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Logística de un Engaño

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Sinopsis

Logística de un Engaño es un intenso drama corporativo y romance oscuro ambientado en Buenos Aires. Valentina Lanzini está por heredar Delta Logistics, un gigante del transporte marítimo. Pero su controlador padre, Ernesto, le exige un precio innegociable: casarse con Gastón Ferrara, el frío e implacable CEO al que rescató de la calle a los quince años. El plan choca con dos verdades ocultas: Valentina ama a Bruno, un sencillo chef de barrio, y Gastón es gay, prisionero de un trauma paralizante que le impide soportar el contacto físico. Para asegurar el imperio y su libertad, ambos fingirán un compromiso perfecto ante la prensa. Todo se complica cuando regresa Sebastián, el hermano menor de Valentina y descarriado actor de Hollywood. Al notar las grietas del engaño, Gastón compra su silencio impulsando su carrera. El trato los une en una atracción oscura y peligrosa, desatando los celos de Mateo, el leal guardaespaldas de Gastón. Mientras lidian con pasiones prohibidas, el resentido vicepresidente de la empresa conspira para destrozarlos. En un imperio de peajes millonarios, sostener la mentira será un juego de supervivencia.

Genero:
Erotica
Autor/a:
NTCorvin_28
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: La Logística de un Engaño


Ver a un hombre de treinta y ocho años —que tenía el descaro absoluto e irritante de parecer de veinticinco— colapsar internamente en televisión nacional era, sin duda, el momento más deliciosamente cruel de la semana para Valentina Lanzini.

—¡Pero miren lo que es este lomo, por favor! —exclamó la conductora del programa de la tarde, golpeando el escritorio con sus uñas esculpidas, largas y pintadas de un rojo furioso.

En la pantalla gigante del estudio, una fotografía de Gastón Ferrara saliendo del mar en la costa argentina encandilaba a la tribuna. Estaba sin remera, con los abdominales tallados a mano por algún dios caprichoso y una gota de agua salada, brillante y lenta, resbalando por la línea en “V” de su vientre bajo, perdiéndose peligrosamente bajo la tela oscura del traje de baño. La imagen era obscena en su perfección; una promesa involuntaria que las cámaras explotaban sin misericordia.

—¿Me vas a decir que este hombre solo piensa en barcos y contenedores? ¡Gastón, por favor, date una vuelta para el público!

A su lado, en el sillón de cuero blanco inmaculado del decorado, Gastón no se movió un milímetro. Mantuvo su postura rígida de CEO implacable, con su metro ochenta y tres de pura elegancia masculina envuelto en un traje azul de alta costura que se ajustaba a sus hombros anchos como una segunda piel, como un abrazo de seda y poder. Valentina, que lo conocía desde que ella tenía cinco años y él quince —cuando todavía era un pibe flaco rescatado de la calle con la mirada hambrienta y desconfiada—, notó la ligera contracción en su mandíbula. Un tic casi imperceptible. Gastón estaba a un segundo de comprar el canal entero solo para echar a los conductores y borrar cada copia de esa foto maldita.

Antes de que el temperamento del hombre dinamitara la sintonía y los dejara sin cobertura mediática, Valentina tomó el micrófono con una sonrisa ensayada y perfecta, asumiendo su rol de Directora Global de Operaciones y, ante los ojos del mundo, de prometida abnegada y enamorada.

—Lamento decepcionar a la tribuna —intervino Valentina, cruzando las piernas con distinción, la tela de su pantalón sastre susurrando contra el cuero del sillón—, pero toda esa energía la gasta manejando los nuevos buques que ingresan al puerto de Delta Logistics mañana a primera hora. De hecho, anunciamos nuestro compromiso justamente para que las ejecutivas de la competencia dejen de enviarle propuestas que no son estrictamente… comerciales.

La tribuna soltó un quejido de decepción mezclado con aplausos y risas cómplices. Gastón aprovechó el puente para forzar una sonrisa corporativa —una curva de labios fría, perfecta, vacía— y asentir hacia la cámara, reforzando la gran mentira que habían diseñado con la meticulosidad de un plan maestro. Aquel compromiso falso no solo aseguraba la herencia de Valentina frente a la exigencia medieval de su padre, Don Ernesto Lanzini; para Gastón, era el repelente definitivo contra las herederas porteñas que lo acosaban día y noche con invitaciones, regalos y apariciones estratégicas en eventos donde él estaba. Ellas querían al hombre perfecto. Él solo quería que lo dejaran en paz.

Mientras las cámaras se enfocaban en Valentina detallando los nuevos proyectos de la Hidrovía Paraná-Paraguay con esa precisión quirúrgica que la caracterizaba, la verdadera tensión se desplazaba unos metros más allá, en la penumbra asfixiante de las bambalinas.

Allí, parado junto a los productores técnicos, Mateo Durán cumplía con su deber. Con sus imponentes un metro noventa y cinco y una espalda que parecía a punto de rasgar las costuras de su traje negro de seguridad —un traje que contenía a duras penas la masa muscular forjada en años de combate y disciplina—, Mateo era una estatua de piedra encargada de vigilar el perímetro. Sin embargo, sus ojos oscuros, de un marrón tan intenso que parecía negro, no miraban las salidas de emergencia ni a los técnicos que se movían a su alrededor como hormigas. Devoraban la pantalla gigante.

Mateo apretó los puños detrás de la espalda con una fuerza reverente, casi dolorosa. Los nudillos se le pusieron blancos. Por más que intentó sostener su implacable cara de póker —esa máscara de hielo que había perfeccionado durante años como guardaespaldas de la familia Lanzini—, el calor lo traicionó. El cuello ancho y musculoso se le tiñó de un rojo furioso, un rubor que le subió desde el pecho como lava, mientras su respiración se volvía pesada, irregular. Se obligó a tragarse un nudo áspero en la garganta al ver cómo el agua salada delineaba la cadera de su jefe, cada gota un camino que sus dedos soñaban recorrer. La tela del pantalón se le ajustó de forma inoportuna, un calor denso y palpitante concentrándose en su bajo vientre. Cerró los ojos un instante, solo un instante, y el eco de su propia sangre le retumbó en los oídos.

Cuando Gastón desvió la mirada hacia el lateral del set buscando un escape visual, un respiro entre tanta exposición, sus ojos —de un azul tan eléctrico que parecía artificial, un zafiro líquido enmarcado por pestañas oscuras— chocaron con los de su guardaespaldas. Una corriente invisible, caliente y peligrosa, cruzó el estudio como un latigazo. Mateo, en un cortocircuito entre sus instintos más primarios y su estricta disciplina militar, se aflojó la corbata con torpeza, los dedos temblándole ligeramente. Sintió que el aire le faltaba, que el pecho se le oprimía con una mezcla de adoración y hambre.

—¡Fuera del aire! ¡Corte! —gritó el director del programa.

Las luces del set bajaron de intensidad. Gastón se puso de pie de un salto, liberándose del sillón como quien escapa de una trampa, y caminó a paso firme hacia la salida, con Valentina pisándole los talones, sus tacos resonando sobre el piso pulido. Mateo reaccionó al instante, abriéndose paso entre los técnicos como una topadora protectora —la mirada ya fría, la mandíbula apretada— para escoltarlos hacia la salida trasera, donde los esperaba el auto blindado, un Mercedes negro que olía a cuero y a poder.

Una vez dentro del habitáculo insonorizado del vehículo, el espacio se volvió peligrosamente íntimo. Mateo se sentó frente al volante, ajustando el espejo retrovisor con un gesto mecánico para vigilar la calle, mientras Gastón y Valentina se desplomaban en el asiento trasero, separados apenas por un apoyabrazos de madera pulida.

—Te juro por Dios, Valentina, que si me volvés a exponer a este circo, le entrego la empresa a Rodolfo Elizalde y me mudo a una isla desierta —gruñó Gastón. Con un tirón frustrado, se desarmó el nudo de la corbata y desabrochó los primeros botones de su camisa blanca, dejando a la vista el inicio de su pecho, la piel dorada y suave de su garganta, y el inicio de las clavículas marcadas. El perfume caro de Gastón, una mezcla de madera, especias y algo cítrico, inundó el espacio cerrado del auto, volviendo el aire espeso, cálido, perturbador.

—Ay, dejá de quejarte. Estuviste bárbaro —se rio ella, estirando las piernas, los tacos rozando la alfombra del piso—. Además, funcionó. Mañana las acciones suben un dos por ciento y tu club de fans corporativo se va a mantener a raya. Es un ganar-ganar. ¿Verdad, Mateo?

Por el espejo retrovisor, Valentina vio cómo la inmensa espalda de Mateo se tensaba de repente, los músculos dorsales marcándose bajo la tela negra del saco. El gigante tardó un segundo de más en responder. Un segundo que en ese silencio encapsulado duró una eternidad. Sus ojos oscuros estaban fijos en el reflejo del cuello desnudo de Gastón, en ese triángulo de piel dorada que la camisa abierta dejaba al descubierto. Cuando habló, su voz sonó inusualmente ronca, grave y raspando desde el fondo del pecho:

—El señor Ferrara… se vio muy profesional en la pantalla, señorita Valentina. Aunque la iluminación… resaltaba demasiado sus atributos… comerciales.

Gastón parpadeó. Un escalofrío repentino, lento y delicioso, le recorrió la espina dorsal vértebra por vértebra. Clavó su mirada en la nuca de su guardaespaldas a través del espejo, y sintió una pulsación sorda en la garganta, justo donde el cuello de la camisa ya no lo protegía. Sin pensarlo, con la lentitud de un acto inconsciente, se pasó la yema del pulgar por el labio inferior, apenas rozándolo, un gesto ínfimo, casi involuntario, que Mateo capturó al instante en el reflejo del retrovisor. Las manos del guardaespaldas apretaron el volante con tanta fuerza que los tendones de sus antebrazos —gruesos como cables de acero— amenazaron con romper la tela del saco.

—Quise decir que la transmisión fue clara, señor —corrigió de inmediato, forzando un tono frío y militar para apagar el incendio que él mismo había encendido—. El tránsito en la 9 de Julio está bastante pesado, pero hay desvíos. Llegamos a las oficinas en diez minutos.

Valentina reprimió una carcajada, divirtiéndose con la absoluta y densa incomodidad que flotaba en el aire como un perfume distinto al de Gastón. Sin embargo, su atención se desvió cuando su tableta vibró suavemente en el asiento, un zumbido apenas audible. Deslizó el dedo por la pantalla, esperando un informe de última hora de Delta Logistics. Lo que apareció fue un mensaje de WhatsApp.

Bruno: Hoy preparé unos sorrentinos de calabaza y ricota que te van a hacer llorar, te lo juro por mi nonna. ¿Te paso a buscar a la noche por la salida de atrás? Te extraño, mi cielo.

Apretó los labios para contener una sonrisa distinta, más íntima, más suya. Una sonrisa que no era para las cámaras ni para los flashes. Escribió una respuesta rápida con los dedos todavía tensos por la adrenalina del vivo, las uñas cortas y sin esmalte golpeando la pantalla.

Valu: Hoy imposible. Estalló un quilombo con mi hermano. Te llamo apenas pueda. Guardame un plato. Y guardame un beso.

Envió el mensaje y bloqueó la pantalla, pero durante un segundo apoyó la cabeza contra el vidrio frío de la ventanilla y suspiró. El olor a auto de lujo y perfume francés no podía competir con el recuerdo de la albahaca fresca, el ajo dorándose en aceite de oliva y el vino tinto que imaginaba cada vez que pensaba en Bruno. El único hombre que no quería nada de ella, salvo que se quedara. Que se quedara a comer, a reír, a dormir desnuda y sin apuro. Y justo ahora, ella no podía quedarse. No podía prometerle nada más que un plato guardado en la heladera y una llamada a las tres de la mañana.

La tensión flotante en el auto se rompió por completo cuando el teléfono de alta gama de Gastón vibró al unísono con la tableta de Valentina. La pantalla mostró una notificación de última hora, un titular que ninguno de los dos esperaba.

—No puede ser… —susurró Valentina, enderezándose de golpe, la espalda rígida.

—¿Qué pasa? —preguntó Gastón, recuperando su frialdad de jefe, la mandíbula apretada.

Ella le giró la tableta. Debajo de una foto de un pibe de veinticuatro años, con facciones perfectas y simétricas, labios gruesos y carnosos, y una mirada cargada de arrogancia destructiva, el texto decía:

ESCÁNDALO EN HOLLYWOOD: SEBASTIÁN LANZINI ABANDONA EL RODAJE TRAS AGREDIR A UN DIRECTOR Y HUYE A BUENOS AIRES EN UN VUELO PRIVADO.

Valentina se llevó una mano al pecho, presionando la tela de su blusa de seda.

—Mi hermano menor está viniendo para acá —dijo, y su voz sonó más opaca, como si las palabras le pesaran en la lengua—. Y si Sebastián vuelve arruinado y buscando quilombo, va a meter las narices en la empresa. Lo primero que va a querer hacer es voltear nuestro compromiso.

En el asiento delantero, Mateo miró la pantalla del tablero digital con el ceño fruncido. Al ver el rostro del joven actor rebelde, poseedor de la misma altura dominante y prepotente que él, una furia territorial le recorrió el pecho como un animal despertando. Esos ojos grises, esa sonrisa de estrella malcriada. Sabía que Sebastián y Gastón tenían un historial oscuro, una guerra privada hecha de empujones y miradas que siempre parecían esconder algo más. Y ahora ese tipo volvía.

—¡Pero qué pelotudo es este pendejo! —exclamó Gastón, frotándose la frente con los dedos, la piel tirante. Cada vez que escuchaba el nombre de Sebastián, la piel se le erizaba recordando los juegos hostiles y enfermizos que compartían en la mansión de los Lanzini cuando eran adolescentes. Juegos de miradas retadoras, de empujones que disfrazaban algo más inquietante, de una electricidad que Gastón jamás admitiría en voz alta pero que le recorría el cuerpo entero al escuchar ese nombre.

—Señor Ferrara, ¿necesita que pare un momento? —preguntó Mateo, mirándolo por el espejo. Sus ojos oscuros bajaron involuntariamente hacia los labios de Gastón antes de volver a mirarlo a los ojos, con una devoción asfixiante, casi canina.

—No te hagas drama, Mateo. No es para tanto —respondió Gastón. Su voz perdió el filo corporativo, volviéndose suave, casi íntima; un tono que solo emergía cuando estaba bajo la protección del hombre de traje negro. Un tono que guardaba para él.

Mateo asintió y tragó saliva, volviendo a concentrar su vista en el tráfico porteño, en los taxis amarillos y los colectivos que serpenteaban por la 9 de Julio. El pulso le retumbaba en las sienes.

—Llevanos a las oficinas, por favor —dictaminó Gastón, asumiendo de nuevo su rol de Director Ejecutivo, enderezando la espalda—. Tengo que hablar con don Ernesto sobre cómo vamos a recibir a Sebastián.

—¿Qué vas a hacer, Gastón? —preguntó Valentina. Conocía la brutal hostilidad que manejaban su hermano y su falso prometido, una guerra que siempre parecía esconder algo más oscuro, más húmedo, más peligroso.

—Tu viejo me mandó un mensaje. Quiere mantenerlo al margen mientras esté en Argentina. —Gastón se inclinó hacia ella, el perfume acercándose—. Valu, no te preocupes. Yo me encargo. Ese pibe ya no se va a encontrar con el tipo que solía ser antes. Ahora la mano viene distinta.

—¿Pero qué pasa si intenta fajarte o hacerte algo? —insistió ella, inquieta, los dedos jugueteando con el anillo de su abuela.

—Que lo intente. Esa carita de estrella de cine se va a ver hermosa con un ojo morado —carraspeó Gastón, arrastrando las palabras con una ira densa que le aceleró el pulso de una manera extraña, una anticipación oscura que prefería no analizar.

—¡Gastón!

—No dije nada, Valu. Es una forma de decir. —¿Mateo, cuánto falta para llegar?

Al volante, el fornido guardaespaldas disimuló una sonrisa apretada, fascinado por el carácter indomable de su jefe, por esa mezcla de hielo y fuego que lo tenía completamente a sus pies.

—Llegaremos en tres minutos, señor Ferrara.

En Los Ángeles, California, la mañana había comenzado en ruinas.

Sebastián Lanzini despertó rodeado de sábanas revueltas y dos cuerpos semidesnudos que dormían profundamente a su lado, ajenos a la tormenta que se gestaba. El olor a sexo, alcohol caro y perfume dulzón flotaba en el aire del penthouse como un fantasma. Con el cabello rubio oscuro despeinado en todas direcciones, los ojos de un gris tormenta inyectados en sangre y su metro noventa y cinco de pura tensión muscular, se levantó de la cama completamente desnudo, caminando como una bestia enjaulada hacia el baño. El espejo le devolvió la imagen de un hombre que lo tenía todo —fama, dinero, belleza, cuerpos dispuestos— y no sentía absolutamente nada. Un vacío helado en el pecho.

Tras una ducha rápida, el agua caliente golpeándole la espalda ancha, salió con una toalla colgada baja en la cintura, las gotas de agua resbalando por los surcos de su pecho y perdiéndose en el vello rubio que descendía hacia el abdomen. Tomó su celular con un gesto automático. La pantalla era una cascada de notificaciones: mensajes de su representante, alertas de prensa, menciones en redes sociales. Sin embargo, su pulgar se detuvo de golpe en una galería de fotos filtradas en una cuenta de chismes corporativos.

Eran imágenes de Gastón Ferrara en el gimnasio corporativo de Delta Logistics, en Buenos Aires. El CEO estaba frente al espejo, levantándose la remera deportiva empapada en sudor. La tela gris se adhería a su pecho como una segunda piel mojada, y la luz cruda del vestuario marcaba cada músculo de su abdomen, cada sombra, y el rastro de vello oscuro que desaparecía bajo la línea del pantalón de gimnasia. Los ojos azules de Gastón miraban a la cámara sin saberlo, intensos incluso en la distancia.

Sebastián devoró la imagen con la vista. Sus propios ojos, grises y tormentosos, se oscurecieron. No podía entender cómo ese tipo de treinta y ocho años —casi quince más que él— parecía tener veinticinco. La piel tersa, los músculos definidos pero estilizados, la mandíbula sin un gramo de grasa.

¿Vendió su alma o qué carajo hace?, pensó, apretando la mandíbula hasta que le dolió.

Odiaba a Gastón Ferrara. Lo odiaba con una furia antigua y enraizada. Odiaba que le hubiera robado el reconocimiento de su padre, Don Ernesto, que siempre lo ponía como ejemplo. Odiaba que ahora estuviera comprometido con su hermana Valentina. Pero lo que más odiaba en el mundo entero —lo que le helaba la sangre y a la vez se la hervía— era el fuego denso, irracional y palpitante que se le instalaba en el bajo vientre cada vez que miraba esa maldita foto. Una erección dolorosa, maciza, que le nacía de la pura hostilidad, de una furia que no sabía canalizar. Un rechazo visceral que chocaba de frente con una urgencia física evidente, una respuesta corporal que jamás admitiría en voz alta.

El ruido a sus espaldas lo sacó del trance de golpe, haciéndolo sentir expuesto y sucio. Una de las mujeres se estiró en la cama como una gata perezosa, mirándolo con deseo soñoliento.

—Bebé… volvé a la cama un rato más… —murmuró la chica, con una voz ronca que pretendía ser sensual y solo le resultó invasiva, una intromisión en su obsesión privada.

El aire en la habitación descendió diez grados. No lo había llamado «Seby», pero el simple roce de la palabra «bebé» contra su piel le produjo el mismo efecto: una invasión asquerosa, una profanación. Solo tres personas en el mundo tenían permitido tratarlo con diminutivos, con esa cercanía que él no regalaba: su hermana Valentina, su madre fallecida, y el forro que lo estaba provocando desde la pantalla del celular. Gastón Ferrara. El protegido perfecto. El que siempre ganaba.

—Fuera —dijo Sebastián. Su voz fue un latigazo sordo, frío y sin piedad.

Las mujeres se miraron, asustadas por la mirada asesina del actor, por esos ojos grises que podían ser seductores o demoledores.

—Get out, dije. Ahora.

Salieron a tropezones, vistiéndose en el pasillo, las ropas a medio poner, casi llevándose por delante a Eric Conty, su representante. Eric esquivó a las chicas con un suspiro de exasperación y entró al departamento arrojándole una camisa limpia desde el sillón.

—¿Estás listo, pibe? —preguntó Eric, el único que podía hablarle con esa familiaridad sin que lo mordiera—. Tenés que estar en el set en media hora. El director está furioso y necesitamos que esta película termine sin escándalos. Una cosa es ser la estrella rebelde, otra es ser la estrella que nadie quiere contratar.

—Ese imbécil me cagó la película. Me vendiste que esta iba a ser la última puta comedia romántica donde me pedían mostrar el culo —replicó Sebastián, agarrando la prenda en el aire y poniéndosela de mala gana, los botones mal abrochados.

—Y lo será, si no tirás todo por la borda hoy. Terminás esto y te consigo la franquicia de acción. Te lo prometo. Vamos.

Treinta minutos después, en el set de grabación, el clima era insostenible. El sol de California golpeaba fuerte sobre los tráileres y los técnicos, y el olor a café quemado y maquillaje barato flotaba en el ambiente.

El director de la película, un hombre de cincuenta años con aires de superioridad, esperaba a Sebastián cerca de los tráileres. Le hizo una seña a Eric para que los dejara solos, un gesto untuoso que a Sebastián le revolvió el estómago.

Sebastián, con los brazos cruzados sobre el pecho y el cuerpo ardiendo de frustración por las malditas fotos de Gastón que todavía le palpitaban en la retina, ni siquiera lo miraba. La imagen del CEO transpirado no salía de su cabeza. Estaba grabada a fuego en su sistema nervioso.

—Tenés un problema de actitud, Sebastián —murmuró el director, acercándose más de lo necesario, acortando la distancia personal hasta invadirla por completo—. Pero podemos arreglar esto. Hay formas de que tus escenas queden en la sala de edición... o de que te conviertas en la estrella definitiva del estudio. Yo tengo mucho poder acá, y vos mucha necesidad.

Sebastián dejó de mirar su celular. Sintió una mano húmeda y flácida, de uñas manicuradas, apoyarse en la base de su espalda, justo donde la camisa se arrugaba. El director deslizó los dedos hacia abajo con una lentitud asquerosa, rozando la cintura del pantalón de Sebastián, insinuándose.

—Todo depende de cuán agradecido estés. —Hizo una pausa y, con una sonrisa viscosa, lamiéndose los labios, añadió—: Seby.

El apodo, en boca de ese asqueroso. El toque repulsivo. La imagen ardiente de Gastón Ferrara, que todavía le quemaba la mente como un hierro candente.

Todo ocurrió en una fracción de segundo. La mente de Sebastián no procesó palabras, solo un estallido de rabia animal y asco. Su cuerpo, todavía tenso por la erección dolorosa que le había provocado la foto en el departamento, canalizó toda esa energía sexual contenida en pura violencia. Fue como si la frustración, el deseo y el odio se fundieran en un solo puño.

Sebastián giró sobre sus talones y, con un movimiento brutal, agarró al director por el cuello de la camisa, levantándolo del suelo y estampándolo contra el aluminio del tráiler. El impacto resonó en todo el set.

Antes de que el hombre pudiera jadear, el enorme puño de Sebastián impactó contra su pómulo, destrozándole el labio. La sangre brotó instantánea. El director cayó al piso como un peso muerto, pero la furia de Sebastián lo siguió. Cegado por un odio antiguo que nada tenía que ver con la película, y desesperado por borrar el rastro del toque de ese tipo en su piel, soltó dos patadas letales hacia las costillas del hombre. El sonido de las costillas crujiendo le provocó una satisfacción oscura.

—¡Sebastián, no! —el grito aterrorizado de Eric rasgó el aire.

Fueron necesarios tres guardias de seguridad inmensos para arrancarlo de encima del director. Inmovilizado por los brazos, con el pecho agitado por la adrenalina, Sebastián miró a su alrededor. Camarógrafos y técnicos lo observaban con puro horror, algunos con los teléfonos grabando.

—¿Qué carajo hiciste, muchacho? —susurró el representante, pálido como el papel.

Sebastián se relamió la sangre seca de un rasguño en el labio y cerró los ojos. Acababa de prender fuego su vida en Los Ángeles. Las películas, los contratos, la fama. Todo. Solo le quedaba un lugar al que huir. Un solo hombre en Buenos Aires sobre el cual descargar todo el fuego que lo estaba consumiendo por dentro.

Cuando los guardias lo soltaron, Sebastián se apartó de todos y se encerró en su tráiler. Cerró la puerta con llave. Apoyó la frente contra la pared fría y sintió el escozor del rasguño en el labio. La respiración le salía entrecortada. En medio de la rabia y la ceniza, una sola imagen le taladraba el cráneo: esos ojos azules que odiaba tanto. Esa boca que jamás le sonreía. Ese cuerpo imposible.

Porque en el fondo más oscuro, más sucio y más negado de su ser, lo que más deseaba en ese instante no era destruir a Gastón Ferrara. Era averiguar de una puta vez por qué cada músculo de su cuerpo se tensaba al ritmo de ese nombre. Por qué, en medio del desastre, seguía pensando en él.

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