar a un pequeño ejército.
Durante unos minutos todos estuvieron demasiado ocupados sirviéndose para hablar demasiado.
No era un silencio incómodo, solo uno de esos pequeños momentos que aparecen cuando la comida llega a la mesa, Dana lo soportó aproximadamente treinta segundos.
—Yo sigo sin entender quién le pone Morfeo a un bebé.
Valeria soltó una carcajada.
—Dana.
—¿Qué?
—Ni siquiera intentaste aguantar más.
—Había silencio.
—Llevábamos medio minuto comiendo.
—Exactamente.
—Eso no es mucho tiempo.
—Para ti.
La madre de Valeria negó con la cabeza.
—Desde chiquita le molestan los silencios.
—Porque alguien tiene que mantener las conversaciones vivas.
—Nadie te nombró responsable de eso.
dijo Claudia mientras acomodaba tranquilamente su servilleta.
—Y aun así aquí estoy.
—Como una maldición.
murmuró Valeria.
—Te escuché.
—Era la intención.
Las risas recorrieron la mesa.
Dana señaló entonces a Morfeo.
—Pero sigo esperando una explicación.
—Yo también me lo he preguntado.
admitió Morfeo.
—Morfeo, no seas así.
protestó Laura.
—¿Qué pasa?
—Tu nombre es bonito.
—Nunca dije que no.
—Entonces deja de darle la razón.
Dana sonrió satisfecha.
—Bueno, ¿y entonces por qué te llamas así?
Morfeo abrió la boca.
—Porque me tardé en nacer.
Dana parpadeó.
—¿Qué?
—Me tardé más de lo esperado.
—Eso no explica nada.
—Cuando mi mamá estaba embarazada, mi papá le dijo un día: “Parece que se quedó dormido y no quiere salir.”
Las hermanas comenzaron a reír y Morfeo tomó un poco de soda.
—Después fue a registrarme.
—Y...
—Y decidió que era una gran idea ponerme Morfeo.
Las risas se hicieron más pronunciadas y le dieron crédito a su papá por la creatividad.
—Claro, a mi mamá le costó en un principio gustarle.
Morfeo se encogió ligeramente de hombros.
—Así que supongo que en algún momento a mí también me gustará.
—Es que está raro el nombre nomás.
—Eso sí.
admitió Laura.
—Pero ya no te imagino llamándote de otra manera.
dijo Valeria.
—Yo tampoco.
añadió Claudia.
Dana tomó un poco de soda.
—Yo sí.
Toda la mesa la observó.
—¿Qué nombre le habrías puesto?
preguntó Valeria.
Dana se quedó pensando unos segundos.
—No sé.
—Excelente aporte.
murmuró Claudia.
Las risas volvieron a recorrer la mesa.
La comida continuó entre bromas, historias y discusiones que no llevaban a ninguna parte.
Hasta que Laura levantó la botella de soda.
La agitó ligeramente.
—Ya casi no queda.
Dana revisó la otra.
—Esta también se está acabando.
—Y el agua igual.
añadió Claudia.
Laura suspiró.
—Valeria, ¿me ayudas yendo por más?
Valeria estaba a punto de responder cuando Morfeo habló primero.
—Voy yo.
—No tienes que ir.
dijo Valeria.
—Lo sé.
—Además es mi casa.
—Y es tu cumpleaños.
Valeria abrió la boca.
La volvió a cerrar.
—Ya vuelvo.
Salió de la casa.
Fue caminando a la tienda de la esquina, aunque esa esquina estaba a dos cuadras de donde se encontraba pero era un día bonito en una ciudad del norte del país, de esos en los que caminar unos minutos no parecía una molestia. El trayecto fue tranquilo, compró la soda, compró el agua, pagó, guardó todo en una bolsa y comenzó el camino de regreso.
No había avanzado ni media cuadra cuando notó algo extraño, la luz había cambiado, no era algo evidente, no al principio, simplemente parecía un poco más tenue, como si alguien hubiera bajado ligeramente la intensidad del día.
Morfeo levantó la vista, una nube. Esa fue su primera explicación, no sería la primera vez que una nube cubría el sol durante unos minutos por lo que continuó caminando pero algo no terminaba de convencerlo. La sombra seguía extendiéndose, lentamente ,demasiado lentamente para ser una nube empujada por el viento y demasiado rápido para ser el atardecer así que volvió a mirar hacia arriba, el sol seguía ahí o al menos debería, sin embargo, cada vez parecía más opaco ,más débil como si algo estuviera colocándose frente a él, frunció el ceño, ahora ya no era el único observando.
Un hombre que salía de una farmacia se detuvo en la banqueta, una mujer bajó sus lentes de sol para mirar mejor, dos niños dejaron de perseguirse por unos segundos, todos dirigían la vista al cielo con la misma expresión de confusión porque nadie parecía entender qué estaba ocurriendo.
—¿Un eclipse?
La idea apareció de inmediato pero apenas duró unos segundos, no podía ser, la luna estaba visible mucho más lejos, pequeña y lejos del sol, además, los eclipses no ocurrían así. Frunció el ceño y entonces comenzó a prestar más atención, al principio creyó que era un efecto de la luz, después notó movimiento. Algo pasaba frente al sol, algo pequeño, muy pequeño, tan pequeño que apenas podía distinguirlo y no era uno, eran cientos, miles , cada vez más, atravesaban el cielo a velocidades imposibles, unos pequeños destellos oscuros cruzando frente a la luz y la gente comenzaba a detenerse por completo, algunos sacaban sus teléfonos, otros simplemente observaban.
El día seguía oscureciendo y cuanto más disminuía la luz, más fácil era distinguir aquellas cosas. Morfeo entrecerró los ojos, entonces finalmente las vio. No eran aves, no eran aviones, no eran nubes, eran rocas o al menos eso parecían. Fragmentos atravesando la atmósfera, una lluvia de meteoros pero algo no estaba bien porque los meteoros tampoco deberían verse así. Uno cruzó el cielo, luego otro y otro más, dejando detrás una estela luminosa verde ,otra azul, otro dorado, morado, rojo. Los colores comenzaron a multiplicarse, miles de líneas luminosas atravesaron el cielo como si alguien hubiera roto un arcoíris sobre el mundo entero y por un instante... nadie habló y simplemente observaban.
Entonces las luces se apagaron, las de la tienda, las casas, los negocios, semáforos. Todo.
Otras continuaron mirando el cielo, todavía intentando entender la lluvia de colores hasta que los teléfonos comenzaron a apagarse, uno, luego otro y otro más. Las pantallas murieron sin previo aviso como si alguien hubiera desconectado el mundo entero.
Una mujer golpeó ligeramente su celular, un hombre intentó encender el suyo, no ocurrió nada. Los vehículos comenzaron a detenerse, las pantallas de los tableros desaparecieron, las radios enmudecieron, el aire acondicionado de los negocios dejó de escucharse y de repente... el silencio, un silencio extraño, profundo, antinatural porque las ciudades nunca estaban realmente en silencio.
Morfeo sintió un escalofrío recorrerle la espalda ,la bolsa con la soda y el agua seguía en su mano pero por primera vez desde que salió de la casa, dejó de pensar en regresar, algo estaba ocurriendo, algo enorme y nadie allí tenía forma de saberlo.Nadie podía imaginar que en ese mismo instante... la misma oscuridad estaba cayendo sobre cada ciudad, cada pueblo, cada carretera, cada rincón del planeta. La humanidad entera observaba el mismo cielo y el mismo fenómeno, al mismo tiempo.
El escalofrío que recorrió el cuerpo de Morfeo antes no era frío, era cálido, comenzó en la planta de los pies y ascendió en un instante por las piernas, por la espalda, el pecho, hasta alcanzar la cabeza.
Como una corriente invisible atravesándolo desde abajo, como si proviniera de la propia tierra.
Parpadeó, a su alrededor, otras personas parecían haber sentido exactamente lo mismo por un instante creyó que había sido producto de la impresión y probablemente los demás también, después de todo pudo confundirse con miedo, mientras continuaban observando el cielo y las luces seguían extendiéndose primero entre los meteoros, después entre las nubes y finalmente por todo el firmamento. Verdes, azules, dorados, morados, rojos y se movían lentamente como una aurora o un océano de colores flotando sobre el mundo. Las luces abrazaban el cielo y durante un instante parecían una manta gigantesca cubriendo el planeta entero, una manta que invitaba al descanso pero lo que estaba ocurriendo era exactamente lo contrario porque aquello no era el final de algo, era el comienzo.
La vida sobre la Tierra estaba cambiando y por primera vez... podía verse. Las calles comenzaron a iluminarse desde abajo, no por electricidad, ni por lámparas, parecía humo, suave y ligero como el humo de un incienso pero sin olor y brillante que comenzaba a surgir lentamente de todas partes, del pasto, de los árboles, de las flores, de cualquier cosa que estuviera viva. El césped liberaba una neblina verde, un verde intenso, más vivo que cualquier verde que hubiera visto antes, los troncos de los árboles también desprendían aquella extraña bruma, tonos café. Colores familiares y al mismo tiempo imposibles. Morfeo observó un árbol cercano y algunas de sus hojas estaban secas, marchitas pero mientras aquella neblina luminosa ascendía por sus ramas, el color comenzaba a regresar poco a poco como si la vida estuviera regresando a ella y no era el único por toda la ciudad, las plantas parecían responder a aquella lluvia de colores, pareciera que la propia Tierra estuviera exhalando después de un sueño demasiado largo.
Aquellas auras que los seres vivos liberaban comenzaron a desvanecerse poco a poco, la sensación que flotaba en el ambiente también, como si el mundo estuviera exhalando por última vez, las luces del cielo continuaban moviéndose pero ya no parecían tan intensas, la lluvia de colores seguía su recorrido y por un momento dio la impresión de que todo estaba terminando, como una lluvia de meteoros que atraviesa el cielo y continúa su viaje por el espacio, un fenómeno extraño e inexplicable pero pasajero, después de todo, las personas estaban acostumbradas a pensar así, los eventos ocurrían y luego terminaban, las tormentas, los eclipses y los cometas. Nadie esperaba que algo pudiera cambiar el mundo para siempre, tal vez solo era un fenómeno cósmico que la humanidad jamás había visto, nadie esperaba que algo pudiera cambiar el mundo para siempre porque el universo seguía siendo un misterio y todavía existían incontables cosas que nadie comprendía por eso nadie imaginó la verdad, que aquello no estaba desapareciendo, que no se estaba marchando y que el cambio que acababa de comenzar permanecería con ellos para siempre y entonces, tan repentinamente como había comenzado, terminó, las luces desaparecieron, los colores se extinguieron poco a poco, las últimas estelas cruzaron el cielo y después... nada.
El firmamento volvió a la normalidad o al menos tan normal como podía parecer después de lo que acababa de ocurrir.
Morfeo levantó la vista una última vez. La lluvia de colores había desaparecido y sin darse cuenta, la noche ya había llegado, ni siquiera recordaba haber visto el atardecer, aquel fenómeno había cubierto el cielo entero, se había tragado la tarde y ahora solo quedaba la oscuridad. Fue entonces cuando la realidad volvió a alcanzarlo. Las calles seguían sin luz, los negocios continuaban apagados, los semáforos permanecían muertos y los teléfonos seguían sin responder. La gente comenzó a reaccionar poco a poco, algunos hablaban entre ellos, otros intentaban encender nuevamente sus dispositivos, algunos comenzaban a verse nerviosos. Morfeo ajustó el agarre de la bolsa, no le gustó eso, una ciudad completamente oscura, un fenómeno imposible acababa de ocurrir y nadie tenía idea de qué estaba pasando, era una fórmula para el pánico colectivo. Sin pensarlo más, apresuró el paso para ir con las chicas probablemente estarían preocupadas, también preocupado por su familia pero él sabía que por ellos no podía hacer nada por las distancias, así que se enfocó en lo que si podía hacer por lo que comenzó a caminar más rápido entre las sombras de una ciudad que, por primera vez en su vida, parecía completamente desconocida.








