PARTE 1 Cap 1
Parte I: El Despertar del Fragmento
Capítulo 1: El Robo de la Memoria Eterna
Las catacumbas bajo el Barrio de los Susurros olían a óxido viejo y a incienso quemado hasta la ceniza. El aire era espeso, como si el propio Velo se hubiera adelgazado allí, permitiendo que algo del Otro Lado filtrara su aliento húmedo y salado. Elyra Voss se movía como una sombra entre los pilares tallados con rostros que ya no eran del todo humanos: ojos demasiado grandes, bocas abiertas en silencios eternos. Sus botas de cuero blando no hacían ruido sobre el suelo de obsidiana pulida por milenios de pisadas furtivas.
Tenía veintiséis años, pero sus mechones plateados prematuros brillaban bajo la luz de la única lámpara de sangre que llevaba colgada al cuello. La piel pálida de sus brazos desnudos revelaba venas que, en la penumbra, emitían un fulgor violeta tenue, como si la luna misma corriera por su sangre. Vestía el atuendo negro y ajustado de las ladronas de reliquias: cuero reforzado con placas de hueso elythiano, un cinturón cargado de viales vacíos y un puñal curvo cuya hoja había probado más gargantas que promesas rotas.
El Don palpitaba en su lengua. Hambre. Siempre el hambre.
—Acércate más, pequeña devoradora —susurró la Voz dentro de su cráneo, sedosa y burlona, como miel envenenada—. Siente cómo late. Es más antiguo que tus emperadores de papel.
—Cállate —murmuró Elyra entre dientes, aunque sabía que era inútil. La Voz no era un invitado; era un inquilino que había llegado con el fragmento que dormía en su pecho desde la noche en que, siendo apenas una cortesana de quince años, había bebido la sangre de un noble moribundo en un burdel de los bajos fondos.
El artefacto descansaba en el centro de la cámara octogonal: el Relicario de la Memoria Eterna, un orbe de cristal negro tallado con runas que se retorcían cuando nadie las miraba directamente. Según los rumores del Gremio de los Susurrantes, contenía el eco de la última rasgadura del Velo hecha por los Elythianos. Robarlo significaba atraer la ira del Imperio entero, pero Elyra ya no vivía por monedas. Vivía por poder. Por respuestas. Por llenar el vacío que el fragmento divino había dejado en su alma.
Se arrodilló frente al pedestal. Sus dedos largos y fríos rozaron la superficie. Un latido resonó en sus sienes, sincronizado con el suyo. La sangre en sus venas se agitó, respondiendo. Con un movimiento preciso, extrajo un vial de su cinturón, se mordió la yema del pulgar y dejó caer tres gotas sobre el sello de cera que protegía el orbe.
El dolor fue inmediato: un fuego frío que subió por su brazo y se enroscó alrededor de su corazón. El fragmento dormido en su interior se removió, hambriento. Imágenes ajenas invadieron su mente: torres de obsidiana que perforaban cielos púrpura, seres de múltiples alas cantando en lenguas que rompían la razón, un emperador prehumano abriendo su propio pecho para ofrecer su corazón a algo que nunca debió despertar.
Elyra jadeó, pero no retrocedió. Bebió la primera memoria.
Era dulce y terrible. Una sacerdotisa elythiana entregándose voluntariamente a un contrato carnal con una entidad del Vacío. La sensación de piel contra algo que no era piel, de placer que trascendía el cuerpo y desgarraba el alma. Elyra sintió cómo sus propios pezones se endurecieron bajo la tela ajustada, un calor traicionero subiendo por su vientre. La Voz rio suavemente en su cabeza.
—¿Ves? El poder siempre viene acompañado de deseo. Esa es la verdadera moneda.
Sacudió la cabeza, rompió el sello y tomó el Relicario. Pesaba más de lo que esperaba, como si contuviera no solo recuerdos, sino el peso de milenios de pecados. Lo envolvió en un paño negro impregnado de hierbas supresoras y lo guardó en su mochila.
Fue entonces cuando escuchó los pasos.
No eran guardias imperiales. Estos se movían con la gracia líquida de los asesinos alquímicos del Gremio Carmesí. Tres sombras emergieron de pasadizos laterales, sus rostros ocultos tras máscaras de porcelana blanca con vetas rojas que simulaban lágrimas de sangre. Llevaban guanteletes con agujas retráctiles, listas para inyectar venenos que convertían la sangre en cristal.
—Ladrona —dijo el del centro, voz distorsionada por un modulador ritual—. La Sangre Titulada del Relicario pertenece al Emperador. Entrégalo y tu muerte será limpia.
Elyra sonrió, sarcástica y fría. —La limpieza es un lujo que ninguno de nosotros puede permitirse ya.
Se movió antes de que terminaran de hablar. Su Don se activó por instinto: cortó su propia palma con el puñal y lanzó una gota de sangre hacia el primero. La gota se expandió en el aire, formando filamentos que se clavaron en los ojos del asesino a través de las rendijas de la máscara. El hombre gritó mientras memorias ajenas inundaban su mente: el terror de mil víctimas anteriores. Cayó de rodillas, convulsionando.
Los otros dos atacaron. Uno lanzó un dardo impregnado de esencia de devorador. Elyra rodó, sintiendo el viento venenoso rozar su mejilla. El segundo se lanzó a cuerpo, guantelete extendido. Ella lo recibió con una patada en la rodilla que crujió como madera seca. El dolor del impacto subió por su pierna, pero lo usó. Siempre usaba el dolor.
Cuerpo contra cuerpo, el asesino era fuerte, entrenado en las academias ocultas. Su aliento olía a hierro y a algo dulzón, como carne en descomposición. Elyra sintió sus manos fuertes apretando su cintura, intentando inmovilizarla para la inyección final. En otro tiempo, en los burdeles, había aprendido a usar el cuerpo como arma. Ahora lo usó sin pudor.
Giró las caderas, presionando su muslo contra la entrepierna del hombre, distrayéndolo un instante con el roce deliberado. El asesino titubeó —solo un segundo—, suficiente para que ella clavara el puñal bajo su mandíbula. La sangre caliente brotó sobre su mano. Bebió.
Las memorias del asesino eran un torrente de traiciones menores, rituales fallidos y un deseo reprimido por la sacerdotisa traidora que los había enviado. Elyra vio un rostro: mujer de cabello rojo fuego, ojos dorados, labios que prometían salvación y entregaban condenación. La Hermandad Carmesí no actuaba sola. Alguien en la corte imperial quería el Relicario para sí.
El último asesino huyó hacia las sombras, pero no llegó lejos. Elyra lanzó otro vial —esta vez vacío— que se rompió contra su espalda. El polvo supresor activó las runas del pasillo, sellándolo temporalmente. El hombre golpeó contra la barrera invisible, gritando en una lengua muerta.
Ella se acercó, lenta, disfrutando el momento. —Dile a tu ama que Elyra Voss ya no es propiedad de nadie.
Le cortó la garganta con precisión quirúrgica. La sangre salpicó su rostro. Bebió solo un poco, lo suficiente para confirmar: la sacerdotisa se llamaba Seraphine Veyl, y planeaba usar el Relicario para despertar algo que ni siquiera los Susurrantes del Vacío se atrevían a nombrar.
Cuando salió a la superficie, el Barrio de los Susurros bullía con su vida nocturna habitual. Putas con venas tatuadas ofrecían no solo sus cuerpos sino fragmentos de alma. Mercaderes de sangre titulada regateaban en callejones iluminados por faroles de ectoplasma. En la distancia, las torres del Palacio Imperial se alzaban como dedos acusadores contra el cielo tormentoso.
Elyra se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano. El Relicario pesaba en su mochila, y el fragmento en su pecho latía más fuerte, como si reconociera a un hermano perdido. La Voz suspiró de placer.
—Ahora viene lo divertido. Kaelen Draven ya está oliendo tu rastro, mi devoradora. Y él no es de los que perdonan.
Elyra sintió un escalofrío que no era solo miedo. Lord Kaelen Draven, Mariscal del Sol Eterno, el hombre cuya reputación de brutalidad hacía palidecer a los generales. Lo había visto una vez, en una recepción imperial donde ella aún fingía ser cortesana. Sus ojos la habían atravesado como acero caliente. Cicatrices rituales visibles bajo la armadura, voz grave que parecía capaz de ordenar al sol mismo que se apagara.
Caminó hacia su escondite en las ruinas de un templo elythiano derruido, pero no llegó.
En una plaza secundaria, bajo la estatua decapitada de un dios olvidado, lo vio. Alto, complexión de guerrero forjado en batallas que nadie más había sobrevivido. El cabello negro corto, salpicado de gris en las sienes. La mandíbula cuadrada marcada por una cicatriz que bajaba hasta la comisura de la boca. Vestía la capa carmesí y negra del Imperio, pero sin insignia visible. Venía solo.
Sus ojos —de un gris tormentoso— se clavaron en ella al instante.
—Elyra Voss —dijo, y su voz era como grava sobre hierro—. Sabía que serías tú.
Ella no corrió. En cambio, sonrió, dejando que el sarcasmo cubriera el nudo en su estómago. —Mariscal. ¿Vienes a arrestarme o a negociar? Porque ambos sabemos que el Emperador no envía a su mejor perro por una simple ladrona.
Kaelen se acercó. El olor a cuero, acero y algo más profundo —incienso ritual y sudor masculino— la golpeó. Sus cicatrices rituales, visibles donde la camisa se abría en el cuello, parecían palpitar con luz propia.
—Ninguna de las dos cosas —respondió él, deteniéndose a un paso. Su mirada bajó un instante a los labios de ella, luego a la mochila—. Entrega el Relicario y tal vez sobrevivas a lo que viene. Hay cosas despertando que ni tu Don podrá devorar.
Elyra sintió el fragmento agitarse violentamente. El mundo pareció inclinarse. En su mente, imágenes de Kaelen: él de rodillas en un templo, ofreciendo su propia sangre a un altar mientras visiones lo atormentaban. Deseo. Odio. Una lealtad feroz que podía volverse contra el propio Imperio.
Dio un paso adelante, casi tocándolo. —Y si te digo que ya es tarde, Mariscal? ¿Qué harías tú, devoto del Sol Eterno, si descubrieras que el sol mismo es solo una mentira para ocultar el Vacío?
Kaelen la agarró del brazo. El contacto fue eléctrico. Dolor y algo más oscuro, más caliente. Sus dedos fuertes se hundieron en su carne pálida, dejando marcas que perdurarían.
—Te rompería —susurró él, tan cerca que su aliento rozó los labios de ella—. Pero primero descubriría cuánto puedes soportar antes de romperte tú misma.
En ese instante, el Relicario en la mochila de Elyra emitió un pulso. El Velo se rasgó un milímetro más. Desde las alcantarillas cercanas surgió un grito inhumano, y las sombras de la plaza comenzaron a moverse por voluntad propia.
Kaelen soltó un juramento. Elyra sintió la primera garra etérea rozar su tobillo.
El fragmento en su pecho despertó del todo.
Y la noche, por primera vez en siglos, tuvo hambre de verdad.
Apéndice I: Fragmento del Grimorio de las Lágrimas Rojas (Encontrado en las ruinas del templo donde Elyra se ocultará)
“...y así los Elythianos rasgaron el Velo no por ambición, sino por amor prohibido. La diosa sin nombre yacía con un mortal, y de esa unión nació el primer devorador de memorias. Su sangre aún corre en las venas de ciertas mujeres, marcadas por mechones de plata y ojos que ven lo que no debe ser visto. Quien beba de ellas conocerá placeres que matan el alma y verdades que matan el imperio. Que los Hijos del Sol Eterno jamás descubran este linaje, pues su Mariscal, el de las cicatrices ardientes, está destinado a amar a una de ellas... y a destruir todo por ello.”
—Extracto traducido por el hereje Valthor el Ciego, año 734 del Imperio. La tinta aún sangra cuando se lee bajo la luna.








