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El Precio de la Cima.

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Sinopsis

Joel tiene diecinueve años y sabe exactamente lo que quiere: el poder y el reconocimiento que le corresponden como hijo del presidente de Misa Corp. Pero su padre, fiel a su ideología meritocrática, lo manda a empezar desde el archivo del sótano, sin atajos ni privilegios. Joel fija su mirada en David Brunson, el socio financiero de su padre. Su plan es simple: ofrecerle su cuerpo a cambio de que David use su influencia para que Arthur finalmente lo vea como el sucesor que merece ser. David, un hombre solitario de cuarenta y dos años, acepta sabiendo que no debería. Lo que ninguno de los dos calculó fue el resto. Las tardes en la oficina que se volvieron costumbre, las noches que dejaron de tratarse de un trato, y la forma en que el amor llegó sin avisar, justo cuando ambos estaban demasiado ocupados fingiendo que no existía.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Amber
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El precio del tiempo

Para Arthur Brown, el tiempo no era una mercancía; era una ley innegociable. Había fundado Misa Corp hace veinticinco años, cuando apenas era un técnico que se desvivía entre cables y servidores, en los sótanos de los edificios más antiguos de la ciudad. Había soportado humillaciones de clientes prepotentes, cargado equipos bajo el sol de mediodía y dormido sobre servidores para entregar una conexión estable a tiempo. Por eso, ahora que su empresa se había convertido en el pilar nacional que blindaba la infraestructura crítica de los bancos, corporaciones y entidades gubernamentales más importantes del país, Arthur gobernaba con una regla inquebrantable: nadie subía a la cima sin haber aprendido a valorar el terreno que se pisa.

Y eso incluía, especialmente, a su único hijo.

—Tener diecinueve años y las mejores notas en la facultad de Administración de Empresas no te deja listo para ser un ejecutivo, Joel. Te hace un estudiante muy disciplinado —sentenció Arthur, firmando el último folio de un contrato sin siquiera levantar la mirada hacia él. Su voz resonaba en la oficina presidencial, un espacio amplio y elegante digno de un hombre que se esmeró toda su vida.

Joel, sentado al otro lado del imponente escritorio, mantuvo las manos apoyadas con suavidad sobre sus rodillas. Vestía un traje sastre gris oscuro que su padre le había pedido comprar para la ocasión; un uniforme que para Joel se sentía como un disfraz de subordinación absoluta. Durante los últimos años, Joel había sacrificado sus veranos, sus noches de fiesta con amigos y todo su tiempo libre, adelantando cursos y repasando libros de finanzas mientras sus compañeros de clase disfrutaban del tiempo con calma. Él había buscado la excelencia, convencido de que, al graduarse, ocuparía el lugar que le correspondía, mientras otros solo esperaban el título como un trámite necesario para ocupar las oficinas que sus padres ya les tenían reservadas.

Sin embargo, para Arthur, aquel esfuerzo no era más que el cumplimiento necesario para empezar a escalar.

—Empezarás el lunes en el archivo central de facturaciones —continuó Arthur con voz grave, dejando su bolígrafo sobre el escritorio—. Es el lugar donde guardamos el registro físico de cada centavo de los últimos cinco años. El archivo no es solo un depósito; es el purgatorio de la eficiencia, donde aprenderás cuánto cuesta realmente construir un imperio revisando papeles. Si demuestras constancia, disciplina y no te quejas del sueldo, es probable que en una década estés listo para una jefatura de proyectos. Y para cuando yo me retire, estés preparado para recibir la vicepresidencia como mi herencia.

¿Una década? ¿Diez años de mi vida para ascender como cualquier otro empleado? ¿Y más de veinte años para tener lo que me pertenece por derecho de sangre?, pensó Joel, sintiendo una oleada de desprecio. Joel veía a su alrededor cómo otros dueños de empresas preparaban la sucesión de sus hijos desde el primer día, brindándoles oficinas, tutores y una integración paulatina pero privilegiada a la alta gerencia. Mientras esos otros herederos caminaban con la seguridad de quien tiene el camino trazado, su padre había decidido obligarlo a ganarse su lugar, convencido de que solo aquel que pudiera subir peldaño a peldaño merecía el derecho a gobernar. Lo que Arthur llamaba "forjar el carácter", para Joel era simplemente una forma sofisticada de humillación.

Por fuera, sin embargo, su rostro no mostró la menor expresión. Mantuvo los ojos fijos en sus zapatos, bajando la mirada con una docilidad impecable y asintió.

—Entiendo, papá. Si tú dices que es el camino correcto, lo haré. Aprenderé desde abajo.

Arthur sonrió, aliviado por la madurez que creía ver en su hijo. Justo cuando iba a darle el primer trago a su whisky, la puerta se abrió. Solo una persona tenía la autoridad suficiente para entrar así: David Brunson.

A sus cuarenta y dos años, el socio financiero de Misa Corp era todo un estratega. Alto, de porte imponente y con un traje negro impecable, caminaba con la seguridad de quien sabe que es el verdadero cerebro de los números de la empresa. Tenía el cabello oscuro con sutiles canas en las sienes y unos ojos analíticos y fríos que intimidaban en cualquier negociación. Era el único hombre al que Arthur escuchaba como a un igual; una presencia poderosa que sostenía toda la estructura financiera sobre sus hombros.

David no siempre había estado ahí, pero cuando entró, fue imposible imaginar la empresa sin él. Se conocieron hace casi dos décadas, cuando Misa Corp había crecido tan rápido gracias al prestigio técnico de Arthur, que este se encontró superado por la complejidad financiera que exigía tal expansión. Arthur, consciente de que su enfoque en la arquitectura del sistema lo alejaba de la gestión del capital, decidió buscar a alguien que compartiera su visión pero que tuviera la destreza financiera necesaria para institucionalizar el negocio. David, que entonces era un joven analista con una herencia familiar y una mente fría, fue el elegido. Mientras Arthur ponía la arquitectura y el control técnico, David aportó la estructura financiera y la estrategia para seguir creciendo. Esa alianza, forjada en años de tomar decisiones bajo presión extrema para consolidar el dominio regional de la empresa, había convertido a David en la única persona a la que Arthur consultaba antes de tomar cualquier decisión de peso.

—Lamento la interrupción, Arthur. Los números de la expansión hacia Wisconsin han sido aprobados —dijo David, su voz grave llenando el espacio con autoridad.

—Excelente, David. Pasa. Justo terminaba con Joel. El lunes empieza en el archivo central.

David se detuvo y desvió sus ojos oscuros hacia el sofá, fijándolos en el joven. Sus miradas se cruzaron. Joel no esquivó el golpe; utilizó la fachada de inocencia que había perfeccionado, dejando que sus labios se curvaran en una sonrisa calculada y se humedeció los labios con una tranquilidad estudiada.

El escaneo de David fue milimétrico, propio de un hombre acostumbrado a tasar el valor de todo. Sus ojos recorrieron a Joel con una calma analítica; observó la postura, la elección del traje y la serenidad que emanaba el joven. Hubo una pausa deliberada en la que David examinó el rostro de Joel con una curiosidad marcada, como quien descubre una pieza de valor en un sitio inesperado, antes de volver a sostenerle la mirada. Fue un contacto visual sostenido, cargado de una intensidad que hizo que a Joel se le erizara la piel. El pulso del socio financiero permaneció intacto, una fortaleza de autocontrol, pero el de Joel dio un vuelco de adrenalina al sentir que, en ese preciso momento, había logrado captar por completo el interés de David.

En ese instante, mientras su padre buscaba otra copa, la mente de Joel completó su plan. No iba a suplicarle a su padre. Tenía que ir directo a la verdadera fuente de poder. Si lograba acercarse a David, si lograba llegar a ese hombre frío e intocable, el mismísimo Brunson usaría su peso como socio del 40% para persuadir a Arthur y que subiera a Joel a la alta gerencia. Su padre jamás sospecharía que la maniobra venía de su hijo, ni que su socio había sido influenciado por aquel a quien él consideraba un simple pasante en formación.

—Bueno, Joel, ve con la secretaria —dijo Arthur, ajeno por completo a la subversión que su propio hijo acababa de poner en marcha frente a él.

—Sí, papá. Con su permiso, señor Brunson —dijo Joel, poniéndose de pie con una reverencia educada.

Caminó hacia la salida con paso firme pero pausado, sintiendo la mirada de Brunson sobre su espalda. Al llegar al umbral, se giró sutilmente. David, que ya estaba concentrado en unos papeles sobre el escritorio de Arthur, sintió la presencia y levantó la mirada. Joel le dedicó una última sonrisa casi ingenua, una invitación silenciosa y peligrosa que dejó a David con el ceño levemente fruncido, desconcertado por el brillo insólito en los ojos del joven, antes de que la puerta se cerrara por completo.

Joel salió al pasillo con una sonrisa fría. Su padre creía que lo enviaba a formarse desde abajo, pero Joel ya estaba calculando a qué hora salía el auto de David Brunson del estacionamiento privado para interceptarlo. Iba a demostrarle a su padre que el camino para ascender en Misa Corp no era desde un sótano, sino de la influencia de su único socio.

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