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Jonix y El Collar de Jade de Petén

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Sinopsis

Jonix nunca encajó en ningún lugar—ni en la soleada Toscana, ni en su propio cuerpo. Cuando un misterioso encargo lo lleva a la selva guatemalteca, la frontera entre el deber y el deseo se vuelve tan densa como la selva misma. Allí, se enfrenta a Ixk’an Balam, una guardiana feroz y cautivadora, decidida a proteger un secreto ancestral a cualquier precio. Entre persecuciones, engaños y una tensión que lo cambia todo, Jonix descubrirá que la mayor aventura es atreverse a ser uno mismo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

La opulencia de la mansión en la Toscana, Italia, siempre le había parecido a Jonix un contraste ridículo con el tipo de trabajo que salía de ella. El sol de la tarde se filtraba por los altos ventanales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire y haciendo brillar el pelaje espeso y níveo de su cola de leopardo de las nieves, que se movía con un leve vaivén de impaciencia.

Al otro lado del imponente escritorio de caoba se encontraba Severus. El elfo era la definición misma de la elegancia fría; ni un solo cabello fuera de lugar, la postura impecable y esa mirada calculadora que parecía leer los secretos de cualquiera. Para el resto del mundo, Jonix era simplemente un mercenario eficiente, un tipo robusto y silencioso de facciones duras que no hacía preguntas. Severus, sin embargo, conocía perfectamente la precisión felina y la fuerza que se escondían tras esa apariencia de hombre rudo.

Severus rompió el silencio, deslizando un folleto de papel grueso y textura satinada sobre la madera pulida.

—Guatemala —pronunció Severus, y el nombre del país centroamericano sonó extrañamente exótico en medio de la sofisticación italiana—. Tu próximo destino.

Jonix alzó una ceja, extendiendo una mano enguantada para tomar el documento. Sus orejas de leopardo, ocultas apenas por el cabello, se inclinaron ligeramente hacia adelante.

—Un viaje largo para un encargo ordinario, jefe —comentó Jonix, con esa voz baja y rasposa que mantenía a la gente a distancia—. ¿Qué hay allí que valga tanto la pena?

—Un artefacto maya. Pequeño, fácil de transportar, pero de un valor incalculable para mis socios —explicó el elfo, cruzando los dedos de las manos con parsimonia—. Las especificaciones de la reliquia están en el folleto.

Jonix abrió el folleto. La primera página mostraba fotografías de satélite y bocetos antiguos de una zona selvática densa, salpicada de ruinas de piedra que la naturaleza se había encargado de devorar con los siglos. En el centro, el dibujo de la pieza: un relieve intrincado, cargado de misticismo.

—Quiero que traigas el artefacto —continuó Severus, y su voz bajó un tono, volviéndose peligrosamente nítida—. Y quiero….específicamente ese collar. No dejes cabos sueltos. Recolecta lo que te pedí y regresa a la Toscana.

Jonix fijó la mirada en las páginas, memorizando los mapas topográficos, las rutas de escape sugeridas y los detalles del objetivo. El clima tropical de Guatemala iba a ser un infierno para su pelaje de alta montaña, pero el oro de Severus siempre valía el cambio de temperatura.

—Sin testigos, un artefacto antiguo —resumió Jonix, cerrando el folleto con un golpe seco y guardándolo en el bolsillo interior de su chaqueta—. Suena como un martes cualquiera. ¿Cuándo sale mi transporte?

—No te quejes del clima antes de tiempo y muévete. No quiero que te comportes como una mujercita allá abajo —soltó Severus, con esa sonrisa ladina y autosuficiente que a Jonix siempre le daban ganas de borrarle de un puñetazo.

A Jonix se le revolvió el estómago. Sintió cómo se le erizaba el pelaje de la espalda y

frunció la nariz con pura furia. El golpe de disforia dolió, pero el enojo dolió más;

detestaba con toda su alma que lo encasillaran en un género que no le pertenecía,

especialmente cuando ante los ojos de todo el mundo era simplemente un hombre

robusto y letal.

—¡¿A QUÉ HORA SALE EL MALDITO TRANSPORTE?! —le grito Jonix, con los colmillos apretados y una mirada de odio hacia Severus.

Severus ni parpadeó. Solo ensanchó su sonrisa elegante y señaló la salida con un leve gesto de la barbilla.

—Ya deberías estar fuera de mi vista pelusa. El tiempo corre.

Jonix no esperó un segundo más. Se dio la vuelta con brusquedad, haciendo que su pesada cola de irbis diera un latigazo en el aire, y salió a toda prisa del despacho, tirando la imponente puerta de caoba con un portazo que resonó en toda la mansión.

Cruzó los pasillos a zancadas hasta llegar a la sección este, el ala reservada exclusivamente para los mercenarios italianos. Entró a su habitación, respirando agitado, y se despojó de la ropa civil. Era momento de transformarse en el arma que Severus había pagado. Con movimientos rápidos y mecánicos, se ajustó los vendajes y se colocó el binder firmemente sobre el pecho, asegurándose de que su silueta quedara completamente plana, impecable y ruda.

Encima se puso su uniforme de combate: un traje completo de irbis, ceñido al cuerpo, hecho de un material elástico de alta resistencia de látex, decorado con el patrón de manchas negras sobre fondo gris pálido de su especie. Se ajustó el cinturón amarillo a la cintura, se calzó las botas pesadas, se colocó los calzoncillos negros de combate y se enrolló la bufanda felpada de irbis alrededor del cuello. Finalmente, se encajó la máscara. El accesorio le cubría todo el rostro, dejando al descubierto únicamente la nariz y sus labios apretados, mientras que la visera de los ojos emitía un brillo azul eléctrico que centelleaba en las sombras.

Listo. Un espectro letal de la Toscana.

Al salir a la pista privada de la propiedad, los motores de la aeronave rápida ya rugían. Jonix subió sin mirar atrás. Fueron horas largas, tediosas y asfixiantes de vuelo transatlántico, cruzando el océano hasta que el avión finalmente descendió en un punto ciego de la civilización. El transporte lo dejó en un claro remoto, y el choque térmico casi le saca el aire. Petén, Guatemala.

Un infierno verde. El aire era tan denso que se podía masticar, cargado de una humedad aplastante que se le pegó al traje de látex de inmediato. Para un kemonomimi adaptado a los inviernos gélidos y a la alta montaña de Europa, los 35°C de la selva tropical eran una tortura biológica. Su cola de leopardo de las nieves pesaba el doble por el sudor y sus orejas se crisparon ante el ensordecedor concierto de las chicharras y los monos aulladores. A kilómetros de distancia, oculto bajo raíces gigantescas que parecían garras de la misma tierra y una vegetación milenaria que devoraba la piedra, se alzaba su objetivo: El Templo de las Nueve Sombras.

Un complejo antiguo de observatorios astronómicos y cámaras sagradas que resguardaba el artefacto. Pero cruzar la selva con un traje de látex brillante y una máscara que destellaba azul en la oscuridad era un suicidio táctico y una invitación a un golpe de calor.

Jonix necesitaba mimetizarse. Si alguien lo veía, no podía parecer un asesino a sueldo europeo. Rápidamente, abrió su mochila táctica y sacó su atuendo de infiltración: el disfraz de un excéntrico millonario e investigador internacional.

Se despojó de la máscara y la bufanda, guardándolas a buen recaudo, y se cambió de ropa a toda prisa. Se puso unos pantalones de lino fino color caqui —frescos pero elegantes— y una camisa de botones de algodón entreabierta en el cuello, arremangada hasta los codos para lidiar con el calor. Se calzó unos mocasines de cuero italiano que, aunque caros, tenían buena tracción, y se colocó un sombrero de ala ancha para cubrir sus orejas felinas de las miradas curiosas.

Para rematar el look de extranjero adinerado, se puso unas gafas de sol oscuras y colgó una cámara fotográfica profesional de alta gama sobre su cuello, junto con un cuaderno de notas de cuero donde supuestamente “anotaba sus descubrimientos arqueológicos”. Jonix respiró hondo, acomodándose el sombrero. A los ojos de cualquier guía local o patrulla, ahora era solo un magnate europeo obsesionado con la arqueología maya, un turista VIP perdiéndose en la jungla. Con el folleto de Severus memorizado y guardado, Jonix dio el primer paso dentro de la densa vegetación de Petén, con los ojos bien abiertos bajo las gafas de sol, listo para cazar.

El avance por la selva de Petén se convirtió rápidamente en un viacrucis. Horas y horas de caminata abriéndose paso entre la maleza. Aunque Jonix llevaba su faceta de investigador millonario, deteniéndose a apuntar la cámara hacia los árboles y a fingir que tomaba fotografías de la flora, la realidad era que usaba cada parada para recargarse contra un tronco, cerrar los ojos y tratar de jalar aire. El oxígeno se sentía espeso, caliente y escaso. Para sus pulmones habituados a la pureza gélida de la Toscana, la humedad del norte de Guatemala lo estaba asfixiando lentamente.

Finalmente, la medianoche cayó sobre la selva. Sin el sol inclemente, el ambiente se volvió un poco menos denso, pero el calor residual atrapado bajo la copa de los árboles seguía siendo sofocante, y el zumbido ensordecedor de los mosquitos e insectos tropicales se intensificó, convirtiéndose en una tortura para su sensible piel kemonomimi. Jonix se detuvo en un pequeño claro, jadeando.

Se desabrochó un par de botones más de la camisa de lino y comenzó a agitar de adelante hacia atrás la tela contra su pecho, buscando desesperadamente que le entrara un poco de aire fresco para aliviar el sofoco. Estaba de espaldas a la densa oscuridad cuando, de pronto, una de sus orejas de irbis — oculta bajo el sombrero— rotó de forma instintiva hacia atrás. Había escuchado algo. Unos sonidos guturales, suaves y pausados, casi imperceptibles entre el alboroto de la noche. En su mente europea, pensó que se trataba de algún pájaro nocturno exótico, pero su instinto depredador le advirtió que la cadencia de ese sonido era demasiado calculada. Jonix se tensó por completo, deteniendo el movimiento de su camisa. Se dio la vuelta con lentitud, agudizando la vista a través de las sombras de la jungla.

No era un ave. Acechando desde lo alto de un árbol milenario, completamente mimetizada con la vegetación y la niebla baja, se encontraba Ixk’an Balam.

Nacida bajo una sagrada alineación de Venus, Ixk’an era la legítima guardiana híbrida del tayra. Su piel cobriza reflejaba la herencia de su tierra, y sus ojos de un ámbar felino y brillante estaban fijos en el intruso.

Llevaba el cabello negro adornado con cuentas de jade y plumas exóticas, y su larga y delgada cola de tayra se mantenía firme contra la rama, otorgándole un equilibrio perfecto en las alturas. Entrenada desde su infancia en el arte de la guerra, la astronomía y la supervivencia, ella era el mito viviente del que hablaban los pueblos cercanos: la mujer de ojos dorados que aparecía entre la niebla para proteger las ruinas sagradas. Y en ese momento, el Templo de las Nueve Sombras estaba en peligro. Ixk’an sabía perfectamente que un extranjero merodeando a esas horas de la noche, por muy vestido de científico adinerado que estuviera, solo buscaba una cosa. Los sonidos guturales que Jonix había escuchado no eran un canto silvestre; eran el ritual de prealerta de ataque de la guardiana.

Antes de que Jonix pudiera procesar el peligro, Ixk’an Balam tensó su arco con una velocidad sobrehumana. Para iluminar su mapa y las notas falsas, Jonix había encendido una pequeña antorcha táctica de fuego que descansaba sobre una roca cercana. Ixk’an no le apuntó a él directamente para empezar: apuntó al fuego. La flecha cruzó el aire con un silbido mortal, impactando con precisión milimétrica justo en el centro de la fogata improvisada. El proyectil deshizo la fuente de luz en una lluvia de chispas que se apagaron de golpe contra el suelo húmedo. La oscuridad total devoró el claro al instante, cortando de tajo la visibilidad de Jonix. En medio de las tinieblas de la selva, Ixk’an Balam descendió silenciosamente de la rama con su lanza ceremonial con puntas de obsidiana en mano, lista para ejecutar el ataque definitivo contra el invasor.

La oscuridad súbita no detuvo el instinto de supervivencia de Jonix. Al sentir el impacto de la flecha contra el fuego, se lanzó hacia atrás por puro reflejo, arrastrando las manos por el suelo húmedo hasta aferrar las correas de su mochila táctica. Desde las alturas, Ixk’an Balam se movía con la agilidad fluida de un espectro de la selva.

Saltó de un árbol a otro, usando las lianas y las ramas gruesas para acortar la distancia en segundos. Volvió a tensar la cuerda de su arco y disparó una segunda flecha sin pensarlo dos veces, buscando inmovilizar al invasor. El proyectil pasó rozando el hombro de Jonix, clavándose fuertemente en el tronco que tenía detrás. Mientras descendía con elegancia, la guardiana comenzó a hablarle con firmeza. Su voz no sonaba normal; llevaba puesta una imponente máscara ceremonial de tayra, adornada con intrincados accesorios y un plumaje denso que distorsionaba sus palabras, dándoles un eco profundo, místico y amenazador que resonaba con fuerza en el claro.

—¡Atchalal! ¡Kat’el waral! ¡La utz lah katpe pa nuwach’ uleu! —le espetó en un k’iche’ cerrado y cortante.

Jonix, por supuesto, no entendió absolutamente nada del idioma, pero el tono de desprecio y advertencia universal quedó más que claro. Con pasos sigilosos, una caminata felina y agachada tipo walkcat, Ixk’an avanzaba hacia él, repitiéndole en su lengua que un extranjero como él no era digno de pisar su tierra sagrada, que los blancos no tenían permitido estar allí y que se largara antes de que fuera demasiado tarde.

—¡Oye, tranquila! ¡Vengo en son de paz! —exclamó Jonix con su voz rasposa, levantando una mano mientras intentaba enfocar la vista en la penumbra, maldiciendo internamente no llevar puesta su máscara con visera azul de visión nocturna.

A Ixk’an no le importaron sus palabras. Sin darle el más mínimo derecho a replicar, guardó el arco y, con una velocidad pasmosa, desenfundó otra de sus armas mayas con filos de obsidiana al estar ya a pocos metros de distancia. Viendo que el ataque cuerpo a cuerpo era inminente, Jonix dejó de lado la diplomacia falsa de investigador y se le dejó ir encima con toda su corpulencia de mercenario para derribarla.

Pero la guardiana reaccionó con la agilidad de su herencia híbrida: se agachó rápidamente de cuclillas, bajando su centro de gravedad, y aprovechó el mismo impulso de Jonix para embestirlo en un violento contraataque. El impacto los hizo chocar con fuerza. En medio del forcejeo, a Jonix se le escapó un gruñido siseante y salvaje, frunciendo la nariz y replegando los labios para mostrarle los colmillos afilados de leopardo de las nieves. Ixk’an Balam, lejos de intimidarse, le devolvió un siseo igual de feroz directamente a la cara, mientras sacudía su larga y delgada cola de tayra con pura adrenalina.

La fuerza del choque los separó, haciéndolos rodar por el suelo cubierto de hojas secas. Ixk’an se recuperó primero. Con un resorteo perfecto, cayó de cuclillas sobre una enorme roca que conectaba con un sendero oculto entre la maleza. En un parpadeo, ya tenía otra flecha firmemente sujeta en su mano, lista para usarla como una daga si era necesario, mientras emitía una variedad de ruidos guturales y chasquidos hacia Jonix, como retándolo a dar un paso más. Jonix le soltó un último siseo de advertencia y estiró el brazo hacia atrás para colgarse la mochila y prepararse para pelear en serio… pero su mano solo tocó el aire húmedo. Al bajar la mirada a la roca, vio que Ixk’an la tenía en su poder. La guardiana, con una sonrisa de suficiencia oculta tras su máscara, alzó la mochila en el aire extendiéndola hacia Jonix para que viera perfectamente que le había robado todas sus pertenencias — incluido el folleto de Severus y sus armas—. Antes de que el mercenario pudiera reaccionar, Ixk’an se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad, perdiéndose como un fantasma entre las enormes hojas exóticas de ese nuevo camino.

—¡No, no, no! ¡Maldita sea! —Gritó Jonix. Sin pensarlo dos veces, olvidándose por completo del calor asfixiante y del cansancio, se lanzó corriendo detrás de ella adentrándose por completo en la boca del lobo de la selva del Petén.

Ixk’an Balam avanzaba como un rayo por un sendero bajo, moviéndose con la soltura de quien conoce cada raíz y cada piedra de esa selva. Jonix, que la seguía desde una zona más elevada del terreno, vio con desesperación cómo la guardiana tomaba un desvío hacia un cañaveral denso donde la perdería de vista para siempre.

El calor nocturno era un muro invisible, pero el orgullo y la adrenalina de mercenario pudieron más. Jonix no iba a dejar que le robaran. Forzando sus músculos al límite, bajó el torso y comenzó a correr en cuadrúpedo, utilizando la potencia de sus cuatro extremidades como un verdadero leopardo de las nieves. Ganando una velocidad impresionante en segundos, Jonix se impulsó con todas sus fuerzas desde la altura y se lanzó al vacío directamente hacia ella.

El impacto fue brutal. Jonix cayó con todo su peso sobre Ixk’an, y ambos salieron disparados, rodando violentamente por la pendiente del terreno. Entre la hojarasca, las piedras y el lodo, el aire se llenó de un concierto salvaje de siseos y gruñidos mutuos; los dos felinos híbridos midiendo sus fuerzas y endureciendo el cuerpo para no quebrarse las costillas en la caída. Hasta que Ixk’an dijo basta. Con una flexibilidad asombrosa, la guardiana logró frenar la inercia de las vueltas, encogió las rodillas con fuerza hacia su pecho y, plantando ambos pies firmemente en el vientre de Jonix, estiró las piernas con un empuje explosivo. La patada mandó a Jonix a volar varios metros hacia atrás. El mercenario rodó por el suelo, pero su instinto lo hizo reaccionar rápido: se estabilizó arrastrándose en cuadrúpedo por unos metros, frunciendo el rostro con pura rabia y enseñando los colmillos, antes de impulsarse de nuevo en cuatro patas y luego incorporarse sobre sus dos piernas para no perder terreno.

—¡Devuélveme la maldita mochila! —le rugió Jonix, con la voz rota por el esfuerzo.

—¡Kat’el waral, kamisaxel! —le gritó Ixk’an desde el frente, una orden en k’iche’ que destilaba la furia de quien defiende su hogar.

—¡Jamás!

Jonix se lanzó de nuevo, esta vez intentando tacklearla por la espalda. Pero la agilidad de la guardiana del tayra era de otro mundo. Sin voltearse del todo, Ixk’an estiró sus fuertes brazos hacia atrás, aferró con un puño de hierro la tela de la camisa de lino de Jonix y, aprovechando la misma velocidad del mercenario, usó su propio peso para pivotear y lanzarlo limpiamente por encima de ella.

Al sentir el violento tirón y verse volando por el aire, Jonix reaccionó con la agilidad de sus reflejos de irbis. Mientras pasaba por encima de ella, estiró la mano desesperadamente hacia el rostro de Ixk’an, logrando rozar los bordes de la máscara de tayra con la intención de arrancársela. Sin embargo, los dedos se le resbalaron por las plumas y cayó seco contra el suelo, perdiendo la oportunidad. Ixk’an ni se inmutó por la caída de su rival. Aprovechando que Jonix estaba en el suelo, dio un salto limpia y elegantemente por encima de su cuerpo para reanudar la huida. Pero Jonix no se iba a quedar de brazos cruzados. Con un movimiento felino y rastrero, estiró el brazo hacia atrás antes de que ella se alejara y atrapó la larga y delgada cola de tayra de Ixk’an.

El jalón fue certero. Ixk’an Balam se detuvo en seco con un violento vaivén, perdiendo el equilibrio por un segundo. La vulnerabilidad de su cola tocó una fibra sensible. Lentamente, la guardiana se dio la vuelta completa hacia él, con el cuerpo tenso como una cuerda de arco y una furia ciega emanando detrás de las cuencas de su máscara ceremonial. Jonix, todavía apoyado en el suelo sobre sus manos y rodillas, levantó la cabeza, la miró fijamente a los ojos ámbar y le soltó un siseo estruendoso, profundo y cargado de toda la rabia que tenía guardada desde la Toscana hasta esa maldita selva de Petén. El verdadero duelo de depredadores acababa de empezar.

Por debajo de su máscara de tayra, Ixk’an Balam frunció por completo la nariz con una indignación que le quemaba el pecho. Aquel intruso de tez blanca no tenía la menor idea de a quién se estaba enfrentando; atraparla de la cola no era solo una osadía táctica, era una absoluta falta de respeto hacia la líder, protectora y guardiana legítima de esa tierra sagrada. Harta del carácter felino y de la resistencia del mercenario, Ixk’an no dudó.

Con la mente fría de una estratega, analizó en un milisegundo la posición de Jonix en el suelo: tenía una pierna recostada en la tierra y la otra doblada de forma lateral para servirle de apoyo. Sin esperar un segundo más, la guardiana liberó una patada firme y certera directo a la entrepierna y la zona de la pelvis.

El impacto fue devastador. Al recibir el golpe seco en esa zona tan vulnerable, Jonix sintió como si los intestinos se le detuvieran por un instante y el aire abandonara sus pulmones de golpe. El dolor fue tan intenso que soltó la cola de Ixk’an de inmediato, dejando escapar un fuerte grito siseante que desgarró la quietud de la noche. El eco de su agonía fue tan perturbador que allá a lo lejos, en los alrededores del Templo del Jaguar donde habitaban unas cuantas familias mayas —híbridos con colitas de apazote —, varios levantaron la cabeza y se voltearon a ver con desconcierto y alerta. Pero Ixk’an no había terminado. Aprovechando que el mercenario estaba doblegado por el dolor, conectó una segunda y fulminante patada directo en la mandíbula de Jonix. La fuerza del golpe mandó el rostro del irbis hacia atrás, haciéndolo impactar de seco contra el suelo.

Para rematarlo y asegurar su victoria, la guerrera plantó su pie con firmeza sobre la larga y esponjosa cola de leopardo de las nieves de Jonix. Ese último dolor, sumado al trauma del golpe en la cabeza y al calor infernal y asfixiante que el cuerpo alpino de Jonix ya no lograba procesar, fue el detonante definitivo. El sistema del mercenario colapsó. Justo antes de que todo se volviera completamente negro y la inconsciencia lo reclamara, Jonix alcanzó a ver la silueta de Ixk’an recortada contra la oscuridad. La guardiana comenzó a moverse hacia él en un fluido baile en zigzag, agachándose de cuclillas; el movimiento rítmico de su cuerpo y su cabeza hacía que las plumas exóticas de su máscara de tayra se agitaran como un espectro místico en las sombras de la selva. Luego, la oscuridad lo cubrió todo.

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