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Seokjin jamás en su vida había asaltado un autobús.
Era un adulto de 28 años con preparatoria trunca, pero su trabajo en la central de abastos era más que suficiente.
¿El problema? Que Nintendo había anunciado una nueva consola y su salario ya estaba destinado para mejorar la computadora y agregarle componentes. Así que no era opción, necesitaba dinero fácil.
Todo en su vida había salido mal. Había robado en otros locales una que otra fruta, así que... ¿qué era un crimen más? Nada.
Eso se dijo mientras subía al camión con el corazón latiéndole en la garganta.
Tenía el rostro cubierto, las manos sudorosas y un discurso memorizado que había repetido al menos veinte veces antes de subir.
Era fácil. Solo debía subir, decir la frase que había visto en La Rosa de Guadalupe, tomar las cosas y bajarse, ¿verdad?
Seokjin pagó su pasaje al subir al camión, porque podía ser un ratero, pero era decente.
Esperó a que avanzara dos cuadras más y metió la mano en la bolsa de su pantalón para tomar la navaja. Lo único bueno, es que llevaba el rostro cubierto.
—Ya sé la saben, celulares y la verga.
Silencio total. Todos los pasajeros en el autobús lo miraron confundidos.
Seokjin parpadeó confundido. Algo había salido mal, pero no sabía qué. Porque nadie estaba gritando, nadie estaba llorando y mucho menos le estaban dando sus cosas. Solo estaban mirándolo fijamente.
—Señor...—dijo un muchacho, con ceño fruncido—Creo que es celulares y carteras.
Estuvo por responder, pero se quedó idiota cuando lo miró.
Era un omega joven, tal vez dos o tres años menor que él —o eso quería creer—. Su cabello menta brillaba por la luz del sol que se colaba por la ventana y su piel pálida lo incitaba a marcarla.
Su lobo reaccionó antes que él. Feliz, emocionado y ansioso por poder acercarse a ese omega y reclamarlo. Tenía que ser suyo sin importar nada.
—No precioso—respondió automáticamente—. A tí si te pido la verga.
—¿Qué?—dijo alguien.
—¿Eso no es acoso?—murmuró una señora.
Seokjin ya no escuchaba nada. Solo podía admirar fascinado aquella carita de confunsión que lo observaba desde su asiento.
—¿Ese es tu intento de asalto?—preguntó, tranquilo.
Seokjin se quedó congelado con la mano en el pecho.
¿Habla?¿Me está hablando?¿Por qué no está asustado?¿Por qué está tan bonito?
—¿Vas a robar o solo vas a decir pendejadas?—añadió el omega.
Las risas de los pasajeros lo hicieron regresar al propósito principal. Estaba ahí para robar, no para coquetear.
—¡Que me den sus cosas!—intentó corregir, señalando a todos.
Algunos por inercia empezaron a buscar entre sus cosas. No le darían todo, y eso estaba claro. Pero les daba lástima el pobre chico, luego se veía que ni siquiera era su intención estar en esa posición.
—Tú no—dijo, señalándo al omega—. Tú no me des nada.
El omega rodó los ojos y volvió a mirar por la ventana, como si no estuviera vaciando ya medio camión.
Cuando el alfa pasó a su lado, cerró los ojos al sentir el olor a churros con cajeta. Era muy dulce, adictivo. Por alguna razón, le gustaba .
No mames lobito, no seas pendejo. Hay tantos prospectos buenos, ¿y te gustó él?
Seokjin carraspeó y siguió caminando por el pasillo, recolectando cosas con una bolsa que había traído, demasiado bien preparada para alguien que claramente no sabía lo que estaba haciendo.
—Ándele jefe, pero no se lleve el cel—dijo un señor—. traigo fotos de mis nietos.
—No soy tan ogete—respondió Seokjin—. Nomás el dinero.
—Ah, bueno—el señor le dio veinte pesos.
—No mame, Don—arrugó la nariz—. Mejor mándeme a chingar mi madre.
Del otro lado del camión, una señora gritó.
—Joven, ¿acepta transferencia?
—Clarines que yes—sacó su celular—. A ver, le dicto la cuenta clave.
Cuando terminó, volvió al frente. El omega ni siquiera lo miró. Seguía viendo por la ventana, como si no le importara en lo más mínimo.
—¿Cómo te llamas, precioso?—preguntó de la nada.
—¿Qué?—lo barrió con la mirada—. ¿Me estás hablando a mí?
—No veo a otro precioso—dijo Seokjin, acomodándose la sudadera como si no acabara de cometer un delito—. Ándale, dime tu nombre.
—¿Me estás asaltando o entrevistando?
—Contesta.
El omega rodó los ojos con fastidio. Honestamente, el alfa frente a él no estaba feo. O al menos eso parecía, porque con el rostro cubierto no podía ver mucho.
—No, no te lo diré—se cruzó de brazos—. No eres alguien de fiar, ¿por qué le diría mi nombre a un asaltante?
—Si que eres un omega difícil.
—Gracias, me halagas—el omega desvió la mirada, disimulando la sonrisa que se quería escapar de sus labios—¿Ya acabaste o quieres que te dé una reseña también?
—Depende—Seokjin ladeó la cabeza—¿De cuántas estrellas sería?
—Una—respondió sin dudar— . Y es porque pagaste tu pasaje.
Seokjin infló el pecho, mirando a todos los pasajeros con orgullo.
—¿Ya ven? Soy un ratero, pero con valores.
—Eres un pendejo—susurró el omega.
—Puede que sí—sonrió Seokjin, como si fuera lo más normal del mundo—. Pero no me importaría serlo por ti.
El chico arqueó una ceja, tratando de disimular el sonrojo que comenzaba a surgir en sus mejillas.
—¿Vas a asaltar el mismo camión?
—Clarines que yes.
—¿A la misma hora?
—¿Es un asalto o una entrevista?—levantó las cejas con una sonrisa cínica, el cabrón le estaba devolviendo las palabras que dijo antes.
—Ni te emociones—gruñó—. Preguntaba porque no quería verte la jeta todos los días.
—Pues vete a otro camión papi—ay, no me digas papi.
—No—chasqueó la lengua—. No quiero otro camión. Este es muy cómodo.
—¿Esa es tu escusa?—preguntó Seokjin en tono coqueto—. ¿O es acaso que quieres verme de nuevo?
El omega lo miró, con un toque de diversión antes de lamerse los labios a propósito, captando por completo la atención del alfa.
—¿Tendría algo de malo querer verte más seguido?
—¡Ya bájate, ratero romántico!—gritó alguien desde los asientos traseros, provocando risas entre el pasaje.
Seokjin sintió las orejas enrojecerle por completo. Estaba acostumbrado a ser él quien coqueteara con los omegas que le gustaban, así había logrado tener dos relaciones duraderas a lo largo de su vida.
Pero, por primera vez, era un omega quien lo estaba haciendo sentir pequeño y cortejado. Le sostenía la mirada, no titubeaba para hablar, tampoco se sonrojaba ante la mínima interacción.
Era un omega dominante. Y eso le gustaba.
—Hasta mañana, bonito—sacó unos cien pesos de la bolsa donde le echaron dinero y se los extendió—. Ten, para unos tostitos preparados y una cocona.
Aquella acción lo hizo reír por lo bajo, pero no los rechazó. Había dado el primer paso con sus encantos de alfa atractivo, y no iba a detenerse.
Se bajó del camión, mirando de reojo hacia la ventana donde su omega estaba sentando, encontrándose con una mirada divertida.
Kim Seokjin había coronado, como la mera reata que era.









Ame