Prólogo
Siempre pensé que las personas podían elegir a quién amar.
Qué ingenua era.
Nací en una familia donde el apellido pesaba más que cualquier sentimiento. Desde pequeña aprendí a sonreír frente a las cámaras, a comportarme como una dama y a permanecer en silencio cuando los adultos hablaban de negocios.
Jamás imaginé que algún día yo también formaría parte de uno.
La noticia llegó una tarde cualquiera.
Mis padres me llamaron a su despacho. No había sonrisas ni felicitaciones, solo dos carpetas sobre el escritorio y un ambiente tan frío que me costaba respirar.
—Hemos tomado una decisión por el bien de la familia —dijo mi padre con la misma naturalidad con la que anunciaba una reunión de trabajo.
Mi madre evitó mirarme a los ojos.
—Te casarás.
El mundo dejó de girar.
Pensé que era una broma.
No lo era.
Intenté negarme. Supliqué. Lloré. Les dije que no conocía a ese hombre, que no podía casarme con un desconocido.
Ninguna de mis palabras cambió su decisión.
—Aprenderás a quererlo con el tiempo.
No preguntaron qué sentía.
No preguntaron qué soñaba.
Solo fijaron la fecha de la cena donde conocería al hombre que, según ellos, sería mi esposo.
Su nombre era Roman Moretti
Decían que era brillante.
El CEO más joven del país.
El heredero de un imperio.
También decían que nunca sonreía.
Que era tan frío como peligroso.
Yo no sabía si creer los rumores.
Hasta que la puerta de aquella inmensa mansión se abrió y nuestros ojos se encontraron por primera vez.
En ese instante comprendí dos cosas.
La primera era que jamás había visto a un hombre tan atractivo.
La segunda…
Era que acababa de conocer a la persona que cambiaría mi vida para siempre.








