Prólogo

Los libros de historia que sobrevivieron al fuego llaman a ese año el inicio de la Nueva Era, pero quienes estuvieron allí solo lo recuerdan como el día en que el cielo y el infierno convirtieron a la Tierra en su matadero.
Antes de la Ruptura, la humanidad creía que la cúspide de su existencia era la tecnología digital, la política global y sus pequeñas guerras fronterizas. Qué equivocados estábamos. Nadie estaba preparado para la noche en que la realidad se rasgó como un trozo de tela vieja.
No hubo advertencia, no hubo señales. Las frecuencias de radio murieron, las luces se apagaron, los satélites dejaron de funcionar y el suelo de las principales capitales del mundo se agrietó, exhalando un vapor negro que olía a azufre y sangre seca. Desde las profundidades del abismo, el Rey Demonio desató su ejército para exterminar a la humanidad. No eran monstruos de cuento de hadas; eran deidades de la violencia, lacayos hambrientos de carne y, junto a ellos, liderando la vanguardia, los siete Señores del Terror. Criaturas de una malicia tan pura que su sola presencia hacía que los hombres se arrancaran los ojos para no perder la cordura.
Los tanques de guerra y los misiles de los ejércitos humanos se derritieron como cera ante el avance de la oscuridad. La humanidad fue diezmada en cuestión de horas. Nunca el hombre había sido consciente de su fragilidad.
Fue entonces cuando el Creador rompió su milenario silencio.
El cielo no se abrió con coros celestiales, sino con un trueno ensordecedor que hizo vibrar los cimientos del planeta. Dios envió su respuesta. El aire se volvió puro por un instante y un haz de luz cegadora perforó la densa nube de humo negro. De ella descendió el arma definitiva del cielo: un Ángel, una deidad guerrera envuelta en un fulgor, portando una imponente espada que, en medio de la catástrofe, emanaba una luz de su hoja.
Los pocos humanos que se arrastraban entre los escombros de las ciudades la vieron. No llevaba ropajes sagrados, sino una armadura que quemaba las sombras al pasar.
La batalla que siguió desafió las leyes de la física y el tiempo. Durante horas que parecieron siglos, el Ángel sostuvo el frente ella sola. Su velocidad humillaba al rayo y cada golpe de su espada desintegraba a miles de demonios, obligando a los Señores del Terror a retroceder. Por un momento, pareció que el cielo prevalecería. Pero el Infierno no juega bajo las reglas del honor.
El Rey Demonio no buscaba destruir al Ángel; buscaba un trofeo. Exhausta y herida por la superioridad numérica de los demonios, fue rodeada. La luz de su armadura comenzó a parpadear y el clímax de la tragedia ocurrió cuando las cadenas de los Señores del Terror se hundieron en su carne celestial, arrastrándola hacia la brecha abierta. El enviado del cielo había sido derrotado, siendo arrastrado hacia lo profundo del abismo.
Sin embargo, antes de ser arrastrada por completo a la oscuridad de las profundidades, el Ángel miró a la humanidad agonizante por última vez. En un último acto de misericordia y sacrificio, exhaló un suspiro de luz pura que se fragmentó en millones de destellos sobre la Tierra. Una bendición final. Ese obsequio celestial se arraigó en la sangre de ciertos linajes humanos, otorgándoles habilidades asombrosas y milagrosas, la única arma con la que el hombre podría resistir el asedio y defenderse en la oscuridad hasta que la próxima ayuda celestial descendiera.
Con la caída del Ángel, el sol pareció perder su fuerza para siempre, obligando a los demonios a replegarse solo cuando los tímidos rayos del amanecer tocaban la tierra. En el caos de la posguerra, la humanidad se fracturó irremediablemente. Los débiles, los ambiciosos y aquellos que perdieron toda fe en el cielo se postraron ante los monstruos para salvar sus vidas, fundando El Culto de los Caídos: humanos traidores que operaban desde las sombras para adorar y servir a los Señores del Terror. En respuesta, los supervivientes más ricos y científicos se unieron bajo un solo estandarte corporativo: Nexus, con el único fin de cazar a los traidores y canalizar aquel obsequio divino para crear una fuerza de defensa.
La Tierra no volvió a ser la misma. El año 2026 murió, y sobre sus cenizas, la humanidad comenzó a construir torres de cromo y neón para protegerse de la noche. Una noche que, cien años después, seguía perteneciendo a los monstruos.

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