CAPÍTULO 1: LA CURIOSIDAD
Los relojes gozan de un privilegio que las personas nunca tendrán. Cuando dejan de funcionar, siempre existe una razón: un engranaje roto, una pieza faltante, un resorte vencido o, simplemente, un mecanismo fuera de lugar.
Las personas, en cambio, se rompen sin previo aviso. Y, una vez que ocurre, no siempre hay algo capaz de repararlas.
Mi fascinación por los relojes comenzó cuando era niño, gracias a mi abuelo. Pasaba horas sentado a su lado, observándolo restaurar antiguos relojes de bolsillo y aquellos que los vecinos del barrio le confiaban con la esperanza de devolverles la vida.
Trabajaba con una paciencia casi irreal. Desmontaba cada mecanismo pieza por pieza, como si el tiempo mismo pudiera deshacerse entre sus dedos. Luego volvía a ensamblarlo con una elegancia y una delicadeza que jamás he vuelto a ver en otra persona.
Hoy, a mis veintisiete años, sigo viviendo de las enseñanzas que mi abuelo me dejó. Si bien la remuneración nunca ha sido especialmente atractiva, la satisfacción de desmontar un reloj y devolverle la vida sigue siendo una exquisitez para mí.
Cada día llegan clientes con piezas muy distintas. La mayoría son adultos mayores que depositan en mis manos relojes heredados, convencidos de que guardan un tesoro familiar. Otros son jóvenes descuidados que, tras apenas un par de usos, los estrellan contra el suelo y esperan que un milagro pueda devolverles el tiempo perdido.
Aquella mañana parecía no ser diferente a las demás.
Hasta que ella cruzó la puerta del taller.
La campanilla sobre la puerta anunció la llegada de un nuevo cliente.
Levanté la vista por costumbre, dispuesto a recibir otro reloj detenido en el tiempo. Sin embargo, durante un instante olvidé por completo el motivo por el que aquella persona había entrado al taller.
—¿Disculpa... aquí reparan relojes?
Su voz era suave, aunque ligeramente insegura. Tardé un segundo más de lo normal en responder.
—Sí. ¿Puedo verlo?
Se acercó al mesón y desabrochó la correa de cuero de su muñeca. Sus movimientos eran delicados, casi torpes, como si temiera romperlo aún más.
—Era de mi padre —dijo mientras lo dejaba frente a mí—. Dejó de funcionar hace unos días.
Tomé el reloj con cuidado. Era un modelo antiguo, bien conservado, aunque el cristal presentaba una pequeña grieta.
—No parece grave.
Ella dejó escapar un suspiro de alivio.
—Menos mal... Pensé que ya no tenía arreglo.
Sonrió.
Mientras examinaba el mecanismo, noté que ella apoyaba distraídamente la mano sobre el mostrador. Sus dedos tamborileaban con suavidad, marcando un ritmo irregular.
—¿Cuánto tardará en funcionar de nuevo?
—Mañana mismo estará de vuelta en tu muñeca.
—¿De verdad? ¿Es muy costosa la reparación?
—En realidad, no. En este taller no jugamos con el tiempo de la gente. Son políticas de la casa.
Soltó una pequeña carcajada. Se la veía mucho más aliviada.
—Por favor, anota tu nombre y tu número de teléfono en esta hoja. Te llamaré en cuanto esté listo.
Dejó el reloj sobre el mostrador y se inclinó para escribir. Sin darse cuenta, el escote de su blusa dejó al descubierto parte de sus pechos. Ahora entendía por qué aquel reloj había dejado de funcionar.
Cuando terminó de anotar sus datos, me dedicó una amable sonrisa, tomó su bolso y abandonó el taller.
Esperé unos segundos antes de tomar el reloj.
Aún conservaba el calor que había dejado su muñeca sobre el metal.
Lo sostuve entre mis manos y, casi por curiosidad, acerqué la correa a mi rostro.
Tenía un aroma agradable. Su perfume permanecía impregnado en el cuero, mezclado con ese olor tan particular que solo puede pertenecer a una persona.
Inspiré una segunda vez.
Era extraño.
Nunca antes había sentido la necesidad de conservar el aroma de alguien.
Sonreí para mis adentros.
Quizá así comenzaba el amor.
Mientras observaba el reloj entre mis manos, un pensamiento apareció sin esfuerzo.
Me pregunté a qué sabrían sus labios.
No el beso.
No su sonrisa.
Sus labios.
La idea me arrancó una sonrisa tan discreta como involuntaria.
Volví al banco de trabajo y comencé a desmontar el reloj, convencido de que el amor tenía formas muy extrañas de presentarse.








