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NIKAT : CAUTIVA

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Sinopsis

En el laboratorio subterráneo de Orion Shields en Bogotá, la doctora Natalia García intenta resolver un problema de energía imposible para el Proyecto NEXUS. Sin embargo, la ciencia pasa a segundo plano cuando una invasión alienígena devastadora reduce a cenizas la civilización en cuestión de horas.

Genero:
Scifi
Autor/a:
J. A. Hernández
Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Nikat : Cautiva

02/06/2348 Natalia García, Orion Shield división sudamerica. BogotáColombia. Nueva república de granada.

Nunca me acostumbré a trabajar sin ventanas.

El laboratorio tenía una pared completa cubierta por un cristal inteligente que proyectaba el paisaje de Bogotá en tiempo real, pero seguía siendo una ilusión. Bastaba con apagar la simulación para recordar que me encontraba varios niveles bajo tierra, protegida por toneladas de concreto, acero y un presupuesto que solo una empresa como Orion Shields podía justificar sin hacer demasiadas preguntas.

O, al menos, sin hacerlas en voz alta.

Frente a mí, el núcleo experimental del transmisor seguía devolviendo el mismo resultado de las últimas tres semanas.

Energía insuficiente. Siempre las mismas palabras. Siempre la misma frustración.

Había llegado al punto en que ya no dudaba de mis ecuaciones; dudaba de las leyes del universo.

La puerta del laboratorio se abrió con un suave sonido neumático. No necesitaba girarme para saber quién era.

—Si viene a preguntarme si ya resolví el problema —dije sin apartar la vista de la simulación—, la respuesta sigue siendo no.

Escuché una risa breve.

—Buenos días para usted también, doctora.

Ed Müller dejó una taza de café junto a mi consola.

Sabía exactamente cómo me gustaba.

Negro.

Sin azúcar.

—Gracias.

—Eso sonó sorprendentemente amable.

Tomé un sorbo antes de responder.

—No se acostumbre.

Ed caminó hasta quedar frente a la proyección holográfica del transmisor. Permaneció observándola durante unos segundos, como si esperara que los números cambiaran por cortesía.

—¿Qué tan lejos estamos?

Solté el aire lentamente.

—Si quiere una respuesta optimista, diría que cerca.

Lo miré por primera vez.

—Si quiere la respuesta real... no tengo idea.

Él sonrió con resignación.

—Prefiero la segunda.

Amplié uno de los modelos matemáticos.

—La Alianza diseñó este transmisor suponiendo que podríamos alimentar el núcleo con una cantidad de energía comparable a la producción simultánea de varios reactores de fusión.

Ed frunció el ceño.

—Ellos dicen que es posible.

—Ellos viajan entre las colonias más rápido. Nosotros todavía celebramos cuando un reactor funciona una semana seguida sin incidentes.

El silencio se instaló unos segundos.

Yo misma había perdido la cuenta de cuántas veces había repetido aquella explicación.

—¿Existe alguna alternativa? —preguntó finalmente.

Moví varias ecuaciones con la mano.

—Tal vez estamos haciendo la pregunta equivocada.

Eso llamó su atención.

—Explíquese.

—Todos asumimos que debemos generar esa energía.

Señalé el centro de la proyección.

—¿Y si el universo ya la tiene?

Ed permaneció inmóvil.

—¿Extraerla?

Asentí.

—Hay lugares donde la energía existe en cantidades absurdas. Singularidades gravitacionales. Objetos compactos. Regiones donde el vacío cuántico deja de comportarse como creemos.

Me crucé de brazos.

—El problema no es producirla.

—Es traerla.

—Sin destruir todo lo que exista alrededor.

Ed soltó una risa baja.

—Pequeños detalles.

No pude evitar sonreír. Era una de las pocas personas capaces de bromear frente a una imposibilidad física.

Después su expresión cambió.

—La Alianza volvió a preguntar por usted.

La sonrisa desapareció tan rápido como había llegado. Sentí el estómago tensarse.

—¿Qué respondió?

—Lo mismo de siempre.

Esperó un segundo.

—Que la doctora Natalia García nunca trabajó para Orion Shields.

Aparté la vista. A veces olvidaba que oficialmente llevaba dos años desaparecida. Muerta para algunos. Prófuga para otros.

—Algún día dejarán de creerle.

—Tal vez.

Su respuesta fue demasiado tranquila.

—Pero ese día aún no es hoy.

Quise agradecerle. Nunca encontré las palabras.

Ed permaneció observando la proyección unos segundos más.

—Dígame qué necesita.

Lo miré sin entender.

—¿Perdón?

—Más personal. Otro laboratorio. Equipos nuevos. Lo que haga falta.

Negué con la cabeza antes de que terminara la frase.

—No es un problema de recursos.

Desplacé la simulación hasta el núcleo del transmisor. Una pequeña sección apareció resaltada en rojo.

—Es esto.

Ed leyó el nombre en silencio.

—¿Miridium?

Asentí.

—El diseño de la Alianza parte de una propiedad que ningún otro material conocido posee. Puede contener densidades energéticas ridículas sin colapsar su estructura cristalina.

Desactivé la simulación.

—Podría construir diez transmisores idénticos con la tecnología humana. Ninguno funcionaría.

—¿Cuánto necesita?

No pude evitar soltar una risa amarga.

—¿Para construir el núcleo definitivo?

Lo pensé unos segundos.

—Varios kilogramos.

Vi cómo la expresión de Ed cambiaba. Antes de que pudiera decir nada, levanté una mano.

—Pero ni siquiera estoy pidiendo eso.

Hice aparecer un pequeño cilindro en la proyección.

—Con un gramo.

Ed frunció el ceño.

—¿Un gramo?

—Uno solo.

Señalé el modelo.

—Me bastaría para comprobar que las ecuaciones son correctas. Si el miridium responde como predicen los datos de la Alianza, sabré que el resto del proyecto es viable. Sin esa prueba... todo esto no deja de ser una hipótesis demasiado cara.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Ed respiró despacio.

—Contacté a la sede central en Suiza hace tres días.

Sentí un pequeño nudo en el estómago. Ya conocía esa expresión.

—¿Y?

—Pregunté exactamente por eso. Un gramo.

Esperó unos segundos antes de continuar.

—La respuesta fue negativa.

No dije nada.

—Mover una cantidad tan pequeña implicaría utilizar una cadena logística que Orion solo activa para contratos estratégicos. El costo del transporte, la seguridad y los permisos supera por mucho el valor de la investigación.

Lo miré fijamente.

—En otras palabras...

Ed terminó la frase por mí.

—La compañía nunca recuperaría esa inversión.

No pude evitar bajar la vista. Llevaba meses intentando resolver un problema imposible, y al final no era la física lo que me detenía. Era un comité financiero. Después de unos segundos, sonreí con ironía.

—Es curioso.

—¿Qué cosa?

—Podemos discutir cómo abrir un puente entre universos...

Apagué el holograma con un gesto.

—...pero todo termina decidiéndolo una hoja de cálculo.

Ed soltó una risa breve.

—Créame, doctora. Llevo veinte años en este negocio.

Tomó su taza de café que había dejado sobre mi escritorio.

—Subestimar el poder de una hoja de cálculo ha acabado con más proyectos que cualquier ley de la física.

Ed terminó el café de un solo trago antes de dejar la taza sobre la mesa.

—No abandone el proyecto.

Lo miré con una sonrisa cansada.

—No pensaba hacerlo.

Asintió lentamente.

—Haga todo lo que pueda con lo que tiene. Yo seguiré insistiendo.

Se acomodó su abrigo mientras caminaba hacia la puerta.

—Tal vez exista otra opción.

Levanté la mirada.

—¿Cuál?

—Hay alguien que podría conseguir ese gramo de miridium.

Eso llamó mi atención.

—¿La Alianza?

Ed negó con la cabeza.

—No. Un intermediario.

Esperó unos segundos antes de continuar.

—Es el tipo de persona que consigue lo imposible... siempre que alguien pueda pagarlo.

—Suena caro.

—Lo es.

Soltó una breve risa.

—Probablemente cobre incluso más que cualquier proveedor oficial.

—Entonces volvemos al mismo problema.

—Sí.

Puso la mano sobre el lector de la puerta.

—Pero prefiero negociar con alguien que pone un precio imposible, antes que con alguien que responde que es imposible.

No respondí.

—Veré si acepta siquiera escucharme.

La puerta se abrió.

—Mientras tanto, siga intentando.

Lo observé desaparecer por el pasillo hasta que las compuertas volvieron a cerrarse. El laboratorio recuperó su silencio habitual. Solo quedó el zumbido constante de los servidores y el brillo azul del núcleo experimental.

Volví a sentarme frente a la consola.

Durante meses había intentado convencerme de que aquel proyecto era únicamente un desafío científico. Resolver un problema imposible era, después de todo, el motivo por el que había aceptado trabajar con Orion Shields.

Pero hacía tiempo que había dejado de creer esa mentira.

Abrí uno de los directorios protegidos del sistema. No aparecía en ningún registro oficial de la empresa. Ni siquiera debía existir.

Proyecto NEXUS.

Dentro seguían almacenados los archivos que habían iniciado todo.

Los datos interceptados por Nathan.

Recordaba perfectamente la primera vez que los había leído. Habían llegado incompletos, con enormes fragmentos corruptos y una cantidad absurda de información imposible de verificar. Hablaban de civilizaciones extraterrestres, tecnologías capaces de deformar el espacio, especies en guerra desde hacía miles de años y de una invasión que, según aquellos registros, terminaría alcanzando la Tierra.

Mi primera reacción había sido la misma que habría tenido cualquier científica. Descartarlo. No porque fuera imposible, sino porque no existía una sola evidencia que lo respaldara.

Era un relato extraordinario construido sobre datos cuya procedencia nadie podía demostrar.

Sin embargo, los meses habían pasado. Y la Alianza seguía destinando recursos prácticamente ilimitados al transmisor Inter universal.

No buscaban una mejora tecnológica. No intentaban construir un prototipo experimental. Actuaban con la urgencia de quien prepara una puerta antes de que alguien golpee al otro lado.

Apoyé la frente sobre una mano.

Si todo aquello era un fraude, era el fraude más costoso que había visto en mi vida.

Si era real...

Dejé la idea inconclusa. No me gustaba terminar esa frase. Porque hacerlo implicaba aceptar la siguiente.

Quizá Nathan nunca estuvo delirando. Quizá, por primera vez desde que lo conocía, había dicho la verdad.

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