Capítulo 1: El Frío de la Ceniza
En las laderas que custodiaban el castillo vivía John, un herrero de unos treinta años con una constitución imponente, sus hombros eran anchos y sus brazos, forjados por años de golpear el hierro, tenían la fuerza de un buey, su vida se medía en el ritmo constante de su yunque, fabricando herramientas para el pueblo, no era un hombre de riquezas sus únicos tesoros eran una casa acogedora y el calor de su familia, vivían de forma sencilla, guardando apenas unos cuantos peniques de plata en un tarro de barro, pero para él, eso era suficiente.
Una mañana de invierno, el aire cortaba como una hoja recién afilada John preparó su carreta y enganchó a sus caballos, los animales, ya viejos y de aliento pesado, protestaron ante el frío. —Iré al bosque por leña para la fragua —anunció John mientras se ajustaba el jubón de cuero sobre su pecho robusto.
Se despidió de María, su esposa, cuya sonrisa aún conservaba la frescura de la juventud a pesar del duro trabajo en el campo, también se despidió de Eric, el adolescente ya empezaba a mostrar la espalda ancha de su padre y solía acompañarlo al bosque, pero ese día decidió quedarse para remendar una pared de la casa, John los miró por última vez desde el camino, orgulloso de ver a Eric asumiendo responsabilidades de hombre.
El trabajo en el bosque fue agotador, John pasó el día recolectando leña seca y terminando de trocear unos troncos, el esfuerzo físico lo mantuvo caliente, pero el tiempo pasó volando.
Cuando la luz empezó a languidecer, cargó la carreta y emprendió el regreso, durante el camino, pensaba en el guiso que María tendría listo y en cómo Eric, con su energía de doce años, presumiría de haber arreglado la pared mejor que él.
Sin embargo, el viento cambió de dirección.
Un rastro de humo acre le golpeó el rostro. Al coronar la colina, el horror le heló la sangre el pueblo era una herida abierta de fuego y ceniza.
—¡No! —rugió John, azotando las riendas.
Los caballos no podían galopar más rápido, en un arranque de desesperación, John saltó de la carreta, hacha de talar en mano, y corrió con la potencia de un hombre que no conoce el cansancio, al llegar, el silencio era absoluto, se agazapó tras unos matorrales, con el corazón martilleando contra sus costillas, al ver que no había enemigos, corrió hacia su hogar.
La puerta de su casa colgaba de una sola bisagra, al entrar, el olor a hierro y carne quemada lo golpeó como un mazo, sobre la mesa, el cuerpo de María yacía destrozado, su juventud había sido arrebatada de la forma más cruel, sus ropas quemadas, una pierna cortada y el cráneo partido por un golpe brutal.
John retrocedió, con el hacha cayéndosele de las manos, sus ojos buscaron a Eric, encontró un cuerpo joven y decapitado en un rincón, el herrero quedó paralizado, no podía llorar, sus pulmones simplemente olvidaron cómo respirar al ver el futuro de su linaje truncado de golpe.
Buscando una pizca de esperanza, John giró hacia la salida, fue entonces cuando lo vio.
En una estaca clavada frente a la ventana trasera de la casa, allí estaba, la cabeza de Eric lo observaba, la estaca atravesaba uno de sus ojos y su rostro de doce años estaba congelado en una expresión de espanto indescriptible, el mundo de John se volvió negro, sus piernas de guerrero cedieron y el horror lo hundió en la inconsciencia.








