Prólogo
Siempre me encantó ir al bosque con mis amigos a buscar insectos y recoger hongos. Mi padre me enseñó a distinguir cuáles son comestibles y cuáles no. Después de recolectarlos, nos reuníamos, hacíamos una pequeña fogata y los asábamos mientras contábamos historias.
Al atardecer, todos regresaban a sus casas. A veces nos turnábamos para apagar la fogata, pero había ocasiones, como ahora, que todos salían corriendo sin importarles. Por ese motivo casi siempre era yo quien apagaba el fuego, asegurándome de que no quedara ni una chispa.
Pero el día de hoy estaba exhausto. Me había despertado muy temprano para ayudar a mi padre en la botica. Cuando mis amigos se fueron, eché un poco de tierra sobre la fogata y corrí a casa sin revisar bien.
Nunca imaginé lo que pasaría después.
Corrí hacia mi casa, que estaba a medio kilómetro de donde jugábamos. No tenía hambre, los hongos me habían dejado satisfecho, así que me fui directo a la cama.
Mamá entró a mi habitación sin tocar la puerta.
—Hola, Robin. ¿Cómo te la pasaste con tus amigos?
—Bien, comimos hongos asados.
—Qué delicia, ¿me guardaste un poco? —preguntó con una sonrisa.
—Amm, es que estaban muy buenos —dije a modo de disculpa.
—Bueno, pero la siguiente vez debes traerme al menos uno —asentí y me dio un beso en la frente—. Buenas noches, cariño.
Me arropó y salió de la habitación. Cerré los ojos y me quedé dormido casi al instante.
Al despertar salí de mi cuarto, me dirigí a la cocina, pero no había nadie. Se me hizo extraño, ya que mamá siempre tenía el desayuno listo. Fui a la habitación de mis padres, toqué la puerta, no respondieron, así que entré.
No estaban ahí.
En cuanto estuve fuera de casa un calor abrazador me hizo cerrar los ojos de inmediato, al abrirlos de nuevo me quedé paralizado de pies a cabeza. No podía creer lo que veía: la mitad de la aldea se encontraba reducida a cenizas. Pequeñas llamas consumían lo que quedaba de las cabañas. El pecho me pesaba, como si mi corazón hubiera crecido de golpe. Avance entre los restos carbonizados; las casas eran esqueletos de madera, el aire olía a humo y silencio. No había nadie. Las rodillas me temblaban, los ojos se me llenaron de lágrimas.
¿Dónde estaban todos? ¿Qué pasó?
Esas y mil preguntas más invadían mi mente. Corrí para ver qué había sucedido, mas no encontré a nadie. Comencé a caminar observando los restos de las casas, di una vuelta por los escombros, buscando, pero no había ni un alma. No sabía qué había pasado. De repente la imagen de la fogata del día anterior me vino a la mente, avance hasta el lugar donde me reunía con mis amigos. Ahí, poco más adelante terminaba el rastro del incendio.
Llegaron las náuseas en el estómago, luego las arcadas pero como no tenía nada en el estómago solo saque bilis y saliva.
—Yo hice esto —murmuré y comencé a llorar de nuevo.
Rato después regresé a casa. Aún no había nadie. Comencé a imaginar lo peor:
¿Qué tal si todos murieron en el incendio? ¿Y si me quedo solo para siempre? ¿Y si están vivos y me odian por esto? ¿qué tal si decidieron irse y dejarme aquí como castigo? me preguntaba e imaginaba muchas cosas. Todos eran escenarios horribles.
Quise pedir ayuda en la aldea vecina, pero no sabía cómo confesar tal atrocidad, así que entré a mi casa, tomé mi morral, puse fruta, pan y queso, un cambio de ropa y salí a toda prisa hacia el bosque. Decidí huir para no tener que decirle a nadie lo que hice.
Caminé por horas hasta que llegué a un arroyo. Bebí agua y descansé un momento. Lloré hasta que me quedé dormido recargado en una roca.
Al despertar, el sol comenzaba a ocultarse. Me levanté y seguí mi camino, dispuesto a encontrar refugio para pasar la noche. Atardecía cuando divisé una cabaña. Se veía en mal estado, parecía abandonada. Toqué la puerta, nadie respondió, así que la abrí lentamente.
El lugar tenía polvo por todas partes. Había algunos muebles, una chimenea, una pequeña mesa con dos sillas de madera, y una cama si es que se le podía llamar de tal manera. El colchón de lana estaba roto y mugroso. pero parecía que no tenía bichos, así que la sacudí con esmero junto con la manta llena de hoyos que había encima y me acosté.
Desayuné un poco de pan con queso. Inspeccioné con más detalle la pequeña cabaña y encontré algunos utensilios de cocina junto con una olla cubierta de hollín. Atrás de la cabaña había montones de troncos para leña con telarañas y sus creadoras, pero aún servían, sacudí algunas y fui a dejarlas a la chimenea. Agarré la olla y me dirigí por agua al pozo que estaba a unos metros.
Encontré un intento de escoba tirada en el patio, me tomo casi todo el dia limpiar la cabaña. Sacudí con trapos viejos que saque de abajo de la cama. Y así tenía un nuevo hogar solo espero que el dueño no aparezca porque no tendré a donde ir.
Pasó un tiempo desde que hui de mi aldea. La ropa que traía estaba desgarrada y me quedaba pequeña, hoy iré a un pueblo cercano que se encontraba a un kilómetro de aquí, las veces que fui no me anime a hablar con alguien. Había vivido solo todo este tiempo.
El camino hacia el pueblo estaba polvoriento y lleno de pequeñas piedras que crujían bajo las ruedas de mi carreta. Llevaba fruta fresca, setas recolectadas en el bosque y pieles de conejo, ardillas y un jabalí que me había costado atrapar. Un cosquilleo de nervios recorría mi estómago: era la primera vez que entraba al mercado del pueblo, y no sabía qué esperar.
Las casas se amontonaban a ambos lados del camino. Eran sencillas, de madera y piedra, con techos inclinados de tejas y chimeneas que echaban un hilo de humo. Algunas tenían pequeños jardines, otras solo leña amontonada junto a la puerta.
La plaza se abrió frente a mí, con la fuente de piedra en el centro. La figura de la diosa Aurelia, representante de la suerte y la fortuna, sostenía su vasija mientras el agua caía clara y brillante bajo el sol. A su alrededor, los puestos del mercado se apiñaban: cestas llenas de fruta, verduras, hierbas secas que perfumaban el aire, telas de colores y objetos de madera y metal que los artesanos vendían orgullosos.
El olor me golpeó enseguida: pan recién horneado, tierra húmeda, estiércol de los animales y el dulzor de la fruta fresca. Todo era caótico y vivo al mismo tiempo. Los vecinos hablaban en voz alta, los niños corrían de un lado a otro, y algún perro ladraba en la lejanía.
Guie la carreta entre los puestos buscando un espacio. Unas señoras me observaban con curiosidad, otras con preocupación, debía ser por mis harapos.
Ya en mi puesto improvisado, la primera persona que se acercó fue una señora algo desaliñada, con el cabello un poco revuelto, pero con rostro amable. Me hizo algunas preguntas: cuál era mi nombre, donde vivía, dónde estaban mis padres. Mentí en todo, inventé un nombre, le dije que vivía con mi abuelo a las afueras y que mis padres habían muerto. Al decir la última, se me hizo un nudo en la garganta; en realidad esperaba que ellos estuvieran a salvo en algún lugar, aun si eso significara que me habían abandonado. Al final del interrogatorio me compró algunas setas y fruta. Me dio un poco de dinero de más y se marchó.
Algunos clientes me hicieron las mismas preguntas, otros solo me veían con desdén.
Gracias a la suerte de Aurelia, vendí todo lo que llevaba. Antes de que anocheciera, al final de la semana compre ropa: pantalones, una camisa de lino y unas botas gastadas, pero suficientes por ahora. Cada mañana me levantaba temprano y caminaba al pueblo. Durante ese mes, continué vendiendo; pronto tenía tres cambios de ropa, dos pares de botas, una manta nueva y algunos utensilios para cocinar.
Me dediqué a vender en ese pueblo hasta que se me acabó la mercancía. La gente ya me conocía, dejaron de verme con recelo y ahora me buscaban para hacerles algún mandado.
El primer invierno fue duro. La comida se me terminó a mitad de la estación y el dinero desapareció mucho más rápido de lo que esperaba. Durante semanas sobreviví a base de papas, hasta que también se agotaron.
Los animales permanecían ocultos en sus madrigueras y los ciervos se internaban demasiado en el bosque como para que pudiera alcanzarlos.
Entonces comenzó a ocurrir algo extraño.
De vez en cuando aparecía un animal muerto cerca de mi cabaña. Conejos, liebres, alguna que otra presa más grande. Tenían marcas de mordidas enormes, como si algo las hubiera cazado y luego abandonado allí.
Nunca supe quién las dejaba ni por qué. Tal vez algún depredador tenía comida de sobra. Tal vez los dioses decidieron apiadarse de mí.
Fuera cual fuera la razón, gracias a ello sobreviví aquel invierno.
Llegada la primavera me dirigí al pueblo directamente a la botica decidido a buscar trabajo. Al empujar la pesada puerta de madera, un olor a hierbas secas, resinas y raíces recién molidas me envolvió de inmediato. El interior era cálido, iluminado por la luz de la tarde que entraba por las ventanas. Estantes de madera oscura se alineaban en las paredes, repletos de frascos de vidrio con líquidos verdosos, sacos de tela atados con cordeles y racimos de plantas colgando boca abajo para secarse.
Detrás del mostrador, una señora robusta de cabello castaño trenzado me sonrió.
—Hola, eres Corvic, ¿verdad? —era el nombre que les había dado en el mercado.
—Sí, buenas tardes.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Busco trabajo, ¿no necesita a alguien?
—Lo siento, pero no puedo contratar a cualquiera — una mueca.
Le señalé varias hierbas y mencioné para qué servían. Su expresión cambió de inmediato.
Cuando preguntó quién me había enseñado, dije que mi abuelo era boticario y que me había enseñado mucho. Luego hizo preguntas sobre mi familia. Repetí las mentiras de siempre.
Me escuché hablar demasiado rápido, como si el silencio pudiera traicionarme.
Su rostro reflejó lástima.
—Bien, estás contratado, pero si no sabes algo, pregúntame sin miedo ¿cuándo puedes empezar?
—Mañana mismo.
—Está bien, nos vemos a las siete.
Me quedé observando el reloj de péndulo, hipnotizado por la barra metálica que oscilaba de un lado a otro. Me despedí y salí a toda prisa.
Durante meses llegaba antes que ella, me despertaba justo cuando salía el sol y venia hacia acá, esperaba afuera hasta que abriera la botica. Pronto conseguí trabajo con el carnicero; así aprendí mejor a despellejar y limpiar animales. Así me ganaba la vida a los trece años.
Hice algunos amigos y aunque extrañaba a mis padres cada dia nunca volvería a mi vieja aldea.
Mi cabaña cambió mucho: la tenía tan bien cuidada que me sentía orgulloso. A los quince años construí un cobertizo con ayuda de unos amigos y contraté a unos mellizos para ayudar con la cosecha y la siembra.








