Personalizar legibilidad
Aa

The Pulse: Los nombres perdidos

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Arion Mareth, un joven cronista de Valdoria, siempre creyó que su propósito era preservar la historia. Pero cuando una investigación prohibida que cuestiona los fundamentos de la sociedad aparece repentinamente en las calles, su nombre es señalado como el autor. Acusado de traición y perseguido por los Vigías del Consejo, Arion se ve obligado a huir de todo lo que conoce.

Genero:
Fantasy/Mystery
Autor/a:
Dante
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Las Campanas

Las carcajadas rompieron el silencio de la madrugada de un solo golpe. No eran risas discretas: eran carcajadas auténticas, fuertes, casi infantiles, tan fuera de lugar en la quietud de la noche que por un momento pensé que seguía soñando. Me quedé inmóvil sobre la cama, con la mirada perdida en las sombras que el resplandor lejano de las raíces bioluminiscentes dibujaba en el techo, mientras aquellas risas volvían a cruzar el pasillo, nítidas, inconfundibles. Venían del cuarto de mi padre. Suspiré, y el suspiro se mezcló con el crujido lento de la madera viva que sostenía la casa, ese latido constante al que llevaba toda la vida acostumbrado. Solo había una persona en Skyroot capaz de encontrar algo tan divertido a esas horas como para olvidar que existían los vecinos.

Me incorporé arrastrando las mantas y crucé el pasillo descalzo, sintiendo bajo los pies la madera pulida por años de pisadas. La puerta del estudio estaba entreabierta, dejando escapar un resplandor cálido y ambarino (luz de savia estabilizada, la que mi padre prefería para trabajar de noche), que contrastaba con la oscuridad del resto de la casa. Encontré exactamente lo que esperaba: hojas con anotaciones dispersas sobre el escritorio, libros apilados en torres precarias, y a mi padre en medio de aquel caos ordenado, completamente absorto. Llevaba el cabello desordenado de tanto pasarse las manos por él, los ojos hundidos de cansancio acumulado, y aun así una sonrisa tan amplia que resultaba casi extraña en alguien como él.

—¿Qué haces despierto? —pregunté desde el marco de la puerta.

La pregunta era absurda. La respuesta estaba frente a mí, esparcida en forma de tinta y papel.

Mi padre levantó la vista con un segundo de retraso, como si acabara de recordar que el mundo seguía existiendo fuera de sus investigaciones.

—Encontré un error —dijo, con una satisfacción casi palpable en la voz.

—¿Y eso es motivo para despertar a toda la zona?

Su sonrisa se ensanchó.

—Después de tres semanas buscando dónde estaba escondido, sí.

Negué con la cabeza y miré el escritorio: fórmulas, diagramas, símbolos que apenas comprendía, trazados con su letra apresurada. Otros padres llegaban a casa hablando de trabajo; el mío vivía permanentemente dentro de él, como si su despacho fuera una extensión de su propio cuerpo. Parecía sentirse más cómodo entre documentos que entre personas.

—Deberías dormir —insistí.

—Y tú deberías preocuparte menos por los adultos. Mañana le muestro esto a Nehr.

—En teoría, mañana ya es hoy.

El comentario le arrancó un gesto de derrota tan teatral que casi me hizo reír.

—No me desanimes más.

Sonreí, brevemente, y volví a mi cuarto. Él ya había regresado a sus notas, atraído de nuevo como por una cuerda invisible. No hubo despedida, ni la necesitábamos: era el silencio de siempre, tan viejo que casi parecía otra forma de compañía.

Cerré la puerta con cuidado y dejé que el resplandor del estudio se redujera a una línea bajo el marco hasta desaparecer del todo. Sobre mi cabeza seguían las estrellas torcidas que mi madre había pintado conmigo, nunca había visto una estrella real, mi madre solía decir que en la antiguedad se podían dislumbrar al mirar algo llamado "cielo". Las estrellas flosforescentes eran un poco ridículas para alguien de mi edad. Nunca había encontrado motivos para borrarlas. Mientras siguieran ahí, una parte de los días simples seguía existiendo en algún lugar.

Desde su muerte la casa no había cambiado de forma evidente, los muebles seguían en su sitio, mi padre seguía trabajando hasta tarde. Y aun así todo sonaba distinto, como si alguien hubiera retirado una capa de aire que antes sostenía las conversaciones. Ella sabía llenar los silencios sin esfuerzo; sin ella, esos silencios se quedaban abiertos entre mi padre y yo, creciendo como grietas que ninguno de los dos sabía cerrar.

Por eso seguía intentando entenderlo. Quería saber qué veía en esos papeles que valiera más que el sueño, más que el tiempo, a veces más que él mismo. Convertirme en cronista no era solo una meta: era la única puerta que conocía hacia ese mundo suyo, tan celosamente guardado.

Quería descubrirlo todo en este mundo de la forma más avarciosa posible, y eso incluía entenderlo a él.

Finalmente me quedé dormido pensando en Eira.

La tarde anterior habíamos pasado casi una hora sentados en uno de los puentes exteriores de la academia, las piernas colgando sobre el vacío iluminado por los hongos de las raíces inferiores, discutiendo sobre algo tan insignificante que ya ni recordaba cómo había empezado. Lo único intacto era su voz: la facilidad con la que convertía cualquier conversación en una pelea absurda, la seguridad con la que defendía teorías imposibles solo porque le parecían divertidas.

—Algún día terminarás perdiéndote por seguir cosas raras —le había dicho.

—¿Y cómo se supone que voy a encontrar algo interesante si no sigo cosas raras?

—Los cronistas investigan.

—Exactamente.

—No funciona así.

—Funciona exactamente así.

Sonrió con esa confianza despreocupada que parecía desafiar al mundo entero.

—Cuando me convierta en una Pulsora importante, no olvides que te conocí antes de que fueras famoso.

—¿Y quién dijo que voy a ser famoso?

—Yo.

—Argumento impecable.

—Lo sé.

Todavía podía verla riendo, la cabeza echada hacia atrás, el pelo castaño agitado por el viento que subía desde las profundidades. Como si el futuro fuera una certeza absoluta. Como si nada pudiera tocarla jamás.

Nadie ni nada arrebataría la luz de sus ojos morados, de eso estaba seguro.

Con esa imagen me quedé dormido.

A la mañana siguiente la campana sonó sobre Skyroot como cada amanecer, un tañido grave que recorría raíces, pasarelas y edificios suspendidos. Algo en la vibración me hizo abrir los ojos de golpe. Había llegado tarde. Apenas una fracción, casi nada, pero ahí estaba, como si la ciudad hubiese tartamudeado, como si el corazón que latía bajo Skyroot se hubiese saltado un compás.

Me quedé sentado escuchando el silencio que siguió, distinto al de cualquier otra mañana. Busqué una explicación razonable: el viento, alguna estructura reacomodándose. No encontré ninguna. La sensación se fue tan rápido como había llegado, dejando solo una inquietud difusa, del tipo que no se puede señalar con el dedo pero tampoco se deja ignorar del todo.

Esa inquietud me acompañó todo el camino a la academia, pegada como una sombra que se negaba a estirarse o a desaparecer. Por eso tardé en notar el segundo detalle extraño.

Eira no estaba.

Siempre nos encontrábamos por el camino. Había días en que discutíamos media hora antes de llegar, enzarzados en alguna teoría imposible, y otros en que apenas cruzábamos un saludo. Pero verla era parte de una rutina tan fija que su ausencia se sintió como una grieta en un paisaje conocido. Primero pensé que llegaba tarde. Después empecé a buscarla entre la gente. Terminé desviándome para revisar sus lugares de siempre: el puesto de raíces dulces, el mirador del segundo nivel, el banco junto a la fuente de savia.

No la encontré.

Pregunté a dos estudiantes, a un comerciante que conocía de vista.

Nadie la había visto.

Cuando crucé las puertas de la academia Valdoria, la inquietud ya era difícil de ignorar. No era miedo, ni preocupación exactamente. Era la sensación de que algo había cambiado durante la noche sin que nadie me lo hubiera dicho.

El murmullo habitual llenaba el aula antes de clase: algunos repasaban apuntes con la mirada nerviosa, otros miraban por las ventanas hacia las raíces suspendidas que atravesaban el edificio. Una mañana cualquiera, según la lógica. Pero cada vez que volvía la vista hacia el asiento vacío de la fila central, esa normalidad se debilitaba un poco más, como una grieta que se ensancha con cada golpe de viento.

Eira había faltado. Y Eira jamás faltaba.

No porque fuera especialmente responsable, probablemente era de las personas menos disciplinadas que conocía, sino justo por eso: si hubiera decidido no venir, se habría asegurado de que alguien lo supiera. Una nota absurda en mi pupitre. Un mensaje burlándose de la clase con anticipación. Cualquier cosa menos desaparecer sin dejar rastro.

La puerta se abrió y las conversaciones se apagaron como una marea que se retira. La profesora Selene entró con varios documentos bajo el brazo y caminó al frente sin apurarse, con esa parsimonia suya que imponía orden sin necesidad de alzar la voz. Algo distinto vibraba en ella esa mañana: una tensión apenas perceptible en el modo en que sostenía los papeles contra el pecho, demasiado apretados. Desapareció en cuanto se giró hacia nosotros.

—Antes de comenzar, debo informarles algo.

El silencio terminó de instalarse, denso.

—Esta mañana se confirmó que una estudiante de nuestra generación estableció conexión con el Pulso.

Nadie reaccionó al principio. Después llegaron los murmullos, extendiéndose como chispa sobre hierba seca.

—¿Quién?

—¿Tan pronto?

—Pensé que ocurría después de los veinte.

—¿Será alguien de los cursos superiores?

La profesora levantó una mano y el ruido bajó, aunque no del todo.

—Eira Lumen.

El nombre atravesó el aula como una descarga.

Algunos dejaron escapar exclamaciones de sorpresa. Otros empezaron a comparar rumores que tenían minutos de existencia. Nadie de nuestra generación había logrado una conexión tan temprano.

Me quedé inmóvil. Primero llegó el alivio: estaba bien, no le había pasado nada, simplemente había conectado con el Pulso. Después llegó otra cosa, más difícil de nombrar: una distancia invisible abriéndose entre nosotros, un espacio que el día anterior no existía. Sabía que era una tontería. Eira seguía siendo Eira, la misma que ayer discutía conmigo sobre teorías imposibles, sentada en el mismo puente, con la misma risa. Pero conectar con el Pulso no era algo común. Era el tipo de cosa que divide una vida en un antes y un después.

La profesora esperó a que bajaran las conversaciones.

—Permanecerá bajo observación los próximos días. Los exámenes de afinidad y estabilidad son obligatorios en toda resonancia temprana.

Algunos cruzaron miradas cargadas de significado. Todos conocíamos historias sobre Pulsores, distintas según quién las contara. Para unos eran héroes. Para otros, advertencias. La diferencia solía depender de qué tan cerca hubieras estado de uno.

—Aprovecharemos la ocasión —continuó Selene— para revisar ciertos conceptos sobre el Pulso.

Un coro de suspiros recorrió el aula. La profesora fingió no oírlos, como siempre.

—La mayoría cree que el Pulso es una fuente de energía. Es una definición útil, pero incompleta. El Pulso no es algo que usamos: es el entorno en el que vivimos. Es la razón por la que existen nuestras ciudades. Es la razón por la que la humanidad sobrevivió al colapso de la superficie.

Varias ilustraciones aparecieron en la pantalla de cristal suspendida tras ella, proyectadas con esa luz azulada tan característica de la tecnología académica: raíces gigantescas atravesando estructuras humanas, ciudades construidas alrededor de organismos vivos, mapas incompletos del Laberinto con zonas sombreadas marcando territorio inexplorado.

—¿Entonces el Pulso es una criatura? —preguntó uno de los estudiantes.

—No lo sé, nadie lo sabe.

La respuesta provocó algunas risas de fondo.

—No era una broma —añadió la profesora—. Existen teorías. Algunas sostienen que el Pulso es una estructura biológica planetaria. Otras, que es el resultado de un fenómeno provocado por la propia humanidad. Y existen doctrinas prohibidas que sostienen algo mucho más inquietante.

El aula volvió a callarse. Esa última frase había capturado más atención que toda la explicación anterior.

—¿Cómo qué? —preguntó alguien, ya en voz más baja.

La profesora tardó unos segundos en responder, como si calculara cuánto valía la pena decir. En algún punto del techo, una de las luces de savia parpadeó, apenas un instante, apenas nada, y nadie más pareció notarlo.

—Como que el Pulso es un parásito.

Nadie habló. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, casi tangibles.

Un alumno soltó una risa nerviosa.

—Eso suena a historia para asustar niños.

—Probablemente lo sea —respondió Selene, tranquila—. Pero incluso las historias absurdas suelen nacer de algo.

El comentario encendió nuevas conversaciones. Unos discutían sobre el origen del Pulso; otros insistían en que nada de eso importaba mientras siguiera manteniendo vivas las ciudades.

—Eso es justo lo que diría alguien que nunca ha visto un Rehecho. —intervino una estudiante desde las filas traseras.

El aula volvió a callarse. La palabra tenía un efecto inmediato.

Rehecho.

Incluso pronunciada en voz baja resultaba incómoda, como si decirla en voz alta pudiera atraer su atención.

—Mi tío trabaja en las rutas hacia el Umbral —continuó ella—. Dice que vio uno cuando era joven. Dice que todavía recuerda sus ojos: parecían reemplazados por unos cuernos de raíz.

—Tu tío también dice que una vez habló con una raíz.

—Porque habló con una raíz —se defendió ella, con total seriedad.

Varias personas rieron. La tensión había bajado un poco, aunque seguía ahí, flotando bajo la superficie de las bromas.

Mirando esa discusión recordé algo que se nos suele olvidar: todos compartíamos el mismo mundo, pero cada uno parecía vivir en una versión distinta de él. Para algunos el Pulso era una bendición. Para otros, una amenaza. Algunos lo estudiaban. Otros lo veneraban. Otros le temían sin atreverse a nombrarlo demasiado alto. Y aun así nadie parecía entenderlo de verdad.

¿Cómo verían a Eira a partir de ahora?

Recorrí el aula con la mirada y me detuve en un chico albino de cabello corto, lentes y ojos profundamente oscuros, sentado algunas filas más adelante, cerca de la ventana.

Cassian.

Mantenía la espalda recta, la atención fija en la profesora. No hablaba. No participaba. No parecía interesado en demostrar nada a nadie. Por una fracción de segundo, sin embargo, su mirada dejó el frente del aula y se posó sobre el asiento vacío de Eira. Un instante. Después volvió a la clase como si nada hubiera pasado.

Podía no significar nada. Probablemente no significaba nada.

Y aun así, la imagen se quedó conmigo más tiempo del que debería.

La campana del final de la jornada sonó horas después y liberó el aula de inmediato. Los estudiantes retomaron conversaciones suspendidas durante la clase: algunos seguían hablando de Eira, otros de las teorías sobre el origen del Pulso. El ambiente había recuperado, al menos en apariencia, la normalidad.

A la salida, el nombre de Eira seguía flotando sobre la academia como una sombra que nadie quería ignorar. A cada paso escuchaba una versión nueva: que había conectado antes de lo previsto, que los examinadores quedaron impresionados, que la resonancia fue excepcional, que tal vez la trasladarían a una formación especial. Nadie sabía qué había ocurrido en realidad, pero eso no detenía a las teorías, que crecían como enredaderas. Cualquier otro día yo habría intentado separar los hechos de las exageraciones, con la paciencia metódica que tanto valoraba mi padre. Esa tarde apenas escuchaba. Mi mente regresaba una y otra vez a la misma sensación de la mañana, ese eco que sonó distinto, el compás perdido, cada vez más presente, como una astilla clavada en algún rincón de la conciencia.

El trayecto a casa empezó como cualquier otro. Skyroot se extendía bajo las raíces gigantescas, suspendida en un equilibrio imposible entre la naturaleza y la construcción humana. Comerciantes desmontando puestos con movimientos cansados, trabajadores volviendo a casa, vigías patrullando las plataformas altas con su paso lento y monótono. El ritmo de siempre, la clase de normalidad que uno deja de notar después de verla todos los días. Y sin embargo, mientras avanzaba por las pasarelas de madera viva, sintiendo bajo los pies la vibración constante de las raíces respirando, no lograba sacudirme la impresión de que esa normalidad era una fachada. Como si el mundo entero hubiera cambiado un poco durante la noche y nadie más lo hubiera notado.

Los primeros gritos llegaron a mitad de camino. Al principio no les presté atención: Skyroot era demasiado grande para quedarse en silencio, siempre había discusiones, accidentes menores, comerciantes peleando por clientes a fuerza de voz. Pero esos gritos fueron seguidos por otros, y luego por más, mezclándose pronto con órdenes de los vigías y el murmullo creciente de cientos de personas moviéndose hacia el mismo lugar. Al alzar la vista vi que buena parte de la multitud cercana convergía hacia una de las plazas principales. Algunos caminaban con curiosidad, otros con preocupación evidente. Nadie entendía qué pasaba, pero todos querían verlo.

Lo razonable habría sido seguir mi camino. Mi padre seguramente estaba en casa, perdido entre papeles como siempre, y yo no tenía ninguna obligación con asuntos ajenos. Pero la curiosidad pudo más que el sentido común. Quizá quería entender la locura de mi padre. Quizá la sensación extraña de todo el día me había dejado inquieto. O quizá una parte de mí esperaba encontrar ahí alguna explicación. Terminé desviándome hacia la plaza junto con el resto de la gente.

A medida que me acercaba, el ambiente cambió. No era el de una celebración ni el de una emergencia. Las personas hablaban en voz baja, como si temieran que alguien las escuchara. Algunos miraban con incomodidad evidente; otros dudaban entre irse o quedarse, un pie ya girado hacia la salida. Los vigías intentaban mantener el orden, pero hasta ellos se veían tensos, las manos demasiado cerca de las varas de resonancia que llevaban al cinto. Cuando finalmente me abrí paso entre la multitud y alcancé a ver el centro de la plaza, tardé un momento en entender qué provocaba semejante reacción.

Era un anciano.

Nada en su aspecto justificaba el nerviosismo colectivo. Parecía frágil, delgado, vestido con ropa gastada por el tiempo, apoyado ligeramente sobre una pierna, como si arrastrara alguna vieja lesión. El cabello canoso y las arrugas profundas de su rostro hablaban de una vida extraordinariamente larga. Pero había algo en él imposible de ignorar: no su aspecto, sino la seguridad con la que ocupaba ese espacio, el modo en que cientos de personas guardaban silencio para escucharlo, como si todos hubieran decidido al mismo tiempo que aquel hombre frágil merecía su atención.

—Toda su vida les enseñaron a mirar hacia abajo.

Su voz no era especialmente fuerte, pero cruzó la plaza con una claridad que incomodaba. El murmullo se apagó poco a poco hasta que solo quedó él. Incluso los vigías dudaron antes de interrumpirlo.

—Les enseñaron a temer aquello que existe más allá de las raíces. Les enseñaron que las murallas los protegen. Les enseñaron que el mundo termina donde termina el Laberinto. Les enseñaron a aceptar cada una de esas cosas sin hacer preguntas.

Varias personas empezaron a protestar. Un hombre le exigió que se callara. Una mujer murmuró una plegaria al Pulso, con las manos juntas contra el pecho. Otros simplemente retrocedieron unos pasos, como si las palabras pudieran contagiarse. El anciano siguió hablando sin alterar el tono de voz, como si esas reacciones fueran exactamente las que esperaba encontrar.

—Pero las murallas no fueron construidas para protegerlos. Fueron construidas para encerrarlos. Para que olviden y sean olvidados.

La tensión cruzó la plaza de inmediato. Nadie necesitó responder para sentirla. Las palabras parecieron clavarse en la multitud como una aguja. Incluso quienes claramente lo consideraban un loco reaccionaron, porque aquello no era simplemente una afirmación extraña: era una idea prohibida, del territorio de las herejías, los rumores y los delirios.

Levantó una mano temblorosa y señaló hacia las enormes murallas de raíces que se alzaban más allá de la ciudad. Ni siquiera los vigías hablaron. Toda la plaza pareció contener la respiración.

—Detrás de ellas existe un mundo. Un mundo que les ocultaron. Un mundo que todavía sigue esperando.

Un escalofrío me recorrió la espalda. No porque le creyera, ni porque entendiera del todo lo que decía. Fue porque, en el instante en que esas palabras salieron de su boca, la sensación extraña que me había acompañado durante todo el día volvió con más fuerza que nunca. Por primera vez tuve la impresión de que no eran cosas separadas: la resonancia de la mañana, la desaparición repentina de Eira, el comportamiento extraño de mi padre durante la madrugada y aquel hombre hablando sobre verdades prohibidas. Piezas dispersas de un mismo rompecabezas. No podía ver la imagen completa. Ni siquiera entendía cómo encajaban. Pero estaba seguro de que existía una conexión.

El anciano giró la cabeza.

Su mirada recorrió la multitud despacio, comerciantes, estudiantes, trabajadores y hasta vigías, con una calma casi perturbadora. No parecía estar observando personas. Parecía estar buscando algo. O a alguien.

Se detuvo sobre mí.

Y no volvió a moverse.

La plaza pareció desaparecer de golpe. El ruido se apagó. Como si de pronto solo existiéramos él y yo en medio de aquel gentío.

Nunca lo había visto antes. Estaba seguro.

Y aun así, la expresión que apareció en su rostro fue la de alguien que acaba de reencontrarse con un conocido.

Una sonrisa cansada le subió a los labios. La sonrisa de alguien que ya había visto el final de una historia mucho antes de que esta comenzara.

—Así que finalmente lo escuchaste.

No gritó. Ni siquiera alzó la voz.

Y aun así escuché aquellas palabras con absoluta claridad, como si me las hubiera susurrado al oído.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro y miré a mi alrededor por puro instinto, pero nadie reaccionó. Nadie parecía haber escuchado nada. La multitud seguía observándolo igual que antes.

Solo yo había oído aquella frase. Solo yo.

Intenté avanzar. Necesitaba respuestas. Necesitaba saber quién era aquel hombre y cómo podía conocerme. Pero antes de que lograra moverme más de unos pocos pasos, los vigías irrumpieron definitivamente en la plaza. La multitud se abrió mientras lo rodeaban y comenzaban a alejarlo del lugar. Las protestas crecieron. Algunos ciudadanos se marcharon, apresurados. Otros se quedaron mirando desde lejos. Intenté acercarme una vez más, pero la gente a mi alrededor me bloqueó el paso sin siquiera notarlo. La última imagen que tuve fue la del anciano girando ligeramente la cabeza mientras se lo llevaban. Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos durante apenas un instante.

Y volvió a sonreír.

Como si supiera exactamente lo que ocurriría después.

Cuando finalmente emprendí el camino de regreso, el cielo artificial hecho de hongos brillantes comenzaba a oscurecerse sobre las raíces superiores, tiñéndose de ese violeta apagado que anunciaba el final del día en Skyroot. Mi mente seguía atrapada en la plaza. Las palabras del anciano se mezclaban con todo lo demás hasta formar una maraña imposible de ordenar. No noté cuánto había avanzado hasta que doblé la última esquina y mi casa apareció ante mí.

Me detuve.

Había vigías por todas partes. La vivienda estaba rodeada. Algunos custodiaban puertas y ventanas con posturas rígidas. Otros transportaban cajas llenas de documentos hacia un transporte que no alcanzaba a ver. Varias personas del vecindario observaban desde la distancia, intercambiando susurros nerviosos, sin atreverse a acercarse demasiado. Por un momento mi mente se negó a aceptar lo que estaba viendo, como si necesitara un instante extra para procesar algo que no encajaba en ninguna categoría conocida.

Después eché a correr.

Atravesé a la multitud y me acerqué hasta la entrada principal, buscando desesperadamente alguna explicación. Pregunté qué había ocurrido. Pregunté dónde estaba mi padre. Pregunté por Eldren Mareth una y otra vez, con la voz cada vez más alta. Nadie respondió. Algunos evitaron mirarme. Otros fingieron no escucharme. Pero el silencio que recibí fue mucho peor que cualquier respuesta, porque me confirmó que algo había sucedido. Algo grave. Algo tan grave que nadie estaba dispuesto a pronunciarlo en voz alta.

Entonces vi los documentos.

Había varias hojas esparcidas cerca de la entrada, probablemente olvidadas durante el registro, arrastradas por el viento hasta los escalones. Me agaché por impulso y recogí una antes de que alguien pudiera detenerme. Al principio no entendí qué estaba viendo. Parecía una investigación, un informe incompleto de ideas tabú, acompañado de observaciones, diagramas y anotaciones dispersas. Cuando mis ojos alcanzaron el encabezado, el mundo entero pareció detenerse.

Porque allí, escrito con absoluta claridad sobre la parte superior de la página, aparecía un nombre que conocía mejor que ningún otro.

«Autor: Arion Mareth.»

Mi nombre.

¡Cuéntale a Dante lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Die verschmähte Mate

Lina: Ich finde gut , das sich der Text flüssig lesen lässt, die Story leicht verständlich ist. Fülltext. Fülltext. Fülltext

Leer ahora
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Leer ahora
Ruthless Lord

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
Silver's Second Chance

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
The Nameless

Victoria: Hi,I analyzed your work, and I think it has a very unique and engaging storytelling style. The way you present your ideas and emotions really stands out. By the way are you currently working on any other stories or writing projects?

Leer ahora
His Forsaken Fate

monica: Ho trovato questo libro interessante dal punto dl vista della storia,l'autore ha cercato di dare un messaggio ben preciso.Il perdono si deve conquistare ,ma bisogna avere ancora più coraggio per darlo.L'ortografia è un pó da correggere,lo stile di scrittura è acerbo,ma penso che ci sia molto potenzi...

Leer ahora
Luna de Verano - Die Gefährtin des Alphas (Band 1)

Alischa: Einfach super! Ich liebe das Alpha Setting sowieso, ich konnte gar nicht aufhören zu lesen, wirklich richtig gut 💗💗💗🌹

Leer ahora
Bloodlines

Ethie: Me gusta mucho esta reseña porque no es destructiva; se nota que disfrutaste la historia, pero también que viste un potencial enorme que, desde tu punto de vista, quedó sin explotar. La pulí para que conserve ese tono de crítica constructiva.En general, me gustó la historia. Es corta, ligera y se le...

Leer ahora