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Sinopsis

Un lunes de liceo que dura diez años. Catorce años físicos. Veinticuatro años mentales. Cuando el tiempo se rompe para Noah y Valeria, el mundo empieza a resetearse cada mañana a las 6:00 a. m. Físicamente vuelven al inicio, pero el trauma, el conocimiento y la memoria se acumulan. En un encierro donde las consecuencias no existen porque mañana todo se borra, la línea entre la cordura y el caos se vuelve muy delgada. ¿Cuánto peso puede aguantar tu cabeza antes de quebrarte por completo?

Genero:
Scifi
Autor/a:
nitorcha
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Hoy es 23 de noviembre de 2018. El clima está bastante nublado, de esos días grises que se la pasan cubiertos de neblina pero que al final no terminan de llover. Noah se prepara para ir a clases, repitiendo la misma rutina de siempre.

—Buenos días, mamá —le dice mientras se levanta, medio dormido, camino al baño.

—Buenos días, hijo —responde ella sin quitar la mirada de la cocina.

Noah entra al baño y se queda mirando la llave de la regadera, atrapado en la monotonía de cada mañana.

—Bueno, otro día... ¿Qué carajo me deparará hoy?

Abre la llave y, de golpe, un fuerte zumbido le taladra el oído izquierdo. El ruido se desvanece rápido, pero le deja un dolor de cabeza punzante.

—¡Ahh, mierda! ¿Qué fue eso? —exclama, frotándose la sien. Se mira los pies y suspira—: ¿Será que mi mamá tiene razón y no debería meterme tan de golpe al agua fría? Pero ya qué.

—¡Hey! ¿Te dormiste en el baño? Aquí vive más gente, recuerda —grita su madre desde afuera, apurada.

—¡Sí, ya salgo! Dame un segundo —responde, apresurándose.

Sale, se pone el uniforme de siempre y antes de las siete ya está listo. Antes de salir a buscar a su amigo, se despide.

—Adiós, mamá. Nos vemos al rato.

—Dios te bendiga, hijo. Chao —responde ella, lista para irse al trabajo.

Noah se agacha un momento para acariciar a su mascota.

—Adiós, Nerón. Pórtate bien, eres un buen chico. No le dañes nada a Luis para que no te metas en problemas.

Camina desde su casa hasta la de su compañero de clases. Le toma un buen rato llegar y, como siempre, el tipo no está listo.

—¡Jhonatan, apúrate que se hace tarde! —grita Noah hacia la ventana del primer piso.

—Sí, sí, ya voy. Cálmate, ni que fuera tan tarde —responde Jhonatan con un tono completamente despreocupado.

—Apúrate. Va a llegar un día en que no te espere más —advierte Noah, un poco molesto.

—Sí, sí, como tú digas.

Noah revisa su teléfono y se cruza de brazos. Su amigo tarda una eternidad en bajar.

—Vaya, tú sinceramente ya no tienes remedio —le dice Noah en cuanto lo ve salir.

—Oye, hay que llevar la vida con calma, ¿no crees? Solo relájate. Está empezando el año, guarda las energías para cuando esté terminando.

—Sí, claro, a ti te funciona muy bien esa técnica —responde Noah con sarcasmo.

—¿Ves? No es tan difícil —se burla Jhonatan.

Siguen el trayecto hacia el liceo. En la entrada se despiden con un choque de manos y cada quien toma el camino hacia su respectivo edificio.

Antes de subir, Noah nota a una chica en el pasillo. Se nota a leguas que es nueva; él se le queda mirando. Tiene los ojos de color gris y unos lentes que le quedan muy bien. Él piensa: «Mira qué tipa tan linda. Veamos quién es el primero en intentar caerle; ese no seré yo, eso sí».

Se encamina a su aula, pero no se puede sacar la imagen de la chica de la cabeza. Cuando entra al salón, la clase ya comenzó.

—Buenos días...

—Buenas noches, será. ¡Jajajaja! —le responden sus compañeros entre risas.

—¿Le parece que esta es la hora de entrar, muchacho? Pase antes de que me moleste —le llama la atención el profesor de historia.

Noah se sienta y recibe la clase. Las horas pasan rápido hasta que suena el timbre del receso. Al salir, aprovecha para hablar con el profesor de computación.

—Hola, profesor. Ya conseguí el fallo en el código. Mañana voy a su casa para que lo solucionemos.

—¡Qué tal, Noah! Vaya, fuiste bastante rápido con eso. Al parecer, ambos tenemos buenas noticias —dice el profesor con una sonrisa.

—¿Sí? ¿Qué tiene para mí? ¿Es sobre el cambio?

—Exacto. Ya logré conseguirte el cupo en ese liceo. De ahí pasarás directo a la universidad que quieres. Solo hace falta que convenzas a tus padres.

—Bueno... Al parecer lo fácil ya se hizo. Ahora toca lo difícil —comenta Noah, desanimado.

—Sabes que tienes mi apoyo en todo lo que necesites. Eres alguien con mucho potencial y estoy seguro de que tu mamá también lo verá.

—Espero que así sea —responde él, con algo de temor.

El profesor se retira tras ser llamado por otro colega y Noah se queda solo en el aula. Su mente se pierde en sus propios pensamientos hasta que el timbre anuncia el final del receso. Pasa el resto de las clases tomando notas de forma automática, con la cabeza hecha un torbellino: ¿aceptará su madre?

El resto de la tarde transcurre sin novedades. Noah decide esperar hasta la hora de la cena para soltar la noticia.

—Mamá, necesito hablar algo contigo.

—Sí, dime qué necesitas. Solo no me digas que embarazaste a una chica —suelta su madre, mirándolo con una expresión de pocos amigos.

—¡Emm, no! Claro que no, ni siquiera... Bueno, eso no importa. He estado pensando en cambiarme de liceo. Ya gestioné todo, solo necesito que vayas a inscribirme.

La madre deja los cubiertos en el plato y lo mira con profunda molestia.

—¡¿Qué?! ¡Para eso hubiera sido mejor el embarazo! ¿Estás loco o qué? La respuesta es no. En el liceo donde estás ahora yo estoy cómoda, ya conozco a los profesores. La respuesta es un no rotundo.

—Pero, mamá, es mejor para mí. En el liceo al que quiero ir la educación es superior.

—Sí, ¿y dime cuál es? —pregunta ella, exaltada.

—Es este... —Noah le muestra una fotografía en su teléfono.

—No. En ese liceo... Sabes todo lo que me han contado de ese lugar. Simplemente no.

—Pero...

—¡Ya dije que no y se acabó esta conversación! —sentencia su madre, levantándose de la mesa hacia la sala.

Noah aprieta los puños y camina a su cuarto. Antes de abrir la puerta, ve llegar a Luis. Viene borracho; lo más probable es que se haya gastado todo lo que ganó en el día. En ese momento, Luis ve a Nerón mordiendo uno de sus zapatos y, de la nada, le lanza una patada.

—¡Quítate, perro fastidioso!

Noah clava los ojos en Luis con una rabia indescriptible. Sin embargo, se contiene. Sabe que armar un problema no cambiará nada en esa casa. Se encierra en su habitación, se tira en la cama y se queda mirando la misma viga del techo de siempre, esa que tiene la pintura blanca desgastada.

«Cálmate... Esto en algún momento tiene que acabar —se dice—. Si de verdad quieres esto, tienes que convencerla. Mañana hablaré más calmado con ella».

Se queda atrapado en sus pensamientos hasta que el cansancio le gana y se duerme.

A la mañana siguiente, el despertador resuena en la habitación. Pero esta vez, algo se siente extraño. Al abrir los ojos, Noah nota algo raro en su campo de visión: un contador flotante y traslúcido, con una silueta que simula nubes, marca el número 3650. Por más que parpadea y se restriega los ojos, el número no se quita.

—¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Me estoy volviendo loco?

Se da un par de golpes en la cabeza y pestañea varias veces, pero no funciona.

—Esta mierda no se quita. Sabes qué, no importa, tengo cosas más importantes de qué preocuparme. Ya se pasará solo.

Sale al comedor intentando ignorar la visión. Su madre está en la cocina.

—Madre, buenos días. Mira, con respecto a lo de ayer... En serio quiero cambiarme de liceo...

—¡¿Qué?! —lo interrumpe ella de golpe, volteándose sorprendida—. ¿Cómo que te quieres cambiar de liceo?

—Emm... ¿Cómo que cómo? ¿Acaso no peleamos por eso anoche? —responde Noah, completamente confundido.

—¿Andas con bromas desde temprano? Me haces quedar como una loca. Mira, no tengo tiempo para esto ahora. Luego hablamos.

—Emm... ¿ok?

Noah entra a la ducha con la cabeza dándole vueltas. «Estoy seguro de que se lo dije anoche... ¿Y por qué esta alucinación del número no se ha ido?».

Intenta aferrarse a su rutina diaria. Al salir, se despide de Nerón, pero nota algo extraño: lo revisa y el perro no tiene ninguna marca ni muestra dolor.

—Mira qué raro... Pensé que le había pegado más fuerte —murmura extrañado.

Camina hacia la casa de su amigo. Mientras lo espera en la acera, mira a su alrededor: el clima está exactamente igual de neblinoso que el día anterior. Saca su teléfono para revisar la hora y se le hiela la sangre: la pantalla marca la fecha de ayer.

Cuando Jhonatan baja, Noah experimenta un constante y asfixiante déjà vu. Hablan exactamente de las mismas cosas, hasta que Noah no puede más y lo interrumpe:

—¿No te parece que esto ya lo habíamos hablado?

—¿De qué hablas? Yo veo todo normal. Me estás jodiendo, ¿cierto? —responde Jhonatan con tono burlón.

—Sí... Como tú digas.

Llegan al liceo. Noah entra a su salón y repite el mismo saludo. ¿Es ayer o es hoy? Ya no lo sabe. Una sensación de pesadez empieza a apoderarse de él.

Llega la hora del receso y se le acerca el profesor de computación, repitiendo el mismo guion:

—Noah, te tengo buenas noticias —le dice entusiasmado.

—Emm, profesor, mi mamá rechazó la propuesta.

—¿De qué propuesta me hablas? —dice el profesor, confundido.

—Pues de cambiarme de liceo, lo que hablamos ayer.

El profesor lo mira serio, sin entender nada.

—Oye, ¿cómo te enteraste si aún no te he dicho la noticia?

A Noah se le pone la piel de gallina. Se queda paralizado, mirándolo con terror. «¿Me estoy volviendo loco?».

En ese momento llaman al profesor otros colegas y se va, pero antes le dice entre risas:

—Bueno, habla con tu mamá, luego hablamos. Vaya que sí tienes suerte adivinando.

El profesor se pierde entre la multitud. Noah regresa al salón completamente ido. La paranoia lo está carcomiendo. Sin darse cuenta, piensa en voz alta:

—Por esto es que veo esas nubes así de raras... Esto tiene que ser un sueño. Ya, cerebro, buena broma, ¿me puedo despertar?

El aula se queda en silencio un segundo antes de estallar en carcajadas.

—¡Tu cerebro sí es ingenioso, Noah! —se burla uno.

—¡No te vayas a despertar todavía! —grita otro entre risas.

Noah no les hace caso. Se queda callado, apoya la cabeza en el pupitre y cierra los ojos a la fuerza, intentando forzar el despertar, pero pasan los minutos y no logra nada.

Cuando suena el timbre de la salida, ve que está lloviendo, pero esta vez la chica de ojos grises no aparece por ningún lado. Sale corriendo a su casa, paniqueado. Pasa toda la tarde encerrado, esperando que el día termine, pero la noche cae exactamente igual, con su madre preparando la cena y el contador flotante marcando el maldito número en su cara.



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