Capítulo 1 - "Buenos días"
Un simple “Buenos días” ------- ---- --- ---- ----
Era una fresca mañana de junio. El viento recorría el patio de la escuela mientras las últimas flores del flamboyán caían lentamente, pintando de rojo y naranja la entrada del colegio. Era uno de esos días en los que el tiempo parecía avanzar con calma, como si todavía dudara en despertar.
—Buenos días.
Escuché aquella voz detrás de mí.
Di media vuelta despacio. No quería parecer ansioso, aunque por dentro el corazón ya comenzaba a acelerarse. Al verla, una sonrisa apareció en mi rostro casi por instinto. No era una sonrisa exagerada; era sencilla, natural... de esas que nacen solas.
—Buenos días —respondí.
Ella sonrió también.
No sé cómo explicarlo, pero había algo en su voz que hacía sentir cálido cualquier lugar. Como si, por unos segundos, todos los problemas del mundo dejaran de existir.
Mientras caminaba hacia la entrada, no pude evitar observarla.
Su figura esbelta se movía con elegancia, sin esfuerzo. Su cabello corto se balanceaba ligeramente con el viento y los lentes que llevaba puestos resaltaban unos ojos que parecían guardar cientos de historias. Pero lo que realmente llamaba mi atención era su sonrisa.
No era la sonrisa perfecta de las películas.
Era mucho mejor.
Era sincera.
Era tranquila.
Era de esas que transmiten paz.
Con un pequeño movimiento de su mano me hizo una señal para que la siguiera.
—Vamos... ya es tarde.
Sin pensarlo, comencé a caminar detrás de ella. Procuraba no perderla de vista entre los maestros que iban llegando. Poco a poco aceleré el paso hasta alcanzarla.
Cuando estuve a su lado, volvió a regalarme esa sonrisa.
No era una sonrisa cualquiera.
Era la sonrisa que uno dedica a alguien a quien aprecia, aunque todavía no sepa cuánto.
Entramos juntos a la sala de maestros.
Una mesa enorme dividía el salón en dos grupos. Ella caminó hacia el lado derecho y ocupó la única silla que quedaba libre. Yo me detuve apenas un instante.
Quizá demasiado.
Cuando reaccioné, ya no había otro lugar cerca de ella.
Tuve que rodear la mesa y sentarme del lado contrario.
“Qué ridículo...”, pensé mientras acomodaba mis cosas.
“Pudiste haberte sentado ahí... hacer cualquier cosa... decir cualquier cosa...”
Pero no hice nada.
Como siempre.
La reunión comenzó.
Éramos de los maestros más jóvenes del colegio, aunque yo apenas podía concentrarme en lo que el director decía.
Desde mi lugar levantaba la vista de vez en cuando.
Ahí estaba ella.
Escuchando con atención.
Tomando algunas notas.
Sonriendo de vez en cuando.
Su perfume parecía mezclarse con el aire del salón. Era un aroma suave, imposible de describir, pero suficiente para quedarse grabado en la memoria.
Entonces mi conciencia apareció para ponerme los pies sobre la tierra.
“Deja de verla.”
“No seas tan obvio.”
“Además... ni siquiera eres capaz de hablarle.”
Suspiré.
Tal vez tenía razón.
Daniel, mi compañero más cercano, estaba sentado unas sillas adelante. Era mayor que yo por algunos años y, según él, un experto en conquistar mujeres.
Todos los días encontraba una nueva estrategia para convencerme de hablarle.
—Solo salúdala más seguido.
—Hazla reír.
—Invítala por un café.
Era curioso escuchar sus consejos...
Porque nunca parecían funcionar en su propia vida.
La reunión terminó y cada quien tomó rumbo hacia su salón para recibir a sus alumnos.
Subí las escaleras rumbo al segundo piso.
Entonces volvió a ocurrir.
Antes de verla, reconocí su perfume.
Su salón estaba justo al lado del mío.
Nos separaba apenas un muro de concreto.
Y, aun así, parecía existir una distancia imposible de cruzar.
No era la pared.
Era mi miedo.
Era mi inseguridad.
Era esa voz que siempre encontraba una razón para convencerme de guardar silencio.
El ciclo escolar estaba llegando a su fin.
Mientras mis alumnos reían y disfrutaban los últimos días de clases, mi cabeza estaba en otro lugar.
En casa las cosas no marchaban bien.
Mi padre pasaba los días preocupado intentando encontrar la forma de sacar adelante a la familia.
Mi madre permanecía en cama.
La tos no la dejaba descansar. Cada pocos segundos el silencio era interrumpido por otro ataque que parecía robarle el aire.
Verla así me rompía por dentro.
Intentaba sonreír frente a todos, pero cada tarde regresaba a una realidad completamente distinta.
La escuela era mi refugio.
Entre aquellas paredes podía olvidar, aunque fuera por unas horas, el peso que llevaba sobre los hombros.
Enseñar Historia y Ciencias Sociales no era simplemente mi trabajo.
Era mi pasión.
Disfrutaba cada clase, cada pregunta inesperada, cada alumno que descubría que el pasado podía ser tan emocionante como cualquier película.
Por eso, cuando comenzaron los rumores, sentí un vacío en el estómago.
Pronto anunciarían las asignaciones para el siguiente ciclo escolar.
Y mi nombre aparecía entre los posibles cambios.
Otro nivel.
Otro grado.
Otra materia.
“No quiero...”
“No soy capaz.”
La idea comenzó a dar vueltas en mi cabeza durante todo el día.
Sentía que estaban quitándome el único lugar donde todavía podía respirar.
Cuando sonó el timbre de salida, el colegio comenzó a quedarse en silencio.
Los pasillos se vaciaban lentamente.
Los alumnos se despedían entre risas.
Ella salió de su salón.
Durante unos segundos nuestras miradas volvieron a encontrarse.
Sonrió.
Yo también.
Y, por un instante, pensé que quizá las cosas no estaban tan mal.
Qué equivocado estaba.
Porque aquel día, que había comenzado con un simple “Buenos días”, estaba a punto de convertirse en el inicio del capítulo más difícil de mi vida.








