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Mi Amor Por Ella

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Sinopsis

Para el mundo exterior, Aarón Spencer es el epítome del control y la excelencia académica. Para Maeve Rivers, él es el hombre que le enseñó cómo el amor puede llegar a doler de lo mucho que llena el pecho. Cuando sus mundos colisionan, la atracción es tan inmediata como peligrosa. Aarón, acostumbrado a dominar cada aspecto de su entorno, se descubre a sí mismo completamente sometido a la voluntad de esos ojos azules. Maeve se convierte en su debilidad, en su verdad absoluta, en su bebé. Lo que inicia como un romance prohibido y oculto de los juicios de la universidad madura hasta convertirse en un lazo inquebrantable, donde el instinto primitivo de protección de Aarón choca con la calidez abrumadora de una realidad que ya no pueden esconder. Desde los encuentros clandestinos marcados por la urgencia de la carne y la devoción del alma, hasta el caótico y tierno choque con la realidad familiar que amenaza con exponerlos, esta novela explora los rincones más profundos de un amor que desafía los tabúes. No es solo una historia de deseo; es la crónica de dos almas que se clavan en el fondo de la otra tan profundamente que separarlas significaría romperlas para siempre. En el juego de la ocultación y la entrega, descubrirán que la mayor traición sería intentar salvarse del otro.

Genero:
Romance
Autor/a:
DoralizGil
Estado:
Completado
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

capítulo 1

Maeve

El silencio de mi habitación no era un refugio; era una jaula de cristal que amenazaba con romperse con el menor suspiro.

Me encontraba sentada en el borde de mi cama, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos envolviéndolas en un intento inútil de hacerme más pequeña de lo que ya era. El frío de la mañana londinense se colaba por las rendijas de la ventana, pero el verdadero hielo estaba dentro de mí. Mis mejillas ardían, húmedas por las lágrimas que no había podido contener. Llorar en esta casa era un lujo peligroso, uno que debía pagar con absoluto silencio para que los pasos en el pasillo no se detuvieran frente a mi puerta.

Frente a mí, sobre la pequeña e imperfecta mesa de noche de madera desgastada, descansaban tres libros de literatura clásica. Eran mis tesoros más sagrados, las únicas pertenencias que la tormenta no se había llevado. Los miré a través del velo borroso de mis ojos y sentí una opresión en el pecho que me asfixiaba.

Estaba tan sola. Tan dolorosamente sola.

Un sábado más. Otra mañana en la que el peso de mi existencia parecía aplastar los cimientos de esta casa que nunca, ni por un solo segundo, se había sentido como un hogar. Cerré los ojos y, como una maldición recurrente, el recuerdo de mi pasado se materializó en la oscuridad de mi mente. Tenía apenas siete años cuando el mundo, tal como lo conocía, estalló en mil pedazos. Aún podía evocar el olor a humo, el sonido ensordecedor del metal retorciéndose y los gritos distantes que se apagaron antes de que la ambulancia llegara. Mis padres. Sus rostros se desdibujaban con los años, convirtiéndose en acuarelas borrosas de una infancia que parecía pertenecerle a otra persona, a una niña que alguna vez fue feliz y que no conocía el significado de la palabra desprecio. No tenía hermanos. No tenía una madre a quien correr cuando el miedo me ganaba por las noches, ni un padre que me tomara de la mano y me asegurara que todo estaría bien. Solo me quedaba el vacío.

Y luego, entre la niebla del funeral y el llanto de una niña huérfana, apareció el tío Nathan.

Nathan Smith era el hermano menor de mi madre. Un hombre de manos callosas, ojos tristes y un corazón noble que, al verme desamparada, no dudó en tomarme en sus brazos y prometerme que jamás me dejaría sola. Cumplió su promesa. Me trajo a Londres, me dio un techo, comida y un hogar con el cual intentar reconstruir mi vida. El tío Nathan me quería; lo sabía en la forma en que desordenaba mi cabello cuando regresaba del trabajo y en cómo se aseguraba de que nunca me faltaran cuadernos para la escuela. Pero el tío Nathan no vivía solo.

Él estaba casado con Eleanor.

Un suspiro entrecortado escapó de mis labios y me limpié las lágrimas rápidamente con la manga de mi suéter viejo. El simple pensamiento de mi tía política me provocaba un escalofrío involuntario. Para Eleanor, mi llegada a los siete años no fue un acto de caridad cristiana; fue una invasión. Yo era el estorbo que consumía el dinero que ella quería para sus caprichos, el parásito que le robaba la atención de su esposo, el recordatorio constante de una familia que ella aborrecía.

Escuché el eco de unos pasos pesados en la planta baja, seguidos por el sonido metálico de las llaves. El tío Nathan se estaba preparando para irse a su turno de fin de semana en los talleres del norte de la ciudad.

—¡Maeve, cariño! —su voz, profunda y cálida, resonó desde el vestíbulo—. ¡Ya me voy! ¡Que tengas un buen día en la floristería!

Me levanté de la cama de un salto, tragándome el nudo de la garganta, y abrí la puerta de mi habitación. Bajé las escaleras a toda prisa, forzando una sonrisa que borrara cualquier rastro de la debilidad que acababa de consumir mi habitación.

Ahí estaba él, abrochándose su chaqueta gruesa de lana, con su maletín de herramientas en la mano. A unos pasos, parada junto al arco de la cocina con una taza de té entre las manos, estaba la tía Eleanor. Llevaba una bata de seda impecable, el cabello rubio perfectamente recogido y una expresión de dulzura tan angelical que cualquiera que la viera juraría que era una santa.

—Hola, tío Nathan —dije, tratando de que mi voz no temblara mientras llegaba al último escalón.

—Aquí estás, mi niña hermosa —sonrió él, acercándose para darme un beso en la frente. Su barba picaba un poco, pero era un dolor reconfortante, un dolor que significaba seguridad—. No trabajes demasiado hoy, ¿de acuerdo? Y abrígate bien, que el pronóstico dice que la temperatura va a bajar por la tarde.

—Lo haré, tío. Que te vaya muy bien en el taller.

—Siempre tan responsable, nuestra pequeña Maeve —intervino Eleanor. Su voz era pura miel, suave, melodiosa, goteando una ternura que hacía que se me revolviera el estómago—. No te preocupes, Nathan querido, yo me encargaré de que coma algo nutritivo antes de que se vaya a su turno. Ya sabes que cuido de ella como si fuera la hija que nunca tuvimos.

El tío Nathan miró a su esposa con una adoración ciega. Le dio un beso rápido en los labios y luego volvió a mirarme a mí, con los ojos brillando de gratitud por la “maravillosa” mujer que compartía su vida.

—Tengo tanta suerte de tenerlas a las dos —dijo el tío, visiblemente conmovido—. Bueno, me voy ya o perderé el autobús. ¡Las amo!

—Con cuidado, mi amor —despidió Eleanor, agitando la mano con gracia.

En cuanto la puerta principal se cerró con un chasquido firme, la atmósfera de la casa cambió drásticamente. Fue instantáneo. Como si una cortina de teatro se hubiera caído, la calidez del hogar se evaporó, dejando en su lugar un frío denso y hostil.

La sonrisa de la tía Eleanor desapareció. Sus ojos, que un segundo antes desprendían ternura, se afilaron como dagas mientras me miraba de arriba abajo. Dio un sorbo pausado a su taza de té, midiendo cada uno de sus movimientos, disfrutando del evidente temor que me causaba su repentina metamorfosis.

—Mírate nada más —escupió, y su voz ya no tenía rastro de miel; era áspera, venenosa, cargada de un desprecio absoluto—. Das lástima, Maeve. Con esa cara de cordero degollado y esas ojeras. Pareces una muerta de hambre. Cualquiera diría que en esta casa te tratamos mal, pedazo de escoria malagradecida.

A pesar de los años, de los insultos diarios y del abuso verbal constante, mi cuerpo seguía reaccionando con terror. Sentí que el aire escaseaba en mis pulmones. Di un paso atrás, pegando mi espalda contra la barandilla de la escalera. Sin embargo, mantuve las manos entrelazadas al frente y bajé la cabeza, mostrando la sumisión que ella exigía para no escalar la violencia.

—Lo siento, tía Eleanor —respondí en un susurro, manteniendo el respeto absoluto que mis padres me habían enseñado y que yo me obligaba a conservar, no por ella, sino por la memoria de ellos y por la paz del tío Nathan—. No dormí bien anoche terminando unos ensayos para la universidad.

—¡Me importa un bledo tus malditos ensayos! —exclamó, dando un paso hacia mí. El olor a su perfume costoso inundó mis fosas nasales, provocándome náuseas—. Te crees muy inteligente porque te ganaste esa estúpida beca, ¿verdad? Te crees superior a nosotros porque andas con tus libros mugrientos a todas partes. Pero déjame recordarte algo, niña huérfana: sigues siendo una carga. Un parásito que mi esposo mantiene por pura lástima. Si por mí fuera, estarías pudriéndote en la calle desde el día en que tus padres tuvieron la decencia de morirse y dejarte sola.

Cada palabra era un golpe directo al corazón. Una lágrima traicionera amenazó con salir, pero me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que probé el sabor metálico de la sangre. No iba a llorar frente a ella. No le daría esa satisfacción.

—Yo no soy una carga, tía —intenté defenderme con voz quebrada —. Trabajo en la floristería, pago mis propios pasajes, mis libros y aporto lo que puedo para los gastos de la comida...

—¿Aportas? —Eleanor soltó una carcajada estridente y cruel que resonó en las paredes del vestíbulo—. Esas miserables monedas que ganas vendiendo plantitas no cubren ni la mitad del agua caliente que desperdicias bañándote. Eres un estorbo, Maeve. Una sombra molesta en mi matrimonio. Y reza para que tu tío nunca se entere de lo que realmente pienso de ti, porque si tengo que elegir entre él y tú, me aseguraré de que termines en la puta calle antes de que puedas pestañear. ¿Te queda claro?

—Sí, tía Eleanor —respondí, tragándome el orgullo, la dignidad y el dolor. Mis dedos se clavaron en las palmas de mis manos. Ella me aborrecía con cada fibra de su ser, y yo solo podía aguantar, esperando el día en que fuera lo suficientemente independiente como para huir de ese infierno.

—Ahora quítate de mi vista. Limpia el desastre de tu cuarto antes de irte a ese pasquín de mala muerte donde trabajas. No quiero ver tu cara de estúpida en toda la mañana.

Sin decir una palabra más, Eleanor me dio la espalda y regresó a la cocina, tarareando una melodía alegre como si no hubiera acabado de destrozar los pocos fragmentos de estabilidad emocional que me quedaban.

Subí las escaleras corriendo, arrastrando los pies por el peso de la humillación. Al entrar a mi habitación, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, dejándome deslizar hasta el suelo. Rompí a llorar de nuevo, esta vez sin poder contener los sollozos. Me tapé la boca con ambas manos para que el sonido no escapara. Duele. Duele tanto vivir fingiendo que todo está bien, duele tanto respirar en un lugar donde te recuerdan a diario que no vales nada, que tu existencia es un error y que nadie te quiere de verdad.

“Estás sola, Maeve”, me repetía a mí misma entre lágrimas. “Nadie va a venir a salvarte”.

Me quedé allí, en el suelo frío, durante varios minutos, permitiendo que la tormenta interna se desatara hasta que mis ojos ardieron y mi garganta se sintió seca. Pero el tiempo no se detenía, y la dueña de la floristería, la señora Abernathy, era una mujer estricta que no toleraba los retrasos. Tenía que moverme. Tenía que ponerme mi armadura y salir al mundo.

Me levanté con torpeza y me acerqué al espejo desgastado que colgaba en la pared. Mi reflejo me devolvió la imagen de una chica rota: pequeña, de contextura delgada, con el cabello rubio alborotado y enredado, y unos ojos azules que usualmente eran brillantes, pero que ahora estaban inyectados en sangre y rodeados de sombras oscuras. Era hermosa, o al menos eso decían algunas personas, pero yo solo veía a una niña asustada que intentaba no ahogarse en un océano de desprecio.

Me lavé la cara con agua helada en el pequeño lavabo del pasillo, asegurándome de que Eleanor no anduviera cerca. Al regresar a mi cuarto, busqué mi ropa para el día. Elegí algo sencillo, que me permitiera pasar desapercibida, como siempre: un suéter de punto grueso de color gris, una falda oscura que me llegaba por debajo de las rodillas y mis botas de cuero desgastadas que habían soportado ya dos inviernos londinenses. Me cepillé el cabello rubio, dejándolo caer en ondas suaves sobre mis hombros, y me coloqué un abrigo largo que me cubría casi por completo.

Caminé hacia la mesa de noche y tomé mis libros de literatura. Los sostuve contra mi pecho, sintiendo el peso familiar y reconfortante de sus portadas. Llevaba mis libros a todas partes. A la universidad, al trabajo, en el autobús, al parque. Eran mi escudo contra la realidad, mi boleto de escape hacia mundos donde el dolor siempre tenía un propósito y donde el sufrimiento de los protagonistas terminaba en una recompensa hermosa.

Mientras guardaba los libros en mi mochila de lona junto a mis cuadernos de apuntes, una chispa de esperanza, pequeña pero persistente, se encendió en mi pecho. A pesar de los abusos de mi tía, a pesar de las lágrimas de cada mañana, yo no quería renunciar a mis sueños. Tenía veinte años y, en el fondo de mi alma marchita, albergaba el deseo profundo y desesperado de vivir un romance como los que leía en mis novelas favoritas.

Anhelaba un amor que fuera un refugio, no una prisión. Quería encontrar a alguien que me mirara y viera valor en mí, alguien que me protegiera del frío del mundo y cuyas manos me sostuvieran con delicadeza en lugar de empujarme hacia el abismo. Soñaba con casarme algún día, con caminar hacia un altar vestida de blanco, dejando atrás todo el dolor de mi juventud. Quería tener una familia numerosa; una casa llena de risas de niños, de desorden feliz, de cantos en la cocina y de abrazos sinceros. Quería darles a mis futuros hijos todo el amor que a mí me habían arrancado a los siete años. Quería, con todas las fuerzas de mi ser, ser feliz.

Pero la realidad regresó a golpearme con fuerza cuando pensé en Dylan.

Dylan era mi novio desde hacía casi un año. Al principio, había parecido la respuesta a mis plegarias: atento, caballeroso y dispuesto a escucharme. Pero con el paso de los meses, su verdadera naturaleza comenzó a filtrarse a través de las grietas de su máscara. Dylan se había vuelto controlador, un hombre celoso que cuestionaba cada una de mis interacciones en la universidad y que odiaba ver de reojo mis libros de literatura, argumentando que me llenaban la cabeza de “estupideces románticas que no existen”.

Últimamente, Dylan vivía furioso. Su genio era un volcán a punto de erupcionar en cada cita, y la razón principal era una barrera que yo no estaba dispuesta a derribar: yo era virgen. Guardaba mi inocencia no por un mandato religioso estricto, sino porque sentía que mi cuerpo era lo único que realmente me pertenecía, lo único que nadie en esa casa ni en el mundo había podido tocar o corromper. Quería que mi primera vez fuera con el hombre que realmente amara, en un entorno de paz y entrega mutua. Pero para Dylan, mi negativa era un insulto a su hombría, un capricho infantil que lo hacía estallar en reclamos hirientes y miradas cargadas de una oscura frustración.

Un suspiro tembloroso escapó de mis labios mientras me colgaba la mochila al hombro. Pasado mañana, el lunes, comenzaba un nuevo año en la universidad. Sería mi tercer año estudiando literatura, y aunque amaba mis clases con pasión, el regreso a las aulas me generaba una profunda ansiedad. Sería otro año donde mi único objetivo sería ser invisible. No quería llamar la atención de nadie. No quería que mis compañeros de clase supieran de mi vida privada, ni de mi tía, ni de mis carencias. Quería sentarme en el fondo del salón, tomar mis apuntes, perderme en las palabras de los grandes autores y regresar a casa sin dejar rastro. Invisible. Esa era la palabra clave para sobrevivir.

Eché un último vistazo a mi habitación, asegurándome de que todo estuviera en orden para evitar otra rabieta de Eleanor. Luego, tomé mis llaves y salí al pasillo. Bajé las escaleras con pasos silenciosos, cuidando de no hacer ruido. Al llegar a la puerta principal, escuché la voz de mi tía desde la sala de estar, hablando por teléfono con una de sus amigas, usando de nuevo ese tono refinado y aristocrático que tanto fingía ante la sociedad.

Salí de la casa sin despedirme y cerré la puerta detrás de mí.

El aire de Londres me golpeó la cara, helado y húmedo, purificando mis pulmones del ambiente tóxico que acababa de dejar atrás. Caminé a paso rápido hacia la estación de metro más cercana. El cielo estaba cubierto por una capa densa de nubes grises, amenazando con una lluvia que no tardaría en caer. Las calles estaban llenas de personas que se apresuraban a llegar a sus destinos: parejas caminando de la mano bajo un mismo paraguas, padres cargando a sus hijos pequeños, ejecutivos con café en mano. Los miré con una mezcla de envidia y melancolía. Todos ellos parecían tener un lugar al cual pertenecer. Yo solo tenía una floristería a la cual acudir para ganar unas cuantas libras y una universidad donde pretendía no existir.

Subí al vagón del metro, que a esa hora de la mañana de un sábado no estaba tan lleno. Me senté en uno de los asientos de plástico gris y, de inmediato, abrí mi mochila para sacar uno de mis libros. Era una edición desgastada deCumbres Borrascosas. Pasé mis dedos por las páginas amarillentas, buscando consuelo en las tragedias de Heathcliff y Catherine, convenciéndome de que, si ellos habían podido sentir una pasión tan devastadora, tal vez el destino tendría guardado algo para mí. Algo que no fuera dolor. Algo que fuera luz.

El trayecto duró veinte minutos. Cuando salí de la estación en el corazón de un pintoresco barrio londinense, las primeras gotas de lluvia comenzaron a salpicar el pavimento. Me subí la capucha del abrigo y apuré el paso hasta llegar aThe Secret Garden, la pequeña floristería donde trabajaba de medio tiempo.

El olor a tierra mojada, rosas, eucalipto y lirios me recibió en cuanto empujé la puerta de cristal, haciendo sonar la pequeña campana de bronce en la entrada. Ese aroma siempre me calmaba; era lo más cercano a la paz que conocía.

—¡Buenos días, Maeve! —saludó la señora Abernathy desde el mostrador, cortando los tallos de unos claveles. Era una mujer de unos sesenta años, de aspecto bonachón y manos expertas en el arte floral—. Llegas justo a tiempo. Tenemos tres pedidos grandes para bodas que debemos preparar antes del mediodía.

—Buenos días, señora Abernathy. Me pongo a trabajar de inmediato —respondí, dejando mi mochila en el pequeño cuarto trasero y amarrándome el delantal verde de lona sobre la falda.

Pasé las siguientes horas inmersa en el trabajo, rodeada de colores y fragancias. Limpiaba las espinas de las rosas rojas, armaba ramos de margaritas y organizaba los escaparates. Mis manos se movían con una agilidad mecánica mientras mi mente seguía divagando. Pensaba en el lunes. En las aulas magnas de la universidad, en los pasillos llenos de estudiantes ruidosos, en los nuevos profesores que se incorporarían este año según los folletos informativos.

A media mañana, el sonido de la campana de la entrada me sacó de mis pensamientos. Al levantar la vista, mi corazón dio un vuelco, pero no de alegría, sino de tensión.

Era Dylan.

Llevaba una chaqueta de cuero negra, los vaqueros oscuros y el cabello perfectamente peinado. Su mandíbula estaba rígida y sus ojos oscuros recorrieron la tienda hasta fijarse en mí. No tenía una expresión amigable. Caminó hacia el rincón donde yo estaba acomodando unos jarrones de cristal con lirios blancos.

—Hola, Dylan —dije, tratando de sonar tranquila mientras dejaba el jarrón sobre el estante—. No esperaba verte hoy por aquí. Pensé que tenías entrenamiento con el equipo de la universidad.

—Se canceló —respondió él, su voz era baja, pero tenía ese tono cortante que siempre precedía a una discusión—. Y como no respondiste mis mensajes de anoche, decidí venir a ver qué estabas haciendo.

—Lo siento, estaba estudiando para...

—Siempre estás estudiando, Maeve —me interrumpió, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una manera que me hizo sentir incómoda—. O estás estudiando, o estás metida en esta maldita tienda por cuatro monedas, o estás perdiendo el tiempo con tus libritos de fantasía. Nunca tienes tiempo para mí. Soy tu novio, por si lo has olvidado.

—No lo he olvidado, Dylan —dije en un susurro, mirando de reojo hacia el mostrador para asegurarme de que la señora Abernathy no estuviera prestando atención—. Pero sabes que necesito este trabajo para pagar mis gastos, y la universidad es mi prioridad. Si no mantengo mis calificaciones, perderé la beca.

Dylan soltó un bufido despectivo y se cruzó de brazos.

—Esa maldita beca. Te la pasas matándote por una universidad que no te va a dar nada. Deberías estar pensando en nuestro futuro, en lo que vamos a hacer cuando termine la carrera. Pero prefieres seguir jugando a la intelectual.

—Es mi futuro, Dylan. Quiero terminar mi carrera de literatura, quiero ser escritora o profesora, quiero...

—Lo que tú quieres son niñerías —me cortó de nuevo, y su mirada se volvió más oscura, más intensa—. Lo que pasa es que usas los estudios como una excusa para alejarte de mí. Para no dar el siguiente paso en nuestra relación. Estoy harto, Maeve. Estoy harto de tus excusas, de tus miedos absurdos y de que me trates como si fuera un monstruo solo porque quiero estar contigo de verdad. Todos mis amigos se acuestan con sus novias. ¿Por qué eres la única puritana que se niega?

El reproche directo me hizo sonrojar de pura vergüenza y dolor. El tema de mi virginidad siempre surgía como un arma arrojadiza.

—No es una excusa, Dylan —dije, sintiendo que las lágrimas que había secado en mi habitación amenazaban con regresar—. Ya hemos hablado de esto. No me siento lista. Quiero que las cosas se den de forma natural, sin presiones...

—¿Sin presiones? ¡Llevamos casi un año, Maeve! —su voz se elevó un poco más de lo debido, y vi cómo la señora Abernathy levantaba la cabeza desde el mostrador, mirándonos con preocupación—. No soy de piedra. Me cansa tu actitud de niña santa. A veces pienso que no me quieres, que solo me estás utilizando.

—Eso no es verdad —susurré, con el corazón encogido. Lo quería, o al menos, quería la idea de lo que él representaba: una salida de mi casa, una oportunidad de tener a alguien que me amara. Pero su ira constante y su necesidad de controlarme me hacían dudar cada día más.

—Como sea —dijo él, dando un paso atrás y pasando una mano frustrada por su cabello—. El lunes empieza el nuevo ciclo. Espero que este año dejes de esconderte detrás de tus libros y empieces a comportarte como una mujer de verdad. Te veré el lunes en el campus, y más te vale que tengas una mejor actitud. No voy a seguir aguantando tus desplantes por mucho tiempo, Maeve.

Sin esperar una respuesta, Dylan se dio la vuelta y salió de la floristería, haciendo que la campana de bronce sonara con fuerza, un sonido estridente que se clavó en mis oídos.

Me quedé estática en mi lugar, con las manos temblando sobre el estante de madera. La señora Abernathy se acercó lentamente a mí, con una mirada maternal llena de compasión.

—¿Estás bien, mi niña? —preguntó suavemente, poniendo una mano cálida sobre mi hombro.

—Sí, señora Abernathy. Solo... tuvimos una pequeña diferencia. No es nada —mentí, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos.

—Ese muchacho tiene un temperamento muy difícil, Maeve. No dejes que nadie apague tu luz, ¿de acuerdo? Eres una joven brillante, y te mereces a alguien que te trate como la joya que eres, no como alguien a quien moldear a su antojo.

—Gracias, señora Abernathy —dije, conmovida por sus palabras, aunque sentía que ese “alguien” del que ella hablaba no era más que un mito literario, un personaje de ficción que jamás cruzaría la línea hacia el mundo real.

El resto de mi jornada laboral transcurrió en una especie de neblina emocional. El dolor de los insultos de mi tía Eleanor por la mañana, sumado a la frustración y la rabia contenida de Dylan, me dejaron exhausta, vacía por dentro. Cuando mi turno terminó a las cuatro de la tarde, me quité el delantal, recogí mi mochila y me despedí de la señora Abernathy.

Afuera, la lluvia londinense caía ahora con una fuerza constante, transformando las calles en espejos oscuros que reflejaban las luces de los autos y los escaparates. Caminé de regreso al metro, sintiendo el agua fría salpicar mis botas. Al subir al tren, volví a buscar refugio en mi mochila, pero esta vez no saqué el libro de ficción. Saqué el temario del nuevo año universitario que había impreso unos días antes.

Mis ojos recorrieron las asignaturas. “Literatura Inglesa del Siglo XIX”, “Análisis Crítico de la Narrativa Contemporánea”, “Poesía Romántica Avanzada”... Y al final de la página, el nombre del profesor asignado para la cátedra principal de mi año:Profesor Aaron Spencer.

No conocía ese nombre. Debía ser uno de los nuevos académicos de los que se había rumoreado en el departamento, alguien que venía con altas credenciales a pesar de su relativa juventud. Suspiré, doblando el papel y guardándolo de nuevo. No importaba quién fuera el profesor. Fuera quien fuera, yo seguiría con mi plan. Llegaría temprano, me sentaría en la última fila, entregaría mis trabajos a tiempo, obtendría mis calificaciones perfectas y mantendría mi invisibilidad a toda costa.

Cuando regresé a la casa de mis tíos, la noche ya había caído sobre Londres. La fachada de la casa se veía sombría bajo la luz parpadeante del farol de la calle. Entré con cuidado, usando mi llave sin hacer ruido. Para mi alivio, la casa estaba en silencio. Las luces de la sala estaban apagadas, lo que significaba que Eleanor probablemente estaba en su habitación viendo la televisión o durmiendo, y el tío Nathan aún no regresaba de su largo turno en el taller del norte.

Subí los escalones uno a uno, conteniendo la respiración, hasta llegar a la seguridad de mi cuarto. Cerré la puerta con llave, soltando finalmente el aire que parecía haber estado reteniendo durante horas. Dejé mi mochila en el suelo y me desplomé sobre la cama, mirando el techo oscuro.

El lunes cambiaría mi rutina. Empezaría un nuevo año, una nueva oportunidad para acercarme un paso más a mi meta de graduarme y salir de aquí. Pero la angustia en mi pecho no disminuía. Sentía que caminaba por la cuerda floja, con mi tía Eleanor tirando de un extremo para hacerme caer, y Dylan tirando del otro para arrastrarme hacia un lugar al que no quería ir.

Cerré los ojos, sintiendo una última lágrima rodar por mi sien hasta perderse en mi cabello.

“Solo sé invisible, Maeve”, me recordé a mí misma en la oscuridad de la habitación. “Un año más. Solo tienes que sobrevivir un año más sin que nadie sepa quién eres, sin que nadie descubra lo rota que estás”.

Con ese último pensamiento, me acurruqué bajo las cobijas manteniéndome unida por la frágil esperanza de que, tal vez, en algún rincón de ese gran campus universitario, el destino tuviera piedad de mí y me permitiera, por fin, empezar a vivir la historia que tanto anhelaba, lejos del maltrato, lejos del dolor, y bajo la protección de un amor que aún no alcanzaba a imaginar.

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