EL INICIO
Londres, 1980. En el orfanato de Saint Mary's había reglas que nadie escribía pero que todos obedecían.
La primera regla era que las raciones no alcanzaban para todos, así que quien llegara tarde al comedor comía lo que sobraba, que casi nunca era nada.
La segunda regla era que el invierno entraba por las ventanas rotas del ala norte y nadie lo arreglaba porque arreglarlo costaba dinero que Saint Mary's no tenía.
La tercera regla era que un niño solo valía lo que pudiera defender con los puños o con el ingenio, porque las monjas tenían cuarenta huérfanos que vigilar y solo cuatro pares de ojos para hacerlo.
Arthur Greenwood había aprendido las tres reglas a los siete años, el mismo invierno en que comprendió que nadie iba a volver a buscarlo. Ahora tenía once, y aquellas reglas formaban parte de él igual que las cicatrices o los huesos.
El dormitorio olía a lana húmeda, jabón barato y madera vieja. Los otros niños dormían o fingían hacerlo. Arthur, en cambio, seguía despierto bajo las mantas, iluminando un libro con una vela casi consumida.
No era la historia lo que más le interesaba. Eran los mapas.
Siempre terminaba observándolos más que leyendo el texto. Reinos desaparecidos, fronteras olvidadas, ciudades levantadas junto a ríos cuyos nombres nadie recordaba. Le gustaba imaginar que, en algún lugar, existía un sitio al que pertenecía.
-Otra vez con ese libro.
Arthur levantó la vista.
Sara estaba en la puerta sosteniendo una vela aún más gastada que la suya.
-Vas a quedarte ciego.
Arthur cerró el libro.
-No me estoy quedando ciego.
-Todavía.
Sara sonrió y se sentó en el borde de la cama.
Las manos ásperas le olían a lejía y jabón. Había pasado el día entero fregando escaleras y lavando ropa.
-¿Qué estabas leyendo?
-Historia.
-Mentiroso.
Arthur no respondió.
-Da igual. Apaga eso antes de que el Hermano Aldous haga la ronda. Nos dará un sermón sobre las velas.
Arthur sopló la llama.
La oscuridad cayó sobre el dormitorio.
Solo quedó la luz de la luna filtrándose entre las nubes de Londres.
Sara no se levantó de inmediato.
-Sara.
-¿Mh?
-¿Por qué te quedaste aquí?
Ella tardó unos segundos en responder.
-Porque alguien tenía que hacerlo.
-Eso no responde la pregunta.
La mujer soltó una risa cansada.
-Quizá sí.
Arthur esperó.
-Cuando era pequeña pensaba que el peor castigo era estar sola -dijo finalmente-. Luego descubrí que lo peor era sentir que a nadie le importaba que estuvieras sola.
Se puso de pie.
-Duerme. Mañana necesito ayuda con los cubos del ala este.
-¿Porque soy fuerte?
-Porque Rhys es inútil.
Arthur sonrió.
Sara abandonó el dormitorio.
Durante varios minutos siguió observando el techo.
No pensó en la respuesta.
Pensó en la forma en que la había dicho.
Como si todavía le doliera.
A la mañana siguiente, las reglas de Saint Mary's volvieron a aplicarse con la puntualidad de siempre.
-Mira quién decidió bajar a desayunar.
Rhys Calloway esperaba en mitad del pasillo.
Dos chicos permanecían detrás de él.
Siempre había dos o tres detrás de Rhys.
Arthur nunca había entendido si lo seguían por miedo o por admiración.
-Apártate.
-Qué educado.
Rhys sonrió.
Tenía trece años y una facilidad natural para detectar debilidades ajenas. Como algunos niños aprendían a leer o a sumar, él había aprendido a intimidar.
-Dame tu pan.
-Todavía no tengo pan.
-Entonces dame el que vas a tener.
Arthur suspiró.
Había dos formas de sobrevivir a Rhys.
La primera consistía en ceder.
La segunda consistía en no hacerlo.
La primera dolía menos.
Arthur eligió la segunda.
Como casi siempre.
El puñetazo llegó al estómago.
El aire abandonó sus pulmones.
Se dobló contra la pared de piedra.
Durante un instante sintió algo extraño.
Calor.
No dolor.
Calor.
En la palma de la mano derecha.
Como si hubiera cerrado los dedos alrededor de un hierro calentado al fuego.
La sensación desapareció tan rápido como había aparecido.
Antes de que pudiera pensar en ello, una voz resonó al fondo del pasillo.
-¿Qué ocurre aquí?
Rhys se apartó de inmediato.
Los otros dos hicieron lo mismo.
El Hermano Aldous avanzó hacia ellos con expresión severa.
Los tres desaparecieron en cuestión de segundos.
Aldous observó el pasillo vacío.
Luego miró a Arthur.
-¿Estás bien?
-Sí.
-Bien.
Arthur esperaba una reprimenda, una pregunta o un sermón.
No llegó ninguno.
El anciano simplemente le tendió la mano.
Arthur la aceptó y se puso de pie.
-Gracias.
Aldous asintió.
-Procura llegar antes al desayuno.
Y siguió caminando.
Arthur se quedó observándolo alejarse.
Después continuó hacia el comedor.
Esa noche se escabulló hasta las cocinas.
El olor agrio de la sopa del día anterior seguía flotando en el aire.
Encontró un trozo de pan duro junto a unas cajas vacías y lo escondió bajo la camisa.
No era un robo importante.
Pero el hambre tampoco era un problema pequeño.
Regresó por los pasillos oscuros evitando las tablas que crujían.
Al pasar frente al baño común se detuvo.
El espejo seguía allí.
Roto.
Una grieta diagonal dividía su reflejo desde hacía años.
Arthur observó su imagen.
Cabello castaño imposible de domesticar.
Los ojos azules.
Siempre los ojos.
Durante un momento tuvo la extraña sensación de que algo era distinto.
Parpadeó.
Nada.
Solo cansancio.
Solo hambre.
Solo él.
-Nada nuevo -murmuró.
Y siguió caminando.
No sabía que era la última vez que esas palabras serían ciertas.








