Capítulo 1: Bajo la sombra del muro
En el pueblo de Qingshui existía una regla que incluso los niños conocían de memoria: Nadie debía acercarse al muro.
Los ancianos aseguraban que más allá de aquella inmensa barrera de piedra habitaban criaturas capaces de hechizar a los hombres y arrastrarlos hacia las profundidades del mar. Otros afirmaban que los seres míticos devoraban a cualquiera que se atreviera a cruzar sus dominios, Shen Zhao Ran nunca había prestado demasiada atención a aquellas historias. Después de todo, las leyendas no llenaban estómagos.
—¡Pescado fresco! ¡Recién traído del río!
—¡Tres manojos de verduras por el precio de dos!
—¡Señora Shen, guárdeme unas raíces medicinales!
Las calles del mercado estaban tan abarrotadas como siempre. Entre los puestos de frutas, verduras y telas, una mujer de aspecto amable atendía a los clientes mientras una muchacha de trece años organizaba cuidadosamente la mercancía.
—Hermana Zhao Ning, ¿podrías pesarme estos rábanos? —preguntó una anciana con una sonrisa.
—Por supuesto, abuela Li.
Shen Zhao Ning sonrió dulcemente mientras colocaba los rábanos sobre la balanza y justo entonces, una figura apareció por detrás del puesto.
—Madre, Zhao Ning, he vuelto.
La muchacha levantó la cabeza inmediatamente.
—Hermano.
Shen Zhao Ran sonreía como si acabara de regresar de dar un tranquilo paseo. Sin embargo, Zhao Ning entrecerró los ojos.
—¿Qué hiciste esta vez?
—¿Por qué asumes que hice algo? —responde Zhao Ran rascando su mejilla con un dedo.
—Porque siempre pones esa cara cuando haces algo.
—Qué injusticia. Tu hermano es un joven honrado. — Zhao Ran fingió indignación.
—La última vez que dijiste eso, apareciste perseguido por medio mercado.
Zhao Ran tosió ligeramente y desvió la mirada. Su madre soltó una suave risa.
—Deja de molestar a tu hermano, Zhao Ning.
—Madre, la que debería preocuparse eres tú.
—¿Preocuparme? ¿Por qué?
—Porque algún día terminará colgado boca abajo en la plaza.
—¡Zhao Ning!
Las risas llenaron el pequeño puesto durante unos instantes, pero nadie notó que, oculto entre los pliegues de la ropa de Zhao Ran, un pequeño pañuelo azul oscuro sobresalía discretamente.
La mañana transcurrió con tranquilidad. Aunque el puesto de la familia Shen no era el más concurrido del mercado, tampoco podía considerarse vacío. Los clientes habituales iban y venían sin descanso, intercambiando algunas monedas por verduras frescas, raíces medicinales o simples conversaciones y fue Zhao Ning quien los vio primero.
—Hermano.
Shen Zhao Ran levantó la cabeza de la cesta que estaba organizando.
—¿Qué ocurre?
En lugar de responder, Zhao Ning inclinó discretamente la cabeza hacia la entrada del mercado. Un pequeño grupo de jóvenes vestidos con túnicas sacerdotales avanzaba entre los puestos. Sus ropas eran sencillas, pero la calidad de las telas, así como los delicados bordados morados que adornaban sus mangas, bastaban para distinguirlos del resto de la multitud. A su paso, muchos comerciantes inclinaban respetuosamente la cabeza, no era extraño ver sacerdotes en Qingshui. Después de todo, el pueblo se encontraba bajo la protección de su secta. Sin embargo, rara vez descendían tantos al mismo tiempo.
—¿Y? —preguntó Zhao Ran, sin demasiado interés.
Zhao Ning lo miró con incredulidad.
—¿“Y”? Mira al de la izquierda.
Zhao Ran siguió la dirección de su mirada. Entre el grupo, un joven de porte sereno avanzaba tranquilamente, observando los distintos puestos del mercado. Su cabello color carbón estaba recogido en un semimoño sencillo, mientras el resto caía libremente sobre su espalda. Sus facciones eran delicadas y elegantes, y sus ojos verdes poseían una calma poco común en alguien de su edad.
—Es muy guapo —susurró Zhao Ning con expresión soñadora.
Zhao Ran observó al sacerdote durante unos segundos.
—Supongo.
—¿“Supongo”? ¡Es Xie Qing Heng!
—¿Quién?
Zhao Ning abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que “quién”? ¡Es el joven maestro Xie! ¡El hijo del Gran Maestro Xie! ¡El futuro líder de todos los sacerdotes!
—Ah.
—¿“Ah”? ¡Eso es todo lo que tienes que decir!
Zhao Ran volvió a acomodar unas verduras con total tranquilidad.
—¿Y qué quieres que diga? ¿Que tiene una cara bonita? Eso no hará que nuestros rábanos se vendan más rápido.
Zhao Ning lo observó durante unos segundos antes de negar lentamente con la cabeza.
—Hermano, algún día morirás solo.
—Perfecto. Así no tendré que compartir la comida.
Su madre no pudo evitar reír suavemente al escuchar la conversación y a unos metros de distancia, Xie Qing Heng levantó la mirada por un instante. Por alguna razón, sus ojos se detuvieron brevemente sobre el pequeño puesto de la familia Shen.
Zhao Ning permaneció observando a Xie Qing Heng incluso después de que el grupo de sacerdotes se hubiera alejado varios puestos más allá y Shen Zhao Ran chasqueó la lengua.
—Si sigues mirándolo así, se te van a salir los ojos.
—No entiendes nada.
—No, gracias al cielo. —respondió Zhao frunciendo el ceño.
—¿Cómo puedes permanecer tan tranquilo? ¡Es el joven maestro Xie!
—Sigue siendo una persona.
—Una persona muy guapa.
—Una persona muy guapa que no va a comprar nuestros rábanos.
Zhao Ning estuvo a punto de responder cuando su madre dejó suavemente una cesta sobre el mostrador.
—Zhao Ran, ¿podrías llevar estas verduras a la señora Wu? Las encargó esta mañana.
Zhao Ran observó la cesta.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Pero apenas regresé.
—Y por eso quiero que lleves esto hijo mío.
El joven soltó un suspiro exagerado antes de cargar la cesta sobre el hombro.
—Está bien, está bien. Si no regreso, recuerden que siempre fui un hijo ejemplar.
—Jamás diremos eso —respondió Zhao Ning sin levantar la vista de los sacerdotes.
—Qué familia tan cruel. —sacudiendo la cabeza, Zhao Ran se internó nuevamente entre la multitud del mercado.
No muy lejos de allí, el grupo de sacerdotes también continuaba avanzando entre los distintos puestos. Y, por alguna extraña coincidencia del destino, ambos caminos parecían dirigirse hacia el mismo lugar.
No muy lejos del puesto de la familia Shen, el grupo de sacerdotes continuaba recorriendo tranquilamente el mercado. Aunque vestían túnicas relativamente sencillas, la elegancia natural que emanaban bastaba para distinguirlos del resto de la multitud. Muchos comerciantes los saludaban respetuosamente a su paso, mientras algunas jóvenes observaban discretamente desde la distancia.
—Joven maestro Xie, parece que las muchachas de Qingshui lo admiran bastante —comentó uno de los discípulos con una sonrisa divertida.
Xie Qing Heng siguió caminando con expresión serena, como si no hubiera escuchado aquellas palabras.
—Solo están siendo amables —respondió con calma.
—No lo creo. La semana pasada una joven dejó flores frente a la entrada de la secta. Y la anterior también.
—Incluso el mes pasado.—reclamó otro discípulo emocionado.
Los discípulos intercambiaron miradas divertidas y Xie Qing Heng guardó silencio unos segundos antes de suspirar suavemente.
—Las flores pertenecen a los jardines.
Los discípulos soltaron una carcajada.
—El joven maestro Xie sigue siendo tan serio como siempre.
Entretanto, Shen Zhao Ran avanzaba entre la multitud cargando una pesada cesta repleta de verduras, justo cuando pasaba frente a un puesto de frutas, una voz cargada de indignación resonó a sus espaldas.
—¡TÚ!
Zhao Ran sintió un escalofrío recorrerle la espalda y con cierta resignación, giró lentamente la cabeza. El dueño del puesto de frutas lo observaba con los brazos cruzados y el ceño profundamente fruncido.
—¡Me debes seis peras!
Zhao Ran sonrió cordialmente.
—Señor, creo sinceramente que se está confundiendo de persona.
—¡Te reconocería en cualquier parte!
El comerciante levantó la escoba y Zhao Ran decidió que la conversación había llegado a su fin.
—Bueno, ha sido muy agradable hablar con usted.—y echó a correr.
—¡REGRESA, PEQUEÑO LADRÓN!
—¡No soy un ladrón! ¡Solo tengo algunos inconvenientes financieros! —gritó Zhao Ran mientras corría entre la multitud.
Esquivó a una anciana, luego saltó unas cajas y después rodeó un puesto de telas, miró hacia atrás para comprobar si el comerciante seguía persiguiéndolo, eso fue un grave error... Cuando volvió la vista al frente, apenas alcanzó a distinguir una túnica blanca antes de chocar violentamente contra alguien.
¡BUM!
El impacto fue tan fuerte que ambos salieron despedidos hacia atrás. La cesta escapó de las manos de Zhao Ran y salió volando por los aires, las verduras se dispersaron en todas direcciones, un repollo rodó calle abajo, varias zanahorias aterrizaron sobre un puesto de hierbas y una berenjena ascendió majestuosamente hacia el cielo.
Zhao Ran cayó sentado sobre el suelo de piedra, completamente aturdido y a pocos pasos de él, Xie Qing Heng también había terminado sentado en el suelo. Aunque conservaba cierta compostura, la ligera sorpresa en su rostro indicaba que aquello había estado muy lejos de sus expectativas.
El mercado entero quedó en absoluto silencio, los discípulos miraron a Xie Qing Heng, luego a Zhao Ran y luego a las verduras. Nadie dijo una sola palabra, y fue en ese preciso instante cuando la berenjena, después de completar su elegante viaje celestial, descendió lentamente y golpeó con absoluta precisión la cabeza de Xie Qing Heng.
El silencio se volvió aún más profundo, uno de los discípulos dejó caer las compras que llevaba en las manos. Zhao Ran observó la berenjena y luego miró al joven sacerdote y finalmente, murmuró con sinceridad:
—Creo que el cielo acaba de intentar asesinarme...








