Pacto de cenizas (En las sombras 2)

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Sinopsis

Dania regresa distinta. Ya no huye por miedo, sino por elección. El reencuentro con Vladimir no es sumisión, es pulso. Ella aprende a usar su voz, su deseo y su inteligencia. Él aprende a escuchar, a esperar, a tocar sin poseer. Mientras su relación se redefine, Salvador cae en una espiral de resentimiento al descubrir que Vladimir destruyó el negocio de su familia. El amor limpio se transforma en obsesión. Entre trampas de una abuela incansable, enemigos atentos y una atracción imposible de negar, Dania y Vladimir están a punto de firmar algo que no es un contrato… pero pesa como uno.

Genero:
Romance
Autor/a:
Aura Gris
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Un año. 

Ese fue el tiempo que Dania necesitó para aprender a respirar sin miedo, para dejar de mirar por encima del hombro, para entender que sobrevivir no era lo mismo que vivir. Un año para reconstruirse desde un lugar más firme, menos roto. No intacto —eso nunca—, pero real.

La maleta descansaba abierta sobre la cama de Claudia, con la ropa cuidadosamente doblada en pilas que hablaban de alguien que había aprendido a poner orden incluso en el caos. La chica se quedó de pie unos segundos, observando la habitación que conocía tan bien y que, aun así, se sentía distinta. Quizás era ella la que había cambiado.

—No puedo creer que hayas terminado la carrera —dijo Claudia desde la puerta, apoyada en el marco, con una sonrisa orgullosa—. Psicóloga titulada. Suena serio.

Su amiga sonrió, cansada pero satisfecha.

—Suena más serio de lo que se siente —respondió—. Aunque sí… lo hice.

Y eso importaba.

Había sido un año duro. Exámenes, prácticas, noches interminables de estudio y mañanas en las que el cuerpo parecía no responder. Había trabajado, ahorrado, ayudado a su padre a mantenerse firme en su rehabilitación. Había aprendido a escuchar historias ajenas cargadas de dolor mientras intentaba no perderse en las suyas propias.

Ahora trabajaba en un centro modesto, de paredes beige y muebles desgastados, donde los pacientes no eran casos de manual, sino personas heridas que hablaban poco y gritaban mucho sin levantar la voz. Gente difícil. Historias rotas. Miradas que pedían ayuda sin saber cómo.

Llegaba a casa agotada, con la cabeza llena de voces que no eran suyas. Pero también con algo nuevo latiendo en el pecho: orgullo.

Había elegido ese camino. Había llegado hasta el final.

—Solo será temporal —dijo Claudia, señalando el sofá del salón—. Hasta que encuentres tu propio apartamento.

—Lo sé. Gracias por dejar que me quede aquí —respondió su amiga, sincera.

La anfitriona la miró con atención, como había aprendido a hacerlo después de todo lo que habían pasado juntas. Dania estaba distinta. Más erguida. Más consciente de sí misma. Ya no había esa fragilidad constante, esa sensación de estar a punto de romperse con cualquier gesto brusco.

Aunque tampoco era invulnerable.

—¿Estás bien? —preguntó la anfitriona con suavidad.

Su amiga dudó solo un segundo.

—Sí. Cansada, pero bien.

No mencionó lo otro. No habló de las noches. Porque, aunque se lo repetía una y otra vez, aunque había cambiado de ciudad, de rutinas y de vida, había algo que no había conseguido dejar atrás.

Vladimir.

Creía haberlo superado. Se lo había prometido. Había cerrado esa puerta con una nota breve, con una huida que le había salvado la cordura. Había convertido su recuerdo en algo distante, casi abstracto.

Mas el cuerpo no entendía de promesas.

Casi todas las noches, cuando el cansancio vencía al control, él regresaba. En sueños. Siempre igual y siempre distinto. Él aparecía como una figura sólida en medio del caos, como si el mundo a su alrededor ardiera y él fuera el único punto estable. A veces vestía de oscuro, otras llevaba esa expresión impenetrable que Dania conocía demasiado bien. No decía mucho. No hacía falta.

En los sueños, él llegaba cuando ella estaba a punto de caer. Y siempre, inevitablemente, terminaban igual.

El deseo no era abrupto ni violento. Era consciente, profundo, inevitable. Se miraban como si el tiempo no hubiera pasado, como si no hubiera contratos rotos ni huidas necesarias. Se besaban con una urgencia silenciosa, como si el mundo pudiera desaparecer en cualquier momento.

No había culpa en esos sueños. Solo hambre.

El cuerpo de Vladimir era una presencia firme, protectora, pero no dominante. No imponía. Acompañaba. Dania se reconocía en esos sueños no como alguien que necesitaba ser salvada, sino como alguien que elegía quedarse.

Se despertaba con el pulso acelerado, el cuerpo ardiendo y una mezcla incómoda de consuelo y frustración. Porque al abrir los ojos, él no estaba. Y eso dolía más que el deseo.

El primer día de trabajo tras su regreso fue agotador.

El centro olía a café recalentado y a productos de limpieza baratos. Las paredes estaban decoradas con carteles motivacionales que nadie parecía leer. Dania se sentó frente a su primer paciente con el cuaderno sobre las piernas y la espalda recta para recordarse a sí misma que ya no era una estudiante.

—No creo en esto —dijo el hombre al otro lado de la mesa, sin mirarla—. Mi mujer dice que tengo que venir.

Ella no se inmutó.

—No tiene que creer —respondió—. Solo tiene que estar aquí.

A lo largo del día escuchó historias de violencia, de abandono, de rabia mal contenida. Vio reflejos de su propio pasado en algunas miradas. Sintió el peso emocional acumularse en los hombros.

Cuando salió, el cielo estaba gris. Caminó despacio, dejando que el cansancio la atravesara sin resistirse.

Esa noche durmió profundamente. Y volvió a soñar.

Esta vez, Vladimir no llevaba armadura. Estaba sentado, observándola, como solía hacerlo, en silencio. No había prisa. No había amenaza. Solo esa intensidad contenida que siempre la había desarmado.

—Has cambiado —le decía él en el sueño.

—Tú también —asintió ella.

Él se acercaba despacio. No había miedo, solo reconocimiento. Sus manos no reclamaban. Esperaban. Y cuando ella daba el paso, cuando era ella la que lo tocaba primero, algo dentro de la chica se acomodaba.

Despertó con una certeza incómoda y clara. No lo había olvidado.

A kilómetros de allí, Vladimir estaba de pie frente a la ventana de su despacho, observando una ciudad que nunca dormía del todo.

Un año. Un año desde que ella se había ido sin despedirse, dejando un vacío que no había sabido cómo llenar. La casa había seguido funcionando con precisión milimétrica. Los negocios prosperaban. El control seguía intacto.

Sin embargo, algo faltaba.

No había vuelto a buscarla. No directamente. Sabía dónde estaba. Siempre lo había sabido. Los informes llegaban puntuales, detallados, impersonales.

Había terminado la carrera. Trabajaba como psicóloga. Había regresado a la ciudad.

Esa última información lo había dejado inmóvil durante varios segundos.

—Está de vuelta —murmuró, sin saber a quién se lo decía.

El mayordomo, fiel como siempre, había levantado la vista con atención, mas no dijo nada.

Su señor cerró los ojos. La recordaba frágil y desafiante. Asustada y valiente. La recordaba huyendo. Pero en los informes más recientes había algo distinto en la forma en que se describían sus gestos. En cómo caminaba. En cómo sostenía la mirada. Ya no huía. Y eso, más que tranquilizarlo, lo inquietaba. Porque si ella había regresado distinta… significaba que el equilibrio que tanto había costado mantener estaba a punto de romperse.

Vladimir apoyó la mano en el cristal frío de la ventana. Las cenizas que había creído apagadas no estaban frías. Solo habían esperado. Y ahora, sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido conscientemente, el pasado empezaba a moverse de nuevo. No como amenaza, sino como elección.

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Buenos personajes

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