꧁𝘾𝙖𝙥í𝙩𝙪𝙡𝙤 1꧂
El verano por fin había llegado y, con su advenimiento, se inauguraba aquella entrañable temporada en que familias y amigos se desprendían de la rutina para emprender viaje hacia destinos idílicos. Eran días propicios para el descanso, concebidos enteramente para guarecerse del rigor de las jornadas calurosas y entregarse al goce de la mutua compañía.
Como era de esperarse, las playas se transformaban en el epicentro de la temporada, hormigueando bajo la marea humana de una multitud desbordante. Para la mayoría de los trabajadores del sector turístico, este vuelco estacional convertía sus oficios en una labor ardua y, por momentos, tediosa; para otros, en cambio, la abrumadora afluencia no alteraba el pulso cotidiano: el verano no era más que otro día ordinario en el calendario.
Harry pertenecía a este último grupo. Su volumen de trabajo se mantenía en los márgenes de la normalidad, inmune a las oscilaciones y al frenesí de la enorme cantidad de huéspedes que abarrotaban las instalaciones del complejo residencial, ansiosos por aplacar el calor estival bebiendo refrescos al borde de las piscinas, nadando en el océano o participando en las innumerables actividades recreativas del hotel.
Reconocido unánimemente como uno de los mejores cirujanos veterinarios de la región, Harry cargaba sobre sus hombros una responsabilidad muy singular: velar por la salud y el bienestar de los animales marinos que habitaban el acuario del prestigioso complejo y protagonizaban los espectáculos didácticos. Aquel oficio era su auténtica vocación; sentía un afecto profundo y genuino por cada criatura acuática bajo su cuidado, tratándolas siempre con una devoción casi paternal.
Justo en ese momento, el veterinario se encontraba inclinado sobre la mesa de auscultación, atendiendo aun delfín que había sufrido una dolorosa fractura en una de sus aletas. Con movimientos meticulosos y una paciencia infinita, Harrison concluyó el vendaje de la extremidad, asegurándose de no infligir el más mínimo doloral sensible cetáceo.
—Ya quedó listo —murmuró Harry con voz suave, dándole una caricia tranquilizadora sobre el espiráculo—Ahora trata de descansar esa aleta, amigo. Muy pronto estarás como nuevo, ya lo verás.
A su lado, su asistente asintió con un gesto comprensivo antes de intervenir en la conversación.
—Lo llevaré de inmediato al centro de rehabilitación —comentó con tono profesional—Me encargaré de notificar a los jefes que no podrá participar en las funciones por un buen tiempo.
—Te lo agradezco —respondió Harry, dedicándole una sonrisa cansada—Y, por favor, no olvides traerlo de vuelta la próxima semana para su chequeo periódico.
El asistente afirmó con la cabeza en silencio y, procediendo con extremo cuidado, comenzó a empujar la camilla donde el espécimen descansaba rumbo a los estanques terapéuticos. Al quedarse solo en el ala médica, el veterinario dejó escapar un largo suspiro de alivio.
—Bueno, mi trabajo aquí está hecho por ahora —se dijo a sí mismo en voz alta.
Se despojó de los finos guantes quirúrgicos de látex, arrojándolos al contenedor de residuos biológicos, y giró el rostro hacia el gran reloj analógico que pendía de la pulcra pared blanca. Las manecillas marcaban exactamente las doce en punto del mediodía.
—Vaya, ya es hora de mi almuerzo. Veamos qué exquisiteces habrán preparado hoy en el menú.
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En la terraza del restaurante principal, el ambiente bullía con el murmullo de los comensales. Sin embargo, en una de las mesas dispuestas para el personal, la atmósfera era considerablemente más sombría.
—Te lo digo en serio, Hermione, estoy absolutamente exhausto —se lamentó Ron, dejándose caer con pesadez sobre el respaldo de su silla—Ojalá el verano no existiera. Si por mí fuera, viviríamos en un invierno perpetuo; así nos ahorraríamos esta insoportable marea de turistas que vienen a invadir el restaurante.
—Deja de quejarte de una buena vez, Ron —replicó Hermione, sin levantar la vista del libro que sostenía entre las manos—Intenta mirar el lado positivo de las cosas: al menos la paga de esta temporada es excelente.
—¡Esto no es trabajo, es explotación laboral pura y dura! —protestó el pelirrojo, cruzándose de brazos con un mohín de indignación.
Hermione chasqueó la lengua, emitiendo un sonido de franca desaprobación, y rodó los ojos con fastidio. Al desviar la mirada para ignorar los exagerados lamentos de su amigo, distinguió a lo lejos la silueta familiar de Harry, quien avanzaba a paso tranquilo hacia la mesa que compartían.
—¡Harry, por aquí! —exclamó ella, modulando su tono—Espero que vengas con un apetito voraz, porque me he enterado de que el chef de hoy, que está aquí sentado con nosotros, se ha superado por completo.
—Pues qué alivio, porque ahora sí podemos decir oficialmente que estamos en la hora feliz —comentó Harry al llegar, tomando asiento junto a ellos con un gesto de alivio—Aunque les confieso que comer comida marina todos los días ya está empezando a pasarme factura. Siento que es una contradicción moral; no puedo sentarme a devorar las mismas especies que he prometido cuidar por la mañana.
—¿En serio sacrificas tus sagradas horas de comida por no comer animales marinos? —intervino Ron, mirándolo con una mezcla de escepticismo y burla—Amigo, si sigues con esos escrúpulos, vas aterminar tú también postrado en una camilla de hospital por desnutrición.
—No le hagas el menor caso, Harry, está insoportable por el cansancio —lo defendió Hermione, dedicándole una mirada fulminante al pelirrojo—Ron preparó un buffet muy variado hoy, así que tendrás muchísimas opciones para elegir sin necesidad de comerte a tus amigos acuáticos.
Apenas Harry terminaba de acomodarse en la mesa, un camarero del complejo se aproximó cordialmente a ellos, desplegando los elegantes menús impresos sobre el mantel para que pudiesen realizar sus órdenes.
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Lejos de allí, más allá de la dorada línea costera donde rompían las olas y sumergiéndose en las insondables y misteriosas profundidades del océano, se erigía un reino majestuoso. En el corazón de aquel abismo marino se alzaba un imponente castillo de coral y nácar, la sede del poder absoluto desde donde gobernaban, con sabiduría y benevolencia, el rey y la reina de las sirenas, soberanos indiscutibles del legendario Reino de Coralia.
La pareja real tenía un único vástago y legítimo príncipe heredero al trono: Draco. Desde antes de su nacimiento, el joven príncipe cargaba con el peso de un compromiso nupcial concertado con la princesa Astoria, perteneciente al vecino y próspero reino de Vallesílice. Aquella alianza política había sido diseñada minuciosamente por ambas coronas con la firme ilusión de unificar los dos vastos dominios bajo un solo estandarte y asegurar, andando el tiempo, el nacimiento de un heredero universal.
Sin embargo, Draco anhelaba una existencia muy distinta, una libertad que sus padres, aferrados a las tradiciones dinásticas, que le negaban categóricamente. Por esta razón, burlando la estricta vigilancia de la guardia real y a espaldas de sus progenitores, el príncipe escapaba diariamente hacia la superficie, ansioso por exprimir los últimos destellos de su soltería antes de quedar encadenado a un matrimonio eterno.
Las sirenas poseían un don milenario y extraordinario: la facultad de transformar su aleta caudal en un par de piernas humanas al abandonar el medio acuático. Esta metamorfosis era posible gracias a las virtudes de un collar mágico dotado de una gema mística que recibían por derecho de cuna al nacer. Gracias a este talismán, al príncipe Draco le resultaba sumamente sencillo desprenderse de su naturaleza marina durante las horas del día para mezclarse entre los humanos, regresando al amparo del océano únicamente al caer la noche.
En esos momentos, Draco se encontraba instalado en la barra de un concurrido bar playero a pie de playa. Vestía de manera informal pero sofisticada: unas gafas oscuras ocultaban su mirada, una playera blanca de lino ligeramente desabotonada revelaba la parte superior de su torso, y llevaba unos pantalones de algodón fresco en un elegante tono crema. Sostenía entre sus dedos una piña colada bien cargada de alcohol, disfrutando de la frescura del trago.
Desde una mesa cercana, Blaise distinguió la imperturbable silueta de su amigo y se encaminó hacia él con cautela. No le sorprendió en absoluto encontrarlo allí; Draco repetía exactamente el mismo ritual, bebiendo la misma bebida a la misma hora exacta todos los días, como si se tratase de un hábito inquebrantable.
—Amigo, ¿es que nunca te cansas de tomar siempre lo mismo? —preguntó Blaise, apoyándose en la barra con una sonrisa de complicidad.
—No puedo evitarlo —confesó Draco, bajando levemente el vaso—Fue lo primero que probé cuando puse un pie en el mundo humano. Cada vez que le doy un sorbo, me sabe a libertad.
—Tu libertad... —suspiró Blaise, ensombreciendo un poco el semblante—Esa que, si los cálculos no me fallan, solo durará unos pocos meses más antes de que te arrastren al altar.
Draco dejó escapar un hondo suspiro de amargura. Se deslizó las gafas oscuras por el puente de la nariz y clavó en su acompañante una mirada cargada de franca irritación.
—¿Viniste hasta aquí solo para hacerme compañía o tu verdadero propósito era arruinarme el día arrojándome la realidad a la cara?
—Bueno, de hecho puedo hacer ambas cosas a la vez —replicó Blaise, sereno—Sabes perfectamente que tarde o temprano deberás regresar a las profundidades y asumir tu responsabilidad histórica como nuestro futuro monarca.
—Se supone que eres mi amigo, Blaise. Deberías brindarme tu apoyo moral en lugar de recordarme a cada instante el horrible y gris futuro que me aguarda.
—Y lo soy, Draco, soy tu amigo más leal —afirmó Blaise con solemnidad—Pero también soy tu futuro súbdito. Y a estos niveles de la política, es mi deber recordarte que debes velar por el porvenir de tu pueblo y de todos los seres que habitamos el reino.
Draco chasqueó la lengua con fastidio, rehusando continuar la discusión. Dándose la vuelta, ignoró deliberadamente las palabras de su consejero y se concentró en dar un largo trago a su piña colada, tratando de ahogar sus preocupaciones en el dulzor del coco.
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Mientras la tarde se desvanecía, Harry cruzó el umbral del centro de entretenimiento y adiestramiento de animales acuáticos, el complejo destinado a la preparación de los grandes espectáculos públicos. Aquello formaba parte de su estricta rutina diaria: una revisión médica rigurosa a cada ejemplar antes de que las luces se encendieran y el público abarrotara las graderías.
—A ver, ¿quién de ustedes está listo para su chequeo semanal? —anunció con entusiasmo al entrar a la zona de estanques.
Al escuchar su voz, los animales rompieron a emitir un coro de silbidos, chasquidos y sonidos de indiscutible regocijo, agolpándose contra los bordes de los tanques en un claro gesto de bienvenida. El joven veterinario de cabellera castaña no pudo evitar reír ante la efusiva reacción de sus pacientes, agachándose para acariciar las húmedas cabezas que se alzaban hacia él.
—Muy bien, muchachos, tranquilos. Uno a la vez, por favor, les prometo que todos serán atendidos —les pidió, tratando de imponer un orden amigable.
Desde el pasillo lateral, el entrenador principal del hotel se acercó a Harry con el rostro demudado por el cansancio.
—Le agradezco enormemente que haya venido, doctor Harry —dijo el hombre, pasándose una mano por la frente—Últimamente estas criaturas se han estado portando de una manera terriblemente desobediente conmigo. No hay forma de que ejecuten la coreografía tal y como la practicamos durante horas. Pero es una cosa rarísima: en cuanto usted entra por esa puerta, cambian de personalidad por completo y acatan cualquier indicación que les dé.
—Vaya, ¿en serio? —respondió Harry, alzando las cejas con genuina sorpresa—Quién lo diría... Me parece que mis amigos se han vuelto unos mimados consentidos.
Como si hubiesen comprendido perfectamente el reproche, varios de los peces de gran tamaño, los delfines y las focas se sumergieron levemente o se cubrieron el rostro con las aletas, simulando una divertida vergüenza, mientras Harry negaba con la cabeza sin poder ocultar una amplia sonrisa de afecto.
—Bueno, se los dejo en sus manos —concluyó el entrenador, dando media vuelta—Regreso en un par de minutos para ver cómo avanza todo.
—Perfecto, entonces nos quedaremos nosotros solos esta vez —comentó Harry, volviéndose hacia los estanques.
Los animales reaccionaron de inmediato con gestos de felicidad y piruetas en el agua, mientras el entrenador se alejaba por el pasillo con los hombros caídos y una expresión de cómica derrota, murmurando entre dientes que aquellas criaturas definitivamente debían de tenerle algún tipo de resentimiento personal.
—Bien —dijo el castaño, entrelazando las manos—¿Quién quiere ser el primero en pasar?
Como impulsados por un resorte, todos los animales presentes alzaron simultáneamente sus aletas en el aire, provocando que Harry rompiera en una sonora carcajada ante la ocurrencia de su auditorio.
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La noche cayó finalmente sobre el litoral, cubriendo el paisaje con un manto de terciopelo oscuro. Los clubes nocturnos y los concurridos locales de ocio comenzaron a llenarse de clientes ansiosos de diversión; parejas de enamorados paseaban con calma bajo la plateada luz de la luna llena y numerosas familias se congregaban en las terrazas de los restaurantes para cenar juntas, reunidas alrededor de mesas tenuemente iluminadas por el titileo de las velas. Ajenos al bullicio general, los amigos de Harry se encontraban reunidos en el bar del hotel, inmersos en una acalorada conversación en torno a los preparativos de la gran gala que se estaba organizando con motivo del noventa aniversario de la fundación del complejo hotelero.
En ese instante, Harry se incorporó al grupo, deslizándose en el asiento libre con un cóctel recién servido en la mano.
—¿De qué discuten con tanto entusiasmo ahora? —preguntó, dándole un sorbo a su bebida.
—Estamos hablando del baile por el aniversario del hotel —respondió Hermione de inmediato, con los ojos brillándole de entusiasmo—los rumores dicen que este año la organización será muchísimo más extravagante y lujosa que en todas las ediciones anteriores.
—Incluso me han dicho que van a traer un buffet monumental que no tendré que organizar yo—añadió Ron, frotándose las manos con evidente anticipación—Por fin ofrecerán algo de variedad, una alternativa real para los que estamos hartos de comer comida marina día a día.
—¿Ah, de verdad? —comentó Harry, gratamente sorprendido—Vaya, parece que los jefes sí que se van a lucir a lo grande este año. ¿Y para cuándo dicen que está programado el evento?
—A finales de este mismo mes —contestó Hermione, adoptando de pronto un tono de honda preocupación—lo que significa que debemos darnos prisa y salir a buscar algo elegante que ponernos antes de que las tiendas locales agoten todas las existencias.
—Pero si todavía falta un mundo para eso —protestó Ron, restándole importancia con un ademán—Por ahora, ¿no podríamos concentrarnos en lo verdaderamente importante y decidir qué demonios vamos a pedir para cenar esta noche?
Hermione se volvió hacia él, fulminándolo con la mirada.
—¿Es que acaso solo trabajas en este lugar por la comida, Ron? Si no nos movemos ahora mismo para buscar vestuario, nos quedaremos sin opciones. ¿O es que pretendes presentarte en un evento de etiqueta vistiendo tu uniforme de trabajo?
—Primero que nada —repuso el pelirrojo, irguiéndose con orgullo—no trabajo aquí únicamente por la comida. Aunque es innegable que una de las grandes ventajas de este empleo es que, mientras preste mis servicios aquí como chef, todo me sale absolutamente gratis: incluyendo la comida de primera en mis descansos y el hospedaje en las villas.
—De verdad que no comprendes la gravedad del asunto —insistió Hermione, dejando escapar un suspiro de profunda frustración—Si no buscamos trajes adecuados, no tendremos más remedio que asistir a una gala de etiqueta luciendo los uniformes diarios del hotel. Somos, nos guste o no, la imagen pública de este lugar; no podemos permitirnos aparecer en esas condiciones.
—¿Y se puede saber qué tiene de malo ir con el uniforme? —refunfuñó Ron, encogiéndose de hombros.
Hermione se limitó a masajearse las sienes, completamente exasperada. Harry, divertido por la sempiterna dinámica de sus amigos, apuró el último trago de su cóctel y se puso en pie con suavidad.
—Bueno, chicos, yo me retiro por un momento —anunció el veterinario—Iré a dar un paseo por la playa para despejarme; espero encontrarlos a ambos enteros y sin haber cornado cuando regrese.
—Adiós, Harry —respondieron ambos al unísono, interrumpiendo brevemente su disputa para despedirse de él con la mano.
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Harry caminaba con parsimonia sobre la arena húmeda de la orilla, disfrutando de la agradable frescura nocturna. Una suave brisa marina mecía sus desordenados mechones castaños, mientras el único sonido que rompía el silencio de la noche era el rítmico y relajante golpeteo de las olas al romper contra la costa. La paz del lugar era absoluta.
Sin embargo, al desviar la mirada hacia la estructura del muelle privado del hotel, distinguyó a lo lejos dos siluetas humanas recortadas contra el horizonte lunar. Se encontraban de pie justo en el borde del muelle, en una actitud tensa, a punto de lanzarse al mar abierto.
Presintiendo un peligro inminente, Harry aceleró el paso y ahuecó las manos alrededor de la boca para proyectar su voz.
—¡Disculpen! —gritó con urgencia—. ¡No pueden nadar a estas horas de la noche, es sumamente peligroso por las corrientes!
Las dos siluetas parecieron ignorar por completo la advertencia. Sin vacilar un solo instante, se arrojaron conjuntamente al vacío, rompiendo la superficie del agua en un sonoro chapuzón. Alarmado ante la posibilidad de un accidente, Harry emprendió una veloz carrera a lo largo de la playa, impulsado por la imperiosa necesidad de cerciorarse de que no les hubiese ocurrido nada grave.
Al alcanzar la punta del muelle, el castaño se apoyó en la barandilla de madera y se agachó todo lo posible, escudriñando las oscuras aguas en busca de los dos nadadores. Para su sorpresa, el mar se mostraba extrañamente plácido, liso como un espejo y sin el menor rastro o estela de alguien nadando en la superficie o intentando emerger.
Permaneció unos instantes en un absoluto silencio, tratando de aguzar el oído, hasta que el leve sonido de un chapoteo distante llamó su atención. Al elevar la mirada hacia el horizonte iluminado por la luna, Harry alcanzó a divisar una aleta que se movía con gracia en la lejanía antes de sumergirse con suavidad en las profundidades.
Aquella extremidad caudal era de una finura y elegancia extraordinarias, demasiado estilizada y perfecta para pertenecer a cualquier animal marino conocido por la ciencia. Desconcertado, el veterinario se frotó los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, tratando de limpiar su visión, pero la línea del horizonte se encontraba completamente desierta. Ya no había nadie allí.
Profundamente confundido y con el corazón latiéndole a un ritmo acelerado, Harry se enderezó lentamente. Emprendió el camino de regreso hacia las luces del hotel, caminando a paso lento por el muelle y girando la cabeza de vez en cuando hacia el océano inmenso, albergando la secreta e irracional esperanza de que aquella misteriosa criatura volviera a irrumpir en la superficie. Pero el mar guardó celosamente su secreto y no apareció nada más.