El Sabor de la Victoria
El celular sonó con un tono único y personalizado. Él supo de inmediato que se trataba de ella y arqueó una ceja con cierta molestia. Hubo un tiempo en que el crepitar de ese sonido le provocaba emociones profundas; habría sonreído de forma automática y contestado sin siquiera pensarlo. Entonces, ella tenía el control y sus palabras eran órdenes que él cumplía gustoso.
Pero ahora, una sensación distinta nacía al escuchar las primeras notas: su mirada se volvió fría.
Salvador no interrumpió su bebida. Apenas le prestó la atención necesaria para silenciar la llamada. Actuó como si no tuviera importancia, como si nunca la hubiera tenido, y volvió a la conversación.
A su alrededor transcurría una fiesta sofisticada: invitados vestidos para la ocasión conversaban mientras la música electrónica sonaba a un volumen moderado y los meseros circulaban con charolas de copas de vino espumoso.
Él mantenía, con su sola presencia, la atención de tres mujeres. Dejó el celular en el bolsillo del pantalón y les sonrió levemente.
—Disculpen… Asunto de negocios —dijo con voz grave y calmada, una modulación que parecía ensayada.
Entonces volvió a sonar el celular. Esta vez hizo apenas un ademán y, sin siquiera mirar el dispositivo, se disculpó con elegancia:
—¡Perdón!
Se apartó con naturalidad mientras las tres mujeres lo seguían con la mirada. Una fingió beber para disimularlo; otra sonrió apenas, como si ya lo hubiera imaginado de regreso. La tercera no disimuló nada: sus ojos se clavaron en él mientras se mordía el labio.
Atravesó el ruido de la reunión hasta el jardín, donde la música llegaba amortiguada y el aire era más frío. Solo cuando estuvo seguro de que no había nadie cerca sacó el celular. Ahí estaba: su nombre, repitiéndose entre notificaciones de mensajes y llamadas. Ella, una vez más.
Su pulgar llegó a la pantalla de contactos y se deslizó lentamente hasta encontrarla.
Y entonces la vio: esa opción definitiva que había imaginado durante meses. Un final sin explicación. Seco, pero efectivo.
Bloquear contacto.
—Es hora… —murmuró.
Por un instante dudó. El dedo quedó suspendido a punto de tocar la pantalla y su mente viajó. No a la fiesta que continuaba a sus espaldas, mucho menos al trío de mujeres con las que hablaba. Pensó en esa noche.
La noche en que todo cambió.
Hospital Juárez, hace tres años.
Salvador llegó corriendo. Tenía una cita con aquella chica con la que deseaba pasar el resto de su vida. Había soñado con ella, fantaseado con escenarios en los que, al fin, se imponía ante su actual novio, un hombre mayor que él, con todo aquello que todavía le faltaba: trabajo estable, coche, seguridad financiera y madurez.
Desde hacía un año, aquel hombre había entrado en la vida de Andrea, y los fines de semana dejaron de ser para Salvador: se convirtieron en una galería de malos recuerdos. Los paseos, las fotos de Instagram, las cenas… todo quedaba ahora reservado para ese novio.
A sus veintitantos, Salvador tenía un cuerpo trabajado durante horas de gimnasio y un rostro que aún conservaba cierta inocencia juvenil. Atravesó la calle con desesperación. Su vestimenta era juvenil, alejada de la formalidad, pero sin caer en el mal gusto: playera, pantalones de mezclilla y unos tenis de marca. Esquivó un par de coches, adelantó a una anciana y, al dar vuelta en una esquina, finalmente lo vio: la entrada al hospital.
La buscó con la mirada. No podía desaprovechar su oportunidad. Durante meses, ella había sido un muro; no le contestaba las llamadas y apenas respondía sus mensajes con monosílabos, ni una palabra más de lo necesario. Pero finalmente coincidieron en una fiesta entre viejos conocidos. Hubo una apertura, incluso un beso, y aunque ocurrió como parte de un juego, fue el inicio de un renacer.
Poco después volvieron a encontrarse. Regresaron los besos, las citas y la complicidad de dos amantes que no estaban dispuestos a renunciar a aquello. Sin embargo, oficialmente, ella seguía siendo la novia del hombre maduro.
Pero Salvador no quería ser el otro… quería ser el único.
Finalmente, le planteó un ultimátum: él o yo.
El día de la decisión se había estirado durante semanas entre pretextos, trabajo y fechas que siempre terminaban fuera de su control. Pero ya no podía aplazarse más.
Era hoy.
La expresión de Salvador se tensó al terminar de recorrer por enésima vez la explanada del hospital. Ella no estaba. Comenzó a caminar a paso acelerado entre los puestos callejeros, volteando la cabeza hacia cada rincón. No aparecía. Se fijaba en cada mujer con bata, en cualquiera que pareciera doctora.
De pronto, un tintineo acompañado de una leve vibración llamó su atención. Sacó el celular: era un mensaje.
«¿Ya estás con ella?»
Salvador sonrió y se apresuró a contestar:
«La estoy buscando, acabo de llegar y no está».
La respuesta llegó de inmediato:
«Te dije que no llegaras tarde, ¡tonto!»
Salvador frunció el ceño, guardó el celular y continuó su búsqueda. La desesperación comenzó a ganarle terreno:
«¿Y si ya se fue?»
«¿Y si no me escogió a mí?»
Recorrió la explanada varias veces, sin éxito. Terminó por sentarse en las enormes escaleras de la entrada. Agachó la cabeza y apoyó la frente en sus rodillas. Observó a las personas que transitaban frente a él, indiferentes a su pequeña tragedia.
Suspiró hondo.
—No vendrá… —murmuró.
Estaba por levantarse cuando un dedo le picó el hombro. Volteó y ahí estaba ella: hermosa, con el cabello recogido y el uniforme médico bajo una bata blanca en la que llevaba bordado su nombre: Andrea.
—¿Por qué tan solo? —preguntó ella.
Salvador se levantó con una sonrisa y se colocó frente a ella.
—Pensé que no vendrías… Que había llegado tarde.
—Acabo de salir. El paciente se quedó más de la cuenta.
Salvador la miró durante un instante. Ella le sostuvo la mirada y un breve silencio quedó entre los dos.
—Entonces… ¿qué decidiste? —preguntó él con la voz delgada.
—Estoy aquí. Eso debe ser suficiente —respondió ella, sin alterar su postura.
Salvador se quedó inmóvil.
Andrea lo observó un par de segundos y luego sujetó su playera con fuerza y tiró de la tela hacia sí. Salvador bajó la cabeza por la inercia y quedaron frente a frente.
Andrea lo besó directo en los labios; un beso corto, pero lleno de intención.
—¿Así te queda claro? —preguntó ella.
Entonces la sonrisa de Salvador se dibujó, grande, completa, sin reservas. Se acercó y la abrazó. Ella correspondió el gesto, pero sin estrecharlo con fuerza.
—En la noche hablamos. Tengo otro paciente —dijo ella mientras comenzaba a girarse hacia el hospital.
Salvador se apartó y quedó apenas a unos centímetros.
—Claro, amor. Paso por ti.
—No es necesario. Tengo otro asunto que atender… Yo te busco en tu casa —respondió ella, mirando su celular.
—¿Cómo lo tomó él? —preguntó Salvador antes de que pudiera dar un paso.
Andrea tardó un instante en responder.
—Después hablamos.
Se retiró con paso apresurado.
Salvador la observó irse, incapaz de dejar de sonreír. En cuanto ella desapareció dentro del hospital, sacó el celular y escribió rápidamente:
«Ella dijo que sí… dijo que síiiiii».
Dio un brinco y salió corriendo.
—¡Compraré una botella de champán! Haré una cena elegante… Esto debe celebrarse en grande —exclamó, sin importarle quién lo escuchara.
Cruzó la calle con agilidad, sonriendo a todo el que encontraba a su paso. Todo parecía perfecto.
Otra vibración llegó desde su bolsillo.
Se detuvo en seco y sacó el celular.
«Felicidades, lo conseguiste… pero esto apenas empieza».
La sonrisa desapareció. Su expresión se endureció.
Y entonces comenzó a escribir…