Capítulo 1
Otro día más llegando al instituto con las emociones revueltas.
Anoche tuve que escuchar otra discusión entre mis padres. Ellos no me ven como una hija, sino como una juez o un árbitro al que recurren cuando no saben resolver sus propios problemas. Estuve toda la noche ayudándolos a calmarse, opinando, mediando, poniéndome en medio de sus gritos hasta que, por fin, se cansaron y me dejaron ir a mi habitación.
Suena raro, lo sé. Pero así es en mi casa desde que tengo memoria. Empezó cuando era pequeña: opiné una vez en una discusión familiar, les dije cómo podían resolverlo, hablé con ellos como si fuera una adulta, y ellos me escucharon. Desde ese día, se volvió normal. Soy hija única, así que la mayor parte del tiempo me siento increíblemente sola. Yo los ayudo a ellos, pero ¿quién me ayuda a mí?
Nadie, por lo visto.
Llego al instituto con mis viejos confiables: mis audífonos blancos de cable. Los tengo desde hace años, están desgastados, el plástico de las orejeras ya se está pelando, pero nunca me fallan. Siempre los llevo puestos. La mayoría de las veces ni siquiera están prendidos. Solo los uso para que nadie se atreva a hablarme. Por las mañanas prefiero estar sola. Suele ser cuando estoy de peor humor, o cuando todavía estoy procesando lo que pasó el día anterior.
Como todas las mañanas, voy directo al auditorio. Hace poco lo descubrí y supe que sería mi escapatoria.
Estoy agotada. Desde ayer no podía dejar de pensar en el piano, en cómo se siente la madera gastada bajo mis dedos, en cómo cada nota puede ser un grito que nadie escucha. Ya estoy aquí, por fin.
Empujo la puerta de madera con cuidado. A esta hora no suele haber nadie; llego demasiado temprano para que alguien más se moleste en venir. El piano de cola descansa en el centro del escenario, como un animal dormido esperando ser despertado. Subo los escalones, me siento frente al teclado gastado y respiro hondo.
—Mmh, polvo —murmuro, soltando una risa corta al ver la fina capa grisácea sobre las teclas—. Justo como lo recordaba.
Casi nadie usa este lugar, así que lo limpian muy de vez en cuando. Esa es otra razón por la que me gusta: es mío. Nadie viene a interrumpirme.
Cuando mis manos comienzan a moverse, no busco una melodía perfecta. No ensayo ninguna de las piezas que practico en casa. Presiono las teclas con fuerza, dejando que la vibración me recorra los dedos, los brazos, el pecho. Cada nota es un grito sordo, la única manera que tengo de soltar toda la rabia, el agotamiento, la frustración que llevo dentro. Todo lo que no puedo gritar en mi casa.
Cierro los ojos y me pierdo en el sonido. En este pequeño espacio, controlando la música, me siento por fin un poco libre.
Un crujido cerca de la entrada me obliga a detenerme en seco. Mis manos se congelan sobre las teclas, mi cuerpo se tensa por puro instinto de defensa. Nadie me conoce así. Aquí puedo desahogarme, puedo llorar, incluso gritar si quiero. Aquí no hay máscaras.
—No sabía que tocabas el piano, Ada —dice una voz que me resulta familiar.
Demasiado familiar.
Volteo la cabeza con la respiración entrecortada. Apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, está él.
—¿Lane?
No puede ser. ¿De verdad es él? Ya no se ve como lo recordaba. Está más alto… y, maldita sea, está guapo. Esa sonrisa de medio lado, esa postura relajada como si el mundo le perteneciera. El mismo Lane que fue mi mejor amigo. El mismo que me dejó atrás cuando encontró algo mejor.
Han pasado casi siete años.
Aunque debo admitir que aún le tengo rencor por lo que hizo. Así que es mi ex amigo. Porque ya no lo es más. Y sí, soy orgullosa. ¿Y qué? Él me traicionó. El que lo hace una vez, lo hace dos veces.
—Sí, el mismo. Hola, Ada —dice, y se acerca sonriendo.
Cuando lo veo caminar hacia mí, noto que me mira con una mezcla de curiosidad y esa calidez que siempre me ablandaba el corazón. Reacciono de golpe, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Me limpio con furia una lágrima traicionera que amenazaba con resbalar por mi mejilla y bajo la tapa del piano con un golpe seco. Recupero mi distancia.
—Vaya, veo que tu sentido del humor sigue siendo tan encantador como siempre —dice Lane, dando un paso atrás y levantando las manos en son de paz, con esa maldita sonrisita de medio lado que recuerdo de niños.
Sujeto la mochila con fuerza y le sostengo la mirada con toda la frialdad que puedo reunir.
—No es humor, Lane. Es desinterés —respondo, manteniendo la voz firme a pesar del vuelco que mi estómago acaba de dar.
Puede que esté un poco idiotizada por esa sonrisa que tiene al verme, incluso cuando lo estoy tratando de ahuyentar. No puedo evitar quedarme como boba mirándolo. Dios, es que está tan bien… tanto que odio que lo esté. No me gusta sentirme atraída por él. No quiero. No lo voy a permitir.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, con la voz más cortante de la que soy capaz—. ¿No se supone que deberías estar con tu grupito de amigos perfectos e inteligentes? Esos por los que me hiciste a un lado. Esos con los que te encantaba burlarte de mí en clases.
Su sonrisa parece desaparecer por un segundo. La calidez de sus ojos se transforma en algo parecido a la culpa. Baja las manos y da un paso hacia el escenario, acortando la distancia entre nosotros.
—Sé que cometí errores, Ada. Fui un idiota de niños, lo sé —admite en voz baja, rascándose la nuca—. Pero ya pasaron años. Cuando me enteré de que estarías en este instituto… yo solo quería volver a verte. Te extrañaba.
Sus palabras se clavan en mi pecho como agujas.
—Extraño a esa amiga con la que podía hablar de todo sin miedo a que me juzgara —continúa, y su voz se vuelve más suave—. Extraño tu forma de ver el mundo. Tu amargura. Tu impaciencia. Te extraño, amiga.
Sujeto la correa de mi mochila con tanta fuerza que los nudillos se me blanquean. Tengo que contenerme. No voy a caer tan fácil. «Te extrañaba». Qué palabra tan ligera para él y tan pesada para mí.
—¿Amiga? —repito, y mi voz tiembla aunque intento que no se note—. ¿Eso llamas amistad? Alejarte de mí y burlarte sin ninguna razón. Si así es tu amistad, no la quiero. Ni la necesito. Así que lamento no poder decir lo mismo, Lane.
Un nudo se forma en mi garganta. Me doy la vuelta para bajar las escaleras del escenario, dispuesta a pasar por su lado ignorándolo por completo.
—El que traiciona una vez, lo hace dos veces, Lane —digo, sin mirarlo—. Y no voy a permitir que haya una segunda traición.
Al pasar junto a él, me coloco uno de mis audífonos, dándole a entender que la conversación ha terminado. Pero justo cuando voy a cruzar la puerta del auditorio, escucho sus pasos rápidos detrás de mí.
—Ada, me conoces. No me rindo fácil —dice, con la voz agitada mientras camina a mi lado—. Sé lo orgullosa y rencorosa que eres. Estoy preparado para recibir todos tus "no" y seguir esperanzado con que algún día cambien a ser un "sí".
Me detengo. Volteo y lo veo. Sus ojos marrones me miran con esa intensidad que siempre supo desarmarme.
—Buena suerte, Lane —digo, y dejo escapar una sonrisa triste antes de darme la vuelta.
Camino hacia la salida con el corazón latiendo demasiado rápido.
Lane… ojalá no me vuelvas a hablar en la vida.








