BAJO UNA LUNA DE HORMIGÓN
Viernes, medianoche.
Hundo las manos en los bolsillos de mi pantalón de cachemir y contemplo con añoranza la fina capa de lluvia que cae sobre LS, el fulgurante mundo de piedra y metal que se extiende más allá de la ventana. Las mil y una torres cuyo peso amenaza con romper la tierra. La calima púrpura y el viento salobre que despedaza las tiendas de campaña que se extienden por toda la playa, las gigantescas olas que han estado batiendo durante toda la noche. Es un día desapacible y brumoso, de peli, sofá y manta, pero ojalá tuviera una razón para estar ahí fuera, zascandileando, con la verdad por delante, luchando a todo gas, rápido y nitroso, por resolver un crimen que necesitara de mi acertado consejo, y es que el tiempo apremia de veras, pues solo falta una semana para que venza el contrato de alquiler y el Viejo me ha dicho que no piensa seguir cubriendo mis gastos. Ya es hora, dijo, de que aprenda a valerme por mí mismo, signifique lo signifique eso.
Qué sé yo. Cosas de padres.
El problema es que no tengo ni idea de cómo conseguir más clientes. ¿Qué pasa? ¿Acaso nadie necesita los servicios de un detective con la licencia aún por estrenar? Llevo cualquier tipo de caso, incluso los de divorcio. Por favor, una ayudita, que estoy desesperado y solo, muy triste y apenado, y el único que se preocupa por mis vicisitudes y entresijos es el gato.
Me arrodillo ante él y lo acaricio con suavidad. Entierro la cara en su pelito canoso y aspiro su aroma. Huele un poquito a polvo y a tienda de antigüedades, pero a mí me gusta su olor. Me ayuda a recordar épocas mejores, más propicias. Recuerdo aquel verano que compartimos, a la orilla del lago. Recuerdo las truchas que pescamos. Cómo se retorcían en mis manos. Recuerdo que me tumbé en el embarcadero que había levantado el abuelo para que el agua me mojara los pies. Tú te tumbaste a mi lado y ronroneaste, igual que ahora.
Ay, te quiero tanto... Mi fiel escudero, mi camarada.
Mi compañero.
—Te quiero, Willy. Nunca dudes de mi amor por ti. Tú y yo siempre estaremos juntos. Siempre, siempre, siempre. Hasta el Fin de los Días, y Más Allá.
Le hago unas cuantas carantoñas para hacerle entender que me gusta y Willy frota su morro contra mi mano para hacerme entender que yo le gusto a él. Permanezco en esa posición durante horas, hasta que:
—¿Es usted T’wolberry, el detective?—pregunta una voz aterciopelada.
—¿Sí?
—Soy Elisbeth Kumlup. Me envía Garlock.
¿Quién?
—Oh...
—Si está ocupado, puedo volver en otro momento...
Su voz de terciopelo transmite recelo y sospecha. Actúa como si se sintiera incómoda. Bueno, no es la única que se siente así. Yo tampoco soy el ser más sociable de Yiaaargh. Con la gente que no conozco me cuesta, me cuesta mucho. Suelo pensar que no merece la pena el esfuerzo.
Y suelo tener razón.
—¿Qué le ocurre, señora Kumlup? ¿Acaso es usted alérgica a las almas sensibles que aman a sus compañeros felinos?
—N-no.
—Pues siéntese y dígame qué puedo hacer por usted.
Ella se sienta y cruza las piernas, tan alto como es posible. Sujeta el bolso como si temiera que alguien fuera a quitárselo.
—Busco... a un hombre.
—Yo soy... Bueno, un hombre no, pero soy un macho muy macho, que para el caso es lo mismo. Tengo todo lo que se necesita para follar. No, enserio. No habría descendencia, pero sí mucho amor.
—Lo siento, pero no me interesa.—Hace un mohín repulsivo con la boca—. Yo solo quiero amihombre.
Mira, tú, me da igual. Me importa un rábano, tres pepinos y un saco entero de patatas. Ella es demasiado alta. Demasiado inhóspita. Demasiado hostil. Demasiado... qué sé yo. Su cuerpo es demasiado liso, sin un solo pliegue en la zona admirada, y su forma de vestir, tan sobria y correcta, no me suscita ni un solo pensamiento impuro. ¿Podría hacerlo? Pues claro. Qué duda cabe. Ahora bien, ¿lo disfrutaría?
Pues probablemente sí, para qué nos vamos a engañar. Ha pasado tanto tiempo desde la última vez...
—Oiga, ¿seguro que está bien? Le noto un poco alterado.
—Estoy pasando por una mala racha.—Me froto las manos e intentó sonreír. No me sale demasiado bien—. No se angustie, no es nada que no se quite con un poco de trabajo detectivesco.
Ella me observa. Con qué fijeza. Sus pupilas son tan pequeñas que parecen dos agujas de pino. Ojos túrbidos por la tempestad que asola su linda cabecita. Tiene el alma herida y el cepo hendido. Una pequeña arruga palpita entre dos gruesas cejas con forma de esparadrapo de tela.
—Me esperaba otra cosa, la verdad—dice Ella tras un largo y sobrevalorado silencio—. Garlock, que es un individuo muy válido, me habló de un detective de gran valía y mayor renombre, pero usted... Usted es un mochuelo. Sin ánimo de ofender.
Allá vamos otra vez...
—Ese tal Garlock, que ni idea de quién es, debió confundirme con mi padre. T’wolberry I, o Senior, es el legendario detective asesor cuya efectividad y rango nadie puede poner en entredicho. Yo soy T’wolberry II, o Junior, si lo prefiere—añado a regañadientes.
—¿Y eso en qué posición le deja a usted?
—Señora, acabo de decírselo. ¿Por qué no me escucha? Yo soy el Heredero y represento a la Nueva Generación, que será más amplia y mejor, más hermosa y libre. Dicen que las segundas partes nunca son buenas, pero eh, aquí estoy yo para demostrarles que se equivocan.
—Entonces..., ¿usted y el padre de usted se llaman igual?
Pero ¿por qué? ¿Por qué le cuesta tanto? ¿Por qué es tan mensaaaaa?
—Efectivamente—digo con una sonrisa forzada—. Somos los dos únicos pensantes de todo el globo que comparten nombre y oficio. Qué curioso, ¿no?—Me acaricio la papada, pensativo—. Es extraño que a nadie más se le haya ocurrido.
Ella agarra el bolso con más fuerza.
—No contaba con esto, Junior. Estoy... descorazonada.
Pues cógeme a mí.
—Es normal que esté decepcionada, señora, suelo provocar ese efecto. Y si quiere irse, adelante, no se lo tendré en cuenta. Sin rencores por mi parte. Pero, y esto que quede entre nosotros, dudo mucho que el Viejo acceda a charlar con usted. Ese viejo misógino está casi retirado y es un alcahuete, por no mencionar que odia a los de su especie.
Por lo que sea, se me olvida comentar que a mí tampoco me caen muy bien los seres humanos.
Ni los yapp, ni los kurlls, ya puestos.
—Como le decía, es poco probable que el Viejo acepte su encargo. En cambio yo, y en esto no le mentiré, no tengo nada mejor que hacer y me urge el dinero, por el que mi compromiso con usted sería total y absoluto.
Ella se lo piensa durante unos minutos.
Sí, minutos. Ya te habrás dado cuenta que no es el lápiz más afilado del estuche.
—Está bien, Junior. Probaremos a su manera.
Saca una fotografía del bolso. Con cierto melindre, me la pasa para que la vea.
Este debe ser el hombre que ha mencionado antes, pienso. Maldita sea, me suena de algo. De qué, no lo sé. Mi memoria no me ofrece más información, ni consuelo. ¿Será alguno de los payasos que corretean de lunes a domingo por los platós de Telebrinco? Podría serlo. Da el perfil. La palidez mortuoria de su piel podría indicar la ausencia de alma y la falta de conciencia y escrúpulos, pero no es una prueba excluyente. Tiene pinta de asesino en serio, de fabricar muebles con los huesos de sus víctimas. Y los ojos... Siento que esos ojos tan alucinados, tan desorbitados, tan mondos y lirondos, podría gobernar mis pesadillas durante semanas.
—Bueno, usted dirá. Dígame quién es y por qué lo busca.






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