PARTE 1
EL ARTE DE LA MOSQUETA (Volumen I)
Todos los derechos reservados.
Esta es una obra de ficción. Si bien el relato se ambienta en un marco geográfico, social y político real, los personajes principales, sus diálogos y las situaciones de índole privada son producto de la imaginación del autor. - Patricio Zec-
CAPÍTULO 1: Cincuenta metros de magia y tres nueces.
A sus ocho años, Paulino Zelić —a quien todos en el pueblo llamaban Paul— descubrió que la felicidad se podía contar en pasos y que medía, exactamente, cincuenta metros. Esa era la distancia que separaba la pesada puerta de madera de su casa, señorial y resguardada frente a la plaza, del terreno baldío donde acababa de instalarse el circo en aquel ventoso y destemplado otoño de 1962.
Casilda era entonces una pujante y rica ciudad de la pampa gringa santafesina donde el poder del campo se cruzaba con el ruido de los talleres mecánicos y las fábricas metalúrgicas. Su fisonomía se dividía entre ese centro señorial de casas altas de ladrillo asentado en barro alrededor de la plaza, y el barrio obrero e industrial de Nueva Roma. Las calles céntricas de adoquines veían desfilar las modernas estancieras IKA, chatas cargadas con bolsas de arpillera y obreros que entraban a trabajar a los imponentes silos de los Molinos Fénix. Era una comunidad de inmigrantes —mayormente italianos, españoles y croatas— de clase media trabajadora, donde la vida social pasaba por los cafés, la vuelta al perro de los domingos y el asombro colectivo que provocaba la llegada de cualquier espectáculo ambulante a los baldíos ferroviarios.
Eran tiempos densos en la Argentina profunda, aunque a Paulino el mundo de los adultos todavía le llegara filtrado por los ruidos de la casa. Esa mañana del 29 de marzo, el parlante de la radio AM de la cocina emitía un zumbido grave antes de que la voz del locutor confirmara, con tono de alarma, el rumor que hacía horas corría por las redacciones: el presidente Arturo Frondizi había sido depuesto por un golpe de Estado y ya navegaba, en calidad de prisionero, rumbo a la Isla Martín García. La madrugada se había tragado los últimos restos de la legalidad constitucional tras la negativa del mandatario a renunciar ante la presión de los comandantes en jefe.
Mientras el pueblo amanecía sumido en la incertidumbre y las marchas militares ocupaban el dial, la radio describía el traslado: el arresto en la Quinta de Olivos por efectivos de la Marina, el auto bajo custodia militar y el barco alejándose en la bruma del Río de la Plata. Su destino era una porción de tierra cargada de simbolismo trágico; la misma isla-prisión donde años atrás habían confinado a Hipólito Yrigoyen y a Juan Domingo Perón. Allí, custodiado por fusiles y rodeado por las aguas marrones del río, al presidente derrocado solo le quedaba el silencio del encierro, mientras en la Casa Rosada los uniformados se disputaban a los tiros el control de un país fracturado en mil pedazos.
Sin embargo, para la mirada ingenua del chico, la verdadera rosca del mundo no se discutía en los comités ni en los cuarteles, sino bajo la lona remendada de la carpa. Bastaba cruzar la zanja de tierra que dividía los dos mundos para que el viento pampero, que soplaba con fuerza en la llanura, se disipara por completo. En su lugar, el aire se volvía denso, tibio y espeso, reemplazado por el olor a aserrín húmedo, pororó quemado y bosta de caballo. Paulino no tardó en mimetizarse entre la troupe.
—¡Cuidado, pibe, que te vas a ganar un porrazo! —le gritó una tarde un hombre forzudo que arrastraba una cadena gruesa.
El chico ni se inmutó. Esquivando estacas mal clavadas y pesadas lonas alquitranadas que crujían con el viento, se mezcló entre los acróbatas que alongaban tiritando con sus mallas gastadas y los trapecistas que se pasaban resina en las manos, soplándose los dedos para recuperar la sensibilidad. En pocos días, Paulino dejó de ser un extraño; se sentía un miembro más de aquella mágica familia ambulante que desafiaba los primeros fríos del otoño con purpurina y sonrisas ensayadas.
Fue allí, bajo la lona desgastada, donde se quedó completamente inmóvil una tarde. El gentío habitual había desaparecido y el muchacho se descubrió hipnotizado, con los ojos fijos en el centro de la pista, mirando ensayar a Catalina en la absoluta soledad de la carpa vacía.
Durante las funciones nocturnas, los dueños del espectáculo la presentaban de una forma deliberadamente trágica y sombría.
El presentador, vestido con una levita roja gastada y un sombrero de copa, la anunciaba con voz cavernosa como “la niña maldita del aire”. Para generar una expectativa feroz y alimentar el morbo del público, los carteles del pueblo aseguraban de forma dramática que una terrible maldición pesaba sobre su sangre. Según la leyenda del circo, habían muerto trágicamente su bisabuela, su abuela y su madre; todas ellas cayendo de forma consecutiva, una generación tras otra, desde lo más alto del trapecio sin que una red pudiera salvarlas.
Aunque aquello era solo una exageración comercial para llenar las gradas, la historia calaba hondo en los espectadores.
Por eso, la atmósfera se volvía asfixiante cada vez que la música cesaba y el redoblante empezaba a sonar. En el momento en que Catalina comenzaba a trepar por la soga hacia las alturas, el pánico colectivo se apoderaba de la tribuna. La gente, con el corazón en la boca y la mirada clavada en el techo, le gritaba con auténtica desesperación: «¡Agarrate, Catalina!» o «¡Agarrate bien, Catalina, Agarrate!». Los gritos resonaban en la carpa como un ruego unánime para ganarle a la muerte.
Desde abajo, Paulino la observaba balancearse de un extremo a otro, recortada contra las luces de los reflectores. Sentía una mezcla contradictoria de horror y fascinación. El vaivén del trapecio parecía el tic-tac de un reloj maldito. Mientras la veta artística de la acrobacia lo deslumbraba, una pregunta oscura le carcomía la mente: ¿se cumpliría la profecía esa misma noche?, ¿la alcanzaría a ella también el trágico destino familiar en el próximo salto mortal?
Para cuando llegó octubre, el circo todavía seguía en el predio, pero el paisaje santafesino había cambiado por completo. Los días se hicieron más largos y el sol de la primavera empezó a entibiar la modorra de Casilda. Eran semanas extrañas y cargadas de una tensión política global que mantenía a las familias pegadas al receptor.
La estática de la radio AM subía de tono y la voz del locutor, ahora con un matiz de alarma mundial, interrumpía el crónico reporte de los cuarteles locales. Ya no solo se hablaba de la fragilidad del presidente interino José María Guido, de las patrullas en Retiro o de los tiroteos entre Azules y Colorados; los informativos alertaban ahora sobre la Crisis de los Misiles en Cuba y el peligro inminente de una guerra nuclear total.
En ese convulsionado octubre, el miedo había cambiado de escala. Las pantallas de los radares estadounidenses revelaban rampas de lanzamiento soviéticas apuntando directo al corazón de Occidente, y la frase “tercera guerra mundial” dejaba de ser una hipótesis para convertirse en un conteo regresivo. En los hogares de Casilda, la población escuchaba el dial con una doble dosis de angustia. Mientras las superpotencias jugaban una macabra partida de ajedrez en el Caribe y el humo de los gases lacrimógenos flotaba en Buenos Aires, los vecinos miraban el cielo limpio de la tarde preguntándose si el mundo entero saltaría por los aires en un hongo atómico antes de que terminara la semana. El aparato de radio, caliente por tantas horas de encendido continuo, era la única ventana a un mañana que parecía más incertidumbre y peligroso que nunca.
Entre toda la compañía del circo que habitaba el baldío, Paulino se había hecho compinche de un muchacho flaco, de rostro curtido por la intemperie y un andar errante que delataba demasiados kilómetros de ruta. Era el que se encargaba de los trabajos pesados: levantaba las lonas a pura fuerza de hombro, cargaba los pesados baldes de agua para los animales y limpiaba las jaulas con una pala ancha. Pero aquel pibe también tenía sus propios rebusques para ganarse unos pesos extra y no depender de la miseria que le pagaba el dueño de la carpa.
Cuando los ojos del patrón apuntaban hacia otro lado, el muchacho se limpiaba las manos en el pantalón, sacaba de entre sus ropas un cuadrado de madera pulida y gastada que sostenía firmemente con una mano, y se instalaba en la calle.
Acomodaba tres cáscaras de nuez encima, escondía un poroto entre ellas y armaba la mosqueta en la esquina más concurrida de la plaza, justo frente a la iglesia. La gente del pueblo se amontonaba en pocos minutos. Arrastrados por la codicia, el aburrimiento y la ilusión de ganarle al destino, apostaban esos billetes arrugados de diez pesos e intentaban adivinar dónde carajo estaba el poroto, maravillados con la velocidad magnética de sus dedos.
—¡Acá está, te juego diez pesos a que está en la del medio! —gritaba un vecino, señalándolo con el dedo.
—Levante, amigo, levante y vea... —decía el muchacho con una sonrisa ladina.
La nuez subía y abajo solo había madera limpia. El hombre maldecía y el artista callejero guardaba el dinero en el bolsillo.
Paulino observaba el truco con los ojos abiertos, fascinado por la agilidad de los dedos, pero también por el poder de atracción de esos papeles maltratados que cambiaban de dueño en segundos.
A pocos metros de allí, en el almacén de la esquina de la plaza, Hugo Galiano, con los dedos curtidos de almacenero contaban, una y otra vez, esos mismos billetes arrugados de diez pesos que descansaban sobre el mostrador. Desde el papel gastado, la efigie de Manuel Belgrano parecía contemplar con solemnidad el descalabro de la nación que había ayudado a fundar. Pero en esa tensa primavera de 1962, el prócer ya no infundía respeto, sino la amarga certeza de la escasez. Aquellos billetes eran dinero devaluado; un puñado de papeles que se escurrían entre los dedos en medio de la furia de una inflación implacable que devoraba los precios antes de que las mercancías llegaran a los estantes.
El descalabro político que se vivía tras el derrocamiento de Frondizi había herido de muerte la confianza de la gente. Con el presidente confinado en una isla y los militares disputándose el poder real a los tiros en las calles, la economía se había transformado en un sálvese quien pueda. En las fábricas y oficinas públicas de Santa Fe la angustia era doble: los sueldos ya no se pagaban con billetes limpios, sino con promesas impresas, bonos estatales que los comercios rechazaban o aceptaban de mala gana. El cliente retiraba su mercadería —apenas una fracción de lo que compraba meses atrás— y el almacenero guardaba los diez pesos en la caja registradora, sabiendo que para el final de la semana esos mismos billetes arrugados valdrían todavía menos que el propio papel en el que estaban impresos. Sin embargo, ajeno al tablero del ajedrez mundial y al descalabro de la moneda que preocupaba a los grandes, Paulino estaba concentrado en sus propias fichas. Las lonas del circo, remendadas con hilos de arpillera y desteñidas por el sol del camino, se habían convertido en su universo absoluto. El espectáculo sobrevivía a duras penas en el pueblo; los trapecistas ensayaban sus piruetas con mallas gastadas y el payaso principal remendaba sus zapatones sentándose en un cajón de manzanas. Las tardes se llenaban con el eco de un megáfono oxidado que convocaba a los vecinos, prometiendo maravillas que contrastaban con la dura realidad de la crisis. Al ver a los camellos y a las llamas masticar con desgano los últimos fardos de pasto seco, casi esqueléticos y con el pelaje deslucido por los meses de encierro, Paulino comprendió que allí había una oportunidad. Las jorobas caídas de los camellos delataban la falta de agua y alimento, y las llamas apoyaban sus hocicos contra los barrotes de los camiones con una tristeza mansa.
El circo también cargaba con otras fieras que sufrían el rigor del desabastecimiento. En un carromato de madera pesada y rejas oxidadas, un imponente tigre de Bengala daba vueltas en círculos, impaciente, arrastrando las garras sobre el aserrín húmedo mientras emitía un rugido sordo que hacía temblar las chapas. Unos metros más allá, un oso pardo de hombros macizos miraba el piso con resignación, acostumbrado al bozal y a la cadena con la que lo obligaban a pararse en dos patas durante las funciones nocturnas. Los ponis, con sus crines enredadas llenas de paja y herraduras gastadas, relinchaban de frustración en un corralito improvisado con sogas. El hambre de la troupe de animales era evidente y amenazaba con suspender las funciones del fin de semana. Al lado de la propiedad de sus padres había un gran terreno baldío que pertenecía a su abuela, una porción de tierra generosa que estaba completamente abandonada y cubierta de maleza fresca. La lección de la mosqueta y el hambre de los animales se unieron en su cabeza en una jugada perfecta.
Corrió hacia la vivienda de sus abuelos, entró sin golpear, haciendo crujir las puertas de madera, y encontró al viejo tomando unos mates amargos en la cocina de azulejos gastados, donde el vapor de la pava entibiaba el ambiente.
—¡Abuelo! ¡Tenés que ayudarme con un negocio! —entró diciendo el chico, sin aire, apoyando las manos con firmeza sobre la mesa de hule gastado que tenía dibujados unos cuadros rojos.
—¿Qué pasa, Paulino? ¿Qué clase de negocio hace un mocoso de ocho años? —se rió el viejo, acomodándose los anteojos de marco grueso con su mano temblorosa.
—Es un trato para los del circo. Si trasladan a los animales al lote de la abuela, van a tener alimento fresco y gratis. Y de paso, a nosotros nos hacen el favor de cortar el pasto que está altísimo. ¡Es perfecto!
El abuelo lo miró en silencio, sorprendido por la picardía del nieto, y soltó una carcajada limpia que terminó en una tos seca provocada por el tabaco. El viejo aceptó encantado. En esa zona de tierra rica, negra y de generosas lluvias del sur de Santa Fe, el lote ya se había transformado en un prado cubierto de un verde fresco, alto y tierno, listo para recibir a sus nuevos e inusuales huéspedes.
Paul se tomó su tarea muy en serio. Todas las tardes ayudaba a llevar y traer a los camellos, las llamas y los ponis movedizos, que caminaban a trote corto tironeando de las riendas, ansiosos por morder la hierba fresca. En vez de simplemente cruzar la calle en línea recta, que hubiera sido lo más fácil y rápido, prefería hacer el recorrido más largo y vistoso. Rodeaba toda la plaza principal con la caravana de bestias, lo que causaba una enorme admiración entre los chicos de su edad, que se agolpaban contra los cordones de la vereda, dejando de lado sus bicicletas, para verlo pasar.
Para los pibes del barrio, la rutina de octubre solía repartirse entre los picados de fútbol en la calle de tierra, armando los arcos con dos piedras grandes hasta que cayera el sol y las madres gritaran desde las ventanas que la comida estaba lista. También pasaban las horas en las reñidas partidas de bolitas en la tierra, cuidando las “lecheritas” y los “ojos de gato” como verdaderos tesoros dentro de los bolsillos, y en el intercambio de revistas de Paturuzito bajo la sombra de los paraísos. Las noches gélidas de la llanura, además, se reservaban para los juegos de cartas como el Truco o la Escoba del 15 entre padres, tíos y vecinos alrededor de la mesa del comedor, donde el humo denso del cigarrillo Particulares y el olor a café recién torrado inundaban las habitaciones. Por eso, ver a Paul pastoreando camellos y arreando ponis alrededor de la plaza rompía cualquier normalidad del pueblo y lo convertía en un auténtico héroe local, una suerte de domador infantil admirado por todos.
—¡Miralo a Paul! ¡Es el dueño del circo! —le gritaban desde la vereda sus amigos con sana envidia, mientras él caminaba con el pecho inflado, sosteniendo con fuerza la soga de un camello lanudo que caminaba con paso cansino.
Entre toda la compañía, Paul se hizo compinche de un muchacho flaco, de rostro curtido por la intemperie y un andar errante que delataba demasiados kilómetros de ruta a bordo de los camiones de la feria. Este joven era el encargado de limpiar las jaulas y de armar la pista central antes de que se encendieran las luces. Al ver los ojos desorbitados de Paulino, que no se perdía una sola jugada de los artistas y notar su entusiasmo genuino por la vida detrás de la lona, el joven feriante decidió heredarle el secreto mejor guardado de la carpa. Un atardecer, cuando el sol teñía de naranja los techos de chapa del pueblo, lo llevó detrás de la carpa principal, justo donde el ruido de la calle ya no se escuchaba y solo quedaba el olor a aserrín y el misterio de los caminos.
—Vení acá, Paul. Te voy a mostrar el secreto de la mosqueta, pero si abrís la boca, te corto la lengua, ¿estamos? —le dijo el muchacho, agachándose para quedar a su altura.
El chico asintió con la cabeza, sin pestañear.
—Mirá bien. El misterio no reside en mover las manos con rapidez de prestidigitador. Eso es lo que los tontos creen. El secreto está acá —dijo, mostrándole un poroto oscuro—. Esto no es un poroto común, es de goma blanda. Sostené la nuez.
Le acomodó los dedos al nene sobre la cáscara.—Al arrastrar la nuez sobre la madera, tenés que hacer un leve y ensayado pellizco con el dedo gordo. Así, mirá. Eso hace que el poroto se escurra hacia atrás por el borde ranurado, quedando oculto de inmediato entre los pliegues de la palma.
Lo hizo despacio. Paulino vio con fascinación cómo la nuez se levantaba completamente vacía ante la mirada atónita del supuesto apostador, mientras la pequeña esfera de goma seguía bajo el control absoluto y el calor de la mano del feriante, lista para ser «plantada» debajo de cualquiera de las otras dos piezas cuando hiciera falta.
—Tomá, probá vos. Sentí la goma. La mano tiene que estar floja, que no se note la fuerza —le ordenó, pasándole el poroto blando.
Paulino repitió el movimiento. La primera vez el objeto salió volando por el suelo, pero a la tercera oportunidad logró retenerlo en el pliegue de su pequeña palma. Sintió una descarga de adrenalina recorrerle la espalda. Se dio cuenta al instante de que eso no era como los juegos de cartas de los tíos y vecinos alrededor de la mesa. En el truco o el póker familiares, el azar de una buena mano o un sutil engaño de miradas podían cambiar la suerte del partido. Alrededor de la mesa familiar, las voces se elevaban entre el humo del cigarrillo y el tintineo de los vasos de vino. El tío mayor, alineado con los Colorados, golpeaba la madera exigiendo que los militares se quedaran en el poder de forma indefinida; juraba que la única forma de salvar a la patria era extirpando al peronismo de raíz, aunque costara la clausura definitiva del Congreso. Del otro lado, el vecino defendía la postura Azul de Onganía, argumentando con desesperación que los cuarteles debían volver a la legalidad y organizar elecciones antes de que el país estallara en una revolución obrera. Mientras ellos se batían en una guerra de palabras, la radio confirmaba que los tanques de ambas facciones ya marchaban hacia los puentes de la ciudad. En este nuevo tablero real, donde los generales movían batallones enteros como piezas de ajedrez sobre las calles de Buenos Aires, no había una sola pizca de suerte, ni destino, ni azar; solo la fría y brutal lógica de las armas decidiendo el destino de millones.
CAPÍTULO 2: La magia de las tres nueces y el poroto
Aquella destreza le recordó de inmediato a las historias que escuchaba en voz baja sobre las noches de timba en el comité de la Unión Cívica Radical, en el club social, o en el Bar de Machado, que estaba al lado de la Municipalidad. Allí, cuando la noche se ponía cerrada y los caudillos del pueblo se encerraban a tramar la estrategia política entre el humo espeso del tabaco Particulares, el olor a ginebra y los gritos por las elecciones, algún vivo hacía trampa con los naipes. Esos hombres de traje gris y bigote ancho sacaban del medio de la baraja la carta ganadora con un movimiento invisible de los dedos, cambiando el destino de una intendencia o de una estancia en un parpadeo. Esto era exactamente igual, pero elevado a la categoría de arte. El control total sobre la ilusión de los demás estaba, a partir de ese día, en la palma de su mano.
La penumbra de su pieza se convirtió en su primer escenario clandestino. Durante horas enteras, tapado por el silencio de la siesta santafesina, Paulino se quedaba sentado en la alfombra, al borde de la cama, escuchando el chocar seco de las cáscaras de nuez contra el cuadrado de madera. Practicaba una y otra vez el pellizco, buscando que el poroto desapareciera sin que el aire siquiera se moviera. Lo fascinaba saberse iniciado en la logia secreta de los pícaros del circo. A decir verdad, al muchacho no le faltaba nada; sus padres eran dueños de muchas hectáreas de campo sembrado y en aquella vivienda señorial de techos altos y muebles de roble, si algo sobraba, era la plata. Pero el guacho ya llevaba la sangre caliente, la agilidad mental y esa audacia filosa que solo se aprende en la calle, mirando los carromatos y los caminos, y que no se compra con chequeras ni apellidos. Enseguida se armó lo que él llamaba su equipo de mosqueta. Buscó en el patio unas nueces de cáscara gruesa y bien grandes, de esas que caían del nogal viejo, las partió al medio con el cuidado milimétrico de un cirujano para que no se astillaran y limó los bordes contra el cordón de la vereda hasta dejarlas lisas como el mármol. Metió las piezas en el bolsillo del pantalón gris y se fue al colegio, sintiendo el peso sagrado del engaño golpeándole el muslo a cada paso.
El verdadero desafío era el escenario. Paulino asistía a un prestigioso colegio de curas, un imponente edificio de techos altísimos que daban escalofríos, pasillos largos que olían a cera de piso de roble y capillas frías con santos de mirada severa. El lugar estaba regido por una disciplina implacable, donde el menor susurro se pagaba con penitencia y el eco amenazante de los zapatos de los religiosos sobre las baldosas hacía callar a cualquiera. En los recreos, bajo el pálido sol de invierno que apenas entibiaba el cemento gris del patio, el chico no se relajaba; vigilaba de reojo cada rincón, cada arcada de ladrillos, para anticipar la silueta negra de cualquier sotana que asomara desde la preceptoría.
—Che, Paul, ¿vas a armar hoy? —le susurró un compañero de banco apenas sonó la campana del recreo, con los ojos abiertos por la expectativa.
—De cabeza. Pero vengan al fondo, donde no sople el viento de los curas —respondió él, acomodándose el cuello del guardapolvo con una sonrisa de viejo timbero que ya se las sabe todas.
Los desafíos los hacía de parado, bien pegado con la espalda contra la tapia descascarada en el rincón más alejado del patio, cerca de los baños. Era una táctica perfecta: así evitaba que alguien pudiera ponerse detrás de él para descubrirle el truco del pellizco o ver dónde escondía el poroto entre los dedos. Con la mano izquierda sostenía firmemente el cuadrado de madera de unos veinticinco por veinticinco centímetros y con la derecha mezclaba las nueces con una fluidez que parecía magia pura.
—¿Dónde está el poroto? A ver quién pone diez guitas —desafiaba Paul, barajando las nueces sobre la madera con un repique rítmico que hipnotizaba a la tribuna de guardapolvos blancos.
—¡Ahí, en la de la izquierda! —gritó un pibe sacando una moneda arrugada del bolsillo del guardapolvo.
—Mire y llore, m’hijo —sentenció Paul, levantando la cáscara vacía con un movimiento lento para que el impacto doliera más.
Con la precisión que había heredado en el circo, les ganaba las monedas destinadas a los mandados familiares, los caramelos masticables de la cantina y los sándwiches de jamón que las madres les preparaban con esmero para el recreo. Paulino no buscaba la plata, porque en su casa los billetes sobraban; buscaba el poder de la ilusión, el placer de dominar la mente de los demás.
A los pocos días, el truco surtió un efecto colateral previsible: varios padres indignados fueron a quejarse a la dirección porque sus hijos volvían a casa con los bolsillos secos, sin el vuelto del pan y con el estómago vacío. Sin embargo, las autoridades religiosas tenían las manos atadas. No podían acusar al pequeño Paulino a la ligera. Su padre y su abuelo eran estancieros de fuste, de esos grandes terratenientes que financiaban las refacciones de la parroquia. Si los curas señalaban al chico sin una prueba irrefutable, la familia les armaría un escándalo descomunal que sacudiría al pueblo entero y congelaría las donaciones. Los religiosos necesitaban una sola cosa: agarrarlo in fraganti, con las manos en la masa y las nueces repicando en la madera.
Para colmo, en el colegio había un alumno de los grados superiores, un pibe grandote y resentido, carcomido por la envidia ante el protagonismo y los aplausos que había cobrado ese chico dos años menor. El grandote se quedaba siempre a un costado, tapando el sol con su cuerpo robusto, observándolo con los brazos cruzados y la mirada torva. Buscaba la trampa con ojos de lince, intentando descifrar si usaba imanes ocultos entre las uñas o si la tabla tenía algún doble fondo por donde se tragaba el poroto.
—Dale, che, préstame el aparato —le decía siempre con tono prepotente—. Dejame probar a mí a ver si es tan gaucho el asunto.
—Esto no se presta, es herramienta de trabajo —le contestaba Paul, sin achicarse un solo milímetro, clavándole los ojos y sosteniendo la mirada con una frialdad que descolocaba al grandote. Sabía que si cedía la madera, cedía el imperio, y un verdadero prestidigitador jamás entrega sus armas ante los lobos del patio.
Un mediodía gris, en pleno recreo y con los bolsillos repletos de monedas y golosinas ganadas, Paul levantó la vista por puro instinto, vio venir a poca distancia al Hermano Suter. El cura avanzaba a paso firme, rompiendo la multitud, con la sotana negra flameando como las alas de un cuervo viejo y los ojos inyectados de sospecha fijos en la timba clandestina. La encerrona era inminente; no había tiempo de guardar las cosas en el bolsillo.
Con una velocidad mental que superó con creces la agilidad de sus propias manos, Paul reaccionó. No dudó un segundo. Le encajó de golpe el tablero de madera y las tres cáscaras de nuez con el poroto adentro directamente en el pecho al chico grande, que se quedó duro, con los ojos abiertos, sin entender la jugada.
—Tomá, te la regalo. Es toda tuya —le susurró al oído con una sonrisa helada, mientras le daba una palmadita en el hombro.
Acto seguido, Paul dio media vuelta con elegancia y caminó disimuladamente, silbando bajito una tonada de moda, hacia el otro extremo del patio, confundiéndose en un segundo entre un grupo ruidoso que jugaba a la pelota. En ese preciso instante, la voz de alarma de un celador tronó en el aire, quebrando el bullicio:
—¡Viene el Hermano Sutter! ¡A las aulas todo el mundo!
Todos los chicos rajaron en una estampida salvaje, los zapatos repicando con desesperación contra el suelo de cemento. El patio quedó desierto en un suspiro, salvo por una figura: el grandote del colegio, parado solito, completamente regalado en el centro del cemento gris, helado por la sorpresa y con la mosqueta condenatoria apretada contra el pecho como si fuera una bomba.
El Hermano Sutter llegó flotando en su ropa negra, exhalando un olor a incienso y enojo. No hizo preguntas. Estiró el brazo velludo, lo agarró de la oreja con dedos de hierro y, pegándole un tirón que le hizo poner los ojos en blanco, se lo llevó directo a la dirección. El sorprendido cómplice involuntario caminaba de costado, sollozando de dolor y vergüenza.
Desde la ventana del aula de primer año, Paul observaba la escena a la distancia, apoyado en el marco de madera pintada, completamente a salvo, impune y millonario en caramelos y monedas de diez guitas. Aunque los curas supieron de inmediato la historia real a través de los llantos y confesiones del grandote en la dirección, y sabían perfectamente quién era el verdadero timbero del colegio, prefirieron solucionar el problema de manera discreta. El peso del apellido familiar de Paulino era un escudo invisible pero implacable; los religiosos no querían ganarse el odio de los estancieros que sostenían los techos de la institución.
Ante semejante revuelo y viendo que el lazo había pasado demasiado cerca de su cuello, Paul entendió el aviso del destino. El juego en la escuela había llegado a su fin. Guardó el tablero definitivo en el fondo de un baúl de cuero en su casa y se olvidó para siempre de las nueces en el aula. Así, sin una sola prueba material y con un pacto de silencio implícito entre los curas y el poder local, se acabó la timba en la prestigiosa institución. Atrás quedaba, flotando en el patio entre el viento frío del invierno, la leyenda del chico que estafó al destino con tres nueces y un poroto de goma.
CAPÍTULO 3: Los cuervos del ala oeste
El frágil equilibrio de la familia se vino abajo con el último suspiro del abuelo. Su despedida no fue un trámite íntimo ni un dolor puertas adentro, sino un espectáculo lúgubre, pesado y profundamente teatral que paralizó a todo el pueblo en aquella tarde de otoño. Los entierros de los grandes estancieros de la pampa se regían por una etiqueta rigurosa; una puesta en escena donde la importancia del difunto se medía en la fastuosidad y el respeto reverencial del dolor ajeno. En ese rincón de Santa Fe, la muerte de un terrateniente croata de su calibre funcionaba también como un recordatorio del poder real: el de las familias que financiaban las obras públicas y manejaban la política invisible de la región bajo la mirada atenta de los interventores de facto del país.
La procesión arrancó desde la casa señorial frente a la plaza principal, la misma vereda desde donde Paulino medía sus cincuenta metros de felicidad. A la cabeza del cortejo avanzaba un imponente carruaje fúnebre de madera oscura, tallado a mano con ángeles dolientes de rostros severos y relieves de azabache. Aquella mole rodante era una obra maestra de la carpintería gótica de principios de siglo, construida en maderas nobles y pesadas que crujían con una solemnidad aterradora a cada paso. Los costados del habitáculo no llevaban paneles ciegos, sino inmensos cristales biselados y curvos, montados sobre marcos de bronce envejecido, que permitían ver el ataúd de roble en su interior como si fuera una reliquia en exhibición. En los vértices del techo abovedado, cuatro gárgolas talladas en madera de ébano sostenían pequeños faroles de vidrio esmerilado que albergaban velas de cera de abejas, cuyas llamas temblaban ante el viento frío de la tarde. El pescante, elevado y tapizado en un cuero negro ya cuarteado por el tiempo, estaba ocupado por el cochero, un hombre enjuto vestido con levita larga, galera de copa alta y guantes blancos que sostenía las riendas con una rigidez militar. Las ruedas traseras, gigantescas y con llantas de hierro forjado que trituraban los cascotes del camino, estaban diseñadas para absorber el barro pampeano sin perder la línea recta del dolor.
El vehículo era tirado por seis majestuosos caballos negros de raza Percherón, animales de pelaje lustroso y mirada fija que parecían comprender la gravedad de su tarea. Las bestias marchaban a un compás lento, marcial, casi ensayado para la tragedia, con los cascos herrados golpeando el suelo rítmicamente y las crines perfectamente cepilladas que brillaban bajo un cielo plomizo y espeso. Llevaban gualdrapas de terciopelo oscuro, pesadas y bordadas con hilos de plata en los bordes, que les cubrían los lomos hasta casi tocar el suelo, ocultando por completo las correas de cuero y los herrajes del tiro. Sobre las cabezas de los equinos, sujetos a las cabezadas de la brida, se alzaban grandes penachos de plumas negras que se mecían pesadamente con cada paso, como abanicos fúnebres que barrían el aire espeso del otoño. Parecía que los mismos animales guardaban un respeto de siglos por el viejo inmigrante.
Detrás del carruaje, la marea humana avanzaba a pie, desafiando el barro traicionero de las calles periféricas que conducían al cementerio. Las veredas se habían volcado en un silencio sepulcral. Los peones de campo se quitaban el sombrero de ala ancha y lo sostenían contra el pecho; los comerciantes bajaban las persianas de chapa en señal de duelo, y las fuerzas vivas locales marchaban envueltas en tapados oscuros. El silencio era absoluto, roto únicamente por el crujido seco de las ruedas de madera sobre la granza, el resoplido cansado de los caballos y algún lamento ahogado que se escapaba entre la multitud. Los hombres caminaban rígidos, con trajes de lana gruesa que olían a guardado y un brazalete negro en la manga izquierda. Las mujeres, un paso más atrás, formaban una procesión de figuras espectrales, cubiertas de pies a cabeza con mantillas de encaje, ruanas pesadas y anteojos oscuros para ocultar las marcas del llanto. El aire del cementerio olía a una mezcla densa de cera quemada, crisantemos marchitos y el perfume rancio de las colonias caras, todo flotando sobre la humedad implacable de la tierra recién removida.
En la primera línea del dolor marchaba la abuela, con el rostro de piedra, sostenida firmemente por sus dos hijos varones, entre ellos el padre de Paulino. Los tres caminaban con el lomo encorvado, no solo por el peso aplastante de la pérdida, sino por el cansancio acumulado. Los fundadores del clan habían llegado de Croacia en 1912, escapando de los vientos de miseria de la Primera Guerra Mundial con una valija de cartón atada con sogas y los bolsillos vacíos. A base de puro sudor, heladas sufridas a la intemperie y la piel agrietada por el arado, habían levantado ese imperio que ahora iba camino a la fosa.
Sin embargo, un poco más atrás, la solemnidad del sepelio se empañaba con una sombra rapaz. Allí marchaban las dos hijas mayores y sus respectivos maridos: dos hermanos abogados de apellido fino que se habían casado con ellas persiguiendo el olor de la plata. Mientras los varones lloraban la pérdida del padre, los dos letrados caminaban con paso firme, las solapas de sus trajes oscuros bien almidonadas y una mirada clínica, fría, que recorría el cortejo como quien cuenta cabezas o calcula hectáreas. No se despegaban del ala de sus esposas, custodiándolas como cuervos sobre una presa tierna. Mientras el viejo croata respiró, esos yernos mantuvieron las garras escondidas bajo una falsa sumisión; se mostraban atentos, serviles, y cobraban jugosos honorarios por ser el abuelo su único y exclusivo cliente. Pero esa tarde, mientras las primeras paladas de tierra empezaban a caer con un golpe seco sobre el cajón de roble y el cura pronunciaba el responso en un latín monótono, los abogados ya no miraban la tumba. Miraban las líneas del horizonte. Sabían perfectamente que el truco legal ya estaba ejecutado en las sombras.
Cuando la ceremonia terminó y el pueblo comenzó a dispersarse en el crepúsculo de la pampa, las cartas sobre la mesa no tardaron en revelarse. El papeleo de la herencia demostró que la peor rapiña ocurre cuando el cuerpo todavía está tibio. Con artilugios notariales, firmas estampadas a última hora y trampas hechas a espaldas de la familia, los dos letrados habían movido los hilos de la corrupción y el poder político local para poner absolutamente todo a nombre de las dos hijas mayores.
La jugada fue limpia y despiadada. El resto de la familia quedó literalmente en la calle: la abuela, que había fundado la fortuna con su propio lomo al lado del viejo desde 1912, descubrió que no tenía un solo papel a su nombre; los dos hijos varones que habían gastado sus vidas trabajando la tierra de sol a sol se quedaron con las manos vacías, y los otros tres hermanos tampoco recibieron un solo metro de campo.
Paulino, que observaba todo el revuelo desde su metro y medio de estatura, parado en un rincón del comedor, vio la desesperación contenida en los ojos de su padre y el llanto silencioso de su abuela al regresar a la casa despojada. El chico entendió la jugada al revés y al derecho. Aquellos tíos de traje impecable y modales finos le habían hecho a la familia el truco de la mosqueta definitivo. Les habían movido las propiedades frente a las narices con la rapidez de un prestidigitador de tribunales y, cuando levantaron las cáscaras de nuez, el poroto de la fortuna ya no estaba en la mesa. Se lo habían guardado ellos en los pliegues de sus propios bolsillos.
—No llores, vieja —le susurró el hombre a la abuela, apretándole los hombros con sus manos ásperas de trabajar la tierra—. Con estos tipos no vamos a gritar. El orgullo no se regala.
El salón se convirtió en un desierto de silencios masticados con rabia. No hubo gritos, porque el orgullo de los hombres de campo no se rebaja al escándalo frente a los oportunistas. Las hermanas mayores y los dos abogados se quedaron con todo. La codicia fue tal que ni siquiera respetaron el techo donde dormían: los echaron de la casa señorial frente a la plaza principal, esa que marcaba los cincuenta metros exactos hacia el baldío del circo. Paulino vio cómo cargaban los colchones y los pocos muebles que les quedaban en un camión viejo, despidiéndose para siempre de la lona del circo que se alcanzaba a ver desde su ventana.
Sin embargo, años atrás, previendo que el nido de víboras familiar tarde o temprano iba a morder a causa de la herencia del abuelo croata, el padre de Paulino se había movido en secreto. Había comprado con su hermano de forma particular un campo de más de mil hectáreas en una zona barata, árida y olvidada de la provincia de Córdoba. Era una tierra lejana, de monte cerrado, espinillos y promesas; un suelo rústico pero con un potencial enorme para quien supiera domar el paisaje a fuerza de voluntad. Lo había conseguido a precio de liquidación porque arrastraba un laberinto de títulos cruzados por una vieja disputa no resuelta. Ese problema judicial era, irónicamente, su mayor escudo: las redes de la influencia política provincial y los favoritismos notariales de la época mantenían la propiedad flotando en un limbo legal, lejos del alcance de las garras de los letrados, ya que la tierra nunca había ingresado al patrimonio formal del abuelo. Estaba limpia, oculta tras la maleza y los papeles flojos, esperando en silencio que los despojados pusieran los motores en marcha para ir a reclamar su propio destino.
CAPÍTULO 4: El éxodo de los fierros y la tierra prometida
La respuesta de los dos hermanos varones no se hizo esperar. No se iban a quedar de brazos cruzados a ver cómo los echaban con la policía de las tierras que ellos mismos habían regado con su propio sudor desde chicos. Una madrugada gris de helada machaza, cuando el frío calaba los huesos y la niebla devoraba los alambrados, el padre de Paul, su tío y un puñado de peones fieles ejecutaron el contragolpe. Con la misma precisión clandestina y silenciosa que Paulino usaba para mover las nueces de la mosqueta, recuperaron lo que pudieron de los galpones antes de que los abogados presentaran la orden del juez.
Engancharon los cinco tractores de la estancia a los acoplados pesados y los cargaron hasta el tope con herramientas de labranza, arados de disco, sembradoras, correas y repuestos legítimos. Detrás de la maquinaria, encendieron el motor de un camión ganadero donde subieron a los mejores caballos de trabajo, criollos de pecho ancho, y algunas vacas lecheras para garantizar el sustento diario de los chicos. La caravana arrancó con el sol naciendo a espaldas de Casilda, tiñendo el horizonte de un rojo furioso. Vista desde lejos, la hilera de fierros, animales y lonas atadas con soga parecía una procesión fantasmal; la retirada obligada de aquel mismo circo ambulante que meses atrás se había instalado en el baldío. Paulino miró por última vez la plaza del pueblo a través del vidrio sucio, mientras el rugido de los motores diésel tapaba el llanto amargo de la abuela, que viajaba en la cabina del camión apretando un pañuelo contra la boca. Se marchaban a Córdoba, a los campos de papeles flojos, dispuestos a refundar el Imperio Croata sobre la tierra nueva.
El sol de las cinco de la tarde ya pintaba de dorado los pastizales resecos del camino. No era un viaje común ni mucho menos una mudanza ligera; para la familia Zelic, mudarse de chacra significaba mudar la vida entera, y en ese año 1963, semejante proeza se hacía a paso de hombre, midiendo el avance por los postes de telégrafo. Cada uno de los tractores llevaba de tiro cuatro o cinco carros encadenados que transportaban un arsenal de implementos de labranza variados, desde pesados arados de discos, rastras de dientes y rolos, hasta la propia cosechadora que avanzaba como una bestia de lata. En la camioneta Ford F-100, manejada con pulso firme por la madre de Paulino, iban apretados los cinco hermanos menores, con las caras pegadas a la ventanilla y los ojos abiertos por el asombro de la travesía. Detrás venía un fiel Rastrojero diésel, cargado con colchones y atados de ropa.
En medio de esa hilera interminable que parecía no tener fin, sobresalían dos inmensas casillas rodantes con paredes de chapa ondulada de cinc y un gran acoplado que habían cubierto por completo con alambre tejido de corral. Aquello era una monumental jaula rodante donde viajaban alrededor de quinientas aves entre gallinas ponedoras, pavos ruidosos, gansos guardianes y patos domésticos. Para mayor comodidad de los animales en el traqueteo del camino, les habían cruzado palos para que pudieran asilarse y mantener el equilibrio en los pozos. Durante los tres días de marcha forzada por las rutas de tierra, la troupe recolectaba diariamente cantidades de huevos frescos que luego la madre canjeaba en los almacenes de ramos generales que encontraban al paso por galletas, yerba y grasa. Imaginarse el cacareo constante, ensordecedor y desesperado de las gallinas mezclado con el rugido de los motores y el polvo que levantaban las ruedas daba una idea del asombro que causaban al cruzar cada paraje solitario.
A la vanguardia de la caravana, abriendo la marcha como un buey de hierro, iba Simon, un croata rudo venido después de la Segunda Guerra Mundial que lideraba el camino sobre el viejo Tractor Pampa. El motor monocilíndrico, rústico, pesado y legendario, golpeaba el aire de la tarde con su característico y violento “pum... pum... pum...”, un ritmo sagrado que se escuchaba a kilómetros de distancia. El hombre, con los ojos entrecerrados por el viento de la pampa y la gorra de vasco calzada hasta las orejas para frenar la tierra, sonreía con los pocos dientes que le quedaban. El Pampa vibraba tanto que parecía que iba a desarmar los caminos, pero era el orgullo de la familia, el sobreviviente de mil batallas que nunca los había dejado a pie en las malas. Detrás, enganchado a su barra de tiro, iba el gran acoplado de madera donde viajaban los muebles de roble de la abuela, los colchones de lana y los arados más pesados.
Unos cincuenta metros más atrás venía el verdadero motor de la casa actual, los dos gigantes John Deere 730 que representaban la modernidad. Uno lo manejaba su padre y al volante del otro iba el tío de Paulino, con un pañuelo de cuello atado a la cabeza para protegerse de la tierra voladora de la banquina. El motor de dos cilindros de los dos colosos verdes sonaba parejo, un ronquido musical, sereno y potente, comparado con el petardeo salvaje del Pampa. El John Deere tiraba de la cisterna de agua potable, una casilla grande revestida con chapa de cinc que servía de cocina provisoria, y las herramientas de arado, rolo, rastrillo y una enfardadora, más un carro de cuatro ruedas que brillaba bajo el sol cordobés como si acabara de salir de la fábrica de Santa Fe.
Continuando la marcha avanzaba el ágil Fiat 411 Concord. Manejado por el mismísimo Dominguito, era el mediano del grupo, pero por lejos el más dócil y obediente para las maniobras rápidas en las curvas. El Fiat avanzaba con un ronroneo alegre, ligero y cantarín, cargado en la parte trasera con los tambores de doscientos litros de gasoil para reabastecer a la flota y las valiosas bolsas de arpillera con semilla seleccionada para la nueva siembra en Córdoba.
A la retaguardia, cerrando el paso y tragándose toda la tierra que levantaban los de adelante, iba el Fiat U25 de Paulino. Aquella máquina naranja y rústica, salida de la mítica planta de Ferreyra en 1956 como uno de los primeros orgullos de la industria nacional, era un tractor pequeño pero aguantador como ninguno. Lo que lo hacía particular era la guadañadora que tenía instalada al medio, que al estar levantada lo hacía parecer un cóndor con un ala rota cruzando la llanura; un aditamento esencial ya que ese tractor se utilizaba especialmente para cortar alfalfa y hacer fardos. Con su fisonomía compacta y su silueta baja, pensada originalmente para moverse entre los surcos estrechos de los frutales, el pequeño gigante naranja no ostentaba grandes lujos: apenas un capó redondeado que escondía un dócil motor diésel de dos cilindros y veinticinco caballos de fuerza, un asiento de chapa pelada que transmitía cada pozo del camino directamente a la espalda del conductor y un caño de escape vertical que escupía densas bocanadas de humo gris al ritmo de las revoluciones. Su tranco corto pero firme, marcado por ese petardeo monocorde, sordo y testarudo, dictaba un andar de procesión religiosa. Enganchado a un pesado carromato de madera cargado de herramientas menores, el Fiat obligaba a la troupe a detenerse pacientemente a la entrada de cada pequeña localidad santafesina, abriendo el capó para enfriar el radiador hirviente antes de animarse a pisar, finalmente, el límite provincial.
Detrás del carromato marchaba un sulky de lujo, aunque en una condición totalmente inusual: no lo tiraba ningún caballo, sino que sus largas varas de madera noble y pulida estaban firmemente amarradas a la parte trasera del pesado acoplado esta vez no lleva señores de etiqueta, sino que yacían sepultados bajo atados de mantas, lonas gastadas por la intemperie y cajas de madera repletas de repuestos. Los guardabarros curvos de cuero charolado apenas asomaban entre los bultos amarrados con sogas de cáñamo. Los verdaderos protagonistas de la tracción, los caballos, descansaban de la caminata; iban todos juntos y seguros un poco más adelante, viajando cómodamente en un acoplado especialmente acondicionado para ellos, ajenos al traqueteo y al trajín de la ruta.
Cuando la hilera de fierros entraba en las poblaciones, la vida pueblerina se detenía por completo. Los almaceneros salían a la vereda con el delantal puesto y el lápiz en la oreja, los mecánicos se asomaban llenos de grasa desde los talleres y las mujeres interrumpían el barrido, apoyadas en los mangos de las escobas con los ojos abiertos de par en par. La estampa causaba una sorpresa monumental: no era una mudanza común, era el desfile de un imperio en retirada.
La velocidad de la marcha la imponía el ritmo lento y acompasado de los motores. Los grandes tractores arrastrando los acoplados cargados con arados de discos daban la sensación de que una estancia entera se había levantado de los cimientos. Pero lo que derretía el asombro de los vecinos era la estampa que coronaba la vanguardia. Ver a ese gringuito rubio de ocho años, calzado con boina y alpargatas, manejando con total soltura el Fiat U25 con el carrito y los perros guardianes corriendo a los costados, era una postal inolvidable.
—¡Mirá ese mocoso, va manejando solo! —gritaba un viejo desde un banco de la plaza en uno de esos parajes, señalándolo con el dedo.
—Esos gringos son de fierro, mirá la parada que tiene el pibe —susurraba otro, adivinando el aire de escape y coraje que envolvía la marcha.
La gacetilla de los parajes corría rápido de boca en boca. Los chicos de guardapolvo blanco, al salir de las escuelas rurales, corrían al borde del camino y saludaban con entusiasmo a los maquinistas, convencidos de que estaban viendo pasar a la troupe de un circo extraño. Para ellos, Paulino era el domador de esa bestia naranja que tiraba del carro. Desde su asiento de chapa en el Fiat, el chico devolvía los saludos con una seriedad que no correspondía a su edad. Sentía el mismo orgullo que cuando rodeaba la plaza de Casilda con los camellos bajo la mirada de sus vecinos. Al mantener el pulso firme sobre el volante, controlando el peso del carro y escuchando el ladrido alerta de sus perros, entendió una lección fundamental. La riqueza no estaba en las escrituras que custodiaban los cuervos, sino en la capacidad de mover el mundo con los fierros, la voluntad y el control del propio destino. Los letrados creían haber ganado al quedarse con el tablero de madera pulida, pero el poroto —el verdadero valor de la familia— viajaba con él, escondido en el bolsillo y marchando a paso firme sobre las ruedas del Fiat U25.
Cuando el cielo empezó a teñirse de violeta, Don Pedro levantó la mano izquierda y señaló un monte de eucaliptos al costado de la ruta. Era hora de parar. Los cinco motores se detuvieron uno a uno, dejando en el aire un espeso silencio de campo interrumpido solo por el crujido del metal caliente enfriándose. Mientras Elena, la esposa de uno de los empleados, encendía el fuego para armar los mates y la noche caía sobre la ruta, los cinco tractores quedaron estacionados en fila, como cinco bueyes cansados pero fieles, listos para arrancar al alba hacia la nueva tierra.
La caravana avanzaba dejando atrás el asfalto gastado de la provincia vecina, adentrándose en los caminos de tierra cordobeses donde los controles camineros exigían mostrar los permisos de tránsito en medio de un clima de estricta intervención política y sospecha fronteriza. Allí, ajeno a los edictos de los comisarios, el paisaje empezaba a cambiar, volviéndose más seco, achaparrado y salvaje a cada kilómetro. Los árboles altos de la pampa húmeda le daban paso definitivo al monte cerrado de algarrobos y chañares.
Después de tres largos días de viaje, el sol empezó a esconderse en el horizonte justo cuando la caravana cruzó el límite invisible de la nueva propiedad. El viaje por huellas de tierra medio abandonadas, donde los pozos hondos y los matorrales duros amenazaban con encajar los acoplados a cada metro, había dejado a todos al límite del desgaste. Paulino tenía la cara cubierta por una costra de tierra, hollín y viento frío, pero no había soltado el volante durante todo el trayecto.
Cuando los motores diésel finalmente se detuvieron y dejaron de temblar, el silencio de la noche cordobesa cayó sobre ellos como una losa pesada, revelando la cruda realidad del nuevo destino. El eco del Fiat U25 al apagarse dejó un vacío áspero en el aire, interrumpido solo por el canto seco de las chuñas a lo lejos. Era un páramo indómito en un país donde las intervenciones provinciales decretadas desde Buenos Aires mantenían los hilos institucionales bajo una tensa parálisis. Pero allí, en el confín del mapa, la única política real era la de los hombres decididos a disputarle un pedazo de futuro a la naturaleza salvaje.
Paulino apagó el motor, bajó del asiento de chapa con las piernas entumecidas y acarició a sus perros, que saltaban al suelo. Miró el horizonte espinoso. El juego de la mosqueta legal los había expulsado de su paraíso, pero la tierra nueva estaba ahí, áspera y desafiante, esperando la primera jugada de los desterrados.








