Prólogo
El viento de la medianoche en Seúl arrastraba un frío húmedo que calaba hasta los huesos, pero Kim Taehyung ni siquiera pestañeaba. Desde el tejado del edificio abandonado en Mapo-gu, el mundo se asemejaba a un tablero de ajedrez borroso, apenas iluminado por el parpadeo de los letreros de neón.
Taehyung exhaló lentamente. Su respiración formó una pequeña nube de vapor que se disipó en el aire antes de que volviera a apoyar el rostro contra el visor de su fusil de cerrojo.
Su mente, como de costumbre, trabajaba a una velocidad que habría provocado un derrame cerebral a cualquier humano común. En su cabeza no había silencio, sino una sucesión matemática de variables. Distancia: 420 metros. Velocidad del viento: 12 nudos hacia el noreste. Humedad: 78%. Ritmo cardíaco del objetivo: elevado. Podía escuchar el sonido del motor del Mercedes-Benz negro que se estacionaba abajo, el tintineo de las cadenas de seguridad, y el crujido de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Su mente procesaba el entorno en alta definición, diseccionando cada sonido, cada ángulo de escape, cada milisegundo. Era una maldición que cargaba desde que tenía memoria, un motor interno que nunca se apagaba y que lo obligaba a calcularlo todo para mantenerse con vida.
El objetivo, un usurero de poca monta que había cometido el error de amenazar a la clientela equivocada, bajó del vehículo.
Taehyung contuvo el aliento. Sus dedos, largos y firmes, se ajustaron alrededor del gatillo. Sus ojos, en su castaño natural, permanecieron fijos en la retícula. No necesitaba recurrir al ámbar para esto; un tiro ordinario no requería esfuerzo.
Tres. Dos. Uno.
Un chasquido sordo rasgó la noche. El silenciador absorbió la mayor parte del estruendo, dejando solo el eco de un golpe seco cuando la bala atravesó el parabrisas y se alojó limpiamente en la frente del hombre. El cuerpo cayó como un saco de arena antes de que los guardaespaldas pudieran reaccionar.
Sin perder un solo segundo, Taehyung se incorporó, desarmó el rifle con movimientos mecánicos, fluidos y casi coreografiados, y lo guardó en la maleta de lona negra. Limpio. Sin cabos sueltos. Como siempre.
Diez minutos después, caminaba por una de las calles secundarias de Hongdae, con la gorra baja y las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. La adrenalina residual comenzaba a disminuir, dejando atrás esa pesadez melancólica que siempre lo invadía tras un trabajo. Doce años habían pasado desde el incendio, desde los disparos que le arrebataron a sus padres, y su vida se había reducido a esto: cobrar vidas para comprar la verdad de la suya. Cada billete que ganaba iba directo a una cuenta oculta destinada a rastrear los hilos que Caroline y Minseok no lograron cortar antes de morir. Todo lo hacía por Dahyun. Por su seguridad, por su universidad, por su paz. Ella era su único anclaje en un mundo donde él se sentía una sombra.
El vibrar de su teléfono interrumpió el hilo de sus pensamientos. Taehyung lo sacó del bolsillo, esperando ver un mensaje de Dahyun quejándose de la cantidad de comida que le había dejado en el refrigerador, o quizás un meme absurdo de Jimin.
Pero no era ninguno de los dos.
Remitente: Desconocido
Mensaje: Objetivo: Jeon Jungkook. Líder de la Kkangpae. Ubicación habitual: Distrito de Gangnam. Pago: 5,000,000,000 KRW (Quinientos millones, cincuenta por ciento por adelantado). Adjunto archivo de rutina.
Taehyung se detuvo en seco bajo la luz mortecina de una farola. Sus cejas se fruncieron mientras releía la cifra. Cinco mil millones de wones. Era una cantidad ridícula, obscena, el tipo de dinero por el que un pandillero común vendería a su propia madre.
Una risa amarga y silenciosa escapó de sus labios. Quienquiera que hubiera enviado ese mensaje estaba completamente demente, o desesperado, o ambas cosas. Jeon Jungkook no era un usurero de esquina al que pudieras cazar en un callejón; era el rey absoluto del espectro criminal del país, un lobo que controlaba cada rincón de Corea del Sur desde las sombras de la Kkangpae. Aceptar ese contrato no era un trabajo; era una sentencia de muerte. Un boleto directo al suicidio.
Justo en ese momento, el teléfono volvió a vibrar, esta vez con una llamada entrante. El nombre de Jimin parpadeó en la pantalla en letras rosadas y alegres.
Taehyung suspiró y aclaró su garganta para borrar cualquier rastro del sicario antes de presionar el botón de aceptar.
—¿Jiminie? —dijo Taehyung, esforzándose por mantener un tono ligero y cansado, el de un chico común que volvía de una larga jornada laboral.
—¡Taehyungie! ¡Por fin respondes! —La voz chillona y enérgica de su mejor amigo inundó el auricular, arrastrando el ruido de fondo de lo que parecía ser un restaurante lujoso—. Te he estado llamando hace una hora. Dahyun me dijo que saliste tarde de tu reunión de negocios. Tienes que venir a cenar con nosotros, estoy con mi novio y prepararon unos cortes de carne que te harían llorar.
Taehyung sonrió con un deje de tristeza, frotándose el puente de la nariz. Amaba a Jimin, pero su amigo era demasiado inocente para este mundo. Tae se había asegurado de mantenerlo completamente al margen de sus actividades oscuras, convenciéndolo de que trabajaba como consultor de seguridad privada. No tenía idea de que, mientras Jimin disfrutaba de una cena romántica, él acababa de meterle una bala en la cabeza a un hombre.
—Ya es tarde, Minnie, y estoy muerto de cansancio —mintió suavemente, retomando la caminata—. Saluda a tu novio de mi parte. ¿Cómo era su nombre? ¿Yoongi?
—Sí, Yoongi —suspiró Jimin, sonando repentinamente empalagoso—. Anda con cara de pocos amigos hoy porque dice que hay tensión en el trabajo, ya te he dicho cómo es de dramático con sus negocios. Pero bueno, te lo pierdes. Ve a descansar, ¿sí? ¡Te quiero!
—Yo también te quiero, Minnie. Descansa.
Taehyung colgó y la pantalla volvió a mostrar el mensaje del contrato anónimo. Observó el nombre impreso en la pantalla digital: Jeon Jungkook.
Con cinco mil millones de wones, no solo aseguraría el futuro de Dahyun para el resto de su vida; tendría los recursos suficientes para comprar la red de información digital más grande de Europa y desenterrar, de una vez por todas, las respuestas sobre el laboratorio italiano que lo convirtió en lo que era. El riesgo era suicida, sí. Pero Taehyung nunca se había considerado un hombre con miedo a morir.
Sus dedos se movieron rápidos sobre la pantalla, tecleando una respuesta corta antes de borrar el historial del teléfono.
Para: Desconocido
Mensaje: Trato hecho. Quiero el adelanto en la cuenta de siempre antes del amanecer.
Taehyung guardó el teléfono, alzó la vista hacia los rascacielos de Seúl y dejó que sus ojos brillaran, aunque fuera por un milisegundo, en un intenso color ámbar en la oscuridad del callejón. El juego había comenzado, y no tenía intenciones de perder.









Que buena escritora eres!!
De nada!! 🤍
Me gustaría que escribieras una de Yoonmin