El inicio del viaje
En los albores de la humanidad, la magia caminaba sobre la tierra. El mundo se sostenía sobre seis pilares elementales: el agua, la tierra, el fuego y el aire conformaban la realidad tangible, mientras que la Luz y la Oscuridad regían el equilibrio del universo. Eran dones extraños y prodigiosos; cuentan las leyendas que la aparición de un elemental de este linaje era siempre presagio de un milagro.
Un día, la sombra se apoderó del corazón humano, y la Magia, incapaz de habitar en la maldad, se retiró. Desde aquel día, el don se limita a los niños y a los jóvenes, marchitándose para siempre al llegar la madurez.
Al menos eso dicen los antiguos crayones. Aquí, en los pasillos de la academia, la magia es el pulso que nos define, pero siempre bajo un control milimétrico. Para usarla, es necesario activar en nosotros mismos algo que llamamos Fuerza Única de Reposo Interno Aumentado (FURIA). Un estado de equilibrio mental absoluto que, al alcanzarse, enciende tus ojos con un brillo incandescente y desata el poder elemental.
Excepto para Pérez.
Lo observo desde el fondo del comedor mientras termino la última gota de helado de lo que queda de mi paleta, mi gusto culposo eterno. A mi alrededor, el aire vibra con discreción; alguien altera la gravedad de una jarra de agua, otro entibia su café con un susurro de fuego corriente. Pérez, en cambio, está en un silencio sepulcral. Tiene los ojos fijos en un sobre arrugado que sostiene entre las manos, ajeno al bullicio.
Es el formulario de inscripción para las clasificatorias del gran torneo. Asumo que ya lo tenía consigo cuando entró a la cafetería, traído desde los pasillos exteriores por alguien a quien no alcancé a ver. Para el resto de la escuela, Pérez es un «despojado», un cascarón vacío. un chico cuya FURIA jamás se encenderá porque no tiene nada que despertar. Sus ojos siempre permanecen oscuros, apagados, inescrutables. Por eso resulta casi cómico verlo analizar ese papel dorado con tanta fijeza, como si descifrara un mapa antiguo, sin darse cuenta que media cafetería lo observa de reojo, sabiendo perfectamente qué significa ese documento.
—¡ Es el pase a las clasificatorias bro! —dijo una voz gruesa a su lado, rompiendo su trance.
Carvajal se inclinó sobre la mesa, apoyando sus enormes brazos. Él es el mejor amigo de Pérez, un elemental de tierra de carácter imponente y un sentido de la justicia tan rígido como las rocas que domina. Si alguien en este colegio metía las manos al fuego por el «despojado», era él. Sus ojos brillaron con un levísimo destello marrón, un reflejo inconsciente de su entusiasmo—. Cada año, el colegio que gana el torneo mundial le es concedido un deseo. Podrías pedir cualquier cosa. Incluso... bueno, podrías hacer que las cosas cambien para ti. Que sea justo por una vez.
Pérez ni siquiera parpadeó. Sus dedos, largos y firmes, acariciaron el sello del sobre. Vi el rechazo cruzar por su rostro, una tensión que nadie más pareció notar. Él no estaba emocionado por la oportunidad; parecía reconocer un peligro invisible detrás de la invitación.
—No saben lo que están pidiendo —dijo Pérez, con una voz tan suave que apenas rebasó el ruido de los platos.
—Tienes la mejor mente estratégica de esta maldita escuela, con o sin magia —insistió Carvajal, golpeando la mesa con el puño, haciendo que los cubiertos vibraran por la resonancia de su elemento—. Si el Comité te envió eso, es por algo. No te dejes pisotear por los de élite. Participa. Nosotros te cubriremos las espaldas. ¿No es así, Pastrana?
Pérez levantó la vista y me miró a mí. Buscó algo en mis ojos, una señal, una advertencia. Yo sabía perfectamente que los peones rara vez sobreviven en la arena de campeones, pero también sabía que Carvajal tenía razón en algo: dejar que Pérez se quedará en la sombra para siempre no era una opción.
—Si vas a meterte en esta locura, Pérez, vas a necesitar a personas que puedan ser útiles. —le respondí, acercándome a la mesa y dejando caer mi palito de paleta justo al lado del sobre—. Carvajal tiene la fuerza, tú tienes la mente. No vas a jugar esto solo.
Él suspiró, una rendición cargada de un peso invisible, y finalmente abrió el sobre. No tenía forma de saberlo en ese momento, pero el chico que todos consideraban un cero a la izquierda acababa de firmar el inicio de una campaña donde su mente sería el arma, y su propia existencia, el precio a pagar.
El Cyber-Arcade del centro era un caos de luces neón y sonidos de 8 bits que saturaban el aire. En el rincón más alejado, rodeado de una multitud que apenas respiraba, estaba Pérez. No estaba usando su magia; sus ojos permanecían oscuros, fijos en la pantalla como si fuera un cirujano operando un órgano vital. Sus manos se movían con una cadencia hipnótica sobre los controles, anticipando los patrones del jefe final antes de que el código del juego siquiera los ejecutara.
Me quedé en la puerta, observándolo. Cuando finalmente derrotó al jefe, el high score destelló en la pantalla y él soltó un suspiro, relajando los hombros. Fue entonces cuando me vio. El nerviosismo que cruzó por su rostro no era el de alguien que ha sido descubierto, sino el de alguien que ha sido visto de verdad. Se apartó de la multitud sin mirar atrás y salió a la calle, donde el aire frío de la noche bogotana nos recibió.
Caminamos en silencio hasta un andén cerca de la avenida, donde compramos un par de helados. Nos sentamos allí, con el bullicio de los buses de TransMilenio como única compañía.
—El formulario está incompleto —dijo él de repente, rompiendo el silencio mientras veía cómo el helado se derretía en sus manos—. Debería haber espacio para veinte alumnos, pero el mío solo tiene dieciséis campos disponibles. Alguien bloqueó los otros cuatro antes de que me lo entregaran.
—No importa —le respondí, mirando las luces de la ciudad—. Con los dieciséis que tenemos, ganaremos el pase a las clasificatorias. Carvajal ya está listo y tiene a otros estudiantes en mente, solo necesita que tú les des un lugar en el equipo.
Pérez se quedó callado un largo rato. Sus ojos, profundos y carentes de ese brillo incandescente que tanto buscaba el mundo, se perdieron en el horizonte oscuro.
—¿Sabes algo? —su voz sonó más baja, cargada de una vulnerabilidad que me dejó sin aliento—. A veces me siento como un extraño en mi propio cuerpo. No recuerdo cómo debe sentirse la magia... no recuerdo la sensación de que la FURIA me recorra. Pero— se detuvo un momento y me miró a los ojos. —Cuando estoy contigo, siento que existe algo real. Como si fuera una estática, un rastro de algo mágico, y que todavía se niega a desaparecer.
—Entonces no intentes recordar —le dije, poniendo mi mano sobre la suya, sintiendo la calidez de su piel—. Deja que sea lo que sea. Vamos a reclutar a los otros quince, Pérez. Vamos a hacer que esos puestos cuenten.
Él me miró, y por un segundo, la frialdad de su cálculo desapareció, dejando ver sólo a un chico que, por primera vez, no intentaba cargar con el peso del mundo él solo. Asintió, y en ese gesto, sellamos la alianza más peligrosa de la escuela.
El patio central de la academia estaba sumergido en ese murmullo denso que precede a las grandes revelaciones. El sol de Bogotá, filtrándose a través del domo de cristal, iluminaba los rostros de los estudiantes que esperaban impacientes.
Yo me mantenía a un lado de Pérez, observándolo de reojo. Estaba apoyado contra una columna de concreto, con los brazos cruzados con firmeza sobre su pecho o hundiendo las manos en los bolsillos de su pantalón, cambiando de postura constantemente; era su manera de ocultar que la sola idea de hablar frente a esa multitud le provocaba un nudo en el estómago. Yo sabía que no era timidez común. Era el deseo de seguir siendo invisible, el chico que nadie miraba con lupa, el “despojado” que prefería las sombras.
Me limité a quedarme a su lado, manteniendo la calma. Sabía que mi presencia era lo único que parecía anclarlo a la realidad en ese momento.
Carvajal, en cambio, estaba en su elemento. Se abrió paso hasta el centro del patio, donde la energía elemental solía concentrarse. Se aclaró la garganta, un sonido seco como el choque de dos piedras.
—¡Escuchen! —rugió, y su voz no solo resonó en el aire, sino que vibró bajo mis pies, una muestra de su dominio sobre la tierra que hizo que el bullicio se apagara de inmediato—. El formulario del torneo ha sido abierto. Pérez ya ha seleccionado a los participantes.
El silencio que siguió fue tenso. Vi cómo los ojos de los “élites” escaneaban a los presentes, buscando nombres conocidos, esperando encontrar a los de siempre.
Carvajal comenzó a recitar la lista. Cada nombre era un golpe de efecto: la velocidad eléctrica de Ramada, la presencia casi invisible de López y Ortiz. Cuando mencionó a Vargas, el grupo de los “populares” soltó una carcajada, pero Vargas solo respondió con una sonrisa arrogante y los brazos cruzados, desafiando a cualquiera a burlarse.
Miré a Pérez desde mi rincón. Él observaba la reacción de todos con frialdad. Vi a Medina soltar una carcajada entusiasta al escuchar su nombre, y a Mafe Duran asentir con su estoicismo habitual. Sin embargo, no pude evitar notar a Gerald, una joven que permanecía en la periferia, observando la lista como si estuviera leyendo una sentencia de muerte en lugar de una invitación a una competencia.
—Dieciséis puestos —concluyó Carvajal, cerrando la lista con un golpe seco de su pie contra el suelo—. El formulario está cerrado para el torneo. Los nombres ya están registrados.
Cuando la multitud comenzó a dispersarse, todavía procesando aquella extraña mezcla de inadaptados, me acerqué a Pérez.
—Lo hiciste —dije, con una sonrisa que apenas se dibujaba en mis labios—. Ya no hay vuelta atrás.
—Ahora empieza lo difícil —respondió él, observando cómo los otros estudiantes se alejaban—. Ahora debemos trabajar juntos antes de que nos enfrentemos a lo que sea que este planeado para nosotros. Por ahora, será solo una simple carrera.
Pérez caminó hacia el centro del grupo. Sus dieciséis elegidos estaban allí: el músculo, el vapor, la luz, el fuego. Por un momento, vi cómo el miedo a la exposición desaparecía en sus ojos, sustituido por la fría claridad de su estrategia. Tenía el equipo. Ahora, solo tenía que asegurarse de que no nos destruyéramos entre nosotros antes de que comenzara el evento.









Me encanta, solo voy por el primer capitulo y ya siento que no peudo parar de leer, es una historia increible y se esta desaroyando genial.
🫶🫶🫶