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HOTEL PASIÓN

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Sinopsis

En el exclusivo hotel El Perla Celeste, uno de los destinos más prestigiosos del Caribe, un grupo de jóvenes llega creyendo que ha conseguido el trabajo de sus sueños… sin imaginar que también están a punto de encontrar su verdadera vida. Bajo la exigente y enigmática guía de Maximiliano Márquez, socio fundador y alma del hotel, cada uno de ellos será puesto a prueba más allá de lo profesional. Matilde dejará de ser una «muñequita de sociedad» para volverse una mujer luchadora y fuerte; Candelaria descubrirá que tiene el don de cocinar como los dioses; Rafa demostrará ser un músico excepcional y Alfredo se transformará de un gris contador novato en un visionario emprendedor. Pero entre secretos y ambiciones surgirán historias de amor tan intensas que cambiarán la vida de todos.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
cf_Torres
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 18 CANDELARIA


Era el día definitivo, quizá el primero de lo que podría ser el resto de su vida si las cosas salían bien. Por eso Candelaria había diseñado un cronograma planificado al minuto y sin margen de error, que la obligó a estar en las cocinas cuando todavía estaba oscuro y ni siquiera habían llegado los cocineros del primer turno, los que se encargaban de los desayunos.

Durante las horas que siguieron, la muchacha trabajó como loca, preparando lo que sabía que su mamá iba a necesitar para lo que debía cocinar esa mañana; por eso, cuando llegó Petra, a las siete en punto, y descubrió que ya tenía todo listo, la miró intrigada y preguntó:

—¿Y tú qué estás tramando ahora?

Candela la embolató lo mejor que pudo, y siguió con su itinerario, como un deportista con la vista fija en la meta. Cuando faltaban quince minutos para las ocho, estaba lista a salir corriendo hacia la oficina. Ya había calculado que tenía el tiempo justo para entrar al baño auxiliar que quedaba en el pasillo, cambiarse el uniforme y ponerse el discreto conjunto de oficinista que le había prestado una excompañera del colegio, que era secretaria en la alcaldía. Pero entonces, cuando estaba a punto de alcanzar la salida, el repelente de Francisco, que era el chef principal durante los desayunos porque Gerard no se aparecía sino hasta después de las diez, la detuvo con un grito.

—¿Para dónde cree que va? —le dijo con su repelencia de siempre.

—Tengo que ir al médico —respondió Candelaria sin inmutarse.

—Me importa un pepino, usted no se va a ir. Aquí los empleados deben cumplir con su horario; y si tienen pendiente algo personal, bien pueden hacerlo por fuera de su jornada de trabajo.

—Pero… —trató de replicar la muchacha. Francisco no la dejó hablar.

—¡Ya le dije que no se va! ¡Punto!

Candelaria se quedó bloqueada, sin saber qué hacer, mirando con angustia el reloj que avanzaba veloz, recortándole, cada segundo, las esperanzas de llegar tiempo para cumplirle al señor Acosta.

—¿Qué pasó? —dijo Petra acercándose, porque había oído la discusión.

—Nada que a usted le importe —respondió Francisco, grosero—. A ver, muévanse, a trabajar, que para eso les pagan.

Ninguna de las dos mujeres se movió de su sitio. Petra miró el gesto de angustia de su hija y preguntó.

—¿Qué tienes? ¿Te sientes bien?

—No —dijo Candelaria—, y justo voy para el médico, pero ese tonto no me deja.

—¿Estás enferma? ¿Por qué no me lo habías dicho?

La otra inventó sobre la marcha.

—No es nada, mamá; son solo unos exámenes que tengo que hacerme…

—¿Exámenes? ¿Para qué?

—Después te cuento.

Cuando Petra iba a replicar, Francisco, que se había alejado un momento a supervisar las omelettes, se devolvió furioso a encararlas.

—¡¿Pero están sordas o qué?! —gritó—. ¡Les ordené que se pusieran a trabajar!

Petra agarró un pesado cucharón de hierro y lo blandió sobre la cabeza del flacuchento. Este, después de la sorpresa inicial, retrocedió asustado y se encorvó cobarde.

—¡A mí no me grita nadie! —bufó Petra—. ¡Y menos un sobrado de tigre como usted!Si mi hija necesita ir al médico, no se lo va a impedir un langaruto chupa medias.

—Señora —replicó amedrentado el otro—, le recuerdo que cuando el maestro no está, yo soy el que manda en…

—¡Usted qué va a mandar en nada, pedazo de bobo! —lo interrumpió Petra—. ¡Y si tiene alguna queja, hágasela a Máximo y dígale que usted le negó el permiso de ir al médico a su ahijada, a ver qué le dice!

Francisco la miró con rabia, pero no contestó nada.

—Vete, mija —dijo Petra—, que por lo visto este señor ya no tiene ningún problema con que lo hagas. Y si no, que hable conmigo.

Candelaria no se lo hizo repetir y salió corriendo; si se apuraba, todavía podía llegar a tiempo. Como vio que Petra bajó el cucharón, Francisco se estiró, tratando de recomponer en algo su perdida dignidad y les gritó a los demás empleados, que habían dejado de trabajar por contemplar la escena.

—¡¿Por qué están viéndome como idiotas?! ¡Muévanse, que los huéspedes esperan sus desayunos! —Luego fulminó a Petra con una mirada cargada de odio—.Esto no se queda así.

Candela respiró aliviada al entrar a la oficina y ver que el reloj en la pared marcaba las ocho en punto.

—Un buen empleado siempre llega a tiempo —dijo como saludo el señor Acosta, que sentado detrás de su escritorio terminaba de ponerse la visera y los manguitos, sin los cuales no podía empezar a trabajar, como buen contable a la vieja usanza que era.

Candelaria sonrío satisfecha, lo había logrado por los pelos.

—Doy por descontado que sabe escribir a máquina —dijo Acosta, señalándole un escritorio que tenía a su lado, con una pesada Remington encima.

—Claro que sí —respondió la muchacha, agradeciendo las lecciones que le había dado a escondidas de su mamá, misia Herminia, una vecina a la que le pagó con almuerzos.

El viejo contable puso una pila de papeles en frente de Candelaria, después de que esta se sentó ante el escritorio.

—Necesito que mecanografíe todas estas cartas que toca responder con urgencia —dijo.

—Sí, señor, como ordene —dijo Candelaria ocultando la aprehensión que sentía. La angustiaba su falta de práctica, porque nunca había tenido una máquina de escribir a mano para ejercitarse. Pero se dio ánimos pensando que si se empeñaba, le volvería a coger el tiro rápido; después de todo había sido una buena alumna.

Unos minutos más tarde ya estaba enfrascada en el trabajo y sentía que tenía mejor ritmo conforme pasaba el tiempo. Se embebió tanto en la labor, que se olvidó de todo lo demás por horas, por eso no se dio cuenta de en qué momento entró Alfredo, y solo reparó en él cuando se paró frente a ella y la saludó sonriente.

—Hola —dijo—. ¡Pero qué eficiencia, si pareces toda una ejecutiva!

Entonces Candelaria cayó en la cuenta del cambio que había sufrido el muchacho. Era otro Alfredo. Pensó que el traje nuevo que vestía, elegantísimo y cortado a la medida, le sentaba de maravilla y lo hacía ver más alto, más aplomado, más seguro de sí mismo. Por eso, después del deslumbramiento inicial, le entró una cierta tristeza que le tocó disimular; ¿por qué tenía que gustarle tanto?

—¿Se te comieron la lengua los ratones? —bromeó Alfredo.

—Perdón —dijo ella recomponiéndose—, es que me dejó sorprendida. Por el cambió.

—Don Maximiliano tiene razón, el hábito hace al monje.

—No entiendo.

—Él fue quien me compró la ropa, porque dice que me vestía como jubilado.

Candelaria no pudo evitar sonreír.

—¡Ahí está pintado Máximo!

—Además, ahora estoy viviendo en una suite en el hotel, porque mi jefe quiere tenerme a su lado las veinticuatro horas del día. Dice que con todos los cambios que va a hacer, me necesita disponible en cualquier momento.

—Me alegra por usted. —No resistió lanzar la indirecta—. Claro que me imagino que la que no debe estar muy contenta es su novia, por lo atareada que andará con los preparativos para la boda.

Alfredo la miró con tristeza y bajó la cabeza.

—¿Por quéme tratas de usted?

—Me parece lo más indicado.

—Candelaria, yo sé que te debo una explicación. Déjame que te lo cuente todo, por favor.

Ella lo vio tan abatido que sintió ganas de abrazarlo, pero sacó fuerzas y siguió hablándole con el tono indiferente que venía usando.

—¿Contarme qué? No se preocupe, usted no me tiene que explicar nada, las cosas están bastante claras.

—No. De verdad necesito hacerlo. Si quieres, te invito a almorzar para que hablemos con calma.

La palabra «Almorzar» puso en alerta a Candelaria. Miró el reloj y cayó en la cuenta de que el tiempo había pasado volando, ya casi era la hora en la que debía volver a las cocinas, para ayudarle a su mamá a terminar de sacar los almuerzos que le correspondían.Se levantó apurada y organizó las cartas que había escrito, para pasárselas al señor Acosta y pedirle permiso para irse a almorzar.

—Lo siento, no puedo —le dijo a Alfredo.

Este aguardó a que ella hablara con el contador, quien hojeó satisfecho el trabajo y le anunció que podía irse y que la esperaba de nuevo a las dos en punto; luego fue detrás de Candelaria, insistiéndole.

—Te lo suplico; de verdad es importante que hablemos, y como de todas formas vas a ir a almorzar, no te interrumpo nada.

Candelaria sabía que tenía buscar una excusa para sacárselo de encima o de lo contrario no la dejaría en paz y debía llegar a las cocinas de inmediato; el problema, como siempre, era que él no podía saber cuál era su verdadero trabajo.

—De verdad no puedo, quedé con Máximo de hacerle un favor en mi hora de almuerzo.

Alfredo no se dio por vencido.

—Entiendo. Entonces te invito a cenar. Esta noche, aquí, en el hotel. Y te advierto que no te vas a librar de mí hasta que aceptes.

Como sabía que no tenía alternativa, Candela asintió y apuró el paso, dejándolo atrás.

—¡A las ocho, en el restaurante de la piscina! —gritó Alfredo mientras ella se alejaba.

Luego de que lo perdió de vista, la muchacha se apresuró a llegar al baño para cambiarse, pero lo encontró cerrado. Un cartel anunciaba que se había roto un tubo, pedía disculpas y sugería usar los baños del segundo piso. Candela corrió de nuevo, buscando las escaleras; ahora le tocaría desocuparse todavía más temprano en las cocinas si quería tener tiempo de subir a cambiarse y volver a bajar para estar a puntual a las dos en la oficina.

Después de una carrera angustiante, entró a las cocinas terminando de abotonarse el delantal y fue hacia donde estaba Petra. Hasta ahora, a pesar del percance con el flacuchento y lo del baño cerrado, no le había ido tan mal. Deseó que todo siguiera así, necesitaba que esta semana la suerte la acompañara. Pero cuando estuvo frente a su mamá, comprobó que las cosas para la gente como ella nunca iban a ser fáciles.

—¡Una señora muy importante de la alcaldía viene a almorzar hoy! —dijo Petra, que estaba a punto de cortarse las venas.

—¿Quién? —preguntó Candelaria—. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotras? No entiendo.

—Es la doña que arma todas las fiestas que hace la alcaldía.

—¿La jefe de protocolo?

—Sí, esa. Así fue que dijo Máximo que le decían, cuando pasó a avisarnos que la señora venía.

—¡No puede ser! Pero ¿por qué no nos previno antes?

—¡Y yo qué voy a saber! —Petra revolvió las ollas con mal genio, creando un estruendo de tapas y ruidos metálicos—. La cosa es que esa mujer quiere probar los platos que vamos a servir en el maldito evento del demonio.

—Ay, Dios mío —dijo Candelaria, agobiada, y de inmediato se puso a picar las cebollas que Petra tenía sobre el mesón.

Al otro lado de la cocina, Francisco no podía dejar de sonreír con maldad mientras miraba los afanes del par de mujeres.

—Hasta aquí llegaron —dijo satisfecho—. Esas salen volando hoy, cuando el señor Márquez abra por fin los ojos y se dé cuenta del error tan grande que iba a cometer.

Gerard, que también observaba las carreras de Petra y su hija, negó pensativo.

—A lo mejor deberíamos ayudarles —dijo.

—¡¿Qué?! —saltó indignado el flacuchento —. No está hablando en serio, señor.

—¿Por qué no? Así nos aseguramos de que todo salga perfecto.

—No entiendo, ¿qué ganaríamos con eso?

—Es obvio: que la jefa de protocolo apruebe el menú.

Francisco lo meditó por unos instantes, después una sonrisa maquiavélica iluminó su rostro.

—Señor, usted es genial —dijo—. ¡Por supuesto! Así todos quedarán confiados en que el sábado las cosas van a salir bien y el fiasco será mayor.

El chef lo miró serio.

—Yo nunca he dicho eso.

Francisco negó, desconcertado de nuevo y dijo.

—¿Perdón?

—Lo único que sugerí fue que les ayudáramos para que el menú saliera bien y la jefe de protocolo lo aprobara —. Volvió a mirar a Petra y a Candelaria, que continuaban atareadas con las preparaciones, y agregó—. Eso es lo que pienso ir a hacer. Nada más.

Después fue a buscar a las mujeres, dejando atrás a Francisco, que continuaba perplejo, sin poder definir cuáles eran las verdaderas intenciones de su jefe.

—¿Necesitan ayuda? —dijo Gerard muy calmado, mirando a Petra que en ese momento probaba un caldo y se quedó con la cuchara en el aire, sorprendida por el ofrecimiento.

—No, gracias. Nosotras podemos solas —respondió ella con brusquedad, porque le pudo más la desconfianza.

Pero Candelaria se atravesó por delante de su mamá, se puso frente a Gerard y le dijo con su mejor sonrisa:

—No le haga caso, chef. Sí. Necesitamos ayuda, muchas gracias.

—Si me indican qué tengo que hacer, con gusto empiezo —contestó Gerard tranquilo.

—¡Jamás voy a dejar que…! —intentó protestar Petra, pero Candelaria la contradijo de nuevo.

—Empiece por las salsas —agregó la muchacha—. Si nos da una mano con eso, se lo agradeceríamos mucho.

Gerard se remangó y comenzó a cascar huevos en una fuente de vidrio.

—Me imagino que una buena béarnaise nunca está de más, ¿cierto?

—¿Una qué? —dijo Petra, mirando desconcertada a Candela, que puso cara de que tampoco tenía idea de lo que hablaba el otro.

—Es… ¿Cómo le explico? —dijo pacientemente Gerard—. Como una mayonesa, pero mucho más fuerte. Yo sé que no es muy común que utilice ese tipo de salsas en las recetas que usted está acostumbrada a preparar, pero créame, puede resultar una muy buena fusión de este experimento.

Petra se acercó con timidez, era la primera vez en su vida que le pasaba algo así; Gerard, por el contrario, estaba más que acostumbrado, aunque esta vez el mérito no fuera suyo.

—La doctora Araujo quiere felicitarlos —dijo Maximiliano con una sonrisa de satisfacción que no le cabía en el rostro.

—Todo estuvo genial —dijo la mujer de mediana edad y elegantísima que estaba sentada a la mesa, frente a Maximiliano—. Esa sopa de pescado me hizo acordar de la que hacían en la finca de mi abuela; y el arroz con coco es uno de los más exquisitos que me he comido. Mejor dicho, no tengo ningún pero —. Finalizó mirando a Gerard—. Aunque era de esperar si usted está al frente, chef.

Petra no pudo evitar fruncirse para sus adentros, ahora el crédito se lo iba a llevar el francés estirado que tanto renegaba de su comida. Por eso se sorprendió cuando escuchó que este decía:

—En esta ocasión solo fui un simple ayudante; si hay que felicitar a alguien, tiene que ser a la señora, ella y su hija lo hicieron todo de maravilla.

¿Estaba oyendo bien?, pensó Petra, si le cuento esto a la Candela, no me lo va a creer.

—Pues Dios les bendiga esas manos —dijo la jefa de protocolo mientras se levantaba de su silla—. Espero que todo quede igual de bueno en el evento.

—Puedes estar segura de que va a ser mejor —intervino Maximiliano, que también se había levantado para despedirse.

Después de un corto intercambio de formalidades entre todos, la mujer fue hacia la puerta. Maximiliano se quedó un momento mirándola irse, no podía ocultar lo emocionado que estaba.

—¡Le vamos a calentar el rabo a esta ciudad el sábado! —dijo eufórico.

—¡Max, boquisucio grosero! ¡¿Qué te he enseñado siempre?! —se le escapó el regaño a Petra, que nunca había podido dejar de ver al otro como el pelao huérfano que cuidaba en el barrio.

La respuesta de Maximiliano fue abrazarla y estamparle un beso en la frente.

—Perdóname, negra, pero tú ni te imaginas lo que estás haciendo por mí. Gracias.

Los tres habían ido caminando hacia la puerta que comunicaba con las cocinas y, al abrirla, vieron a Candelaria que pasó como una exhalación hacia la salida. «¡Candela!», alcanzó a gritarle Maximiliano, pero la muchacha hizo como si no lo hubiera oído y desapareció por el pasillo. Si no estaba en siete minutos delante del señor Acosta, toda la buena impresión que le había causado y los puntos que ganó en la mañana, se perderían.

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