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La Falla

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Sinopsis

Tom nunca quiso cambiar el mundo. Su vida transcurre entre el trabajo, la rutina y los problemas de cualquier joven hasta que una serie de acontecimientos imposibles lo arrastran a un conflicto que trasciende el tiempo. Rodeado de personas mucho más capaces y enfrentado a fuerzas que apenas comprende, Tom tendrá que decidir si permanece al margen o sigue luchando, aun sabiendo que nadie espera que lo haga.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Lunes

El techo del apartamento tenía una mancha de humedad en la esquina derecha.

Thomas Mercer lo sabía porque llevaba nueve minutos mirándola.

No es que no pudiera dormir. Ya había dormido. El problema era que la alarma había sonado a las seis cuarenta y cinco, él la había apagado, y ahora eran las seis cuarenta y seis y no había ninguna razón suficientemente buena para moverse.

Afuera, alguien arrancó un carro. El motor tosió dos veces antes de agarrar. En el piso de arriba, los pasos lentos y pesados de su vecino del cuarto B cruzaron de la habitación al baño, como hacían todos los días a esta hora, con esa regularidad de metrónomo que Tom había aprendido a usar de referencia. Si el vecino ya estaba en el baño, eran las seis con cuarenta y siete, máximo cuarenta y ocho.

Se levantó.

El apartamento era pequeño. No pequeño de forma romántica, como los estudios que salían en las revistas con frases tipo “espacios que inspiran”, sino pequeño de verdad, del tipo donde si extendías los brazos en la cocina casi tocabas las dos paredes al mismo tiempo. Una sola habitación que hacía las veces de sala, comedor y cuarto. Una cocina del tamaño de un clóset. Un baño donde la ducha y el inodoro se disputaban el espacio con una hostilidad silenciosa.

Pero era suyo. Bueno, del arrendador, técnicamente. Pero las llaves las tenía él.

Tom fue directo al baño sin encender ninguna luz. No la necesitaba. Ya se sabía el camino: tres pasos rectos, doblar a la izquierda, evitar la esquina de la mesa donde siempre se golpeaba el mismo dedo. La ducha tardó cuarenta y cinco segundos en calentar, como siempre. Se paró debajo del chorro y se quedó quieto un momento, con los ojos cerrados, dejando que el agua caliente borrara el último rastro del sueño.

No había soñado nada. O si soñó, no lo recordaba.

Eso era lo normal últimamente.


Mientras el café hacía su trabajo en la cafetera vieja que había comprado de segunda mano en el mercado de la calle Holland, Tom abrió la ventana un centímetro. No más. Lo suficiente para escuchar afuera sin dejar entrar el frío de noviembre.

Newark en noviembre era gris de una manera específica. No el gris tranquilo de los días nublados de verano, sino un gris con carácter propio, con peso, que se metía entre los edificios y se quedaba ahí como si tuviera derecho. La calle desde su ventana del tercer piso mostraba siempre lo mismo a esta hora: la ferretería del señor Okafor todavía cerrada, los contenedores de basura que alguien había empujado hasta la mitad de la acera, el letrero de neón del Manny’s Diner al fondo que parpadeaba desde hacía tres semanas porque nadie lo había arreglado.

Tom lo había contado: parpadeaba cada cuatro segundos.

Ese tipo de cosas las notaba sin proponérselo. El ritmo del letrero. El horario del vecino de arriba. La grieta en el pavimento de enfrente que cada semana era un milímetro más ancha. No era algo que hacía a propósito. Solo era la manera en que su cabeza funcionaba: registraba patrones, los guardaba, y luego los comparaba con lo que veía sin que él se lo pidiera.

Su madre una vez le dijo que eso era un regalo.

Tom nunca estuvo muy seguro de eso.

La cafetera pitó. Llenó la taza hasta el borde, la sujetó con las dos manos y se quedó parado en la cocina bebiendo de a sorbos lentos. No había mesa donde sentarse, o más bien sí había una, pero estaba ocupada por el monitor, el teclado, los auriculares y la caja de cables que llevaba un mes sin organizar. Comer y beber de pie era perfectamente funcional. No necesitaba más.

Terminó el café. Enjuagó la taza. La dejó en el escurridor.

Rutina.


La consola estaba encendida desde anoche, en pausa en el menú principal del juego. Tom se sentó en la silla frente al escritorio y le dio un vistazo al reloj: siete y cuatro. Tenía exactamente dieciséis minutos antes de tener que salir si quería llegar a tiempo.

Agarró el control.

El juego era un RPG de mundo abierto que llevaba unas doce horas recorriendo. No por el combate, que era decente pero no extraordinario, sino por los mapas. Tom tenía la costumbre de explorar cada rincón antes de avanzar la historia principal. Subía a los puntos más altos del terreno y desde ahí miraba el mundo del juego extenderse en todas las direcciones, los caminos ramificándose, las ciudades brillando a lo lejos, los patrones de cómo estaba construido todo.

Le gustaba eso. Entender cómo estaba construido algo.

Estuvo exactamente catorce minutos jugando. Luego guardó la partida, apagó el monitor, agarró la mochila del gancho detrás de la puerta y salió.


El pasillo del tercer piso siempre olía a comida recalentada y a un desodorante ambiental demasiado dulce que alguien rociaba en algún momento de la tarde. Las paredes eran de ese beige institucional que existe únicamente en edificios de apartamentos baratos y en hospitales. Bajo el fluorescente del pasillo, todo el mundo tenía cara de estar levantado antes de querer.

Tom bajó las escaleras. En el primer piso, la puerta del apartamento 1-A estaba entreabierta como siempre, y desde adentro llegaba el sonido del noticiero matutino con el volumen demasiado alto. El señor Delgado, setenta y tantos años, que vivía solo desde que su mujer murió el año pasado y compensaba el silencio con la televisión. Tom lo conocía de vista. Nunca habían tenido una conversación larga, pero se saludaban con un gesto cada vez que se cruzaban.

Empujó la puerta del edificio y salió a la calle.

El frío lo golpeó de frente. Se subió el cierre de la chaqueta hasta el cuello y empezó a caminar.

Newark de mañana tenía su propio ritmo: el ruido sordo del tráfico en la avenida principal, las persianas metálicas levantándose en los locales comerciales, los pasos apresurados de gente que tampoco quería estar despierta pero no tenía otra opción. Tom caminaba despacio entre toda esa prisa, con las manos en los bolsillos y la mirada al frente.

A dos cuadras del edificio, en la esquina con la calle Broad, había una mujer vendiendo café en un carrito plateado. Tom se detuvo.

El de siempre —dijo.

La mujer, sin mirarlo, ya estaba alcanzando el vaso más pequeño.

Dos cincuenta, honey.

Tom puso las monedas exactas sobre el mostrador. La mujer las barrió con la mano en un movimiento pulido de tanto repetirlo.

Siguió caminando con el vaso en la mano. El café del carrito no era bueno. Era demasiado fuerte y demasiado amargo, y el vaso de papel siempre cedía un poco por la mitad si lo apretabas. Pero había algo en beberlo caminando, en ese ritual específico de dos cuadras entre el apartamento y la parada del bus, que hacía que el día fuera más fácil de empezar.

O eso se decía Tom a sí mismo.


El bus de la línea 13 llegó tres minutos tarde, lo cual era puntualidad excepcional para sus estándares. Tom subió, pasó la tarjeta y fue directo al asiento del fondo a la derecha, el que siempre estaba vacío porque quedaba justo encima del motor y vibraba un poco más que los demás. A Tom no le molestaba la vibración. Le molestaba la gente.

No de manera activa. No era que les tuviera antipatía. Era más bien que ocupar espacio entre desconocidos requería una energía que a las siete de la mañana no tenía disponible.

Se puso los auriculares. Ninguna música, solo el cancelamiento de ruido. Miró por la ventana.

El bus atravesó el barrio despacio, parada a parada. Tom conocía la ruta de memoria: la farmacia en la esquina de Market, los dos semáforos seguidos que siempre ponían a todo el mundo nervioso, el paso a desnivel donde el bus aceleraba un momento antes de volver a la velocidad de siempre. En la parada de la avenida Central subió una señora con dos bolsas del supermercado y un niño que no quería quedarse quieto. En la siguiente subió un grupo de chicos con uniformes de preparatoria que hablaban todos al mismo tiempo.

Tom los miró un segundo. Apartó la vista.

Diecinueve años y ya se sentía viejo para esas cosas.

Sacó el celular. Abrió los mensajes. El último de su madre era del jueves pasado: un audio de cuarenta segundos que había escuchado tres veces. Le decía que estaba bien, que la rodilla ya no le dolía tanto, que su tía Gloria había ido a visitarla el fin de semana. Nada urgente. Nada que requiriera respuesta inmediata.

Tom escribió: Todo bien por acá. Avísame si necesitas algo.

Lo leyó dos veces.

Lo borró.

Lo volvió a escribir exactamente igual y esta vez lo envió antes de pensarlo más.

El teléfono no vibró con respuesta. No era raro. Su madre respondía cuando podía, que no siempre era rápido. Tom guardó el celular y volvió a mirar por la ventana.


La tienda se llamaba QuickStop y estaba en la avenida Ferry, entre una lavandería y un local que llevaba seis meses vacío con un letrero de Se Renta que nadie llamaba. Era una de esas tiendas de conveniencia que existían principalmente para vender café malo, cigarrillos y snacks a gente que no tenía tiempo o ganas de ir a un supermercado de verdad.

Tom había empezado a trabajar ahí tres meses y medio antes, después de cuatro semanas mandando currículums a cualquier lugar que aceptara a alguien con solo bachillerato y sin experiencia relevante. El gerente, Mr. Callahan, era un hombre de unos cincuenta años que hablaba poco y esperaba que los demás hicieran lo mismo. La primera semana Tom pensó que lo odiaba. Con el tiempo entendió que así era con todo el mundo.

El trabajo no era complicado. Acomodar estantes, atender la caja, limpiar cuando había que limpiar, cerrar cuando había que cerrar. Repetitivo. Funcional. Pagaba lo suficiente para el apartamento, el bus, la comida y poco más.

Tom abrió la puerta trasera con su llave, dejó la mochila en el casillero pequeño del cuarto de empleados y se puso el chaleco verde con el logo de la tienda.

Se miró en el espejo de bolsillo que tenía pegado en la puerta del casillero.

Tenía cara de haber dormido lo suficiente pero no lo necesario. Los ojos levemente caídos, el cabello café oscuro todavía algo húmedo de la ducha. Nada que un poco de agua fría no pudiera fingir arreglar.

Salió al piso de la tienda.

Los fluorescentes zumbaban suavemente. Los estantes estaban en orden. El refrigerador del fondo hacía el ruido constante y sordo que hacía siempre. Afuera, a través del ventanal de vidrio, la avenida Ferry comenzaba lentamente a despertar.

Tom se paró detrás de la caja registradora, apoyó los antebrazos en el mostrador y se quedó mirando la puerta.

Siete y treinta y uno de la mañana.

Lunes.

El día empezaba, como todos los días, exactamente igual que el anterior.

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