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AESTRA

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Sinopsis

Hay personas que mueren dos veces. La primera, cuando dejan de respirar. La segunda... cuando alguien pronuncia su nombre por última vez. Miren dedica su vida a restaurar cartas antiguas y fotografías olvidadas, convencida de que cada historia merece ser recordada. Pero cuando la tinta comienza a desaparecer frente a sus ojos, descubre una verdad imposible: el mundo está olvidando a las personas que una vez existieron. Junto a Soren, un misterioso viajero marcado por secretos ancestrales, deberá enfrentarse al Silencio, una fuerza capaz de borrar nombres, recuerdos e incluso el amor. Porque cuando el mundo olvida quién eres... ¿qué queda de ti? Una romantasía de misterio, magia, amor y sacrificio sobre las historias que se niegan a desaparecer.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
BelenEstrella
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1Hay personas que mueren dos veces

—Mamá…

La lluvia llevaba horas cayendo sobre el techo de madera.

No era una tormenta fuerte. Era una lluvia tranquila, constante, de esas que parecían abrazar la casa y convertir el mundo en un lugar más pequeño.

Más cálido.

Más seguro.

Yo tenía siete años.

Estaba acostada con la cabeza sobre las piernas de mi madre mientras ella sostenía un viejo libro entre las manos.

Las páginas estaban amarillas.

La cubierta había perdido el color hacía mucho tiempo.

Pero ella lo cuidaba como si fuera un tesoro.

Levantó la vista y sonrió.

—¿Qué pasa, pequeña?

Me mordí el labio.

Llevaba varios minutos pensando la pregunta.

—¿Qué pasa si un día olvido tu nombre?

Su mano dejó de acariciar mi cabello.

No porque la pregunta fuera extraña.

Sino porque, por un instante, vi algo cruzar por sus ojos.

Algo que entonces no entendí.

Cerró el libro con cuidado y lo dejó a un lado.

—¿Por qué preguntas eso?

—La abuela dice que cuando las personas envejecen empiezan a olvidar cosas.

Ella asintió despacio.

—Es verdad.

—Entonces… ¿y si algún día te olvido?

Su sonrisa volvió.

Era una sonrisa suave.

De esas que hacen creer a un niño que nada malo puede ocurrir mientras esa persona esté cerca.

Apartó un mechón de mi frente.

—Si ese día llega…

Hizo una pequeña pausa.

—…no me busques en mi nombre.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces dónde?

Apoyó una mano sobre mi pecho.

Justo encima de mi corazón.

—Búscame en mis historias.

Solté una pequeña risa.

—Las historias no son personas.

—No.

—Entonces no entiendo.

Ella me besó la frente.

—Las historias son el lugar donde el amor decide quedarse cuando las personas ya no pueden hacerlo.

Puse cara de confusión.

Ella rió.

—Algún día tendrá sentido.

—¿Cuándo?

—Cuando más lo necesites.

Le tomé el dedo meñique.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

La lluvia siguió cayendo.

Ella volvió a abrir el libro.

—Ahora…

Pasó una página.

—¿Seguimos?

Asentí con entusiasmo.

—La del bosque.

—¿Otra vez esa?

—Es mi favorita.

Ella sonrió.

—Lo sé.

Comenzó a leer.

—«Hace mucho tiempo existía un bosque donde ningún recuerdo desaparecía. Los árboles conocían el nombre de cada persona que alguna vez había amado, llorado o soñado…»

Me acomodé contra su pecho.

Aquella voz…

Nunca imaginé que algún día lucharía por recordarla.

Antes de quedarme dormida levanté la cabeza una última vez.

—Mamá…

—¿Sí?

—Ese bosque tiene un final feliz, ¿verdad?

Por primera vez desde que comenzó el cuento…

ella tardó en responder.

Muy poco.

Solo un segundo.

Pero hoy sé que aquel segundo cambió mi vida.

—Eso espero.

Fue lo último que escuché antes de dormirme.

Ese fue el último cuento que mi madre me contó.

No porque muriera al día siguiente.

Ni porque desapareciera de repente.

Sino porque, muchos años después…

descubrí que ya no podía recordar cómo terminaba.

Intenté reconstruirlo cientos de veces.

Recordaba la lluvia.

Recordaba el olor a lavanda de su ropa.

Recordaba el calor de sus brazos.

Incluso recordaba una pequeña cicatriz junto a su pulgar izquierdo.

Pero su voz…

Cada vez que intentaba escucharla dentro de mi cabeza…

solo encontraba silencio.

Durante años pensé que era culpa del tiempo.

Después pensé que era culpa del dolor.

Hasta que comprendí algo mucho peor.

No era yo quien la estaba olvidando.

Era el mundo.

El sonido de una campanilla me devolvió al presente.

Alcé la vista.

La puerta del taller acababa de abrirse.

—Buenos días, Miren.

Sonreí al reconocer a la visitante.

—Buenos días, señora Byrne.

La anciana cerró su paraguas con dificultad.

Siempre insistía en hacerlo sola.

Podía ofrecerle ayuda cien veces.

La respuesta nunca cambiaba.

—Todavía puedo con esto.

Esperé a que terminara antes de acercarme.

—¿Qué me trae hoy?

Sus ojos brillaron con una mezcla de ilusión y nerviosismo.

Le gustaba guardar sorpresas.

Levantó una pequeña caja de madera de cedro.

La sostenía con ambas manos.

Con el mismo cuidado con el que otros sostienen un recién nacido.

No hizo falta preguntar.

Aquello era importante.

Muy importante.

La colocó sobre mi mesa.

—Arthur me escribió esta carta antes de pedirme matrimonio.

La caja se abrió lentamente.

Dentro descansaba un único sobre atado con una cinta azul ya descolorida por los años.

No pude evitar sonreír.

—Ha esperado mucho tiempo para traerla.

Ella acarició el sobre con la yema de los dedos.

—Creo que tenía miedo de tocarla.

—¿Por qué?

—Porque las cosas importantes parecen romperse con más facilidad.

No respondí enseguida.

En lugar de eso desaté el lazo con cuidado.

—Las cosas importantes no siempre son las más frágiles.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—Las personas sobreviven gracias a sus recuerdos.

Y los recuerdos son mucho más resistentes de lo que creemos.

Ella sonrió.

—Por eso todos vienen contigo.

Sacudí la cabeza.

—No vienen por mí.

—¿Ah, no?

—Vienen porque cada carta guarda una vida.

Y nadie quiere perder una vida dos veces.

La señora Byrne guardó silencio.

Después murmuró:

—Hablas igual que tu madre.

Sentí un pequeño nudo en el pecho.

Hacía mucho que nadie decía algo así.

Respiré hondo.

Tomé la carta.

Y empecé a desplegarla con la delicadeza de quien despierta un recuerdo que llevaba décadas dormido.


La carta crujió apenas la abrí por completo.

El papel era tan fino que la luz de la ventana atravesaba algunas fibras.

Había restaurado cientos de documentos antiguos.

Sabía reconocer cuándo una hoja estaba a punto de romperse.

Aquella no.

A pesar de los años, seguía siendo fuerte.

Como si alguien hubiera querido que sobreviviera al tiempo.

Mis dedos recorrieron con cuidado las primeras líneas.

Arthur tenía una letra elegante.

Cada palabra parecía escrita con paciencia.

Sin prisas.

Como si hubiera pensado cada frase antes de dejarla sobre el papel.

Sonreí.

—Escribía despacio.

La señora Byrne soltó una pequeña risa.

—Demasiado despacio. Empezó esa carta tres veces porque decía que ninguna frase estaba a la altura de lo que sentía.

Seguí leyendo.

Era una carta sencilla.

No hablaba de grandes promesas.

Hablaba de desayunos compartidos.

De caminar bajo la lluvia.

De una casa pequeña.

De una vida tranquila.

Era una carta de amor escrita por un hombre que solo quería envejecer junto a una mujer.

Y, precisamente por eso...

era perfecta.

—La quería mucho.

La señora Byrne bajó la mirada.

—Todavía la quiere.

Aquellas palabras me hicieron levantar la vista.

Ella sonrió.

—El amor no desaparece solo porque alguien ya no esté.

Asentí lentamente.

—No.

Volví al papel.

Entonces algo llamó mi atención.

La firma.

Arthur Byrne.

Fruncí el ceño.

Parpadeé.

La última letra acababa de desaparecer.

Contuve la respiración.

Volví a mirar.

No.

No había desaparecido.

Seguramente la tinta estaba desgastada.

Incliné la carta buscando mejor luz.

Entonces ocurrió otra vez.

La "e" se borró delante de mis ojos.

No se corrió.

No se deshizo.

Simplemente...

dejó de existir.

El corazón empezó a latirme con fuerza.

Retrocedí un paso.

La señora Byrne me observó.

—¿Ocurre algo?

No respondí.

No podía.

La "n" desapareció.

Después la "r".

Luego la "y".

En menos de diez segundos...

la firma había dejado de existir.

Solo quedaba un espacio en blanco.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Miren?

Levanté la vista.

—La firma...

Ella sonrió con tranquilidad.

—¿Qué pasa con ella?

—Ha desaparecido.

Su expresión cambió a una mezcla de sorpresa y confusión.

—¿Desaparecido?

Se inclinó hacia el escritorio.

Miró la carta durante varios segundos.

Luego volvió a mirarme.

—Está justo ahí.

El aire pareció abandonar mis pulmones.

—¿Qué?

—Arthur siempre hacía esa "A" un poco más grande.

Miren.

La estoy viendo.

Miré otra vez el papel.

Vacío.

No había absolutamente nada.

Ella veía una firma.

Yo veía papel en blanco.

El silencio entre las dos se hizo pesado.

Intenté convencerme de que estaba cansada.

Había trabajado demasiadas horas durante toda la semana.

Quizá necesitaba descansar.

Quizá...

Sí.

Tenía que ser eso.

Forcé una sonrisa.

—Perdón.

Creo que la luz me jugó una mala pasada.

Ella no pareció convencida.

Pero tampoco insistió.

—No trabajes hasta tan tarde.

—Lo intentaré.

Guardé la carta nuevamente en la caja.

Prometí terminar la restauración en unos días.

Cuando la puerta del taller volvió a cerrarse...

el silencio fue absoluto.

Miré la caja.

La abrí otra vez.

La firma seguía sin existir.

Un golpe de viento hizo vibrar los cristales.

La campanilla de la puerta sonó nuevamente.

Levanté la cabeza.

Un hombre permanecía inmóvil bajo el marco de la entrada.

Era alto.

Su abrigo oscuro estaba completamente empapado.

El cabello negro caía sobre su frente.

Llevaba una vieja mochila de cuero llena de libros.

No parecía un viajero cualquiera.

Había algo extraño en la forma en que observaba el taller.

Como si ya hubiera estado allí.

—¿Está abierto?

Su voz era tranquila.

Grave.

Asentí.

—Cinco minutos más.

Entró despacio.

Se quitó los guantes.

Su mirada recorrió las estanterías.

Los diarios.

Las fotografías.

Las cartas.

Finalmente...

se detuvo sobre la caja que seguía abierta encima de mi mesa.

Su expresión cambió apenas un instante.

Como quien confirma un temor.

—Llegué tarde.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Nos conocemos?

Negó con la cabeza.

—No.

Todavía no.

Aquella respuesta me incomodó.

—¿Buscaba algo?

Él siguió mirando la carta.

—Buscaba a la persona capaz de verla.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Ver qué?

Levantó lentamente la vista.

Sus ojos eran grises.

Extrañamente grises.

—La firma.

No dije nada.

Él lo entendió.

—Ya desapareció...

¿verdad?

El taller entero pareció quedarse sin aire.

Di un paso hacia atrás.

—¿Quién es usted?

El desconocido permaneció en silencio unos segundos.

Después respondió.

—Mi nombre es Soren.

Y llevo años buscando a alguien como tú.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta...

el viejo reloj del taller marcó la hora.

Las campanadas resonaron una tras otra.

Soren cerró los ojos.

Como si hubiera estado contando cada segundo.

Cuando volvió a abrirlos...

ya no miraba la carta.

Me miraba a mí.

Y la tristeza que vi en su rostro fue mucho más aterradora que cualquier respuesta.

—Miren...

dijo con una calma imposible.

—Necesitas volver a casa.

Ahora mismo.

Porque si la carta ya empezó a olvidar...

significa que el Silencio por fin te encontró.

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