Chapter 1
La música no solo resonaba en el suntuoso salón; tejía una atmósfera de seda y plomo, envolviendo a la élite del bajo mundo en una opulencia que olía a peligro. Entre sombras de mafiosos y titanes de los negocios, Alexandra hizo su entrada. No solo caminaba; ocupaba el espacio con la autoridad de quien sabe que está a un paso de la coronación. Llevaba un vestido blanco inmaculado, bordado con rosas de sangre que realizaban su figura y proyectaban una elegancia gélida, letal, en medio de aquel nido de víboras.
Adriano Sterling la esperaba. El Rey. El hombre que movía los hilos del mundo y que, en las sombras, tejía meticulosamente la vida de su futura reina. Cuando sus miradas colisionaron, el aire de la sala pareció cristalizarse. Sin romper el contacto visual, Adriano extendió la mano y le ofreció una sola rosa. El roce de sus dedos fue un chispazo, un cortocircuito que la arrastró una década atrás. Diez años de secretos, de sangre y de un juego de ajedrez donde ella había pasado de ser la musa a la arquitecta. Firme, Alexandra tomó la rosa y, con un gesto de desafío y pertenencia, se la clavó en el cabello como si fuera una daga de honor. Un recordatorio físico de que ella ya no era una víctima; era la trama.
Pero la narrativa estaba a punto de sufrir una interrupción.
Luis Alberto irrumpió en su órbita. Con la audacia de quien conoce los pecados de su exmujer, se interpuso físicamente entre ella y el Rey, rompiendo el hechizo. Era un hombre de presencia imponente, dueño de unos ojos verdes, tóxicos y penetrantes. Le tomó la muñeca con una firmeza posesiva y, alzando la voz para que la corte mafiosa y el propio Sterling lo escucharan, sentenció:
—Permiso, jefe. Tengo que conversar con mi exmujer.
La palabra *exmujer* cayó como una losa. Luis Alberto acababa de marcar un territorio que ya no le pertenecía, ignorando que Alexandra era ahora la esposa de Sebastián y la reina en la sombra de Adriano.
Sin darle margen a la réplica, la arrastró al centro de la pista. La orquesta, como si respondiera a una orden invisible, mutó hacia un tango brutal, coreografiado por el rencor. Y entonces, el eco del pasado la golpeó: de los altavoces brotó la voz de Daniela Romo cantando *De mí enamórate*. Era la banda sonora de los años de su matrimonio, de las noches donde ella, en la intimidad, se burlaba de la intensidad de su mirada llamándolo su *«lindo verdes ojos»*. La ironía de la letra sonaba ahora como una burla macabra mientras Luis Alberto la guiaba con arrogancia.
Alexandra rompió la distancia. Se inclinó, ignorando la estética del baile, y pegó sus labios al oído de su exmarido. Su voz fue un susurro de hielo, directo a la yugular:
—¿Dónde está mi hijo? Yo quiero a mi hijo.
Luis Alberto sonrió, un gesto cínico que le crispó los ojos verdes.
—Te lo voy a entregar... como pactamos.
La amenaza resonó en la mente de Alexandra, conectando con la bestial pelea en el parque. El precio de Luis Alberto para devolverle al niño, el hijo que ella y Sebastián habían traído al mundo, era una noche de sumisión. Pero Luis Alberto no conocía a la mujer que tenía enfrente. No sabía que la Alexandra que él recordaba había muerto; la que estaba frente a él era una escritora que estaba a punto de cerrar su capítulo más oscuro.
Lejos de quebrarse, Alexandra sostuvo su mirada con una frialdad implacable. Detuvo el baile en seco y, con la determinación de quien ejecuta una sentencia, dictó su movimiento:
—Bueno, pues manos a la obra. Nos retiramos a la habitación.
Luis Alberto parpadeó, deslumbrado y confundido por aquella rendición sin lágrimas. Tomó su mano y la condujo hacia las escaleras de las alcobas privadas. Desde su posición privilegiada, Adriano Sterling no se movió. Sus ojos grises la observaban subir las escaleras con una sonrisa casi imperceptible. El rey no necesitaba intervenir; estaba presenciando el nacimiento de su reina.
Alexandra no portaba armas; en un fortín de la mafia, el metal la delataría. Su mente y su cuerpo eran las únicas navajas que necesitaba. Al cerrarse la puerta de la alcoba, la penumbra los devoró. Comenzó el juego. Roces calculados, caricias que prometían el infierno y besos que sabían a traición. Luis Alberto, atrapado en la red, se detuvo un segundo, buscando la mirada de la mujer que lo tenía hipnotizado:
—¿En qué momento cambiaste? ¿Qué te pasó? Esta no es la mujer que yo conocí...
Alexandra no respondió con palabras. Con un movimiento sutil, Luis Alberto sacó su teléfono y le mostró la pantalla: el GPS marcaba la ubicación exacta de su hijo. El niño estaba a salvo, llegando a las puertas de la casa de Sebastián. Pronto estaría en casa, a salvo con su padre. Su hijo, su familia, no sabían de la traición que estaba a punto de cometer. El trato de él estaba cumplido.
Ahora, le tocaba a ella escribir el final.
Con una elegancia que ocultaba el letargo de la muerte, Alexandra se acercó a la mesa de licores. Luis Alberto la observaba, embriagado por el deseo y la victoria, ciego ante la trampa que se cerraba sobre su cuello. Ella manipuló los cristales con destreza de ilusionista. Bajo la perfección de sus uñas acrílicas, especialmente diseñadas aquella mañana, el polvo blanco esperaba, invisible e inofensivo hasta el momento preciso. Sus uñas largas y perfectas, adornadas con un rojo carmesí, no eran vanidad: eran armas. Con un rasguño imperceptible en el borde de la copa, el fármaco se disolvió sin dejar rastro ni sabor.
Sabía que Luis Alberto, con el instinto de supervivencia de su calaña, jamás bebería de un vaso servido por ella. Así que Alexandra improvisó el clímax de su obra.
Se llevó la copa a los labios, retuvo el licor letal en su boca y se giró. Con un erotismo brutal, acortó la distancia, enredó sus dedos en el cabello de su exmarido y capturó sus labios en un beso profundo, desesperado y absoluto. Luis Alberto gimió contra su boca, abriendo los labios para recibir el trago, tragando el veneno directamente del aliento de ella, creyendo que bebía pasión.
Fue un beso de Judas. Un cáliz envenenado.
Los ojos verdes de Luis Alberto se empañaron. Su cuerpo se tensó y luego cedió, como un titán derrotado. Alexandra sostuvo su peso un segundo más, asegurándose de que el veneno hiciera efecto completo, antes de dejarlo caer como el muñeco roto que siempre fue. El cuerpo de Luis Alberto se encontraba en un delirio y condición que rompió el silencio de la alcoba.








