Hijo Del Sol: Misterios De La Ciudadela por YokoHoshigami en Inkitt
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Hijo del Sol: Misterios de la Ciudadela

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Sinopsis

En un mundo devorado por el Vacío, la antigua y deteriorada Ciudadela permanece como el último refugio para quienes fueron arrancados de sus hogares. Yoko, un guerrero de origen desconocido, lleva al menos trescientos años sobreviviendo en aquel lugar inhóspito. Sin embargo, es incapaz de recordar nada anterior al momento en que despertó en ese mundo melancólico. Cuando una antigua ciudad emerge de las dunas negras, Yoko, Pris y el Grupo de Exploración parten en busca de respuestas, tecnología y supervivientes. Entre ruinas olvidadas, especies perdidas y secretos relacionados con la antigua Legión y la creación de la propia Ciudadela, Yoko deberá descubrir quién fue antes de que el Vacío termine arrebatándole lo poco que aún le queda..

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
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Clasificación por edades:
16+

El Ciclo de la Luciérnaga - Parte I

Unas abominaciones del Vacío flotaban entre las nubes, desgarrando el aire como si el mundo les perteneciera.

Ninguna conservaba una forma del todo reconocible. Algunas eran masas amorfas de carne oscura, húmeda y viscosa, atravesadas por tentáculos y extremidades deformes; otras conservaban una silueta vagamente humanoide, como si los restos de lo que alguna vez fueron se negaran a desaparecer por completo.

Todas compartían aquella apariencia antinatural, como si el Vacío hubiera retorcido sus cuerpos más allá de cualquier lógica. Eran el destino final de muchos seres vivos corrompidos por aquel lugar: humanos, animales y criaturas llegadas de otros mundos por igual.

Varias se aferraban a un gigantesco domo de energía, arañándolo mientras la barrera respondía con violentos destellos violáceos.

Una mirada seguía aquel extraño resplandor sobre la inmensa Ciudadela. Este se reflejaba en unos amplios ojos ámbar mientras el frío viento agitaba su largo cabello naranja cobrizo. Las hebras brillaban tenuemente, como si la energía del Vacío que recorría sus venas intentara manifestarse a través de ellas.

Aquel resplandor bañaba los marcos de la ventana ante la que permanecía inmóvil, perdido en sus pensamientos.

Su rostro poseía una belleza delicada. Sus facciones suaves y armoniosas podían confundirse fácilmente con las de una mujer, contradiciendo la imagen que cualquiera esperaría de un hombre que llevaba al menos tres siglos sobreviviendo en el Vacío.

Desde aquella altura, contemplaba las deterioradas fachadas de los edificios y a sus habitantes esforzándose por repararlas. Sin importar cuánto hicieran, no podía evitar sentir que todavía no era suficiente.

Una inquietud constante le repetía que el trabajo de reconstrucción debía ser mucho mayor. Sus pensamientos lo arrastraron lentamente y, al borde de las lágrimas, una molesta pero familiar sensación volvió a arder en su cuello, justo sobre una extraña marca negra atravesada por energía incandescente de tonos naranja y dorado.

—Parece que ha crecido —dijo una suave voz, sacándolo de aquel trance mientras sentía el leve toque de una mano sobre su cuello.

El melancólico hombre apartó la vista del exterior y se volvió hacia la joven que lo había interrumpido.

—¿La marca? —preguntó.

—Sí, tu marca del Vacío. Anoche no parecía tan brillante.

Una leve sonrisa se insinuó en su rostro. La presencia de la joven calmaba el latido inquieto en su pecho, mientras el cálido roce de su piel apaciguaba aquella molesta sensación que lo invadía.

Con delicadeza, ella tomó el cabello del hombre y acarició sutilmente sus hebras mientras recogía un grueso lazo negro para atarlo en una larga coleta.

—Eres nuestro guía, recuérdalo. Sin ti, este Capítulo jamás habría existido. Ni siquiera tendríamos la esperanza de reconstruir algún día la Legión —dijo la joven con suavidad, intentando reconfortarlo.

Sus palabras lo hicieron retroceder en su memoria hasta la época en que decidió aventurarse más allá del domo y descubrió sus habilidades.

—Todos son como tus hijos. Nacimos de tu sangre y somos iguales a ti —continuó.

Recordó entonces el momento en que los pocos científicos de la Ciudadela, fascinados por descubrir de qué era capaz, comenzaron a estudiar su sangre. Durante sus investigaciones, descubrieron que podían utilizarla para transmitir una parte de sus habilidades a otras personas.

Así habían nacido sus «Hijos».

El nombre provenía de los escasos registros que aún se conservaban sobre la antigua Legión de Cazadores. Aquellos fragmentos hablaban de varios Capítulos, cada uno dirigido por un Cazador del Vacío capaz de crear aumentados mediante su propia sangre.

Había adoptado aquel término para los aumentados nacidos de su sangre. Con ellos había conseguido reconstruir un único Capítulo a partir de los fragmentos que aún se conservaban de la antigua Legión.

Aquel Capítulo no era la Legión.

Era apenas el comienzo de algo que, algún día, quizá le permitiera devolverla a la Ciudadela.

Aun así, no lograba explicar por qué todo aquello le resultaba tan familiar. En ocasiones sentía que no estaba descubriendo algo nuevo, sino intentando recuperar algo que ya había conocido.

—Este lugar estaba abandonado —murmuró, pensando en el día en que comprendió que no había sido el primero.

Según los pocos registros que se conservaban, los Cazadores del Vacío habían levantado la Ciudadela mucho antes del comienzo de sus recuerdos más claros.

—Sí —respondió la joven mientras terminaba de atarle el cabello—. Tal vez ellos ya no estén... pero, para nosotros, tú eres el último que queda.

Lo miró con una suave sonrisa.

—Tan solo quisiera poder recordarlos... —murmuró él.

Su pecho se oprimía cada vez que intentaba mirar más allá de los últimos trescientos años de su vida. Todo lo anterior se deshacía en imágenes breves y confusas que no conseguía ordenar.

Los ojos de la joven se abrieron ligeramente por la sorpresa, aunque apenas un instante después su expresión se transformó en una mirada llena de compasión.

—Lo sé. Desde que nos conocemos he sabido que te es imposible recordar todo lo que ocurrió antes de estos últimos años, pero...

Hizo una breve pausa antes de rodearlo con sus brazos.

—Yoko... solo tú puedes evitar que esas emociones sigan haciéndote sufrir. Y aunque jamás recuperes aquello que perdiste... nosotros... yo... estamos contigo. Somos una familia.

Se apartó lentamente y llevó una mano a la mejilla de Yoko, limpiando con delicadeza las pequeñas lágrimas que habían logrado escapar.

Él la observó y sonrió con sinceridad.

—Gracias, Pris. No tienes idea de lo mucho que has hecho por mí. Realmente eres increíble.

Un ligero rubor cubrió el rostro de Pris. Aun así, siguió sonriendo con aquella serenidad que siempre la caracterizaba. Saber que podía devolverle un poco de esperanza al hombre que tantas veces la había salvado hacía que todo valiera la pena.

—Tranquilo, todo irá mejor. Además... ¿sabes algo?

Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

—Los exploradores regresaron hace unas horas. Encontraron un nuevo lugar. Al parecer, los restos de una antigua ciudad emergieron de las arenas. También hallaron algunos humanos... y una que otra xenovida que...

En la Ciudadela, aquella palabra reunía bajo un mismo nombre a todos los seres llegados de otros mundos. Pris la pronunció con una tristeza que Yoko conocía demasiado bien y dejó la frase sin terminar.

Él bajó la mirada.

—Tuvieron que eliminarlos, ¿verdad?

Pris asintió con tristeza.

—Sí... Nunca lograré acostumbrarme a que tantos seres no puedan resistir el Vacío como nosotros.

Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio.

Entonces, de repente, Pris dio un paso hacia atrás, inhaló profundamente y abrió los brazos con determinación.

—¡Tengo que seguir esforzándome! Algún día encontraremos una forma de ayudarlos. Nadie merece desaparecer en el Vacío.

Yoko no pudo evitar reír.

—Siempre me ha parecido increíble lo rara que eres. Eres de las pocas personas en esta ciudad que todavía cree que es posible cambiar el miedo y el odio que sienten hacia las xenovidas.

Ella frunció el ceño con fingido enfado.

—No quiero escuchar eso del señor que está demasiado deprimido para seguir buscando una forma de salir de este lugar.

Los dos se quedaron mirándose durante un instante. Después, él soltó una carcajada.

—¡Oye! Puede que recuerde al menos trescientos años de mi vida, pero todavía me veo y me siento bastante joven.

Pris sonrió satisfecha al verlo recuperar el ánimo y, sin pensarlo dos veces, se abalanzó hacia él para aferrarse con fuerza a su brazo.

—¡Así me gusta! Debes sonreír más. Si no, esa fea marca terminará creciendo hasta tu fea cara.

Él soltó una risa divertida.

—¿Más que la que tienes en las caderas?

La joven quedó completamente inmóvil.

—¡Demonios! ¿Desde que la viste no puedes dejar de mencionarla?

—Es difícil olvidarla.

—¡Idiota!

Yoko levantó las manos fingiendo inocencia.

—Lo dices como si fuera la primera vez en trescientos años.

Pris intentó mantener el ceño fruncido, pero terminó soltando una risa.

—No... pero sigues siendo igual de insoportable.

Ambos continuaron caminando entre risas. Por un momento, el peso del Vacío dejó de sentirse tan inmenso.

Después de aquel momento reconfortante, Pris guio a Yoko hacia la sala principal, donde varios miembros del Capítulo se encontraban reunidos alrededor de una mesa repleta de mapas y anotaciones.

Ox organizaba los distintos mapas de la expedición, acomodándolos según las rutas que habían recorrido. A su lado, Milla, miembro del Capítulo e investigadora vinculada al Laboratorio de Tecnomancia, llenaba una nueva página de su cuaderno con observaciones que solo ella parecía comprender.

Teo permanecía en silencio frente a uno de los mapas, estudiando con atención las variaciones del camino. Echo, en cambio, observaba al muchacho nuevo con los brazos cruzados y una expresión que dejaba bastante clara su desconfianza.

Maximus se encontraba junto al joven. Su enorme mano descansaba sobre uno de sus hombros mientras le hablaba con la energía que siempre lo caracterizaba.

—Bien, chicos. Creo que estamos listos —anunció Pris.

Yoko se aclaró ligeramente la garganta antes de dirigir la mirada hacia los exploradores que acababan de regresar.

—Pris me contó un poco sobre lo que descubrieron.

Maximus apartó la mano del hombro del muchacho y se acercó a la mesa.

—Sí. Fue una verdadera sorpresa. No importa cuántas veces ocurra; ver una ciudad emerger de las arenas negras siempre me deja sin aliento.

Ox colocó uno de los mapas frente a Yoko y señaló una ruta marcada con varias anotaciones.

—La tormenta modificó parte del camino, pero logramos encontrar una ruta relativamente estable.

—Relativamente —repitió Echo desde el otro lado de la sala—. Nada permanece estable demasiado tiempo en el Vacío.

Teo levantó la mirada del mapa, aunque no añadió nada. Su expresión seria parecía confirmar las palabras de Echo.

Milla, por su parte, continuó escribiendo.

—También encontramos estructuras que no se parecen a ninguna registrada por el Capítulo —comentó sin apartar los ojos de su cuaderno—. Necesito regresar para estudiarlas con más tiempo.

Yoko observó el mapa que Ox había extendido sobre la mesa.

—Entonces podemos asumir que valdrá la pena recuperar todo lo que encontremos allí.

—Creo que deberíamos llevar al chico nuevo —intervino Pris con una sonrisa entusiasta.

Yoko volvió la mirada hacia ella.

—¿Estás segura? Terminó su entrenamiento hace poco y apenas se sometió al procedimiento.

—¡Quiero intentarlo!

La fuerte voz del muchacho interrumpió la conversación.

—¡Ya estoy listo!

El joven dio un paso al frente con tanta energía que varios de los presentes no pudieron evitar sonreír.

Sus mechones cobrizos todavía eran escasos e irregulares, señal de que su cuerpo aún no terminaba de adaptarse a la energía del Vacío.

—Muchacho, tu adaptación todavía no ha terminado —dijo Maximus mientras le daba una fuerte palmada en la espalda—. Ni siquiera estamos seguros de que exista algo parecido a salir «de forma segura» al Vacío.

Algunas risas recorrieron la habitación.

—Vamos, todos fuimos novatos alguna vez —replicó Pris mientras le guiñaba un ojo al muchacho.

—¡Gracias, señorita Pris!

Yoko observó la escena con cierta incomodidad.

Conocía perfectamente aquella expresión.

Cada vez que Pris decidía apoyar a alguien, era prácticamente imposible hacerla cambiar de opinión.

Suspiró.

—Está bien. Vendrás con nosotros.

El muchacho levantó ambos brazos en señal de victoria.

—¡Sí!

La sala estalló en carcajadas.

Yoko todavía tenía dudas, pero conocía el buen juicio de Pris. Ella había cuidado y apoyado a los exploradores durante sus primeros años, hasta ayudarlos a convertirse en una de las mejores unidades del Capítulo.

Si confiaba en el muchacho, tal vez merecía una oportunidad.

—Señor... Yoko... Nunca imaginé que mi primera expedición sería junto a usted —dijo el joven, quien, incapaz de contener su explosivo ánimo, seguía hablando casi a gritos.

—Vaya, un nuevo admirador de la Luciérnaga —dijo una voz desde la entrada de la sala, acompañada por un fuerte olor a cigarro.

—Hola, Doc. Parece que terminó con los procedimientos que debía hacer hoy —mencionó Maximus.

—Así es, Maximus. Después de todo, el Capítulo ha despertado un renovado interés entre los civiles. No es ninguna sorpresa que nuestra ídola tenga parte de la culpa —respondió el Doc mientras apagaba el cigarro que había estado fumando.

Después dirigió la mirada hacia Maximus.

—Entonces, comandante del Grupo de Exploración, ¿llevará al exterior a nuestra indispensable fuente de sangre?

Maximus infló el pecho y respondió con orgullo:

—Por supuesto. El Grupo de Exploración piensa llevar a este novato, así que tendremos que demostrarle de qué están hechos los Hijos de la Luciérnaga.

Aunque Yoko llevaba al menos doscientos años escuchando aquel nombre, todavía no se acostumbraba a que los habitantes de la Ciudadela llamaran de esa manera a sus Hijos, ni siquiera a que se refirieran a él como la Luciérnaga.

Con el paso de los años, los habitantes habían unido el antiguo nombre de «Hijos» al resplandor naranja que todos ellos compartían con Yoko. Así había nacido una denominación que terminó extendiéndose por toda la Ciudadela.

Los Hijos de la Luciérnaga.

—Vamos, tranquilos, chicos. ¿No ven que están haciendo que Yoko se sienta un poco abrumado? —mencionó Pris con una sonrisa y un tono calmado.

Todos recuperaron la compostura al escucharla.

—Lo siento, señor. Solo estoy bastante emocionado de poder salir por fin y ver las dunas negras.

—No pasa nada. Es una experiencia interesante poder salir de la Ciudadela sin el riesgo inmediato de convertirnos en abominaciones —respondió Yoko con tranquilidad.

Después de todo, el procedimiento no los volvía inmunes. Solo les permitía resistir una corrupción que, tarde o temprano, también podía alcanzarlos.

—Muy bien, Maximus. Tómense un descanso. Sé que Echo, Milla, Ox y Teo necesitan recuperarse; estuvieron fuera de la Ciudadela durante bastante tiempo —mencionó Yoko mientras observaba a los agotados miembros del Grupo de Exploración—. Avisen al Primer Grupo de Recuperación. Podríamos encontrar tecnología, recursos o incluso más personas a quienes traer a la Ciudadela.

Tomó uno de los mapas que descansaban sobre la mesa y continuó:

—También pidan a la Sección de Información que prepare un mapa temporal antes de que otra tormenta cambie la ruta que lograron trazar y...

Pris saltó sobre su espalda, interrumpiéndolo.

—Tranquilo, no te exaltes. Tú también ve a prepararte. Yo confirmaré con el Laboratorio de Tecnomancia que Milla pueda acompañarnos y comprobaré que todos los preparativos estén listos.

Mientras lo empujaba ligeramente para sacarlo de la sala, ella volvía a demostrar que siempre buscaba cuidarlo y evitar que cargara solo con el peso del liderazgo que se había impuesto.

—Así es, Yoko. Pris puede encargarse —dijo el Doc mientras encendía un nuevo cigarro y le dirigía una mirada seria.

—Claro que sí. Déjamelo a mí y al Doc. Después de todo, somos los más antiguos de todo el Capítulo —respondió Pris, guiñándole un ojo al hombre—. Yo debo rondar los doscientos años, si es que todavía llevamos bien la cuenta, pero, sin duda, el Doc debería tener casi la misma edad que Yoko.

El Doc cerró los ojos y exhaló el humo antes de responder:

—Quién sabe. Ya deberías irte a preparar, Yoko.

Yoko siguió la indicación. Antes de regresar a su habitación para prepararse, decidió recorrer una vez más los pasillos del edificio.

El sonido seco de broches, correas y placas escapaba de una de las salas laterales. En su interior, los integrantes de la expedición terminaban de colocarse el equipo necesario para abandonar la Ciudadela.

Todos vestían trajes negros, ceñidos al cuerpo y lo bastante flexibles para no entorpecer sus movimientos. Sobre ellos aseguraban placas segmentadas de un material conocido comúnmente como piedra negra.

A pesar de su nombre, no se trataba de una roca convencional, sino de un mineral originario del Vacío. En estado bruto parecía una piedra oscura y opaca, pero los procesos del Gremio de Fabricantes permitían volverlo maleable y otorgarle propiedades semejantes a las de un metal extraordinariamente resistente.

Las armaduras compartían una misma identidad: placas superpuestas sobre el pecho, los hombros, los brazos y las piernas; brazales, grebas y protecciones alrededor de la cintura; relieves de laureles semejantes a antiguas coronas de victoria.

Sin embargo, ninguna era completamente igual a las demás.

Cada equipo había sido adaptado al cuerpo, el arma y la función de su portador.

La armadura de Pris era ligera y estilizada, con espacio suficiente para desenvainar su espada sin perder movilidad. Ox utilizaba una protección equilibrada, apropiada para quien debía sustituir a Maximus cuando fuera necesario. Milla llevaba menos placas y varias fundas destinadas a sus instrumentos y muestras.

Echo prefería una armadura reforzada. La de Teo era más discreta y ligera, mientras que Maximus cubría su enorme cuerpo con placas que habrían resultado excesivas para cualquier otra persona.

Delgados filamentos naranjas recorrían los bordes de todas ellas.

No eran simples adornos. Conducían la energía del Vacío que circulaba por sus cuerpos y respondían a ella con suaves pulsaciones luminosas. Cuando alguno de los Hijos utilizaba sus habilidades, el resplandor se intensificaba como si el equipo formara parte de su organismo.

La energía pura del Vacío se manifestaba mediante tonos violetas y púrpuras. Sin embargo, la que recorría la sangre de Yoko brillaba en naranja.

Lo mismo ocurría con sus Hijos.

Yoko se detuvo frente a la sala.

Durante un instante, todos los filamentos parecieron iluminarse al mismo tiempo.

Algo se agitó en su memoria.

Las figuras de sus compañeros se desdibujaron y fueron sustituidas por hombres y mujeres que recorrían aquellos mismos pasillos. Vestían armaduras parecidas, aunque adaptadas a cuerpos, armas y funciones que Yoko apenas conseguía reconocer.

Entre ellas brillaban luces azules, rojas, verdes y doradas.

La antigua Legión parecía haber estado llena de colores.

Yoko desconocía su significado. Solo comprendía que, entre todos aquellos resplandores, el naranja era el único que reconocía como suyo.

Quizá las figuras eran los antiguos Cazadores del Vacío.

Tal vez quienes caminaban junto a ellos habían sido sus Hijos.

La visión desapareció antes de que pudiera distinguir sus rostros.

Yoko parpadeó y volvió a encontrarse frente a la sala. Pris ajustaba uno de sus brazales, Milla protegía sus instrumentos y Maximus continuaba luchando contra una de las correas de su enorme armadura.

Ninguno de ellos había notado lo ocurrido.

Yoko apartó lentamente la mirada y continuó caminando.

A ambos lados se extendían puertas selladas que alguna vez habían dado acceso a las dependencias de otros Capítulos. Algunas todavía conservaban símbolos desgastados, aunque el paso del tiempo los había vuelto casi imposibles de reconocer.

Deslizó una mano sobre una de aquellas puertas, esperando sentir alguna conexión con el pasado.

Los últimos trescientos años formaban la única parte continua de su memoria. No recordaba cada día ni cada acontecimiento, pero podía reconocer aquella vida como propia.

Todo lo anterior era diferente.

La imagen más antigua que se atrevía a considerar suya lo mostraba despertando a orillas del Lago de los Olvidados, bajo las estrellas antinaturales del firmamento púrpura. Apenas distinguía la superficie oscura del agua, la arena adherida a su cuerpo y una profunda sensación de vacío.

Incluso aquella memoria parecía incompleta.

Más allá de ella aparecían imágenes que no podía ordenar. No sabía si habían ocurrido antes o después de aquel despertar, ni siquiera si realmente le pertenecían.

Algunas parecían proceder de una época en la que la Ciudadela todavía no existía.

Veía extensiones oscuras, estructuras incompletas y figuras reunidas alrededor de construcciones que apenas comenzaban a elevarse. Sus rostros se desvanecían cada vez que intentaba observarlos, pero algo en sus siluetas le resultaba inquietantemente familiar.

Otras visiones mostraban la Ciudadela ya terminada.

Los pasillos rebosaban de vida. Las estructuras que ahora permanecían dañadas se alzaban intactas y las puertas selladas frente a las que caminaba se abrían hacia salones ocupados por distintos Capítulos.

Creía reconocer a los Cazadores del Vacío entre las figuras que recorrían aquellos lugares. A veces los veía reunidos; otras, comandando a quienes parecían ser sus Hijos.

No podía distinguir sus rostros ni escuchar sus palabras.

Solo permanecía la sensación de haber estado allí.

No sabía si se trataba de recuerdos, sueños o fragmentos de información encerrados en algún rincón de su mente.

Eran como archivos demasiado dañados: imágenes incompletas, sonidos distorsionados y emociones que parecían pertenecerle, aunque no conseguía reconocerlas como propias.

Entre aquellas visiones y sus últimos trescientos años existía un vacío imposible de atravesar.

No recordaba qué había provocado la desaparición de la antigua Legión. Tampoco sabía cómo la Ciudadela había pasado de aquel lugar rebosante de vida a la deteriorada fortaleza que ahora intentaban mantener en pie.

Mucho menos comprendía por qué poseía imágenes que parecían anteriores incluso a su construcción.

Quizá había vivido mucho más de trescientos años.

Tal vez había conocido a los Cazadores del Vacío.

O quizá aquellas memorias jamás le habían pertenecido.

Yoko apartó lentamente la mano de la puerta.

Absorto en aquellos pensamientos, sentía que el tiempo nunca era suficiente. Con una silenciosa pena, contempló las paredes deterioradas y las reparaciones improvisadas que apenas lograban mantener en pie aquella parte del edificio.

Antes de que la sensación de pérdida volviera a inundarlo, decidió continuar caminando.

—¿En verdad estamos tan lejos de encontrar una manera de salir de este lugar? —se preguntó.

Era una pregunta que había rondado su mente durante mucho tiempo. Sabía que las personas de la Ciudadela deseaban escapar del Vacío. Trabajaban codo a codo y se arriesgaban constantemente en busca de la libertad que habían perdido.

Después de todo, los habitantes de la Ciudadela habían llegado de formas muy distintas. Algunos habían emergido de las dunas; otros habían aparecido dentro de fragmentos de pueblos o ciudades que habían sido engullidos por el Vacío. Muchos incluso habían despertado a orillas del Lago de los Olvidados, donde la llegada de nuevas personas era demasiado frecuente.

—Olvidados... —murmuró.

Aquella palabra le provocaba cierta molestia, pero era la más cercana para describirlos. Quienes habían sufrido aquella desdicha provenían de mundos muy distintos y distantes. Algunos ni siquiera hablaban la misma lengua cuando llegaron.

De no haber sido por los esfuerzos de quienes estuvieron antes que ellos, ahora no podrían comunicarse ni mantener una pequeña civilización entre los restos de aquella opaca fortaleza.

El tiempo transcurrió entre preparativos hasta que quienes participarían en la expedición estuvieron listos para partir.

Aunque todavía sentían cierto nerviosismo, todos confiaban plenamente en Maximus, aquel musculoso comandante cuya descomunal estatura lo hacía parecer casi el doble de alto que Yoko.

—Vamos, Yoko. Yo te llevaré —dijo Maximus.

Sin darle oportunidad de responder, lo tomó y lo levantó sobre sus hombros. Yoko, sorprendido, se aferró con fuerza a la cabeza de Maximus para no perder el equilibrio.

Todos rieron, olvidando por un momento la tensión de volver al exterior. Después de todo, Maximus sabía cómo aliviar el nerviosismo, aunque eso significara utilizar a Yoko como parte de la broma.

El grupo salió de la sede del Capítulo mientras varios de sus miembros los despedían desde la entrada y les deseaban suerte. Aunque fueran exploradores experimentados, nunca habían perdido la costumbre de desearse lo mejor antes de cada misión.

Todos habían vivido incontables experiencias lejos de la seguridad de la Ciudadela y sabían que una expedición, un rescate o cualquier otra misión podía salir mal. Por eso se apoyaban de todas las formas posibles. Pris les había inculcado aquellos ideales para volverlos más cercanos y unidos.

Mientras recorrían las deterioradas calles de la Ciudadela, el grupo era observado por toda clase de personas. Muchos les gritaban palabras de ánimo y les deseaban suerte.

Algunos hombres encapuchados se limitaban a seguirlos con la mirada. Aquellas personas le helaban la sangre a Yoko, pues había escuchado rumores extraños sobre ellas.

También podían ver a los integrantes armados de las Fuerzas del Orden, quienes intentaban mantener cierta ley en un lugar tan complicado como aquel hogar.

Los habitantes contemplaban al grupo con la esperanza de que, quizá, esta vez pudieran traer alguna novedad: nuevas personas o incluso alguna tecnología perdida de otro mundo que pudiera servirles para mejorar sus vidas.

Aun con la precariedad presente en cada esquina, la fe se mantenía.

Algunos jóvenes incluso intentaban hablar con Pris. Varios parecían haberse enamorado de ella, pues su personalidad no hacía más que volverla cada vez más popular.

—Mírenla. La ídola de los Hijos volvió a deslumbrar a otro grupo de jóvenes —comentó Ox, el segundo al mando del Grupo de Exploración.

—Para nada, no digas eso —respondió Pris, visiblemente apenada.

—¡Ja, ja, ja! —rió Maximus con fuerza—. Es probable que alguno de ellos decida unirse al Capítulo solo para intentar conquistarla.

El rostro de Pris se volvió completamente rojo, como si estuviera a punto de estallar de vergüenza.

—Sí, definitivamente volverá a pasar —mencionó Yoko—. Aún recuerdo cómo Echo quedó cautivado después de que ella lo salvara.

Desde entonces, Echo jamás había conseguido ocultar por completo lo que sentía por Pris.

De esta manera, el camino transcurrió entre risas, saludos y deseos de buena fortuna, hasta que llegaron a la entrada fortificada de la Ciudadela.

Esta se encontraba custodiada por un numeroso grupo armado de las Fuerzas del Orden. Sus integrantes, incluso bajo los oscuros cascos que cubrían por completo sus rostros, eran capaces de transmitir el desagrado que sentían por los Hijos de la Luciérnaga.

—Miren, evitemos problemas esta vez, ¿quieren? —dijo Echo mientras observaba a los guardias con evidente desconfianza.

—Déjenlos salir.

Una voz autoritaria surgió de entre los soldados fuertemente armados. Un hombre avanzó entre ellos hasta plantarse frente a Yoko.

—Bueno, esta vez espero que traigan algo de interés para nosotros.

Se retiró el casco, revelando el rostro de un hombre de edad avanzada. Su traje era distinto al de los demás integrantes de las Fuerzas del Orden, dejando clara la importante posición que ocupaba dentro de aquella organización.

Con un ademán, ordenó a sus hombres que se apartaran y dejaran pasar al grupo, que ya esperaba poder salir de una vez por todas.

Las enormes y pesadas puertas comenzaron a abrirse, acompañadas por el penetrante chillido de una maquinaria antigua y desgastada.

—Yoko, cuídate ahí afuera —dijo el comandante de las Fuerzas del Orden.

—Lo sé —respondió Yoko.

Todos cruzaron la entrada y se alejaron poco a poco.

Detrás de ellos, las pesadas puertas volvieron a cerrarse, separándolos de la seguridad de la Ciudadela y dejándolos ante la inmensidad inhóspita de las dunas negras.

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